SECCIONES

viernes, 24 de noviembre de 2017

El comisario Mariano

Hace ahora un año que, todavía recuperándome de una entonces reciente operación quirúrgica, asistí a la presentación de la primera —espero que no la última— novela de Mariano Sanz (El Comisario Soto, Raspabook Editorial, 2016), una obra que casi inmediatamente, a las pocas horas de la presentación, esa misma noche, me lancé a leer y en pocos días acabé.
Quizás sea demasiado atrevimiento por mi parte entrar a comentar públicamente la novela de Mariano, pero así como él dijo en la presentación que no es un escritor profesional y se había atrevido con la obra, yo, que no soy crítico profesional, entro en el comentario de la misma. Vaya por delante que si no me hubiera gustado la ópera prima novelística de nuestro juez de paz no habría escrito este artículo, y, también, aunque no es el caso, que si me viera en la tesitura de tener que comentar «obligadamente» una obra escrita por un amigo, creo que me inclinaría primero por las bondades del amigo y después por las del autor, como leí hace un tiempo que decía hacer Sergio del Molino.
Para mí, un libro bueno —sigo en el criterio a Vicente Verdú— es aquel que te hace levantar de vez en cuando la cabeza, que te hace pensar, sea porque te descubre algo importante o porque te confirma en lo que ya conoces, o te lo matiza, «tocándote» las neuronas; así que cuando lo terminas no eres exactamente el mismo que lo empezó: algo ha cambiado en ti. ¿Consigue eso El comisario Soto? Sí, desde luego, pues Mariano retrata muy bien a sus personajes y también, y esto es algo que me interesa mucho, el país en el que se mueven esos personajes. Así pues: paisaje y paisanaje conseguidos.
En El Comisario Soto encontramos interesantes reflexiones «marianas», algunos fragmentos de las cuales he escaneado para ofrecerlos (ad pedem litterae) en Abonico. Se trata de sabrosas cavilaciones dedicadas...
Al panem et circenses
El cine y el fútbol, eran los pasatiempos del domingo para una población temerosa, trabajadora y aletargada que se contentaba con migajas de diversión inocente. El panem et circenses llevaba funcionando con éxito desde la época de Julio César, según contaba Juvenal; eran tiempos de miseria ideológica, de silencio, temores y conformismo. [...]
A las iglesias
Las iglesias —pensó el Comisario— no se construyen para honrar a los dioses, sino para impresionar a los hombres haciéndoles ver la magnitud del inquilino a través de lo excelso de la morada. Desde los tiempos más antiguos, los chamanes necesitaron rodearse de pompa para impresionar a sus congéneres. Lo verdaderamente importante era el fasto, la envoltura mayestática que rodeaba lo imaginado; un Papa o un jefe de estado en paños menores o en bañador no impresionan, en cambio un Papa tocado de Camaurgo de armiño y botines rojos de cabritilla, con mitra y sobre la silla que llevan los acólitos, como los esclavos paseaban a los faraones egipcios, ya es otra cosa. Desde esa posición cualquier cosa que diga se acepta como directamente del poder divino. [...]
A los ricos y pobres: al capital
En cada época de la historia los gobiernos decían luchar por la igualdad social, por la solidaridad entre los hombres, por el logro de los mismos derechos elementales para todos, pero lo cierto es que los ricos eran los poderosos de cada momento, tenían acceso al bienestar y decidían el destino de los pobres, cuya única aspiración era la de dar el salto a la clase de los poderosos, seguramente para comportarse de la misma forma que ellos y reproducir así el círculo inacabable al que la humanidad llevaba atada desde sus inicios. Los verdaderos gobernantes no eran los políticos, ni siquiera los generales golpistas que encabezaban dictaduras, sino las oligarquías manejadas por el capital que siempre permanecía emboscado, pero eficaz.
A la posguerra
No era cierto, el triste periodo no estaba olvidado, quizás no lo estaría nunca, las heridas que se cierran en falso continúan sangrando durante mucho tiempo. En la desdichada guerra a la que nos habían abocado los salvadores de la patria había perdido todo el mundo. No había familia que no tuviera uno o más muertos en alguno de los bandos, muchas de ellas en los dos. Algunos, más instruidos o más osados, se atrevían a hablar de los crímenes franquistas, de los poetas, escritores y gente de la cultura sacrificados por el Régimen; de los que habían muerto asesinados como García Lorca, o en una cárcel lóbrega, como Miguel Hernández, y de los que habían padecido persecución y destierro, Alberti, Emilio Prados, Gómez de la Serna, Cernuda o Machado que, viejo y fatigado no pudo pasar de Colliure donde su tumba se convirtió pronto en lugar de secreto peregrinaje para disidentes. “Estos días azules y este sol de la infancia”, decía un papelajo arrugado que encontraron en sus bolsillos, quizás su último verso, que muchos repetían en voz baja.
Al Opus Dei
[...] Camino había sido un librito de tintes elitistas con la insoportable carga de exclusivismo religioso y burgués de una religión para ricos. Era guía de cabecera de los Cursillistas de Cristiandad, un movimiento de religiosos seglares pretendidamente moderno, inspirado en las premisas del Opus Dei, basado en catarsis colectivas donde los cursillistas abjuraban en público de sus pecados. El multitudinario espectáculo de clausura congregaba a los actores de cada cursillo, y a muchos asistentes de los eventos anteriores, que se sumaban al acto para acompañar y fortalecer a los hermanos recién incorporados al redil, en el que debían hacer almoneda pública de sus pecados. La Ultreya acababa entre lágrimas histéricas y votos de eterno arrepentimiento que los antiguos pecadores iban manifestando por turno. Cuanto más pecados, más arrepentimiento, más lágrimas y más histeria, como en la parábola del hijo pródigo. Cuanto peor había sido la vida del réprobo, con más cariño lo recibía el padre a la vuelta.
Al hablar en catalán
En el Liceo estaba mal visto, o por lo menos poco elegante, hablar en catalán, considerado como una lengua de payeses. La censura oficial de la “una grande y libre” se empeñaba en erradicar la lengua catalana de las escuelas y la vida pública. El castellano de los vencedores había inundado todo el país, en un intento de uniformar España que no tardaría en manifestarse inútil y contraproducente. De esos polvos se arrastrarían lodos durante muchos años, quizás para siempre.
El idioma catalán se refugió en el entorno familiar, en los pueblos y en las masías donde con frecuencia el que no accedía era el castellano. Algunos chicos campesinos, cuando les llegaba el momento de “servir a la patria”, pasaban grandes dificultades y encajaban más de una bofetada por no adaptarse con la rapidez exigida a “la lengua del imperio”, que chapurreaban con dificultad. En los cuarteles, hablar catalán estaba penado con el calabozo, más o menos dilatado según el talante del mando que hubiera sorprendido al imprudente. Editoriales, como Cavall Fort, utilizaron los libros infantiles, los comics y otros subterfugios para seguir publicando en catalán. Hasta los más conspicuos catalanistas entre los amigos de los Soto, utilizaban el castellano en público, a menudo con unos catalanismos más que cómicos y un acento que traicionaba su origen. Sus hijos se educaban en castellano, única lengua oficial y autorizada en los colegios.
Y podría seguir con algunas referencias más, por ejemplo, a la lectura (págs. 189-190), a la música (págs. 193-195)... pero ya está bien, ¡que estoy contando la peli entera! Mejor que lean ustedes el libro, quienes no lo hayan hecho ya, y comprueben lo que les cuento y más, como el uso de expresiones y palabras añejas hoy en desuso (un ejemplo: la evocadora —para mí— «zocata», referida a un artilugio que se vendía en la tienda de mi padre), además, todo de primera mano, la del propio autor.
A estas alturas del comentario intuyo lo que pasa por la cabeza de algunos de ustedes; casi seguro que estarán pensando con cierta suspicacia: «¿Entonces… todo bien, nada en contra, ningún pero? ¿Por eso has dicho lo del amigo primero y el autor después? ¡Menudo listillo!».
Bueno... ya que me aprietan... En los contras resaltaría que quizás haya faltado un poco de paciencia para pulir más el texto, algo que veo como misión del autor, sí, pero también de un corrector/sugeridor. Creo que, en los tiempos que corren, con el abaratamiento de la publicación de libros, se han perdido muchos de esos profesionales que buscaban errores y mejoras en las futuras publicaciones, porque se han perdido también esos competentes editores que ayudaban a los autores con sus consejos e indicaciones para conseguir una obra más consensuada, si no impecable, sí más pulida, mejor acabada.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Pionera

Hace poco, en la tertulia, uno de los asistentes, dirigiéndose a mí, dijo que conservaba todavía «todos los libros de Sven Hansel», pero no recuerdo a santo de qué venía eso en la conversación que manteníamos. Inmediatamente le dije los dos títulos que mi memoria retiene de este autor: Los panzer de la muerte y La legión de los condenados, pues yo también conocía, de mi prehistoria lectora, esas aventuras escatológicas (quizás por eso tenían tanto éxito) de soldados alemanes en la Segunda Guerra Mundial, aunque no me queda de ellas tan buen recuerdo como a mi amigo.
Sobre la marcha recordé dónde compré in illo tempore esos ejemplares de la colección Reno de la editorial Plaza Janés, siendo todavía muy joven y sin la posibilidad de desplazarme con facilidad a la capital: los adquirí en la única librería que había en el pueblo en aquellos años, la Librería Cánovas.
Precisamente ya había reflexionado algo sobre este establecimiento unos meses antes, cuando por azar me encontré en el Hospital Reina Sofía, en la sala de espera de la misma consulta a la que yo iba, con Cecilia, que fue dueña de esa primera librería en la que recuerdo haber comprado autónomamente, en donde me veo en mis primeros recuerdos de comprador «habitual» de libros y material de escritorio.
Me acuerdo de la librería en los años sesenta, situada en la esquina del edificio donde después se instaló Caja Murcia, ahora Banco Mare Nostrum. Era un diminuto establecimiento de no más de quince metros cuadrados que sumaba unos pocos libros al material de papelería que, deduzco, sería lo más vendido.
Así pues, en la librería papelería Cánovas —más lo segundo que lo primero— era donde yo compraba, a cencerros tapados pues era un gasto no bien visto por mi padre, mis primeros libros, mis primeros coleccionables por fascículos, mis primeras revistas... Es fácil entender que dicho establecimiento fuera más papelería que librería porque en un pueblo de las dimensiones del nuestro entonces, ya se sabe, era imposible que económicamente se pudiera mantener a flote un negocio que vendiera solo libros; y aún hoy, tantos años después, sigue siendo inviable; bares, tropecientos, «los que hagan falta, y más que habieran», pero una librería..., imposible.
Mi memoria, no sé cuánto de fiable, se acuerda con dudas de algún mínimo escaloncito descendente para entrar en el local por una pequeña puerta metálica acristalada, una puerta que daba a la Calle de la Acequia, que al otro lado de la carretera general era —y es— continuación de la Calle de la Gloria, esta sí más importante en el pueblo y que debe su nombre —¡todo un acierto!— a que te conduce al cementerio: ¡La Gloria! En mi recuerdo, veo en la esquina de la librería un rótulo anunciador con letras verdes sobre fondo liso blanco; lo que no recuerdo es si ponía Librería Cánovas —así la conocíamos—, o, lo que parece más fiable, solo Librería.
Según entrabas al local, a la derecha quedaba el espacio de un sencillo escaparate que daba a la carretera nacional, y a la izquierda, un poco al fondo, veías el pequeño mostrador, y, tras él, atendiendo al público, siempre encontrabas a Rosarico, una mujer pequeña incluso para mis ojos de entonces, con un cuerpo de unas dimensiones en consonancia con el diminutivo de su nombre y con el tamaño del local que tan amablemente atendía, y con una voz también adecuada en timbre y volumen a los espacios —cuerpo y local— que la envolvían. Me acuerdo de su pelo negro, nunca largo, de su tez morena, y solo recuerdo grande en ella el tamaño de sus ojos siempre pintados a los que acompañaban en la cara unos labios también coloreados de rojo carmín. Rosarico era soltera, de buenos modales: tranquilos, suaves... educados.
Salvo los textos de bachiller, que, incluso siendo alumno libre, tenías que adquirir en Murcia —en González Palencia—, los libros que compré en la entonces única librería del pueblo fueron los pilares de mi biblioteca actual, los primeros en mi ya muy larga, y no acabada por ahora, vida de comprador de libros. Quizás no debería decir lo de pilares, teniendo en cuenta la calidad literaria de muchos de aquellos ejemplares, pero fueron los primeros, los cimientos sobre los que, después, construiría mi vida de lectura y estudio.
¿Y qué recuerdo haber adquirido allí? Aunque poco dan de sí mis neuronas en estos momentos sobre este asunto, me acuerdo de algunas compras que hice a Rosarico en la Librería Cánovas: unos cuantos libros de bolsillo de la colección Reno, de la editorial Plaza Janés (Sven Hansel, Frank Yerby, Mika Waltari...), alguno de la colección Austral, de la editorial Espasa Calpe (Blasco Ibáñez, Jonathan Swift, Daniel Defoe...), unos fascículos coleccionables de una geografía universal de la que recuerdo la calidad de su papel y sus atractivas ilustraciones, y, quizás lo más habitual, artículos variados de papelería, como reglas, compases, mapas mudos, folios, bolígrafos, lápices, bloces, libretas... ¡Ah!, y también, pocos años después, algunos libros de la colección RTV, a 25 pesetas cada uno, todo un hito de la publicación editorial en nuestro país.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Ochenta millones de cientos

Mi amigo David tiene, si no la mejor palmera datilera del mundo, sí los mejores dátiles. A esa conclusión he llegado tras mucho tiempo de ser agraciado, año tras año, con un presente de esos sus magníficos frutos que, me consta, él, muy meticuloso, tanto cuida, que manipula con esmero, con rigor, con la máxima higiene... con precisión de neurocirujano.
Subido a la escalera que apoya previamente en la palmera, siempre con las manos enguantadas, va explorando cada racimo y examinando cada dátil. Durante la inspección, mientras con la mano izquierda va abriendo sucesivos huecos, con los dedos pulgar e índice de la derecha va cogiendo con exquisito cuidado los dátiles que considera han alcanzado un grado óptimo de madurez, los más deliciosos, uno a uno, y (repito: siempre con guantes, ténganlo presente) los mete al frigorífico en bolsitas ad hoc herméticamente cerradas que después, montado en su bicicleta, va repartiendo por los domicilios de sus familiares y también por los de los amigos, entre los que tengo la suerte de contarme.
Sepan que David suele machear su palmera con diversos racimos de distintas palmeras macho, cogidos de entre los mejores ejemplares localizados aquí y allá, y todo para que su hembra —su mimada palmera— elija de entre todos ellos el que más le guste. Con gracia, mi amigo se autodenomina «mamporrero palmerero».
Mis nietas, este año, han probado por primera vez los dátiles de la ya localmente archifamosa palmera, y a una de ellas, a Paula, le han gustado mucho, tanto que, desde entonces, cuando viene a ver a sus abuelos, una de sus mayores preocupaciones es la de si quedan dátiles en la bolsa azul que trajo David, y viendo que se acaban los de la primera recibida me ha pedido que le pida a mi amigo que nos traiga más dátiles; concretamente me ha especificado: «dile a David que traiga 80 millones de cientos».
Sí, 80 millones de cientos es la expresión que ha utilizado la chiquilla para expresar la cantidad de dátiles —la máxima que sabe expresar— que quiere que nos traiga David. En otros tiempos los términos que manejábamos los zagales cuando queríamos indicar lo más de lo más —en altura, volumen, cantidad...— era «la bolica del mundo». Entonces no había nada más grande en nuestras cabezas; todavía no había entrado en ellas el concepto de universo, o, si lo había hecho, creíamos que el mundo era el universo y el universo era el mundo, no sé. Así que participabas en una discusión/competición a ver quién tenía o pedía más cantidad de cualquier cosa (kilómetros, kilos, pesetas, bolas, estampas, dulces...), hasta que alguien decía: «y yo, la bolica del mundo», y ahí quedaba zanjada la cuestión, pues eso no se podía superar.
Para mi nieta Paula lo más de lo más comenzó siendo, y no es que haga tanto —es muy joven—, «todo esto», mientras te mostraba las dos manos abiertas para que vieras los diez dedos extendidos: lo máximo entonces. Después, algo más madura e intuitivamente «conocedora» del poder de las cifras millonarias, su expresión cambió a «80 millones», a la que posteriormente añadió algún complemento, resultando entonces una frase un poco más larga: «80 millones de cientos»; y eso es lo que te respondía cuando le pedías que te dijera cuánto te quería; inmediatamente contestaba —seductora para quien esto escribe— que te quería «80 millones de cientos».
Ya en los últimos tiempos, a estas expresiones anteriores se suman otras que unas veces las sustituyen y otras, las más, las complementan, de tal manera que hubo unos días en que la niña añadía, inmediatamente detrás de «80 millones de cientos», otra expresión indicadora de enorme cantidad, aunque en este caso, de distancia: «hasta el polo norte».
Más recientemente, hace unas semanas, la he visto utilizar los brazos para indicar lo que abarca la enorme cantidad que te quiere decir. Así que, tras soltar alguna o algunas de sus últimas expresiones cuantitativas, abre los brazos, esforzándose mucho por hacerlo al máximo, primero en sentido horizontal y después en el vertical, al tiempo que acompaña las dos extensiones manuales con la palabra «así», una vez para cada gesto.
Y lo último de lo último —por ahora, ya veremos lo que dura— es «80 millones de cuarenta, sesenta y cincuenta», seguido de «hasta Europa» y/o  «hasta España»... Mientras tanto, yo observo en la evolución de lo relatado, cómo aumenta su vocabulario y con él su nivel de expresión verbal, su riqueza locutiva, que va mejorando día a día, como tiene que ser. De tal manera que ya me puedo hacer una idea de lo que va a responder Paula cuando en adelante le pregunte cuántas almendras quiere o cuántos berberechos o gambas o…