SECCIONES

viernes, 27 de enero de 2017

El palurdismo: una plaga

El palurdismo es una enfermedad muy extendida, una verdadera plaga.
—¡¿Aquí?!
—Sí.
—¡¿En la actualidad?!
—Sí.
¡¿El paludismo?!
—No, el paludismo no: el palurdismo, te falta una «r».
¿Y eso?
Pues… está muy claro; lo repito y te lo aclaro para evitar malentendidos: el paludismo no, el palurdismo, de palurdo, en sus significados de tosco, ignorante, maleducado, zafio…, es una enfermedad muy extendida, una verdadera plaga en la actualidad.
—¡Ah, bueno!, me habías asustado.

viernes, 20 de enero de 2017

Contri más ricos…

Huerta de Murcia. Primeras décadas del siglo xx. Un entierro. Carroza fúnebre tirada por cuatro caballos. Al paso de la carroza, una vecina sale a la verea, levanta aspaventosamente los brazos y grita, con fuerza y bastante entonación, casi cantando:
¡Anda con Diooos, buena mujeeer —pequeña pausa, aprovechada para tomar aire—, contri más ricos, más animales: la tia Josefa, dos, y tú, cuatro!
Debía ser muy pequeño la primera vez que lo escuché, pero lo recuerdo con muchísima claridad, pues lo volvería a escuchar en distintas ocasiones, idénticamente repetido a lo largo del tiempo. Mi madre describía esta escena de vez en cuando, representando teatralmente a la vecina que salía a la vereda y gritaba su mensaje dirigiéndose a la carroza fúnebre; imitaba, en una inmejorable dramatización, la voz de la mujer —volumen y entonación— y los gestos, levantando unas veces un solo brazo, y otras, las más de ellas, los dos.
Después, mi madre lo explicaba con sencillez: «contri más ricos, más animales» no quería decir, insistía, que cuanto más dinero tuviesen las personas, su grado de animalidad —de bestialidad— fuera más alto; la mujer que sale al camino de la huerta para ver pasar la carroza fúnebre del entierro, en su breve discurso —aclaraba mi madre con pretendida pedagogía—, lo que hace es establecer una relación entre el nivel económico de la persona difunta y la cantidad de caballos que el carro fúnebre lleva en el tiro, los que se puede permitir.
Ahora, con el tiempo transcurrido, pienso que la otra interpretación, la de más grado de animalidad cuanto más ricos, también podría tener sentido.

viernes, 13 de enero de 2017

Marcelos (y 2)

El menor de los hermanos Marcello que tratamos, Benedetto, es el que realmente me resulta más familiar, sobre todo porque compuso, entre otras muchísimas obras, una docena de sonatas para flauta de pico y bajo continuo, de un nivel técnico no muy exigente, bastantes de las cuales he tocado muchas veces para mi disfrute:
XII sonate a flauto solo con il suo Basso Continuo per Violocello o Cembalo, op. 2.
Benedetto Marcello es autor, también, del panfleto satírico Teatro alla moda, un ameno documento —irónico, humorístico— publicado anónimamente en 1720 y reimpreso frecuentemente, que retrata la vida teatral de su tiempo: un valioso testimonio, una importante contribución a la historia de la ópera.
BENEDICTUS MARCELLO
PATRITIUS VENETUS
(Atribuído a Nazario Nazari)
He elegido para que escuchen el segundo movimiento de la Sonata nº 1 en Fa Mayor, la primera de las doce reseñadas antes. Es un Allegro con esbozos fugados, donde el bajo de acompañamiento —atención al fagot— imita algunos motivos rítmicos de la voz principal, la flauta. El intérprete solista es el austriaco René Clemencic —de estilo ya superado: actualmente casi nonagenario—, otro pionero de la flauta de pico (el mes pasado escuchamos a Frans Brüggen), fundador y director de un grupo mítico, el Clemencic Consort.
De Clemencic conservo desde hace muchos años unos cuantos LPs y algún CD. Recuerdo que el primer disco que tuve de él me impresionó mucho debido a la cantidad de flautas —ahora no me parecen tantas— que aparecen en su portada. (Utilizó veintiuna en la grabación.)
¡Ah!, una observación: para la interpretación no utiliza Clemencic una flauta de pico contralto, como es habitual; lo hace con una sopranino, la diminuta de la familia (más pequeña que la soprano, la escolar que todos conocemos), por eso suena tan aguda la melodía.

viernes, 6 de enero de 2017

Marcelos (1)

Como estoy jubilado, le propongo a un amigo, todavía maestro en activo, que salgamos a la calle con su grupo de alumnos libreta en mano para preguntar, a modo de encuesta, a las personas que nos vayamos encontrando a nuestro paso, si les suena el nombre de Marcelo, si saben quién es. Lo hacemos y… ¿sorpresas?: pocas, no crean.
Como esto no es un tratado académico no nos vamos a detener en estadísticas, pero sí podemos ofrecer un resumen:
· Algunas, personas, pocas, bastante mayores, de ambos géneros, se acuerdan del galán cinematográfico Marcello Mastroianni.
·    Una gran mayoría de gente perteneciente al género femenino no tiene ni idea de quién puede ser o haber sido ese tal Marcelo por el que preguntamos; a alguna chica le suena a futbolista, baloncestista... deportista como mínimo, y cree eso porque algún familiar suyo —marido, padre, hermano, novio...— es aficionado a “esas cosas”, sí, ya saben, al fútbol y todo eso.
·  Algún individuo, que aparenta más formación, bromea diciendo que el ángel de la guarda del anterior ministro de interior se llama Marcelo.
·    Sin embargo, casi todos los individuos pertenecientes al género masculino, independientemente de su edad, lo tienen claro y contestan rotundamente, con seguridad, que ¡cómo no lo van a conocer!, que se trata del defensa lateral izquierdo del Real Madrid, a lo que muchos suelen añadir algo por el estilo de ¡menudo jugador!
·    Nadie conoce —lógicamente— a más marcelos
¿Qué otro u otros marcelos deberían ser conocidos?, se preguntará más de uno; pregunta que yo aprovecho —me lo ponen fácil— para mi aporte marcelero, musical como es lógico.
Se trata de dos compositores, quizás solo famosos para un reducido grupo de gente. Para no meter la pata, busco en mis libros por si hay más de dos, pero no, solo encuentro dos músicos, italianos, con el apellido Marcello (ahora con dos “eles”, pero se pronuncia una sola como alargada, aunque es cierto que la sílaba “ce” tampoco se pronuncia como la nuestra: es italiano).
Recuerden cómo en La dolce vita la despampanante Anita Ekberg, metida en el agua de la Fontana de Trevi, llama a Marcello Mastroianni, alargando la “ele” o, parecido, pronunciando las dos “eles” por separado: ¡Marchel·lo!.
Los compositores a los que me refiero son los venecianos Alessandro Marcello (1669-1747) y Benedetto Marcello (1686-1739), hermanos, y conocidos, quiero suponer, por los amantes de la música barroca.
El mayor, Alessandro, fue contemporáneo casi exacto de Bach. Como sus hermanos, aprendió violín con su padre; también se interesó por las matemáticas y la astronomía.

Alessandro Marcello (Wikipedia)
Su obra más famosa, y razón por la que lo creo el más conocido de los dos hermanos, es un admirable Concierto en re menor para oboe y cuerda (oboe, 2 violines, viola y continuo), que transcribió para clave Johann Sebastian Bach (BWV 974); se trata de un concierto que fue erróneamente atribuido a su hermano Benedetto, y, con  anterioridad, a Vivaldi; una obra que en el último tercio del siglo pasado se popularizó gracias a la utilización de su cautivador segundo movimiento en la película Anónimo veneciano (1970), ópera prima del director italiano —también actor y guionista— Enrico Maria Salerno. (Me dice mi hijo Antonio que una amiga suya, profesora de oboe, se decidió por dicho instrumento tras ver esta película.)

Ese cautivador segundo movimiento es el extraordinario Adagio que les pongo a continuación para concluir esta primera cita marcelera. La versión —mi favorita— es la de la Camerata Köln, y el oboista que interpreta tan maravillosamente esta genial melodía con un oboe barroco —escuchen con mucha atención y ajústense los cinturones— es Hans-Peter Westermann.
Hans-Peter Westermann

Audición:


En la próxima entrada, Benedetto.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Tinta roja

Tenía preparado un artículo que trataba de resumir y calificar el año que acaba, pero me ha salido un poco bastante escabroso, ¡cómo no! (ya saben: desigualdad, pobreza, corrupción, impunidad, Trump, Brexit, auge ultraderechista, terrorismo, bombardeos, refugiados...) y, como no quiero amargarles estos días de fiesta que quedan, he cambiado de opinión: les voy a felicitar el año nuevo con un chiste.
Una obra filosófica seria debería estar compuesta enteramente de chistes (Wittgenstein)
Mi hijo Antonio, que sabe muy bien qué —atención a la tilde— me gusta leer, hace poco me regaló Mis chistes, mi filosofía (Anagrama, 2015), un libro de Slavoj Žižek, pensador a quien hemos visto ambos en televisión —visto y, sobre todo, escuchado—, un filósofo que engancha, que atrae como un imán; porque es divertido, con una comprometida, provocativa y subversiva actitud reflexiva, también irónica, humorística.
Aunque, no sé si por ese humor, Fernando Savater lo ha calificado de payaso, la verdad es que Slavoj Žižek —leo en la contraportada del libro— estudió filosofía en la Universidad de Liubliana, y psicoanálisis en la de París, y es hoy uno de los ensayistas más prestigiosos y leídos, con más de 40 libros publicados: filosofía, cine, psicoanálisis... Es filósofo, sociólogo, psicoanalista y teórico de la cultura. Director internacional del Instituto Birkbeck para las Humanidades de la Universidad de Londres. Investigador en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Y profesor en la European Graduate School.
Y, desde luego, es un personaje polémico, tanto que, antes de las últimas elecciones norteamericanas la montó gorda en la red asegurando que, de poder votar lo haría por Donald Trump antes que por Hillary Clinton. Matizó "Él me horroriza, pero creo que Hillary es el verdadero peligro". Parece que Žižek entiende que cuanto más se extremen las contradicciones, mejor para la destrucción que permita fructificar lo auténtico: la utopía que está al final del trayecto, una sociedad perfecta tras el caos.
Bueno... a lo que vamos: Žižek te coloca un chiste cuando menos lo esperas, de forma que en su obra hay muchos. El libro que me ha regalado mi hijo recopila 107 de ellos, algunos muy buenos. Aquí va un ejemplo (pág. 107, ¡qué casualidad!):
ES UN VIEJO CHISTE de la difunta República Democrática Alemana, un obrero alemán consigue un trabajo en Siberia; sabiendo que todo su correo será leído por los censores, les dice a sus amigos: «Acordemos un código en clave: si os llega una carta mía escrita en tinta azul normal, lo que cuenta es cierto; si está escrita en rojo, es falso.» Al cabo de un mes, a sus amigos les llega la primera carta, escrita con tinta azul: «Aquí todo es maravilloso: las tiendas están llenas, la comida es abundante, los apartamentos son grandes y con buena calefacción, en los cines pasan películas de Occidente y hay muchas chicas guapas dispuestas a tener un romance. Lo único que no se puede conseguir es tinta roja.»
Y tras el jijí jajá les dejo una reflexión: ¿Tenemos nosotros, en nuestra sociedad, tinta roja? ¿la utilizamos? ¿con conocimiento? ¿libremente? ¿con miedo?...

¡FELIZ AÑO NUEVO!

viernes, 23 de diciembre de 2016

En brazos de una doncella

Ya superada la mitad del mes pasado, convaleciente todavía de una intervención quirúrgica, me atrevo a salir y andar un poco por el pueblo, a dar un paseo corto, suave, sin pasarme. Aprovecho para ello que tengo que ir al ambulatorio a que le echen un vistazo, el último por ahora, a lo que ya comienza a ser una cicatriz recordatorio de la operación.
Haciendo tiempo hasta la hora de la cita, me encuentro con MG sentado en un banco de la Plaza de la Salud, la de los pensionistas; está esperando a su mujer, que ha ido a la peluquería; me paro a hablar con él, me invita a sentarme y lo hago, pues tengo todavía unos minutos hasta la hora de la cita médica. Charlamos de nuestros tiempos en la enseñanza privada, hace cuarenta años, y le recuerdo —no es la primera vez— que en el colegio donde trabajábamos lo vi enseñar a mis alumnos —y después ensayar repetidas veces— un precioso villancico desconocido entonces para mí: Al niño Dios, actualmente más conocido, por lo que he visto buscándolo en Internet, por el primer verso de su letra: En brazos de una doncella.
M conocía esta canción folclórica —melodía incaica— porque de joven había estado como cura misionero en Ecuador. Paradojas de la vida: en alguna ocasión reciente me ha dicho que cuando empezó, como cura que era, podía casar a las personas, y ahora, como abogado, “puede” descasarlas.
Yo por aquellos años era casi analfabeto musical, pero M sabía “meter las manos” en el piano, aunque rudimentariamente, y acompañaba, con un teclado que le proporcionó el colegio, el villancico que enseñaba en las aulas. Ahora, con el tiempo transcurrido sin practicar, ha perdido el toque que tenía y, aunque le gustaría mucho, dice que no puede interpretar sus melodías favoritas, ni las más sencillas. Ha intentado retomarlo desde hace unos años —me pidió partituras fáciles—, pero no tiene suficiente paciencia; ni esas melodías que le facilité puede tocar: se aburre, se cansa y lo deja.
Desde que escuché Al niño Dios por primera vez, me he servido de él en ocasiones —navideñas— para mis clases de música. Debo decir que muchos de los villancicos que he utilizado en al aula de educación musical no pertenecen a los tradicionales de nuestro país, son extranjeros, sudamericanos preferentemente (Huahuanaca, Huachito torito, En Belén...); y no porque no me gusten los españoles, que sí, algunos me gustan, y mucho, sino porque me atrae el exotismo, la originalidad, lo distinto, el salirme del “pero mira cómo beben” de siempre.
Ahora quiero utilizar Al niño Dios —o En brazos de una doncella, como quieran—, el villancico popular —ecuatoriano para algunas fuentes y boliviano para otras— que aprendí escuchando a MG a primeros de los setenta del siglo pasado; lo quiero utilizar para felicitar las navidades a quienes visiten Abonico por estas fechas. Advierto que no he encontrado una versión que me satisfaga plenamente, una como la reposada que permanece en mi memoria desde entonces —“Lento” indica la partitura en Caminos de la canción, uno de mis cancioneros—; aun así espero que les guste.
Y, copiada del cancionero citado, aquí está la partitura para quienes puedan y quieran utilizarla. Una sencilla interpretación con voces, flautas dulces imitando a las quenas —el “LA” inicial, a la octava superior— y algo de percusión (un pandero grande, una caja de cartón, un tambor de detergente...: cualquier cosa que imite al bombo andino) queda muy bien.


viernes, 16 de diciembre de 2016

Andrés

Suelo utilizar como recordatorio un sistema de notas muy práctico al que puedo acceder igualmente desde el móvil, la tableta y el ordenador, y el otro día iba por la calle apuntando en el teléfono algún quehacer cuando me encontré con Andrés, un vecino de lengua ágil que, cuando le expliqué que estaba anotando algo para que no se me olvidara, me dijo que su abuelo solía sentenciar que vale más un lápiz corto que una memoria larga”. Rumiando lo escuchado a mi locuaz vecino, seguí andando mientras se encadenaban en mi cabeza algunos recuerdos alrededor de su padre, también Andrés de nombre, a quien yo, de niño, conocí y con el que tuve una entrañable relación.
Gran parte del tiempo en el que transcurrió mi infancia estuve enfermo, en cama frecuentemente. En mis recuerdos, infancia y enfermedad van de la mano, son casi una misma cosa. La mía era una enfermedad grave y a mis oídos llegaba, con más frecuencia de la debida por la prudencia que el sentido común impone, que no viviría mucho, que no “pasaría” de los dieciocho o veinte años; escuchaba por aquellos días que como “tenía el corazón más grande que la caja —del corazón, se entiende—, este me seguiría creciendo y llegaría un momento en que no cabría dentro de ella.
Realmente, ahora, con muchos más años de los que me calculaban entonces como tope de vida (he superado sobradamente el triple de aquel pronóstico), veo como un gran disparate el que los mayores que me rodeaban hablaran tan negligentemente de estas cosas delante de mí o al alcance de mi fino oído y mi insaciable curiosidad de entonces.
Y, ¡claro!, debido a la seria enfermedad que padecía, fui un niño muy mimado por toda la familia, excesivamente mimado. Recuerdo haber escuchado entonces contar a mi madre, repetidas veces, que, como estaba tan malico, el médico le había dicho que no había que darme disgustos. Así que yo, enterado del asunto, aprovechándome, pedía y pedía; más aún: exigía, y muchos de los caprichos me eran proporcionados; me solían comprar casi todo lo que quería, salvo un balón y una bicicleta, que siempre deseé y nunca conseguí, pues tenía prohibido hacer ejercicio, ya saben... el corazón.
Igualmente, por los mismos motivos, me ofrecían dinero para que comiera, pues andaba desganado. Y, algo muy original y que no sé cómo surgió, supongo que de un capricho de niño enfermo y mimado: el desayuno tenían que traérmelo, porque si no era así no lo quería, del Casino, del, ahora no sé si bien llamado, Centro Cultural Agrícola, pues con el tiempo me he preguntado muchas veces qué hace ese “cultural” en el rótulo que hay sobre la puerta principal del edificio.
De tal modo fui popao que hubo una época en que todas las mañanas el bueno de Andrés —el padre de mi actual vecino—, entonces camarero del Casino, venía —con su pantalón negro, su chaqueta blanca, su bandeja, su vaso, su cucharilla y su azucarillo—, siempre de muy buen talante, con la sonrisa en los labios, a traerme el café con leche a mi casa. O eso creía yo, porque después, pero mucho después, me enteré de que el café con leche lo tenía preparado mi madre y cuando llegaba Andrés solo tenía que ponerlo en el vaso que él llevaba sobre su bandeja de camarero. Es posible, ¡vaya usted a saber!, que Andrés viniera únicamente con la bandeja, y lo demás ya estuviera, preparado en casa por mi madre, dispuesto para servírmelo.
Sea como fuere, quiero pensar ahora que algo sacaría Andrés; no creo que la buenaza de mi madre no compensara de alguna manera el gesto —¿la gesta?— del camarero; espero que así fuera, porque era un hombre bueno, muy bueno. Lo cierto es que desde entonces le tomé mucho cariño, un afecto que hizo que, aunque hace mucho tiempo que murió —joven, en 1976—, su bondadosa imagen todavía perdure en mi recuerdo.
Ahora, a la excelente imagen de Andrés que retiene mi cerebro, puedo sumar un recuerdo material suyo: Andrés hijo me ha regalado una tarjeta que su padre se hizo entonces para felicitar las Pascuas a los socios del Casino.
 Gracias, Andrés.