SECCIONES

viernes, 22 de septiembre de 2017

Protones, neutrones, electrones y...

Mi hijo Antonio ha asistido recientemente a la lectura de la tesis doctoral de una compañera de departamento de cuando él hizo el doctorado. Tras la defensa de la tesis llega la calificación —sobresaliente cum laude—, las felicitaciones, los abrazos... Después toca ir de comida a un buen restaurante. La costumbre entre los compañeros del departamento —doctorandos, doctores, aspirantes futuros...— es ayudar entre todos al actual lector o lectora de la tesis en el pago de la comida, tanto de la de ellos como de la de los componentes del tribunal, que van a cuenta de los peones del departamento.
Me cuenta mi hijo que el cátedro presidente del tribunal, que durante la comida ha tomado unas copas de buen vino, ya en la sobremesa se suelta y les dice que ha cumplido setenta años, que acaba de dar su última clase en la universidad de donde viene y que, recordando esa última clase, viene a cuento darles un consejo a los jóvenes presentes en la comida, a aquellos que comienzan su andadura o lo han hecho recientemente. Así que a continuación les hace una encarecida recomendación que, asegura, si le hacen caso, les ayudará a llevar una mejor vida, la misma recomendación, dice, que ha hecho a sus alumnos universitarios en esa clase de despedida de la que acaba de hablar.
La máxima filosófica —les explica— es la siguiente: En el mundo (no recuerda Antonio si ha dicho mundo o universo) hay protones, neutrones, electrones y... [espera un momento el sabio profesor, como reclamando atención] ...tontos de los cojones; a continuación añade que hay que tener en cuenta los tres primeros elementos y pasar, dejar de lado intencionadamente y no hacer caso del cuarto grupo, el de los tontos de los cojones. Así, les dice satisfecho de tan importante aportación a sus vidas, les irán mejor las cosas.
He pensado en el consejo y la verdad es que le veo cierta lógica. Encuentro intencionalidad en el orden en que expone esos elementos que hay en el mundo (¿universo?), así como se la encuentro a qué partes hay que prestar atención y a cuáles dar de lado. Parece clara la intención del orden utilizado, que va de los protones, con carga positiva, pasando por los neutrones, con carga neutra, y los electrones, con carga negativa, a los tontos de los cojones, con carga muy, pero que muy negativa. Así que es evidente que aconseja dar de lado a lo muy negativo, ¿no? Pues ya saben: una buena terapia.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Una bruja y un payaso

Una bruja...
Acaba de comenzar el verano y ya aprieta el calor. Voy con mi hijo mayor, mi nuera y mis nietas a tomar un helado a la heladería que hay junto a la iglesia del pueblo. Una vez allí, en una de las mesas de la terraza, «es obligado» llevar a las niñas a las escaleras que dan entrada al templo, situadas a unos pocos metros de nosotros; ¿para qué?, pues para que suban y bajen sus escalones incansablemente (y agotadoramente para los adultos que las acompañamos) en diversos estilos y modalidades: andando, saltando, hacia delante, lateralmente, para atrás...; también, para que bajen corriendo la rampa que, para gente necesitada, hay en un lateral de las escaleras; para que se cuelguen de la barandilla que hay junto a dicha rampa.... Échenle imaginación y aun así se quedarán cortos ante la variedad.
Los tres adultos nos turnamos para aguantar el tirón con las crías. Mientras uno está con ellas, los otros se relajan y descansan sentados en la terraza de la heladería; y eso, relativo reposo, es lo que en este momento me toca a mí, pues es mi nuera quien está con las niñas. Las tres, madre e hijas, han subido los escalones y desaparecen durante unos momentos por la puerta de entrada a la iglesia: las pierdo de vista.
Regresa mi nuera de su turno a los pocos minutos; vienen las tres, esperando las pequeñas que alguien se vuelva a ir de juego con ellas. Entonces me dice mi nieta Paula, señalándome con la mano en dirección a la puerta de la iglesia:
—Abuelo, es María.
Miro en la dirección que me señala y veo una monja, toda de blanco.
—¿Quién es María?, ¿aquella mujer? —pregunto a mi nieta, señalando en dirección a la sor con más discreción que lo ha hecho la niña—, ¿la monja?
—Sí.
Entonces me dice mi nuera que Paula y la monja acaban de tener una breve e interesante conversación en la que mi nieta ha tomado la iniciativa.
—¿Tú eres una bruja? —le ha preguntado inocentemente la niña.
—No, yo soy una monjita —se apresura a contestar con dulzura la monja.
—¿Y cómo te llamas? —sigue preguntando la chiquilla.
—María.
Y así quedó la cosa ese día, de manera que cuando posteriormente hemos ido allí a tomar un helado, Paula se acuerda y pregunta por María.
Días después, en el mismo contexto, presencié una escena parecida, pero cambiando de niña protagonista. Imagínenme sentado en la terraza de la heladería; las chiquillas andan, esta vez acompañadas por su yaya —mi consuegra—, en las escaleras de la iglesia; miro hacia donde están ellas y escucho a mi nieta Paula que desde unos veinte metros de distancia me dice, elevando la voz para que la onda sonora llegue bien a mis oídos: «¡si no da miedo!»; y lo repite un par de veces: «¡abuelo, si no da miedo!, ¿a que no?». Al poco me entero de la razón por la que lo dice: Resulta que María, la monja, hoy tocada de color negro en la cabeza, le da miedo a Ángela, mi nieta pequeña, que es quien ahora dice que la monja es una bruja; y Paula, en su papel de «más mayor», trata de quitarle importancia y me explica a mí, desde la distancia, lo que le dice y le repite a su hermana para tranquilizarla: «¡si no da miedo!».
Y así están las cosas por ahora con el asunto de la bruja-monja.
...y un payaso
El tema de la monja me lleva a recordar algo que hace ya muchos años —cerca de cuarenta— me ocurrió con mi hijo mayor, el padre de Paula y Ángela, las protagonistas de la historia que acabo de contar.
Vivíamos en la casa que tuvimos antes de la que disfrutamos ahora; yo andaba en mi estudio y mi hijo en el salón, jugando y viendo la tele. De pronto veo que, muy sorprendido, viene corriendo hacia donde estoy y me dice: «¡ven, papá, mira, un payaso!».
Voy preparado; ver un payaso en televisión no es como para maravillarse, pienso que pensé entonces. Salgo de mi estudio con el niño de la mano y voy a mirar el payaso que dice haber visto en la pantalla y que al parecer tanto le ha chocado. ¿Y...? Me llevo una buena sorpresa, porque no es un payaso, ni se le acerca; es el Papa, sí, el de Roma, que, ataviado como de costumbre, ceremonialmente, para algún acto de los suyos, con esas «vistosas» vestimentas, ha hecho creer a mi hijo que se trataba de alguien disfrazado de payaso, según su natural lógica infantil al margen de educación religiosa alguna.
Qué quieren que les diga: me dio la risa. En otra casa, otra familia casi seguro que habría reprendido al niño o le habría dado algún pescozón, por sacrílego o no sé por qué, pero yo pensé que era gracioso; reflexioné, saqué mis conclusiones —saquen ustedes las suyas—, me reí y... lo he contado muchas veces.
Ahora, las dos anécdotas, la de la bruja y la del payaso, suelen ir de la mano.


viernes, 8 de septiembre de 2017

La muda del gallego

A Tomás Cayuelas, además de su bonhomía, lo caracterizan la envergadura de su físico, su perenne buen humor, un vocabulario muy particular y un gracejo campechano en su más que abundante parloteo. Él fue la primera persona a la que recuerdo haber escuchado la expresión «sin en cambio», que desde entonces he oído de vez en cuando en el pueblo y siempre me ha chocado.
La expresión «sin en cambio» podría ser calificada como «súper locución adverbial», pues une en un curioso mezclijo el poder de dos locuciones de este tipo: «sin embargo» (sin que sirva de impedimento) y «en cambio» (por el contrario).
Cuenta Tomás (que por su aspecto físico, su fortaleza, me trae a la memoria a Josechu El Vasco) y lo hace con gracia, como suele relatar sus cosas, que cuando estuvo trabajando en el extranjero, conoció bastante bien, pues se alojaba en la misma casa que él, a un gallego que hacía (provocaba es término más preciso, por lo que cuenta nuestro amigo) un rolle alrededor de su persona, bien fuera en el autobús, en el metro o en cualquier medio de transporte público que utilizara. El rolle o corro en torno al gallego se debía a que la gente que lo rodeaba comenzaba a distanciarse prudentemente de él, a protegerse respetando un círculo a su alrededor, el famoso cordón de seguridad, porque el individuo en cuestión olía muy mal, atufaba.
¿Que por qué atufaba? Pues... para que se hagan una idea, a continuación va un botón, como el de la famosa muestra.
Dice Tomás, que relata la historia acompañándose de gestos ilustrativos muy enriquecedores, que el gallego tenía dos pares de calzoncillos: los que llevaba puestos y otros que guardaba debajo del colchón de su cama, entre este y el somier. Cuando quería «mudarse», se quitaba los calzoncillos que llevaba puestos y los sustituía por los otros, que, sin haber sido lavados, estaban esperando el cambio en el lugar que días antes se les había asignado.
En el diccionario de María Moliner, muda es, en su segunda acepción, el «conjunto de la ropa interior que se suele cambiar de una vez» (pone como ejemplo: «Ponme en la maleta un traje y una muda»). En mi memoria, igualmente, la muda es la ropa interior, y mudarse, el cambio de ropa interior; y recuerdo que en mi infancia a los niños nos mudaban una vez a la semana.
Cuando pasaban otros cuantos días (demasiados, por lo escuchado a Tomás, que dice que..., tirando por lo bajo, podría ser que su compañero de piso se mudara quincenalmente), el gallego repetía la misma operación, ahora a la inversa: se quitaba los calzoncillos que llevaba puestos, los ponía bajo el colchón, sobre el somier, y se ponía los que allí había dejado quince días antes, que, por supuesto, estaban tiesos, como acartonados, insiste el narrador tapándose la nariz en un gesto exageradamente cómico.
Según días y tiempo disponible, Tomás incluye en la narración pequeñas variaciones, algunos matices que sin alterar la esencia de la misma, la enriquecen; son los ornamentos, como el referido a cuando el gallego, en una ocasión, se decide a lavar los calzoncillos empujado por nuestro amigo, que le hace ver el amarillento «bordón» que los orla; entonces los lava en la bañera, solo con agua y pisándolos como si de uvas para hacer vino se tratasen; después los tiende en una cuerda donde penden totalmente tiesos, acartonados y con un extendido y ahora más difuminado color amarillento, un indefinible tono anicotinao.
Hay que ver (los gestos que acompañan la narración son muy importantes) y escuchar muy atentamente a Tomás cuando habla del estado en que estaban los calzoncillos del gallego, tanto los que se quitaba como los que esperaban su turno para ser utilizados, siempre sin lavar, por supuesto.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Hacer ejercicio

Vivo en un tercer piso y no suelo utilizar el ascensor para bajar a la calle: lo hago por la escalera; pero subir…, eso es otra cosa: se me atraganta, sobre todo, el último tramo, y el corazón, mi defectuoso corazón, amenaza con salírseme por la boca.
No me gusta, pero, para mejorar mi salud, salgo a andar casi diariamente. La verdad es que me cuesta mucho vencer la pereza y aprovecho cualquier excusa para quedarme en casa, que es lo que en realidad me apetece, lo que de verdad me gusta: la tranquilidad del sillón, el ordenador, la prensa, los libros, la música, el cine en la tele… o, sencillamente, perder el tiempo...: eso es lo mío. Lo malo es que esa actitud sillonera dominante en mi vida hasta hace no mucho (sillonbol la llamó en su día el cardiólogo que me trataba) es poco sana y me ha traído malas consecuencias, unos lodos que ahora no es momento de tratar aquí.
¿Y entonces... de salir, nada?, preguntarían algunos de ustedes si tuvieran la ocasión. Bueno… sí... para tomar unas cañas, un café, un helado, charlar un rato…
La verdad es que me apunto a lo que dice Iñaki Uriarte (Diarios 1999-2003, Pepitas de Calabaza, 2011):
No sé hacer ejercicio. Tan simple como eso. Pasea, pasea, pero ¿cómo se pasea? Me aburro. No le veo sentido. Hay gente a la que le dirías: hay que leer una hora al día, y le sería imposible. Lo mismo me pasa a mí con el ejercicio.
Pero resulta, ¡vaya!, que el ejercicio es bueno para la salud (a este paso terminarán los cementerios llenos de gente saludable, dice Woody Allen en una de sus películas cuando el personaje que interpreta va paseando por el parque y se encuentra con gente corriendo en dirección contraria): andar fortalece el corazón, quema calorías, baja la tensión y el colesterol, disminuye el estrés y qué sé yo cuántas cosas buenas más dicen que propicia.
¿Y…? Pues eso, que, a esta edad mía, una vez jubilado…, si no llevas cuidado, como tienes menos actividad obligatoria…, pues… más sedentarismo, y la salud puede caer en picado. Tampoco se trata de ir a un gimnasio, ni me va por ahora la utilización de aparatos para hacer ejercicio en casa.
Entonces… ¿qué me queda?: andar, pasear…: moverme, aunque sea saliendo a comprar el pan o alguna otra falta de la casa. Se trata de aprovechar, para realizar ejercicio físico, cualquier cosa que tenga que hacer. Y de ahí a andar un poco más seriamente, todos los días, hay un paso. Y en ello estamos; así que, aunque resulte difícil de creer para quienes me han conocido en tiempos pasados, salgo, como he dicho, casi diariamente y ando durante una hora u hora y media; incluso, a veces, créanlo, dos horas. No quiero acabar desplazándome, como dice Bukowski, usando el culo o rodando.
[…] ¿Quién inventó las escaleras mecánicas? Escalones que se mueven. Y luego hablamos de locuras. La gente sube y baja por escaleras mecánicas, en ascensores, conduce coches, tiene garajes con puertas que se abren tocando un botón. Luego van al gimnasio a quitarse la grasa. Dentro de 4000 años no tendremos piernas, nos menearemos hacia delante usando el culo, o quizá simplemente rodemos como rastrojos que lleva el viento. Cada especie se destruye a sí misma. (Charles Bukowski (2000): El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, Barcelona, Anagrama, pág. 36).

viernes, 25 de agosto de 2017

¡Coño!, ¿¡tú eres...!?

Contaba Gustavo Romera, un moratallero amigo con el que compartí piso de estudiantes en Murcia, que, para ayudarse en el pago de sus estudios, un verano había ido a Francia, a trabajar en la vendimia, algo, por lo visto, muy normal, muy arraigado en su pueblo.
Referente a esto de la vendimia francesa, leo [Carmen Bell Adell: «Demografía», en Historia de la Región Murciana, vol. ix, La Época Actual (1909-1975)] que «El caso de Moratalla es quizá el más significativo: año tras año, en el mes de septiembre, el pueblo queda casi vacío; familias enteras se trasladan al vecino país para suplir en parte el elevado número de horas en paro al que se ven sometidos gran número de sus habitantes». Un poco más adelante dice —aunque ahora no se refiere a las gentes de Moratalla, sino a los murcianos en general— que «Los estudiantes suman el 2,6 %», un porcentaje que en Moratalla, por lo leído más arriba, sería mayor.
Decía Gustavo que al llegar, de madrugada, a la población de destino, sus compañeros de viaje le pidieron que, puesto que él chapurreaba el francés porque lo estaba estudiando en la universidad —Románicas—, bajara del coche, se dirigiera a un señor que a esas primeras horas de la mañana estaba, manguera en mano, regando la calle, y le preguntara por dónde caía la dirección que buscaban. Y eso hizo el joven: bajó del coche, se acercó al buen hombre y...
Bon jour —dijo mi amigo con su mejor francés académico.
Bon yur —contestó el hombre de la manguera, algo menos académicamente, mientras se giraba para ver quién le estaba preguntando; y al ver a Gustavo añadió, muy sorprendido, al tiempo que se le iluminaba el rostro de alegría— ¡Coño!, ¡¿tú eres nieto del tío José Romera?!
—Sí —contestó el joven, un poco aturdido por la sorpresa, pues en efecto era nieto del tío José Romera, así que repitió —sí, soy su nieto.
—¡Pero, hombre!, si yo soy fulano, de allí, de Moratalla —añadió el de la manguera—, tú no me conoces pero yo fui muy amigo de tu abuelo, ¡si yo te contara!
Y le contó, ¡vaya si le contó!

viernes, 18 de agosto de 2017

¡No parece mi papá!

El padre de familia lleva barba desde hace muchos años. Muy pocas veces se la ha quitado y cuando lo ha hecho le ha costado acostumbrarse —realmente no se ha acostumbrado— a la nueva cara que el espejo le ha devuelto reflejada. Otras veces ha pasado de barbudo a «perillán», incluso ha alternado sucesivamente, indeciso, barba y perilla. Pero lo habitual desde hace décadas ha sido su imagen con una barba a la que se acostumbró de joven y de la que le cuesta y no piensa por ahora desprenderse.
Está ese padre un día de hace ya muchos años recortándose la barba frente al espejo del cuarto de baño, cuando de pronto le da un arrechuzo y piensa en afeitarse: «¿me la quito?»; pensado, repensado y... manos a la obra: primero hay que recortarla con las tijeras para, después, una vez cortita, pasar a afeitarla con la cuchilla.
Recién acaba de comenzar la faena ve, reflejado en el espejo, en un lateral, cómo lo mira extrañado, asomándose por la puerta abierta del cuarto de baño, el menor de sus hijos, que, todavía pequeño, nunca ha visto a su padre sin barba. Muy observador desde chiquitín, el niño se queda mirando y en los minutos siguientes va y viene rápidamente, como nervioso, unas cuantas veces, siempre en silencio y observando con interés. Ya al final de la operación de afeitado, tras el enjuagado final de la cara y los últimos retoques de limpieza total, el chiquillo sale corriendo, llega hasta la habitación donde está su madre y, muy admirado, con bastante entonación, exclama:
«¡NO PARECE MI PAPÁ!»

viernes, 11 de agosto de 2017

¡Qué mal hablas!

—¡Qué mal hábrahh!
—¡Anda que tru!
***
—A la gente de Murcia, a mucha, le cuesta quitarse de encima el complejo de que habla mal, supongo que más aun cuando se compara con las gentes de otras hablas, como las de las dos castillas, y más concretamente, creo, con los castellanos del norte, que son los que tienen fama, sobre todo entre gente ignorante, de hablar bien, de hablar «el mejor castellano», «el mejor español».
—¿Por?
—Porque muchos murcianos confunden hablar bien con hablar con eses, cuanto más silbantes, mejor. Ya de niño, cuando un servidor iba al colegio de monjas que había en el pueblo, mis oídos detectaban con admiración, en las individuas que lo regentaban, algo especial, como más educado y brillante: eran esas eses.
—¡Claro! Eh que loh murcianoh hablamoh sin eseh.
—Sin eses, no. Lo que he oído decir con demasiada frecuencia, y me molesta, es que nosotroh, loh murcianoh, somoh muy brutoh, hablamoh muy bahto, muy mal; y se lo he oído decir a murcianos avergonzados porque no pronunciamos determinadas eses o nos comemos algunas erres o… También es frecuente que muchos de esos murcianos, a continuación de sus lamentaciones, añadan que quienes mejor hablan son los de Valladolid: «esoh sí que son finoh y hablan bien», añaden.
—¿Los de Valladolid?
—Sí, los de Valladolisss son muy fisnos —perdona que exagere mi articulación—, aunque ellos prefieren llamarse de Valladolizzz.
—¡Vaya!
—Sí, justamente los de tráemele que me le coma, los de dala una palmada a la niña en el culo. Mira, en tiempos de la EGB, hubo una maestra en mi colegio que decía que ella era de Valladoliz y que daba clase en oztavo curso.
—Entonces… ¿los de Valladolid no hablan un buen español?
—Pues… unos sí y otros no, creo yo. Mira lo que opinan los del Instituto Cervantes (Las 500 dudas más frecuentes del español, Espasa Calpe, 2013, pág. 18) sobre quiénes hablan mejor español en nuestro país (el resaltado en negrita, menos el de la pregunta inicial, lo he añadido yo):
¿Dónde se habla el mejor español?
No hay ningún país ni región ni ciudad del que se pueda decir que en él se habla el mejor español; ni siquiera se puede decir que en una zona se habla mejor o peor que en otra. Al menos desde un planteamiento riguroso o científico. De hecho, para poder responder adecuadamente a esa pregunta habría que comenzar estableciendo qué se entiende por «el mejor español». Si el lenguaje es básicamente un instrumento para la comunicación, en cada lugar la lengua sirve adecuadamente para que los individuos de esa sociedad se comuniquen entre sí, de modo que los usos que han ido creándose en cada comunidad son los que mejor sirven para los propósitos comunicativos de sus individuos.
Diferente es la perspectiva si atendemos a cómo usan las personas el idioma. En este caso, es evidente que no todos se comportan de la misma manera, ni son igualmente conscientes de la importancia de esta herramienta de comunicación, ni tienen la misma sensibilidad ante ella ni sobre los efectos que su uso puede tener sobre los demás. Por ello, sí es posible decir que un hablante se comunica mejor que otro, que se expresa mejor que otro, que emplea el lenguaje mejor que otro, en definitiva.
La pregunta, por tanto, no es «dónde» se habla mejor sino «quién» habla mejor. El mejor empleo del lenguaje suele ir asociado con el interés personal y también con la formación individual. Y, en este sentido, el modelo de habla considerado culto se sitúa por lo general entre las personas mejor formadas, las que mejor conocen los recursos idiomáticos y las que mejor se sirven de ellos: escritores, periodistas, profesores, etc.
—¡Menuda aclaración!
—Entonces... ¿está claro?
—Sí, eso parece.
Pueh… ¡ya ehtá!

viernes, 4 de agosto de 2017

Aponarse

De niño escuchaba «¡atí, qué fati!» o «¡vaya fati!», expresiones con las que mucha gente solía referirse a cualquier persona gorda o, sobre todo, muy gorda (el término venía de un popular personaje del cine mudo; del inglés fat, que significa grasa, grasa corporal, gordo; de ahí el adjetivo fatty, aplicado a la persona que está gorda, con exceso de grasa).
Y no era infrecuente escuchar a continuación de lo de fati, como previendo un desastre: «¡si sigue así se le van a juntar las mantecas!» o, más directo y breve —no era necesaria la introducción—: «se le van a juntar las mantecas»; estas frases se pronunciaban augurando la muerte del obeso, una muerte que yo, tierno todavía, presentía atroz, por amontonamiento de masas gelatinosas grasientas.
La expresión «juntársele a alguien las mantecas» no es exclusiva de aquí; el diccionario de la Real Academia se refiere ella como una locución verbal coloquial que indica «estar en peligro de muerte por exceso de gordura».
Nunca entendí entonces qué era eso de «juntarse las mantecas», y menos aún lo de que alguien pudiera morir porque ello ocurriera, porque se le juntaran. Cuando escuchaba la expresión, me imaginaba que las blancas y rugosas grasas de un lado del cuerpo (había visto lo que le extraían a los cerdos en las matanzas) se expandían hasta chocar y unirse con las del otro lado también en expansión; ¿y entonces?, pues eso, el fin, la muerte.
Entre los personajes del pueblo a quienes podías oír calificar de esa guisa,  aplicándoles expresiones como las de los párrafos anteriores, recuerdo uno en especial; pesaba —llegó a pesar— ciento ochenta kilos, y para moverse de un lugar a otro necesitaba algo en qué apoyarse; yo lo conocí con bastón en espacios interiores y con una ligera motocicleta por la calle aunque se desplazara andando.
Con los años, escuché que nuestro fati contaba, con cierta gracia, cómo le había ido en un par de consultas que hizo al médico que lo trataba.
—¿Qué te ha dicho? —le preguntaron los amigos tras la primera visita.
—¿Que qué me ha dicho?, que... si sigo así... me apono —contestó con cara de resignado por lo que de tal pronóstico se derivaba.
Y es que, en murciano, aponarse significa agacharse, ponerse en cuclillas; y no había que ser muy espabilao entonces para saber lo que quería decir la expresión «que... si sigo así, me apono»; quería decir que si nuestro personaje seguía con tan exagerado sobrepeso, este terminaría venciéndolo y sus piernas no podrían soportarlo: se aponaría, terminaría agachado, acuclillado.
Según su relato, el doctor lo puso a régimen y le dijo que volviera a la consulta unos meses después, para ver qué tal le iba. Él, advertido seriamente, así lo hizo.
—¿Qué te ha dicho el médico esta vez? —le volvieron a preguntar los amigos tras esta última visita.
—¿Que qué me ha dicho? —le gustaba esa expresión—; cuando me ha visto entrar en la consulta no ha necesitao reconocerme, ni siquiera preguntarme cómo me encontraba; imaginarse cómo me habrá visto para tener que decirme: «¡ande, váyase usted y que le haga su mujer un cocido con pelotas, que tiene muy mala cara!». 
A grandes males, grandes remedios. Así parece que acabó el régimen.

viernes, 28 de julio de 2017

Sakura

Sakura es el nombre de una canción tradicional japonesa que escuché por primera vez, hace ya mucho tiempo, en La casa de té de la luna de agosto (traducción española del título original: The Teahouse of the August Moon), una película estadounidense del año 1956, dirigida por Daniel Mann y protagonizada, entre otros, por Glenn Ford, Marlon Brando y Machiko Kyō (la geisha Flor de loto, que es quien canta la canción en la peli). Jhon Patrick escribió el guion a partir de su propia obra de Broadway de 1953, ganadora del Premio Pulitzer de drama y del Premio Tony. Todo basado en una novela de Vern Sneider.
En Japón, sakura significa flor de cerezo (de variados colores y distintos tonos, entre los que destaca especialmente el rosa pálido; decorativa, ornamental, incluso medicinal, por ejemplo como diurético), todo un símbolo para esta gente, que considera el breve y brillante momento de la floración una metáfora de la brevedad, fragilidad, transitoriedad de la vida. En tiempos de floración —comienzo de la primavera—, los japoneses celebran una fiesta donde familiares y amigos se reúnen bajo la sombra de los cerezos en flor y comparten alimentos celebrando la aparición de las flores. Tras esta fiesta, comienza el curso académico en Japón.
Después, con el tiempo, encontré la partitura de esta exótica melodía y desde entonces ha estado presente en mi repertorio de canciones para el aula de educación musical; aquí les pongo una copia para quienes interese. Al escribirla la he subido un tono respecto del ejemplo encontrado; lo he hecho con la intención de que pueda ser tocada con flauta dulce, un instrumento —espero— al alcance de algunos de mis lectores.

viernes, 21 de julio de 2017

Pan torrao...

Aquí, para los chiquillos de entonces, un pedo silencioso era una follá (variantes: follón y follonazo). Si, de pronto, en el grupo en que estabas jugando, se olía mal y alguien pensaba que el perfume procedía del culo de alguno de los participantes en el juego, todos, poniendo cara de inocentes (observando con atención, en las distintas caras se podía ver un buen abanico de expresiones de disimulo), todos, digo, nos apresurábamos a negar habernos follado, haber dejado caer la bomba fétida.
Y si de buenas a primeras no estaba claro quién había sido el atrevido (propia confesión, delator rubor de cara, algún chivatazo cercano...), la cosa se solucionaba por unos medios que, aunque no muy científicos, por aquellos entonces se nos ofrecían con claras garantías justicieras. Entre estos medios destacaban dos.
El primero en ser aplicado (siempre se le ocurría a alguien dispuesto a esto y a mucho más) consistía en oler el culo a todos y cada uno de los componentes del grupo; insisto, siempre había quien por su cuenta comenzaba a oler cada uno de los culos para ver si detectaba quién había sido el infractor, el insolente retador. También es cierto que, como él no podía oler su propio culo, de esta forma podía ocultar su culpabilidad caso de que así fuera.
Si este método no funcionaba convincentemente («has sido tú»; «yo no he sido»; «aquí está, aquí se huele»...) y el infractor no aparecía, se optaba por un sorteo a «ritmo de marcha» que —entonces así nos parecía— descubría inequívocamente al culpable, al individuo que inmediatamente aparecía ante el grupo como merecedor de una lluvia de pescozones que sus compañeros de juego le dejaban caer. En el sorteo, el director de la rifa iba señalando con el dedo índice —marcando el «pulso» musical— a cada uno de los candidatos a «culpable», mientras recitaba rítmicamente el siguiente texto:
«Pan torrao, huevo asao,
quién ha sío el tio cochino
que se ha follao»
Para aprovechamiento de quienes puedan leerla musicalmente, a continuación les pongo la versión rítmica más conocida de este texto, la que, según mi recuerdo, y algún otro cosultado, fue más utilizada:
Me he referido a la versión más usual porque este recitado rítmico tenía su intríngulis, su truco, pues quien lo llevaba a cabo —el espabilao de turno— tenía la opción —con el consentimiento implícito de los demás— de distribuir algunas de las sílabas de la prosodia según sus conveniencias, con lo cual prácticamente casi podía elegir quién era el perdedor o, por lo menos, esquivar él el marrón evitando que en el sorteo le tocara la última sílaba.
He aquí algunos ejemplos de distribución silábica en el enunciado rítmico:
Que se / ha / fo / llao
Que se / ha / fo / lla / o
Que / se / ha / fo / lla / o
Al final siempre pagaba alguien poco apreciao.

viernes, 14 de julio de 2017

El Barras (y 2)

El Barras era especial con sus clientes, supongo que sobre todo con los buenos clientes. Cuando escuchaba a lo lejos la pitada cómplice de un vehículo que se acercaba a la altura del quiosco (recuerden: la Nacional 340, la carretera general Murcia-Alicante, con mucha circulación entonces), pronto identificaba al individuo que lo conducía y que, si había tráfico muy denso, no tenía siquiera que detenerse, pues Antonio le lanzaba un cartón de Winston, Marlboro, Chesterfield... —el preferido del cliente—, se lo introducía por la ventanilla mientras le decía «tira, ya lo pagarás».
En los más inmediatos alrededores del quiosco eran celebrados con bombo y platillo por el Barras y sus amigos determinados acontecimientos, entre los que destacan como más sonados los balompédicos, pues Antonio, muy aficionado al fútbol —era del Barça: un cérrimo—, celebraba sus victorias —y las derrotas de sus máximos rivales— a lo grande, por todo lo alto, pero sobre todo con originalidad, con apuestas e ingeniosos espectáculos, como el rezo que le era impuesto a modo de penitencia al forofo perdedor; para ello había en el «almacén» del Barras un reclinatorio —sí, de los de la iglesia— y un rosario, y con ellos, arrodillado en el primero y con el segundo entre las manos, el penitente perdedor de turno tenía que rezar o simular que rezaba, en los días siguientes a los partidos, a primeros de semana normalmente.
Cuando nuestro paisano Vicente Carlos Campillo obtuvo el carnet de entrenador de fútbol (me surge una mínima duda sobre si fue entonces o si fue cuando de su mano el Real Murcia subió a primera), el acontecimiento fue celebrado cortando la circulación en la carretera nacional. La fila de coches que venía de Alicante la detuvo el propio Barras haciendo el alto a los vehículos con una infantil pala playera de plástico, y la fila de coches que venía de Murcia la detuvo su compadre Soto, otro célebre personaje al que llamábamos el Capitán Veneno, que había sido caballero legionario y del que algunos jóvenes de entonces aprendimos el himno de los de la cabra. Y todo esto del  corte de la circulación, se preguntará más de un lector, ¿para qué?, pues para que Vicente Carlos, flamante y pronto exitoso entrenador de fútbol, en esos pocos segundos que duraba el parón de tráfico, «se pegara» una acrobática voltereta en medio de la carretera, voltereta premiada con una salva de aplausos de los allí presentes para la ocasión: circo en estado puro.
Siendo yo jovenzuelo, en alguna ocasión presencié cómo el Barras, muy generoso, hacía de banquero prestamista con algún amigo mío. Me consta, además, que este amigo mío no era el único «cliente» prestatario que tenía, y que, al contrario que hacían las distintas entidades bancarias, Antonio prestaba sin cobrar intereses: desinteresadamente, nunca mejor dicho.
Como para él el estudio debía ser una tarea derretidora de sesos, me «aconsejaba», a su manera, que no estudiara «tanto», que no era bueno, y me decía, simulando tocar la flauta de manera grotesca, que si seguía así «acabaría loco, como el tío nosequién —nunca supe de quién me hablaba—, que terminó en lo alto de una morera y con una sartén al hombro».
Cuando la vida le vino mejor, me acuerdo, le gustaba salir, como él mismo te decía, preparao —de dinero, se entiende—, y comer «bien», como te contaba después con detalle. En una ocasión me dijo que mi hermano —buen amigo y guía suyo en las «salidas»— lo había llevao «cal Rigan» (con el apellido del presidente estadounidense se refería a un restaurante cercano a la costa regentado por un extranjero, un belga, Míster Roland) y que «cal Rigan», me siguió contando, se había comido «un mendrugo de carne así», y me mostraba con satisfacción el puño como referencia del grosor del trozo de carne comido.
Después, pasado el tiempo, supe que andaba muy delicao; me enteré por mi hermano, que, tras algunas visitas a su casa y al hospital, me informaba de su evolución. Tras su muerte, siempre que por cualquier circunstancia me viene a la cabeza su imagen (asociación de ideas, alguna conversación, el encontrarme con algún libro o disco comprado en el quiosco...), lo recuerdo con afecto: sit tibi terra levis, Barras.

viernes, 7 de julio de 2017

El Barras (1)

Antonio Morga, de El Siscar, el Barras, un hombre duro, que se había criao —decía él para mostrar su rocosidad— corriendo descalzo por «carrizos de punta» que —aseguraba— no punchaban a sus pies encallecidos; que había estado trabajando en Alemania, de donde había vuelto con una enfermedad, de resultas de la cual le había quedao una mala secuela, la imposibilidad del trabajo físico duro, pero también —todo no iba a ser malo— una paguica de por vida.
De estatura media, delgado, de aparente —solo aparente— aspecto muy serio, incluso hosco; pescuezo delgado, largo y recto; la piel de la cara, en la zona de las mejillas, un poco rojiza debido a unas venillas, y una calvicie avanzada que Antonio cubría indiferentemente con gorra o sombrero, dependiendo sobre todo de la ocasión, de si estaba trabajando o salía «de fiesta», por ejemplo, a comer a algún restaurante con su mujer y algún otro matrimonio amigo.
El Barras tenía un diminuto quiosco de madera pintado de color verde, que, posteriormente, cuando las cosas le fueron mejor, fue sustituido por uno más moderno de aluminio, aunque también pequeño. El quiosco quedaba muy bien situado en el centro del pueblo, en la zona más comercial, junto a la orilla de la carretera, en el mismo lado y a menos de cincuenta metros de la plaza de la iglesia.
Y en su mínimo quiosco, Antonio vendía los periódicos locales de entonces —La verdad y Línea—, venta que poco a poco fue ampliando con algunas revistas y, sobre todo y muy importante, con la de tabaco, que conseguía de contrabando —rubio americano, negro cubano...—, un género muy valorado por muchos fumadores de entonces, yo entre ellos: Winston, Marlboro, Craven “A”, Partagás, H Upmann... ¡¿Cuánto frío debió pasar en las heladas madrugadas de invierno para tener preparada la prensa a primera hora?!
Con el tiempo utilizó como ampliación del negocio, a modo de almacén, un bajo desocupado que había tras el quiosco, casi pegado a él. En este local, que hacía años había sido un bar y aún conservaba la barra al fondo, tenía Antonio espacio sobrado para las revistas, los coleccionables, el tabaco —escondido—... y, con el tiempo, hasta para un depósito refrigerador con cervezas y refrescos que, decía él, eran para los amigos, y, por lo que pude comprobar, realmente eran para los amigos: no te cobraba. Llegabas, te sentabas en una de las sillas que para la ocasión tenía, te ofrecía una cerveza y cuando pretendías pagarla te decía que guardaras tu dinero —«¡ande vaas!»—, que aquello lo tenía allí para los amigos.
Todavía tengo fresco en la memoria lo que tuve que insistir, el follón que tuve que darle, cuando comenzó a editarse El País, las veces que se lo tuve que pedir para que lo trajera y comenzara a venderlo en el quiosco. Hasta entonces yo me desplazaba a Murcia para comprar tan preciado bien, aunque no todos los días; después, entonces sí diariamente, durante muchos años lo adquirí en el quiosco del Barras. Allí me hice también con preciosas joyas de la música y la literatura, con colecciones completas de fascículos (Historia de la literatura española e hispanoamericana), de fascículos y discos (Los Grandes Compositores, Los Grandes Temas de la Música...) y de libros (Biblioteca Básica Salvat, Obras Maestras de la Literatura contemporánea —Seix Barral—, Colección de Literatura Universal Bruguera...).
No se le daba muy bien la escritura y tampoco las cuentas; por ello y por la confianza que tenía conmigo, periódicamente me pedía —no creo que yo fuera el único en hacerlo— que le ayudara en la devolución del material pasado de fecha: periódicos, revistas, coleccionables... A veces, me veía llegar y sin preludio alguno me decía: «coge el bolígrafo y apunta», y ya sabía yo lo que tenía que hacer: tomar nota de la cantidad de ejemplares que iba a devolver y que ya tenía él preparados, desperdigados en montoncitos por el suelo; me iba dictando: «2 de Hola, 3 de Diez minutos, 1 de Triunfo, 1 de Los Grandes Compositores...»; y así.
Casi siempre a mediodía, tras una mañana de trabajo en la escuela, quien esto escribe llegaba a por El País y muchas veces pillaba a la familia comiendo en el bajo-almacén; lo normal era que el Barras me dijera que me sentara a comer con ellos —«Victoria, ponle un plato de guisao», le decía a su mujer—; y, lo mismo que con la bebida para los amigos, no lo decía por cumplir, lo decía de verdad; y yo, que lo sabía, más de una vez comí con ellos. También hubo una temporada que, para quienes se lo encargábamos, Antonio traía pan casero, de horno moruno, comprado en un apartado lugar de la huerta al que, por cierto, alguna vez lo llevé yo, pues él estuvo mucho tiempo sin coche y, creo, sin carnet. Volvíamos con medio saco de pan, metía la mano, sacaba uno, me lo entregaba directamente en la mano y decía «tira, ya te puedes ir»: era su manera de darme las gracias.
Continuará.

viernes, 30 de junio de 2017

Nátali

La he visto recientemente muy embarazada, otra vez, pues ya fue madre hace unos años. Y es una niña todavía.
La recuerdo siempre aniñada. Menuda, muy menuda, mínima; rubia, de piel muy blanca y cara infantil, muy infantil incluso ahora que han pasado ya unos cuantos años. Lo de la cara infantil tiene cierta lógica porque sigue siendo muy joven, además de que el recuerdo que de ella tengo viene del colegio, cuando aún era más joven, mucho más joven: ya digo, una niña; por lo tanto, su cara, su cuerpo, toda ella, en mi mente... muy infantil.
Hasta no hace mucho la veía con cierta frecuencia; al fin y al cabo el pueblo no es tan grande y, además, como ella tiene un niño pequeño, frecuentaba algunos de los parques y jardines a los que también iban mis nietas, a quienes, por otro lado, yo visitaba. Pero últimamente estaba tiempo sin verla. Así que... hace unos días, cuando me la encontré, me sorprendió su enorme barriga, más grande que ella, y su ombligo en extremo sobresaliente bajo un ceñido vestido de punto: una niña embarazada, pensé.
Para que se hagan una idea de cómo es, les voy a contar una anécdota que me viene a la memoria cada vez que la veo, una escena de cuando ella estaba en el colegio. Es el recuerdo escolar más nítido que de ella mantengo en la cabeza, quizás debido a lo que me sorprendió entonces. Antes les diré que en la escuela, estando ya en un curso de los últimos de Primaria, Nátali necesitaba apoyo, por lo que en determinadas clases tenía que salir de su aula para ser atendida por profesorado especializado.
Era yo maestro entonces en ese mismo colegio en que estaba nuestra protagonista, y un día que ella estaba recibiendo una de esas clases de refuerzo, a cargo de uno de mis compañeros de claustro, entré en el aula y, para darle ánimos, me interesé por cómo iba. Su profesor en ese momento, para demostrarme lo que la alumna sabía y que yo me hiciera una idea de lo que era capaz, delante de mí le preguntó cuántas eran dos por tres; ella, queriendo quedar bien ante mí, nerviosa, dando saltitos, se puso a golpearse las manos, palmeando sin ritmo alguno, al tiempo que decía atropelladamente: «¡no me lo digas, no me lo digas que me lo sé!»; repitió esto mismo varias veces, cerró los ojos, pensó, repensó y contestó...: un disparate.
Pertenece a una familia gitana de «buena gente», una familia integrada y arraigada —para muchos, a su manera— en el pueblo; pero, escolarmente, todos los componentes que yo he conocido de dicha familia, uno tras otro —tuve en mi tutoría a algún otro miembro—, han sufrido un notable fracaso escolar.
Mi nuera, que ocasionalmente ha charlado con ella en parques y jardines, me confirma lo del nuevo embarazo al que me he referido más arriba y me amplía la información: que sí, que Nátali ya no vive con la pareja de antes, que ahora tiene otra, que el embarazo actual es de esta otra pareja, la de ahora, un chico que, dice la niña-madre, es mejor que el anterior, que este sí que sí, que...
Y ha sido el volverla a ver hace unos días, muy, pero que muy embarazada, cuando me ha venido todo esto a la cabeza.

viernes, 23 de junio de 2017

Sillines y bombones

¡Ah, la memoria! ¿Se acuerdan algunos de ustedes de La Codorniz, «la revista más audaz para el lector más inteligente», según se autoproclamaba ella misma?; seguro que algunos sí; era famosa por sus «cierres», mejor dicho, por sus secuestros —como después serían también secuestradas de vez en cuando otras grandes publicaciones periódicas: Triunfo, Cuadernos para el diálogo, El Papus...—, secuestros debidos a la censura que el régimen dictatorial de Franco mantenía sobre las publicaciones díscolas de la época.
Sí, muchas veces me contaron —nunca vi entonces la imagen en cuestión— que fue en la portada de La Codorniz donde apareció, y lo cierto es que en mis neuronas se había posado simplemente como un atrevido planteamiento de un problema de regla de tres; así lo recuerdo:
Sillín es a sillón
como cojín es a «equis»
y me importa tres «equis»
que me cierren la edición.

Y ahora, no hace tanto, me encuentro en Internet una reproducción de la famosa portada de la revista, que, ciertamente, lo pone de otra forma, aunque en esencia dice lo mimo.
Bombín es a bombón
como cojín es a X
y nos importa tres X
que nos secuestren la edición...

Véanlo:


Sillín, sillón, bombín, bombón… ¡qué más da!

viernes, 16 de junio de 2017

Yo te daré, Shostakovich

Aunque ese curso no era alumna mía, recibí un correo de Encarni pidiéndome opinión sobre si John Lennon y Paul McCartney, en Hey Jude, pudieron haber copiado un fragmentito melódico de una obra española conocida como Fandanguillo de Almería. Por lo visto, Lennon, que estuvo en Almería en 1966, sí pudo haber escuchado el fandanguillo y habérsele quedado en su oído —léase cerebro— algún giro, algunas notas que aprovecharía posteriormente, como hace cualquier compositor.
Para que me hiciera una idea, Encarni me mandó un enlace a un vídeo de Youtube —«Hey Jude y la conexión entre John Lennon y Almería»—; lo vi, lo escuché —y algún otro que encontré sobre la cuestión— y llegué a la conclusión de que muy bien pudiera haber ocurrido eso que se plantea en ellos, pues así funciona la composición; uno deja plasmado en sus obras lo que tiene en el oído —perdón, en el cerebro— y a veces no es consciente siquiera de que lo está «tomando prestado» de una obra escuchada poco o mucho tiempo antes; simplemente, le sale —le viene a la cabeza, y le vale— en un momento determinado, y ahí queda plasmado lo que algunos denominan plagio.
Y esto me llevó a recordar una situación parecida, la de Dmitri Shostakóvich y la famosa canción Yo te daré. También —con el «parece» delante— Shostakóvich pudo estar influido, en un fragmento del “Vals n.º 2” de su Suite de Jazz nº2 (sí, de jazz, aunque no corresponda a la idea que tenemos del Jazz), por la canción popular Yo te daré, que podría haber escuchado el compositor a algunos niños españoles de los varios miles enviados a partir de 1937 desde la España republicana a la URSS, debido a la guerra civil española, a la tan temida —por los republicanos, y con mucha razón como se pudo comprobar después— victoria franquista.
Niños españoles parten para la URSS
Si tenemos en cuenta que Shostakóvich compuso la suite en 1938, no parece tan desacertada la idea de contagio —voluntario o involuntario—, pues es posible que ya anduvieran por allí los niños republicanos españoles, que, probablemente, cantarían y tararearían la conocida canción ♪♫Yo te daré,te daré niña hermosa... Y como se trata de un fragmento melódico muy pegadizo, el oído atento del «bueno de Dmitri» —como en algún momento me lo calificó mi amigo Pedro Grau—, se quedaría con la copla, que se suele decir, y nunca mejor, aunque sea con parte de la copla.
En nuestro país, la canción Yo te daré se popularizó y fue cantada, con una letra ambigua y festera, por tonadilleras —La Pitusilla—, grupos pop —Los Stop—, agrupaciones de tunos...
Yo te daré,
te daré, niña hermosa,
te daré una cosa,
una cosa que yo solo sé:
¡café!
Y el famoso Vals n.º 2 de la Suite de Jazz nº 2 de Shostakovich ha sido utilizado en cine, por ejemplo, por el musicalmente exigente Stanley Kubrick (La naranja mecánica, 2001: Una odisea del espacio, Barry Lyndon...), que lo hace en Eyes Wide Shut, —con Nicole Kidman y Tom Cruise—, donde utiliza la interpretación de Ricardo Chailly con la Royal Concertgebouw Orchestra; Abonico les ofrece, sin embargo, la de Mariss Jansons al frente de The Philadelphia Orchestra.
Adenda.- Ya terminada la entrada, encuentro en el blog Ancha es mi casa (21-11-2015) un interesante y para mí sorprendente artículo: «El famoso vals de la Suite de Jazz nº 2 de Shostakovich no existe» del que les pongo este párrafo:
Hace ya casi un año, un amable visitante apodado Yeyico me puso al día: El vals que se conoce y seguramente se seguirá conociendo por los siglos de los siglos como Vals nº 2 de la Suite de Jazz nº 2 y que popularizó Stanley Kubrick en Eyes wide shut, pertenece en realidad a una obra muy posterior llamada Suite para orquesta de variedades, que no es sino una colección de piezas procedentes de otras obras, principalmente bandas sonoras, recopiladas por Shostakovich después de 1956: Es en esta suite, y no en la de Jazz nº 2, donde se halla nuestro conocido Vals nº 2. […]
¡Bueno...!, qué quieren que les diga, siempre estamos a tiempo de aprender algo nuevo, o de modificar lo aprendido. Y, la verdad, tampoco es que este hallazgo cambie la esencia de los argumentos expuestos en este artículo.