SECCIONES

viernes, 21 de abril de 2017

Saber sin estudiar

Saber sin estudiar es un epigrama de Nicolás Fernández de Moratín (1737 – 1780), abogado, poeta, prosista y autor teatral madrileño, partidario y seguidor en su época de la dramaturgia francesa y muy interesado por el tema de los toros. Fue el padre —quizás su mayor mérito— de Leandro Fernández de Moratín, el más importante autor de comedias (El sí de las niñas, La comedia nueva) dentro de nuestro mediocre teatro neoclásico.
Un epigrama es (Lázaro Carreter, Diccionario de términos filológicos, Gredos, 1977) «una composición poética breve, en que, con agudeza y precisión, se expresa un pensamiento festivo o satírico». Puede estar compuesto con variados tipos de estrofas: dos redondillas, dos quintillas, una décima u otras combinaciones. Véanlo en Saber sin estudiar:
SABER SIN ESTUDIAR
(Epigrama)
Admirose un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supieran hablar francés.
“Arte diabólica es”,
dijo torciendo el mostacho,
“que para hablar el gabacho,
un fidalgo en Portugal
llega a viejo y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho”.
Nicolás Fernández de Moratín
Yo veo en Saber sin estudiar un chiste en el que un castizo se extraña de que los niños franceses, desde pequeños, sepan hablar en francés, mientras que aquí en su país — Portugal en el epigrama— no hablan esa endiablada lengua ni los más mayores.
Y el chiste que veo en Saber sin estudiar me recuerda otro ya viejo en mi memoria, el del bruto que le dice muy serio y admirado a un colega: «¡Joder, tío, qué suerte hemos tenío con nacer aquí en España; mira que si llegamos a nacer en Alemania, Inglaterra o… Francia sin saber hablar na de alemán, inglés o... francés!».
A continuación les pongo a Niña Pastori uniendo música y literatura en El portugués (tanguillos). Vean cómo la cantaora flamenca utiliza, cambiando un poco la letra, el epigrama de Nicolás Fernández de Moratín.



viernes, 14 de abril de 2017

El tío Jolines

El hombre volvía de faenar en su roalico de tierra. Bastante mayor ya, subía, montado en su bicicleta, pedaleando lentamente, la pequeña cuesta de entrada al pueblo, y ya en él se encontró con un grupo de chiquillos y mozalbetes jugando a la pelota en una replaceta. Como venía muy cansado, paró, dejó la bicicleta inclinada contra la pared de una de las casas que rodeaban el improvisado campo de fútbol, utilizando como punto de apoyo el haz de yerba que llevaba en el portaequipajes, encendió un cigarro, se acuclilló contra la pared de la vivienda y se dispuso a descansar mientras pasaba el rato viendo jugar a los zagales.
La mala suerte quiso que en uno de los rifirrafes del partido el balón saliese rebotado con fuerza y diera a nuestro personaje un buen golpe en pleno rostro. Él, sin pensarlo, de forma refleja, soltó un «agudo» mecaguendiós que le salió de lo más hondo. Los jóvenes causantes del pelotazo fueron hacia él, se acercaron preocupados, lo rodearon, le preguntaron cómo se encontraba y le pidieron perdón. Aquello no fue a más... por el momento.
Pero, no se sabe cómo, la noticia llegó donde no tenía que haber llegado, pues lo hizo a oídos de las autoridades encargadas de velar por las «buenas costumbres» en el pueblo. Y la que llegó a dichas autoridades no fue la noticia del pelotazo, sino la de la cagada, algo considerado por nuestros mandamases de entonces una imperdonable blasfemia, una ofensa al altísimo.
Lo cierto es que el pobre hombre fue llamado al cuartel de la Guardia civil y allí —por blasfemo, dicen que le dijeron— lo «arreglaron» —más bien lo «desarreglaron»—, y lo hicieron de tal forma, según se cuenta, que desde entonces y mientras vivió, públicamente, de su boca jamás volvió a salir algo más fuerte, de más enjundia, que jolines; por eso se quedó con «el tío Jolines» como apodo.
Recordemos que el primer condenado por el TOP, Tribunal de Orden Público, [...] fue un hombre que estando borracho en un bar se cagó en Franco en voz alta. Le cayeron diez años [...] (El Gran Wyoming: ¡De rodillas, Monzón!, Planeta, 2016, pág.117).
A partir de aquel momento «cuartelero» nuestro personaje se reservaba solo para ámbitos privados, muy privados, una expresión con la que trataba de descargar su perenne cabreo por la vejación sufrida; era entonces, ocasionalmente, cuando —y, subrayo, únicamente en soledad o con gente de la más absoluta confianza— se despachaba a gusto: se cagaba en la semana de los caramelos.

viernes, 7 de abril de 2017

Inválidos del habla

Voy de compras al supermercado y en el camino me encuentro con unos jóvenes, unos muchachotes que salen de un gimnasio: gente atlética, cuadrada, con una musculatura sorprendente, que me trae a la memoria una reflexión de Pedro Salinas (1891-1951), agudo prosista, además de excelente poeta —Generación del 27—, que es por lo que más se le conoce.
[…] Hay muchos, muchísimos inválidos del habla, hay muchos cojos, mancos, tullidos de la expresión. Una de las mayores penas que conozco es la de encontrarme con un mozo joven, fuerte, ágil, curtido en los ejercicios gimnásticos, dueño de su cuerpo, pero que cuando llega al instante de contar algo, de explicar algo, se transforma de pronto en un baldado espiritual, incapaz casi de moverse entre sus pensamientos […] (Pedro Salinas: El defensor, Alianza Editorial, 1986, pág. 283). 
Y al leer «baldado espiritual» pienso en la relación entre muleta y muletilla. Muleta, para el inválido de las piernas, de la cadera, de…; y muletilla, para el inválido del habla. Parece evidente que muletilla viene de muleta y que el inválido del habla necesita muletillas: suele ser un muletillero.
Muletilla es, para el diccionario de la Real Academia Española, «voz o frase que se repite mucho por hábito», y para el María Moliner, «palabra o expresión de las que se intercalan innecesariamente en el lenguaje y constituyen una especie de apoyo en la expresión».
Las muletillas son frecuentes —demasiado, por desgracia— en la lengua oral, sobre todo en la coloquial: debe hacerse un esfuerzo para evitar su uso excesivo, y deben excluirse totalmente en la lengua escrita y en registros formales de la oral —académicos sobre todo—, si no es imitando en la ficción o en ejemplos de estudio.
Unos cuantos ejemplos: ¿vale?, y así, valga la comparación, ¿sabes?, mira, escucha, fíjate, ¡vaya tela!, ¿no?, ¿estamos?, ¿me entiendes?, por así decir, quiérese decir, ¡qué quieres que te diga!, pues nada, y tal y cual, y demás, (hace poco he escuchado, unidas en una sola, estas dos últimas: y tal y cual y demás), ¿verdad?, obviamente, efectivamente, tío, acho, picha, tronco… 
En mi tierra, el inválido del habla utiliza mucho el taco o el pseudotaco como muletilla, como apoyo constante. Su uso es exagerado, con claridad o velado por la censura —autocensura—, siempre dentro de una enorme riqueza santoral y con distintas y ricas, yo diría riquísimas, entonaciones:
Cagüendiós, mecagüendiós, cagüenelcali, mecagüenelcali (con cierta frecuencia, en todos los casos anteriores, con el acento marcado en la sílaba «ca» de la palabra cagar: cágüendios, mecágüendios...). Seguimos con las cagadas: en el copón, en la Virgenen san Dios, en San Diego Pino (¿derivado de San Dios?), en el que no cree en Dios, en el que no cree en Dios y va a misa, en la Virginia Mayo (¿sustituta de la Virgen?), en la semana de los caramelos, en la cochera del copón, en la púa del almanaque (estas últimas, tradicionales y producto jocoso de la censura franquista)…
Para el tullido de la palabra, el hábito del apoyo muletillero y la pobreza de vocabulario son tales que le es muy difícil —imposible— decir una frase sin recurrir a las muletillas, algunas de las cuales se ponen de moda y se generalizan, hasta que con el tiempo se «desgastan» y caen en desuso, siendo sustituidas por otras más modernas. Hay personas con tal grado de invalidez locutiva que es frecuente escucharles tres muletillas en una frase de cinco o seis palabras.
Lo que observamos, si prestamos atención, es que los hablantes muletilleros —algunos de ellos eternos aspirantes fracasados a emisores precisos en la comunicación— no tienen claro lo que quieren decir, o que, incluso teniéndolo, no encuentran los términos para hacerlo, pues carecen de las herramientas necesarias, y entonces… pues eso... la muletilla, hablan en verso, como en La balada de los miserables, de Aníbal Malbar, Akal (2012), pág. 51:
—Coño, joder, hostias, Tirao, pero ¿has visto, mierda puta? La madre que me parió.
—No me hables en verso, Palomo, que me despisto.
«Pues… eso, joer, tío… cágüento, que no me salen las palabras, mecagüen..., tú m’entiendes, ¿vale?».
«Vale».

viernes, 31 de marzo de 2017

Burlan Cáster

Entonces no te fijabas en que el nombre escrito era Burt Lancaster, y, además, aunque te lo hubieran puesto delante de los ojos aumentado, gigantesco, no hubieras sabido cómo se pronunciaba. Realmente te entraba por el oído, tú oías a tu alrededor Burlan Cáhteh, así, casi como está escrito, y así lo pronunciabas, como todos los niños —y mayores también—; nada de Bart Láncaster, que eso serían florituras de listillos, mal vistos entre los comunes.
Burt Lancaster
Nuestra peculiar pronunciación murciana de la supuesta palabra cáster no articula claramente la «s», sino que abre la «a» que la antecede, al tiempo que prepara ya la «t» que viene a continuación; tampoco articula la «r», y, a cambio, también, abre la «e» precedente. Al final, lo dicho, Caster se transforma en Cáhteh —o Cátteh—, sobre todo en oídos de inmaduros e iletrados. Y así, Burlan Cáhteh (pronúnciense llanas las dos palabras), es como sonaba finalmente.
Y castecahte o catte: observen la riqueza fonética de la zona— era, en el pueblo, para los niños de aquellos tiempos, sinónimo de puñetazo.
caste. m. Puñetazo. (Diego Ruiz Marín, Vocabulario de las hablas murcianas, Diego Marín, Murcia 2007).
De forma que lo que creíamos el apellido cuadraba perfectamente con la imagen del personaje que teníamos en nuestras tiernas cabecitas, resultando así que Burlan Cahteh era en nuestro subconsciente Burlan Puñetazos, que menudos los propinaba el actor en muchos de los papeles que interpretaba.

viernes, 24 de marzo de 2017

Mono sapiens

En la prensa son frecuentes a final de año los resúmenes que tratan de englobarlo. En artículos de los medios que suelo leer he visto subtitulado de manera variopinta el año dejado atrás, y he apreciado las tintas cargadas por el pesimismo, calificando 2016 como una ciénaga, un año de mierda, tanto local como internacionalmente, aunque con matices. ¿Por qué? Pues... aquí van unos cuantos «argumentos» que aparecieron en esos artículos:
  • A nivel internacional: la elección de Trump en EE.UU., el triunfo del Brexit en Reino Unido, el rechazo en referéndum al acuerdo de paz en Colombia, el alarmante auge de la ultraderecha en Occidente, guerras y bombardeos, terrorismo, drama de los refugiados...
  • Y localmente, sobre nuestro país, se hablaba del año de la polarización de la desigualdad, que no ha disminuido, sino aumentado, y en la que España destaca; el año de la impunidad, en el que la corrupción ha sido «perdonada» por demasiados votantes, y el PP sigue gobernando; el de la pobreza que se ceba en los parados y alcanza incluso a muchos de los que tienen trabajo, precario y mal retribuido; ha sido el año del ordeno y mando y no me rechistes —mordaza—; el del robo a pajera abierta, con tramas que ponen los pelos de punta, incluyendo una de tarjetas negras como boca de lobo; el año en el que en determinados juicios se iba a tirar de la manta, pero...; el del terremoto en el PSOE; el del triunfo del populismo... de los de enfrente, ¡claro!; el año en el que la cultura siguió esperando —IVA cultural, canon digital—; el año, en definitiva, del triunfo de la mediocridad, por utilizar un sustantivo suave.
Ya sé que antes del homo sapiens no hubo mono sapiens, pero a mí se me ocurre reivindicar el uso de ese inexistente escalón en la clasificación «homínida» para nombrar a muchos de nuestros contemporáneos, por lo menos a aquellos que muestran unas determinadas pautas de conducta que favorecen los horrores a los que nos referíamos antes.
Mi pregunta —retórica— es: ¿qué somos, homo sapiens o mono sapiens?, ¿a cuál de los dos estadios evolutivos nos acercamos más, al primero o al segundo? Antes de contestar, sobre todo quienes tengan dudas, échenle un nuevo vistazo a la enumeración de barbaridades descritas en los primeros párrafos, serie que ustedes pueden personalizar ad libitum:

viernes, 17 de marzo de 2017

Rondó ABACA

Tengo mi propio método de flauta, pero comencé, lógicamente, con uno ya consagrado al que debo muchas ideas, quizás lo esencial del mío. Suelo referirme a él como el Ricordi, porque es el nombre de la editorial que lo publica; también utilizo como referencia los nombres de sus autores, Judith Akoschky y Mario A. Videla. Su título es Iniciación a la flauta dulce, y lo componen tres cuadernos (tomos I, II y III).
Antes de decidirme por el Ricordi había probado con el método de Luis Elizalde, también en tres volúmenes, cuyo máximo valor estribaba —para mí— en estar basado exclusivamente en el rico legado folclórico español, pero pronto me di cuenta de mis preferencias pedagógicas y cambié de guía: no me arrepentí.
En el primer tomo del método de Akoschky y Videla, uno de los ejercicios propuestos lleva por título «Rondó (A B A C A)», escrito exactamente así. Y todavía recuerdo las veces que mis alumnos, a lo largo de muchos años, me preguntaron: «maestro, ¿tocamos el rondó abaca?», como si abaca fuera el título del rondó. Yo, lógicamente, aprovechaba para explicar lo que significa eso de ABACA, letras que ahora quiero utilizar para contar aquí en qué consiste la forma Rondó, que tanto juego ha dado en la historia de la música.
En la forma rondó —ideal para un reconocimiento fácil en la audición— un tema central (estribillo), generalmente juguetón, alegre, reaparece continuamente —sin modificaciones, casi sin modificaciones, modificado— intercalado entre otros temas secundarios (coplas) que generalmente contrastan con él. Aprovecharemos las letras mayúsculas de antes para representar su estructura, de diversas maneras según distintas variantes:
ABACA (AABACA), ABACAB’A, ABACADA...
(A es el estribillo; B, C..., las coplas)
Se han compuesto muchos rondós a lo largo de la historia de la música, y algunos de ellos han llegado a ser famosos. Uno de los más conocidos debe su popularidad a EUROVISIÓN, que lo adoptó como himno. Bueno, no exactamente: en realidad lo que conocemos como Himno de Eurovisión es solo el estribillo de un rondó que Marc Antoine Charpentier, importante músico del barroco francés, compuso para el preludio de uno de sus cuatro tedeums: el Te Deum en Re mayor, H 146.
Cuando he utilizado este rondó como audición para mis alumnos, me ha parecido una buena idea retarlos.
—Estoy seguro de que todos lo conocéis, me apuesto lo que queráis —comienzo diciéndoles mientras observo cómo aparece la curiosidad en sus caras.
—¿?
—Es de un músico francés del siglo xvii —añado a continuación y veo cómo crece la incredulidad.
—¿?
—¿Os doy otra pista?, ¿queréis saber el nombre del compositor?
—Sííí —responden casi al unísono, pensando que el nuevo dato les abrirá el camino.
—Su autor es Marc Antoine Charpentier —articulo pausadamente cada sílaba del nombre, y percibo cómo se animan a la apuesta.
—¡Venga, maestro, cómo lo vamos a conocer!
—Si alguien, tras escucharlo —les advierto simulando seriedad—, me dice con sinceridad, pero, ¡ojo, con sinceridad! que no lo conoce, pierdo la apuesta y os invito a lo que queráis, en caso contrario me invitáis vosotros a mí.
—¡Valeee! —estallan, con la alegría de quienes están seguros de ganar.
Hay que ver sus caras nada más comenzar la audición, cuando escuchan el estribillo del rondó y lo reconocen. Aun así, todavía alguien, bromeando, se atreve a decir que no lo conoce, pero no cuela. Siempre he ganado la apuesta —y nunca la he cobrado— pues todo el mundo ha oído en alguna ocasión el Himno de Eurovisión.
Vamos a él. Este rondó es muy breve —menos de dos minutos— y muy sencillo. Está formado por el estribillo y dos coplas. En la versión elegida para Abonico, la de William Christie al frente de Les Arts Florissants, antes del rondó propiamente dicho escuchamos una introducción a cargo de los timbales; a continuación suena el estribillo —dos veces (AA), para fijarlo mejor en nuestra memoria—; después escuchamos la primera copla (B); posteriormente, vuelta a lo conocido: de nuevo, el estribillo, ahora una sola vez (A); después viene la segunda copla (C); y por último, como al principio, dos veces el estribillo para terminar (AA). Así que AABACAA.
Atentos al contraste entre las coplas —moderado volumen sonoro y más legato, más abonico— y el estribillo —más fuerte, de ritmo más marcado, más enérgico—; también la instrumentación es diferente: el marchoso estribillo utiliza metales y percusión —trompetas y timbales respectivamente—, ausentes en las suaves coplas, que utilizan cuerdas y maderas.


viernes, 10 de marzo de 2017

Panocho y habla murciana

—Yo siempre lo he tenido claro.
—¿¡Siempre!?; cada vez que oigo la palabra «siempre»... me mosqueo.
—Bueno… ¿siempre-siempre…? no, pero sí desde hace bastantes años; iba a decir que desde que tengo uso de razón, pero de eso tampoco hace tanto, incluso a veces dudo si lo tengo ahora.
—Bueno... ¿y qué es lo que tienes tan claro?
—Pues… que no es lo mismo el habla murciana que el panocho, aunque la gente, equivocadamente, suele englobarlo todo bajo el segundo de los términos.
—¿Es que los murcianos no hablamos panocho?
—¡Pues no!, los murcianos hablamos murciano
—¿Y no es lo mismo?
—No
—Pues eso no es lo que yo oigo por ahí.
—Pues tienes que prestar más atención… a los que saben de qué va esto. Los murcianos hablamos un castellano —o español, como quieras— murciano, y tampoco lo hablamos igual todos los murcianos. Mira, pocos más autorizados para aclararnos la diferencia entre panocho y habla murciana —la de nuestra tierra— que Vicente Medina, el autor de Aires murcianos; ¿sabes lo que dijo?
—Ahora me sales con otro nombrecico; ya quieres liarme. Tú, con tal de dártelas…
—O sea, que no sabes de quién te estoy hablando; ¡¿no conoces a Vicente Medina?! ¡¿no has oído hablar del autor de La Barraca, de Cansera, de Abonico?!, de...
—¿¡Abonico!? ¿¡Como el blog de Pepe Abellán!?
—Sí, como el blog de… ¡eso!
—¡Pues ahora me entero!
—¡No te digo!, ¡menudo mendrugo!; te hablo del gran poeta de Archena, que no escribió en panocho, que lo hizo en murciano, y que en 1933 grabó para el Archivo de la palabra este clarísimo testimonio:
En mi tierra se cultivaba un lenguaje llamado panocho, lenguaje de soflamas carnavalescas, que imitando el habla regional, la ridiculizaba con acopios de deformaciones y disparates grotescos, me indignaba por eso este panocho. Tal indignación engendró mi ansia de reivindicar el lenguaje de mi tierra, que no era, ni es otra cosa que un castellano claro, flexible y musical, matizado con algunos provincialismos de carácter árabe, catalán y aragonés. En toda la región murciana y en parte de la de Albacete, Alicante y Almería, tierras linderas, se habla tanto por la gente fina, como por la gente del pueblo, tal como yo hablo en mis Aires Murcianos.
—¡Vaya!
—¿De acuerdo?
—Totalmente de acuerdo... don Vicente.

viernes, 3 de marzo de 2017

Los muslos de Carmina

Estuviéramos haciendo lo que estuviéramos haciendo, de pronto decía Ramón, como si se le hubiera ocurrido la idea más maravillosa del mundo:
—¿¡Vamos a verle los muslos a la Carmina!?
A lo que, normalmente, muy bien podía contestar otro cualquiera del grupo:
—¿Ahora?
—¡No, si te parece nos esperamos a mañana! —contestaba con desdén el primero, añadiendo con frecuencia la palabra «tontucio», una de sus favoritas en estos casos— ¿es que no os acordáis de que es hoy cuando friega el suelo?
Carmina era la criada que servía en casa de uno de los chavales de la pandilla y por ello sabíamos qué día fregaba el suelo; y resulta que entonces, antes del invento de la fregona, esta faena se efectuaba a mano. La moza que lo hacía —en nuestro caso, Carmina— se arrodillaba sobre una almohadilla, se ponía a cuatro patas e iba pasando por el piso —de losa en las casas que podían permitírselo— una bayeta empapada de agua; después, de rodillas, escurría el trapo para quitarle el agua sucia acumulada, lo enjuagaba, lo escurría otra vez y, de nuevo a cuatro patas, lo volvía a pasar por el suelo para recoger la humedad dejada antes, quedando la losa limpia y casi seca hasta donde ella alcanzaba extendiendo los brazos; luego reculaba un poco y repetía lo mismo en otro pequeño espacio, hasta que completaba todo el piso.
El mundo en que nací era muy diferente del de hoy. No existía la fregona, por ejemplo, y las señoras limpiaban el suelo de rodillas, a cuatro patas. (Andreu Martín, 2016: Por ahora, todo va bien, Barcelona, RBA, pág. 27).
La posición de la moza, vista desde atrás, avanzando el cuerpo a veces excesivamente para llegar a las zonas más alejadas, nos llevaba de calle a los niños —algunos no tan niños— de la época. ¿Que qué se veía? Pues no crean que mucho: en el «mejor» de los casos, y a veces casi había que adivinar, poco más de algunos centímetros de muslo por encima de las corvas, y eso solo en los momentos de máxima tensión, cuando el cuerpo de la fregona se adelantaba y se estiraba hasta los recovecos más apartados.
Pero para quienes andábamos al acecho era suficiente. ¡Qué digo suficiente! ¡Era la releche!; allí nadie pestañeaba mientras duraba el espectáculo, y duraba hasta que Carmina se daba cuenta del asunto y nos echaba de allí con cajas destempladas. Pero te ibas alimentao para unos cuantos días, con los ojos brillantes y una imagen, que realmente no habías visto bien, fija en tu cabeza: los muslos de Carmina.

viernes, 24 de febrero de 2017

Usnavy

—No sé dónde lo he leído u oído.
—¿El qué?
—Que la ocupación gringa tuvo tal impacto en Panamá que hasta el día de hoy uno puede encontrarse allí a gente llamada Usnavy.
—¿Y qué?
¡Hombre!, Usnavy es un nombre derivado de la U.S. Navy, que es, abreviado, el nombre de United States Navy, la Armada o marina de los Estados Unidos.
—¡Vaya!
—Como te lo digo.
—¡Increíble!
—No, lógico: a la estupidez por el camino de la ignorancia.
—¿Y si no es ignorancia?
—Peor todavía.

viernes, 17 de febrero de 2017

Funciones vitales

No es infrecuente la respuesta «graciosa» del individuo de turno cuando le dices que tocas la flauta dulce; es fácil que te conteste, preguntándote a su vez, que «por qué no la salada», o algo por el estilo. Y si en vez de decir que tocas la flauta dulce, solamente dices flauta, sin el adjetivo, el mismo tipo de individuo te puede preguntar, también «graciosamente», simulando extrañeza: «¿¡la de Bartolo!?», o, lo que casi es lo mismo: «¿¡con un agujero solo!?».
Escribo esto recordando que hace poco, finalizando el verano pasado, en la tertulia, Eustaquio y yo, con la coña pertinente, habíamos acordado —no sé cómo llegamos a este tema— que para el próximo día de reunión llevaríamos él la armónica y yo la flauta para interpretar algunas melodías y dedicárselas a los amigos presentes.
Así que para el día siguiente de tertulia yo había preparado —quería mostrar un poco de diversidad en tamaños y maderas— media docena de flautas en una mochila, aunque llegado el momento solo utilicé dos: una soprano de madera de boj y una contralto de palisandro.
Llegó la ocasión, pasamos el rato, tocamos algunas melodías, terminamos, recogí y metí en la mochila las flautas y otros menesteres para la ocasión, y... ya me iba cuando un cliente del bar en cuya terraza nos juntamos, ajeno totalmente a la tertulia, no sé cómo fue, quizás había estado observando de lejos, me preguntó por lo que llevaba en la mochila; le dije que al hombro llevaba algo para mí muy importante: flautas, unas cuantas, y añadí, para justificar su importancia, que eran de diferentes valiosas maderas, que me habían costado una buena pasta y que...; en vano traté de seguir dándole explicaciones, pues no me escuchaba; poco después de oír la palabra «flauta» me interrumpió preguntándome y haciéndome un guiño cómplice, con la sonrisa bobalicona del que se maneja a base de tópicos: «¿¡pero... de un agujero solo!?».
En casos así, la gente «fina» contesta, aunque sea mentalmente, también con frases hechas, como la que afirma que es inútil echar margaritas a los cerdos, o aquella otra que dice que no está hecha la miel para la boca del asno. Pero a mí, algo más tosco, me vino a la cabeza —y estuve a punto de abocárselo: me quedé con las ganas— algo así como «¿y tú..., además de comer y cagar, qué más haces?».
Hay mucha gente, una cantidad mayor de la que solemos considerar como normal, que ha venido —la han traído— a este mundo a cumplir con lo básico solamente: comer, cagar, dormir y, como decían mis amigos de Moratalla en mis tiempos de estudiante universitario, «el macho a la hembra». Dicho más seriamente, esas personas realizan, como seres vivos que son, y por supuesto que a su rudimentaria manera, lo que en biología llamamos funciones vitales: nutrición —que incluye la respiración—, reproducción y relación. Yo, para que rime, prefiero decir: «comer, cagar y... poco más».

viernes, 10 de febrero de 2017

Shine

Hace ya bastantes años que vi por primera vez Shine, una película muy premiada del director australiano Scott Hicks, protagonizada por un magnífico, y muy galardonado por ello, Geoffrey Rush. Me gustó mucho, pero me dejó muy mal cuerpo: las excesivas exigencias de un autoritarísimo padre llevan a la «locura» cuando es adulto a un niño prodigio del piano. Véanla, es muy «educativa».

Geoffrey Rush en Shine
Shine está basada en una historia real —a veces la vida supera toda ficción—, y el personaje de carne y hueso que inspiró el film es el pianista australiano David Helfgott (1947), que ha ganado seis veces la final estatal de la Competición Instrumental y Vocal de la ABC, considerada la competición de música clásica más prestigiosa de Australia no restringida a un solo instrumento.
El auténtico: David Helfgott
Helfgott, nacido en una familia judía de origen polaco, es conocido, además de por sus dotes pianísticas, por su perturbación mental, causada, como bien refleja la película, por las agobiantes exigencias de su padre, que terminan trastornando al joven.
Con su padre, Peter Helfgott
Ahora vive en Nueva Gales del Sur, Australia, con Gillian, su segunda esposa, ofreciendo conciertos en su casa. Entre sus intereses, además del piano, están —leo en la Wikipedia— los gatos, el ajedrez, la filosofía, el tenis, la natación y mantenerse en buena condición física: ¡no está nada mal!
David y Gillian
He seleccionado y cortado un fragmento de la película, un trozo que, desde la primera vez que la vi, me emociona cuando la revisito. En él el protagonista, necesitado de tocar el piano —con mono—, entra en una cafetería que dispone de uno ante el que se sienta para tocar; el gracioso de turno, que nunca falta en estos casos, pretende reírse del «trastornado», pero queda en ridículo, pues el aparentemente improvisado pianista deja a todos con la boca abierta interpretando El vuelo del moscardón, de Nikolay Rimsky Korsakov (un arreglo que hizo Rachmaninoff).
Sepan que el intérprete real es ni más ni menos que David Helfgott.




viernes, 3 de febrero de 2017

No era un cigarro

Recuerdo con cierta nostalgia el cine de mi infancia y adolescencia. De pequeño me gustaban sobre todo las películas del oeste, y me acuerdo de la importancia que tenía en ellas ser el más rápido a la hora de sacar el revólver, de la necesidad de desenfundar velocísimamente para sobrevivir. Y no se me olvida, no, lo que entonces me atraían un par de revólveres con sus correspondientes cartucheras en un cinturón canana.
Retienen mis neuronas nítidamente la imagen del par de colts del 45 que, siendo niños, lució un año —se los trajeron o mandaron de Venezuela, o los trajo él, no lo sé— Antonio el Venezolano. ¡Menudas pistolas! —ya digo, todavía las tengo en la cabeza—; parecían auténticos revólveres de pistolero profesional, como los que usaban los personajes de las pelis que tanto me gustaban.
También me acuerdo del follón que montábamos en el cine, pataleando en los escalones-asientos de madera del gallinero, situado detrás y por encima del nivel del anfiteatro, cuando en la película llegaban los «buenos» para salvar in extremis a la chica o a alguno de los compañeros del «valiente», que estaban en peligro: parecía que se iba a venir abajo el cine entero.
Igualmente me gustaban, mucho también, las películas de romanos —griegos, persas, romanos, cartagineses...— y sus, envidiados por todos los niños, forzudos (Maciste, Hércules, Sansón…). ¡Vaya musculatura! —recuerden, por ejemplo, al culturista Steve Reeves— ¡Menudos cuerpos! ¡¿Y los de sus mujeres, las protagonistas de esas películas?!... con sus peplums y mini peplums, que, además, cuando montaban a caballo, dejaban mucho más explícitamente al aire los muslos y lucían unas piernas que alteraban muchísimo al removido personal masculino. En el gallinero del cine era donde más se notaba eso, pues comenzaba el atareo en las zonas bajas de algunas cinturas.
Entonces, aunque estaba prohibido, se fumaba en el cine. Fácilmente se podía comprobar mirando desde la oscuridad de los asientos las abundantes volutas de humo enredadas en el foco de luz que salía de la cabina de proyección y llegaba hasta la pantalla, un mágico y maravilloso haz luminoso que transportaba los personajes de las películas. Y si estabas fumando y se acercaba el acomodador lo solucionabas escondiendo o apagando con rapidez el cigarro; aunque, créanme, no siempre salía bien; si te pillaban... podían... incluso echarte a la calle.
Cuentan al respecto que, estimulado por algunas de esas escenas «entonces verdes» de una película de la época, un mozo hormonalmente revolucionado, en el gallinero del Cine La Cadena, andaba bastante distraído dándose un masaje de desahogo. De pronto —él no lo vio llegar— se le acerca el acomodador con la linterna encendida y, creyendo que el joven está fumando, dirige el foco de luz hacia la mano en la que cree que sujeta el cigarro; el mozo, que no tiene tiempo para más, oculta rápidamente la mercancía bajo las manos. Manolo, que así se llama el acomodador, le dice que apague el cigarro. El mozo, tapando como puede «el asunto», contesta, tratando de ser convincente e implorando comprensión: «¡Manolo... que no es un cigarro!»; pero Manolo, incrédulo, insiste e insiste hasta que, tras repetidas demandas y amenazas, el mozo suelta lo que desde luego no es un cigarro y —según los más atrevidos en la narración de la aventura— le da, con lo que no es un cigarro, un golpetazo a la linterna, que, arrebatada de las manos del acomodador, sale volando por el aire.
Yo, hasta no hace mucho, había creído que esta anécdota del «cigarro» era una leyenda urbana más, mitad mentira y mitad embuste, pero no hace mucho he tenido la ocasión, en una comida que hacemos anualmente los jóvenes de aquella época, ahora ya bastante menos jóvenes, digo que he tenido la ocasión de preguntarle al individuo al que siempre he oído achacar la anécdota, y él mismo me la ha confirmado.
—¿Así que es verdad —le pregunté, ya en los postres, con el carajillo en la mano— lo que se cuenta de ti, lo del cigarro, en el cine?
—Sí —me contestó, sonriendo y asintiendo a la vez con la cabeza lentamente— totalmente cierto.
Desde entonces, cuando me lo encuentro muy de vez en cuando por el pueblo, le suelo recordar: «¡Manolo... que no es un cigarro!». Y él, buena persona, un hombre sano, me dedica una sonrisa cómplice.
Así que ya lo saben: es verdad, ocurrió, y no era un cigarro.

viernes, 27 de enero de 2017

El palurdismo: una plaga

El palurdismo es una enfermedad muy extendida, una verdadera plaga.
—¡¿Aquí?!
—Sí.
—¡¿En la actualidad?!
—Sí.
¡¿El paludismo?!
—No, el paludismo no: el palurdismo, te falta una «r».
¿Y eso?
Pues… está muy claro; lo repito y te lo aclaro para evitar malentendidos: el paludismo no, el palurdismo, de palurdo, en sus significados de tosco, ignorante, maleducado, zafio…, es una enfermedad muy extendida, una verdadera plaga en la actualidad.
—¡Ah, bueno!, me habías asustado.

viernes, 20 de enero de 2017

Contri más ricos…

Huerta de Murcia. Primeras décadas del siglo xx. Un entierro. Carroza fúnebre tirada por cuatro caballos. Al paso de la carroza, una vecina sale a la verea, levanta aspaventosamente los brazos y grita, con fuerza y bastante entonación, casi cantando:
¡Anda con Diooos, buena mujeeer —pequeña pausa, aprovechada para tomar aire—, contri más ricos, más animales: la tia Josefa, dos, y tú, cuatro!
Debía ser muy pequeño la primera vez que lo escuché, pero lo recuerdo con muchísima claridad, pues lo volvería a escuchar en distintas ocasiones, idénticamente repetido a lo largo del tiempo. Mi madre describía esta escena de vez en cuando, representando teatralmente a la vecina que salía a la vereda y gritaba su mensaje dirigiéndose a la carroza fúnebre; imitaba, en una inmejorable dramatización, la voz de la mujer —volumen y entonación— y los gestos, levantando unas veces un solo brazo, y otras, las más de ellas, los dos.
Después, mi madre lo explicaba con sencillez: «contri más ricos, más animales» no quería decir, insistía, que cuanto más dinero tuviesen las personas, su grado de animalidad —de bestialidad— fuera más alto; la mujer que sale al camino de la huerta para ver pasar la carroza fúnebre del entierro, en su breve discurso —aclaraba mi madre con pretendida pedagogía—, lo que hace es establecer una relación entre el nivel económico de la persona difunta y la cantidad de caballos que el carro fúnebre lleva en el tiro, los que se puede permitir.
Ahora, con el tiempo transcurrido, pienso que la otra interpretación, la de más grado de animalidad cuanto más ricos, también podría tener sentido.

viernes, 13 de enero de 2017

Marcelos (y 2)

El menor de los hermanos Marcello que tratamos, Benedetto, es el que realmente me resulta más familiar, sobre todo porque compuso, entre otras muchísimas obras, una docena de sonatas para flauta de pico y bajo continuo, de un nivel técnico no muy exigente, bastantes de las cuales he tocado muchas veces para mi disfrute:
XII sonate a flauto solo con il suo Basso Continuo per Violocello o Cembalo, op. 2.
Benedetto Marcello es autor, también, del panfleto satírico Teatro alla moda, un ameno documento —irónico, humorístico— publicado anónimamente en 1720 y reimpreso frecuentemente, que retrata la vida teatral de su tiempo: un valioso testimonio, una importante contribución a la historia de la ópera.
BENEDICTUS MARCELLO
PATRITIUS VENETUS
(Atribuído a Nazario Nazari)
He elegido para que escuchen el segundo movimiento de la Sonata nº 1 en Fa Mayor, la primera de las doce reseñadas antes. Es un Allegro con esbozos fugados, donde el bajo de acompañamiento —atención al fagot— imita algunos motivos rítmicos de la voz principal, la flauta. El intérprete solista es el austriaco René Clemencic —de estilo ya superado: actualmente casi nonagenario—, otro pionero de la flauta de pico (el mes pasado escuchamos a Frans Brüggen), fundador y director de un grupo mítico, el Clemencic Consort.
De Clemencic conservo desde hace muchos años unos cuantos LPs y algún CD. Recuerdo que el primer disco que tuve de él me impresionó mucho debido a la cantidad de flautas —ahora no me parecen tantas— que aparecen en su portada. (Utilizó veintiuna en la grabación.)
¡Ah!, una observación: para la interpretación no utiliza Clemencic una flauta de pico contralto, como es habitual; lo hace con una sopranino, la diminuta de la familia (más pequeña que la soprano, la escolar que todos conocemos), por eso suena tan aguda la melodía.

viernes, 6 de enero de 2017

Marcelos (1)

Como estoy jubilado, le propongo a un amigo, todavía maestro en activo, que salgamos a la calle con su grupo de alumnos libreta en mano para preguntar, a modo de encuesta, a las personas que nos vayamos encontrando a nuestro paso, si les suena el nombre de Marcelo, si saben quién es. Lo hacemos y… ¿sorpresas?: pocas, no crean.
Como esto no es un tratado académico no nos vamos a detener en estadísticas, pero sí podemos ofrecer un resumen:
· Algunas, personas, pocas, bastante mayores, de ambos géneros, se acuerdan del galán cinematográfico Marcello Mastroianni.
·    Una gran mayoría de gente perteneciente al género femenino no tiene ni idea de quién puede ser o haber sido ese tal Marcelo por el que preguntamos; a alguna chica le suena a futbolista, baloncestista... deportista como mínimo, y cree eso porque algún familiar suyo —marido, padre, hermano, novio...— es aficionado a “esas cosas”, sí, ya saben, al fútbol y todo eso.
·  Algún individuo, que aparenta más formación, bromea diciendo que el ángel de la guarda del anterior ministro de interior se llama Marcelo.
·    Sin embargo, casi todos los individuos pertenecientes al género masculino, independientemente de su edad, lo tienen claro y contestan rotundamente, con seguridad, que ¡cómo no lo van a conocer!, que se trata del defensa lateral izquierdo del Real Madrid, a lo que muchos suelen añadir algo por el estilo de ¡menudo jugador!
·    Nadie conoce —lógicamente— a más marcelos
¿Qué otro u otros marcelos deberían ser conocidos?, se preguntará más de uno; pregunta que yo aprovecho —me lo ponen fácil— para mi aporte marcelero, musical como es lógico.
Se trata de dos compositores, quizás solo famosos para un reducido grupo de gente. Para no meter la pata, busco en mis libros por si hay más de dos, pero no, solo encuentro dos músicos, italianos, con el apellido Marcello (ahora con dos “eles”, pero se pronuncia una sola como alargada, aunque es cierto que la sílaba “ce” tampoco se pronuncia como la nuestra: es italiano).
Recuerden cómo en La dolce vita la despampanante Anita Ekberg, metida en el agua de la Fontana de Trevi, llama a Marcello Mastroianni, alargando la “ele” o, parecido, pronunciando las dos “eles” por separado: ¡Marchel·lo!.
Los compositores a los que me refiero son los venecianos Alessandro Marcello (1669-1747) y Benedetto Marcello (1686-1739), hermanos, y conocidos, quiero suponer, por los amantes de la música barroca.
El mayor, Alessandro, fue contemporáneo casi exacto de Bach. Como sus hermanos, aprendió violín con su padre; también se interesó por las matemáticas y la astronomía.

Alessandro Marcello (Wikipedia)
Su obra más famosa, y razón por la que lo creo el más conocido de los dos hermanos, es un admirable Concierto en re menor para oboe y cuerda (oboe, 2 violines, viola y continuo), que transcribió para clave Johann Sebastian Bach (BWV 974); se trata de un concierto que fue erróneamente atribuido a su hermano Benedetto, y, con  anterioridad, a Vivaldi; una obra que en el último tercio del siglo pasado se popularizó gracias a la utilización de su cautivador segundo movimiento en la película Anónimo veneciano (1970), ópera prima del director italiano —también actor y guionista— Enrico Maria Salerno. (Me dice mi hijo Antonio que una amiga suya, profesora de oboe, se decidió por dicho instrumento tras ver esta película.)

Ese cautivador segundo movimiento es el extraordinario Adagio que les pongo a continuación para concluir esta primera cita marcelera. La versión —mi favorita— es la de la Camerata Köln, y el oboista que interpreta tan maravillosamente esta genial melodía con un oboe barroco —escuchen con mucha atención y ajústense los cinturones— es Hans-Peter Westermann.
Hans-Peter Westermann

Audición:


En la próxima entrada, Benedetto.