SECCIONES

viernes, 21 de julio de 2017

Pan torrao...

Aquí, para los chiquillos de entonces, un pedo silencioso era una follá (variantes: follón y follonazo). Si, de pronto, en el grupo en que estabas jugando, se olía mal y alguien pensaba que el perfume procedía del culo de alguno de los participantes en el juego, todos, poniendo cara de inocentes (observando con atención, en las distintas caras se podía ver un buen abanico de expresiones de disimulo), todos, digo, nos apresurábamos a negar habernos follado, haber dejado caer la bomba fétida.
Y si de buenas a primeras no estaba claro quién había sido el atrevido (propia confesión, delator rubor de cara, algún chivatazo cercano...), la cosa se solucionaba por unos medios que, aunque no muy científicos, por aquellos entonces se nos ofrecían con claras garantías justicieras. Entre estos medios destacaban dos.
El primero en ser aplicado (siempre se le ocurría a alguien dispuesto a esto y a mucho más) consistía en oler el culo a todos y cada uno de los componentes del grupo; insisto, siempre había quien por su cuenta comenzaba a oler cada uno de los culos para ver si detectaba quién había sido el infractor, el insolente retador. También es cierto que, como él no podía oler su propio culo, de esta forma podía ocultar su culpabilidad caso de que así fuera.
Si este método no funcionaba convincentemente («has sido tú»; «yo no he sido»; «aquí está, aquí se huele»...) y el infractor no aparecía, se optaba por un sorteo a «ritmo de marcha» que —entonces así nos parecía— descubría inequívocamente al culpable, al individuo que inmediatamente aparecía ante el grupo como merecedor de una lluvia de pescozones que sus compañeros de juego le dejaban caer. En el sorteo, el director de la rifa iba señalando con el dedo índice —marcando el «pulso» musical— a cada uno de los candidatos a «culpable», mientras recitaba rítmicamente el siguiente texto:
«Pan torrao, huevo asao,
quién ha sío el tio cochino
que se ha follao»
Para aprovechamiento de quienes puedan leerla musicalmente, a continuación les pongo la versión rítmica más conocida de este texto, la que, según mi recuerdo, y algún otro cosultado, fue más utilizada:
Me he referido a la versión más usual porque este recitado rítmico tenía su intríngulis, su truco, pues quien lo llevaba a cabo —el espabilao de turno— tenía la opción —con el consentimiento implícito de los demás— de distribuir algunas de las sílabas de la prosodia según sus conveniencias, con lo cual prácticamente casi podía elegir quién era el perdedor o, por lo menos, esquivar él el marrón evitando que en el sorteo le tocara la última sílaba.
He aquí algunos ejemplos de distribución silábica en el enunciado rítmico:
Que se / ha / fo / llao
Que se / ha / fo / lla / o
Que / se / ha / fo / lla / o
Al final siempre pagaba alguien poco apreciao.

viernes, 14 de julio de 2017

El Barras (y 2)

El Barras era especial con sus clientes, supongo que sobre todo con los buenos clientes. Cuando escuchaba a lo lejos la pitada cómplice de un vehículo que se acercaba a la altura del quiosco (recuerden: la Nacional 340, la carretera general Murcia-Alicante, con mucha circulación entonces), pronto identificaba al individuo que lo conducía y que, si había tráfico muy denso, no tenía siquiera que detenerse, pues Antonio le lanzaba un cartón de Winston, Marlboro, Chesterfield... —el preferido del cliente—, se lo introducía por la ventanilla mientras le decía «tira, ya lo pagarás».
En los más inmediatos alrededores del quiosco eran celebrados con bombo y platillo por el Barras y sus amigos determinados acontecimientos, entre los que destacan como más sonados los balompédicos, pues Antonio, muy aficionado al fútbol —era del Barça: un cérrimo—, celebraba sus victorias —y las derrotas de sus máximos rivales— a lo grande, por todo lo alto, pero sobre todo con originalidad, con apuestas e ingeniosos espectáculos, como el rezo que le era impuesto a modo de penitencia al forofo perdedor; para ello había en el «almacén» del Barras un reclinatorio —sí, de los de la iglesia— y un rosario, y con ellos, arrodillado en el primero y con el segundo entre las manos, el penitente perdedor de turno tenía que rezar o simular que rezaba, en los días siguientes a los partidos, a primeros de semana normalmente.
Cuando nuestro paisano Vicente Carlos Campillo obtuvo el carnet de entrenador de fútbol (me surge una mínima duda sobre si fue entonces o si fue cuando de su mano el Real Murcia subió a primera), el acontecimiento fue celebrado cortando la circulación en la carretera nacional. La fila de coches que venía de Alicante la detuvo el propio Barras haciendo el alto a los vehículos con una infantil pala playera de plástico, y la fila de coches que venía de Murcia la detuvo su compadre Soto, otro célebre personaje al que llamábamos el Capitán Veneno, que había sido caballero legionario y del que algunos jóvenes de entonces aprendimos el himno de los de la cabra. Y todo esto del  corte de la circulación, se preguntará más de un lector, ¿para qué?, pues para que Vicente Carlos, flamante y pronto exitoso entrenador de fútbol, en esos pocos segundos que duraba el parón de tráfico, «se pegara» una acrobática voltereta en medio de la carretera, voltereta premiada con una salva de aplausos de los allí presentes para la ocasión: circo en estado puro.
Siendo yo jovenzuelo, en alguna ocasión presencié cómo el Barras, muy generoso, hacía de banquero prestamista con algún amigo mío. Me consta, además, que este amigo mío no era el único «cliente» prestatario que tenía, y que, al contrario que hacían las distintas entidades bancarias, Antonio prestaba sin cobrar intereses: desinteresadamente, nunca mejor dicho.
Como para él el estudio debía ser una tarea derretidora de sesos, me «aconsejaba», a su manera, que no estudiara «tanto», que no era bueno, y me decía, simulando tocar la flauta de manera grotesca, que si seguía así «acabaría loco, como el tío nosequién —nunca supe de quién me hablaba—, que terminó en lo alto de una morera y con una sartén al hombro».
Cuando la vida le vino mejor, me acuerdo, le gustaba salir, como él mismo te decía, preparao —de dinero, se entiende—, y comer «bien», como te contaba después con detalle. En una ocasión me dijo que mi hermano —buen amigo y guía suyo en las «salidas»— lo había llevao «cal Rigan» (con el apellido del presidente estadounidense se refería a un restaurante cercano a la costa regentado por un extranjero, un belga, Míster Roland) y que «cal Rigan», me siguió contando, se había comido «un mendrugo de carne así», y me mostraba con satisfacción el puño como referencia del grosor del trozo de carne comido.
Después, pasado el tiempo, supe que andaba muy delicao; me enteré por mi hermano, que, tras algunas visitas a su casa y al hospital, me informaba de su evolución. Tras su muerte, siempre que por cualquier circunstancia me viene a la cabeza su imagen (asociación de ideas, alguna conversación, el encontrarme con algún libro o disco comprado en el quiosco...), lo recuerdo con afecto: sit tibi terra levis, Barras.

viernes, 7 de julio de 2017

El Barras (1)

Antonio Morga, de El Siscar, el Barras, un hombre duro, que se había criao —decía él para mostrar su rocosidad— corriendo descalzo por «carrizos de punta» que —aseguraba— no punchaban a sus pies encallecidos; que había estado trabajando en Alemania, de donde había vuelto con una enfermedad, de resultas de la cual le había quedao una mala secuela, la imposibilidad del trabajo físico duro, pero también —todo no iba a ser malo— una paguica de por vida.
De estatura media, delgado, de aparente —solo aparente— aspecto muy serio, incluso hosco; pescuezo delgado, largo y recto; la piel de la cara, en la zona de las mejillas, un poco rojiza debido a unas venillas, y una calvicie avanzada que Antonio cubría indiferentemente con gorra o sombrero, dependiendo sobre todo de la ocasión, de si estaba trabajando o salía «de fiesta», por ejemplo, a comer a algún restaurante con su mujer y algún otro matrimonio amigo.
El Barras tenía un diminuto quiosco de madera pintado de color verde, que, posteriormente, cuando las cosas le fueron mejor, fue sustituido por uno más moderno de aluminio, aunque también pequeño. El quiosco quedaba muy bien situado en el centro del pueblo, en la zona más comercial, junto a la orilla de la carretera, en el mismo lado y a menos de cincuenta metros de la plaza de la iglesia.
Y en su mínimo quiosco, Antonio vendía los periódicos locales de entonces —La verdad y Línea—, venta que poco a poco fue ampliando con algunas revistas y, sobre todo y muy importante, con la de tabaco, que conseguía de contrabando —rubio americano, negro cubano...—, un género muy valorado por muchos fumadores de entonces, yo entre ellos: Winston, Marlboro, Craven “A”, Partagás, H Upmann... ¡¿Cuánto frío debió pasar en las heladas madrugadas de invierno para tener preparada la prensa a primera hora?!
Con el tiempo utilizó como ampliación del negocio, a modo de almacén, un bajo desocupado que había tras el quiosco, casi pegado a él. En este local, que hacía años había sido un bar y aún conservaba la barra al fondo, tenía Antonio espacio sobrado para las revistas, los coleccionables, el tabaco —escondido—... y, con el tiempo, hasta para un depósito refrigerador con cervezas y refrescos que, decía él, eran para los amigos, y, por lo que pude comprobar, realmente eran para los amigos: no te cobraba. Llegabas, te sentabas en una de las sillas que para la ocasión tenía, te ofrecía una cerveza y cuando pretendías pagarla te decía que guardaras tu dinero —«¡ande vaas!»—, que aquello lo tenía allí para los amigos.
Todavía tengo fresco en la memoria lo que tuve que insistir, el follón que tuve que darle, cuando comenzó a editarse El País, las veces que se lo tuve que pedir para que lo trajera y comenzara a venderlo en el quiosco. Hasta entonces yo me desplazaba a Murcia para comprar tan preciado bien, aunque no todos los días; después, entonces sí diariamente, durante muchos años lo adquirí en el quiosco del Barras. Allí me hice también con preciosas joyas de la música y la literatura, con colecciones completas de fascículos (Historia de la literatura española e hispanoamericana), de fascículos y discos (Los Grandes Compositores, Los Grandes Temas de la Música...) y de libros (Biblioteca Básica Salvat, Obras Maestras de la Literatura contemporánea —Seix Barral—, Colección de Literatura Universal Bruguera...).
No se le daba muy bien la escritura y tampoco las cuentas; por ello y por la confianza que tenía conmigo, periódicamente me pedía —no creo que yo fuera el único en hacerlo— que le ayudara en la devolución del material pasado de fecha: periódicos, revistas, coleccionables... A veces, me veía llegar y sin preludio alguno me decía: «coge el bolígrafo y apunta», y ya sabía yo lo que tenía que hacer: tomar nota de la cantidad de ejemplares que iba a devolver y que ya tenía él preparados, desperdigados en montoncitos por el suelo; me iba dictando: «2 de Hola, 3 de Diez minutos, 1 de Triunfo, 1 de Los Grandes Compositores...»; y así.
Casi siempre a mediodía, tras una mañana de trabajo en la escuela, quien esto escribe llegaba a por El País y muchas veces pillaba a la familia comiendo en el bajo-almacén; lo normal era que el Barras me dijera que me sentara a comer con ellos —«Victoria, ponle un plato de guisao», le decía a su mujer—; y, lo mismo que con la bebida para los amigos, no lo decía por cumplir, lo decía de verdad; y yo, que lo sabía, más de una vez comí con ellos. También hubo una temporada que, para quienes se lo encargábamos, Antonio traía pan casero, de horno moruno, comprado en un apartado lugar de la huerta al que, por cierto, alguna vez lo llevé yo, pues él estuvo mucho tiempo sin coche y, creo, sin carnet. Volvíamos con medio saco de pan, metía la mano, sacaba uno, me lo entregaba directamente en la mano y decía «tira, ya te puedes ir»: era su manera de darme las gracias.
Continuará.

viernes, 30 de junio de 2017

Nátali

La he visto recientemente muy embarazada, otra vez, pues ya fue madre hace unos años. Y es una niña todavía.
La recuerdo siempre aniñada. Menuda, muy menuda, mínima; rubia, de piel muy blanca y cara infantil, muy infantil incluso ahora que han pasado ya unos cuantos años. Lo de la cara infantil tiene cierta lógica porque sigue siendo muy joven, además de que el recuerdo que de ella tengo viene del colegio, cuando aún era más joven, mucho más joven: ya digo, una niña; por lo tanto, su cara, su cuerpo, toda ella, en mi mente... muy infantil.
Hasta no hace mucho la veía con cierta frecuencia; al fin y al cabo el pueblo no es tan grande y, además, como ella tiene un niño pequeño, frecuentaba algunos de los parques y jardines a los que también iban mis nietas, a quienes, por otro lado, yo visitaba. Pero últimamente estaba tiempo sin verla. Así que... hace unos días, cuando me la encontré, me sorprendió su enorme barriga, más grande que ella, y su ombligo en extremo sobresaliente bajo un ceñido vestido de punto: una niña embarazada, pensé.
Para que se hagan una idea de cómo es, les voy a contar una anécdota que me viene a la memoria cada vez que la veo, una escena de cuando ella estaba en el colegio. Es el recuerdo escolar más nítido que de ella mantengo en la cabeza, quizás debido a lo que me sorprendió entonces. Antes les diré que en la escuela, estando ya en un curso de los últimos de Primaria, Nátali necesitaba apoyo, por lo que en determinadas clases tenía que salir de su aula para ser atendida por profesorado especializado.
Era yo maestro entonces en ese mismo colegio en que estaba nuestra protagonista, y un día que ella estaba recibiendo una de esas clases de refuerzo, a cargo de uno de mis compañeros de claustro, entré en el aula y, para darle ánimos, me interesé por cómo iba. Su profesor en ese momento, para demostrarme lo que la alumna sabía y que yo me hiciera una idea de lo que era capaz, delante de mí le preguntó cuántas eran dos por tres; ella, queriendo quedar bien ante mí, nerviosa, dando saltitos, se puso a golpearse las manos, palmeando sin ritmo alguno, al tiempo que decía atropelladamente: «¡no me lo digas, no me lo digas que me lo sé!»; repitió esto mismo varias veces, cerró los ojos, pensó, repensó y contestó...: un disparate.
Pertenece a una familia gitana de «buena gente», una familia integrada y arraigada —para muchos, a su manera— en el pueblo; pero, escolarmente, todos los componentes que yo he conocido de dicha familia, uno tras otro —tuve en mi tutoría a algún otro miembro—, han sufrido un notable fracaso escolar.
Mi nuera, que ocasionalmente ha charlado con ella en parques y jardines, me confirma lo del nuevo embarazo al que me he referido más arriba y me amplía la información: que sí, que Nátali ya no vive con la pareja de antes, que ahora tiene otra, que el embarazo actual es de esta otra pareja, la de ahora, un chico que, dice la niña-madre, es mejor que el anterior, que este sí que sí, que...
Y ha sido el volverla a ver hace unos días, muy, pero que muy embarazada, cuando me ha venido todo esto a la cabeza.

viernes, 23 de junio de 2017

Sillines y bombones

¡Ah, la memoria! ¿Se acuerdan algunos de ustedes de La Codorniz, «la revista más audaz para el lector más inteligente», según se autoproclamaba ella misma?; seguro que algunos sí; era famosa por sus «cierres», mejor dicho, por sus secuestros —como después serían también secuestradas de vez en cuando otras grandes publicaciones periódicas: Triunfo, Cuadernos para el diálogo, El Papus...—, secuestros debidos a la censura que el régimen dictatorial de Franco mantenía sobre las publicaciones díscolas de la época.
Sí, muchas veces me contaron —nunca vi entonces la imagen en cuestión— que fue en la portada de La Codorniz donde apareció, y lo cierto es que en mis neuronas se había posado simplemente como un atrevido planteamiento de un problema de regla de tres; así lo recuerdo:
Sillín es a sillón
como cojín es a «equis»
y me importa tres «equis»
que me cierren la edición.

Y ahora, no hace tanto, me encuentro en Internet una reproducción de la famosa portada de la revista, que, ciertamente, lo pone de otra forma, aunque en esencia dice lo mimo.
Bombín es a bombón
como cojín es a X
y nos importa tres X
que nos secuestren la edición...

Véanlo:


Sillín, sillón, bombín, bombón… ¡qué más da!

viernes, 16 de junio de 2017

Yo te daré, Shostakovich

Aunque ese curso no era alumna mía, recibí un correo de Encarni pidiéndome opinión sobre si John Lennon y Paul McCartney, en Hey Jude, pudieron haber copiado un fragmentito melódico de una obra española conocida como Fandanguillo de Almería. Por lo visto, Lennon, que estuvo en Almería en 1966, sí pudo haber escuchado el fandanguillo y habérsele quedado en su oído —léase cerebro— algún giro, algunas notas que aprovecharía posteriormente, como hace cualquier compositor.
Para que me hiciera una idea, Encarni me mandó un enlace a un vídeo de Youtube —«Hey Jude y la conexión entre John Lennon y Almería»—; lo vi, lo escuché —y algún otro que encontré sobre la cuestión— y llegué a la conclusión de que muy bien pudiera haber ocurrido eso que se plantea en ellos, pues así funciona la composición; uno deja plasmado en sus obras lo que tiene en el oído —perdón, en el cerebro— y a veces no es consciente siquiera de que lo está «tomando prestado» de una obra escuchada poco o mucho tiempo antes; simplemente, le sale —le viene a la cabeza, y le vale— en un momento determinado, y ahí queda plasmado lo que algunos denominan plagio.
Y esto me llevó a recordar una situación parecida, la de Dmitri Shostakóvich y la famosa canción Yo te daré. También —con el «parece» delante— Shostakóvich pudo estar influido, en un fragmento del “Vals n.º 2” de su Suite de Jazz nº2 (sí, de jazz, aunque no corresponda a la idea que tenemos del Jazz), por la canción popular Yo te daré, que podría haber escuchado el compositor a algunos niños españoles de los varios miles enviados a partir de 1937 desde la España republicana a la URSS, debido a la guerra civil española, a la tan temida —por los republicanos, y con mucha razón como se pudo comprobar después— victoria franquista.
Niños españoles parten para la URSS
Si tenemos en cuenta que Shostakóvich compuso la suite en 1938, no parece tan desacertada la idea de contagio —voluntario o involuntario—, pues es posible que ya anduvieran por allí los niños republicanos españoles, que, probablemente, cantarían y tararearían la conocida canción ♪♫Yo te daré,te daré niña hermosa... Y como se trata de un fragmento melódico muy pegadizo, el oído atento del «bueno de Dmitri» —como en algún momento me lo calificó mi amigo Pedro Grau—, se quedaría con la copla, que se suele decir, y nunca mejor, aunque sea con parte de la copla.
En nuestro país, la canción Yo te daré se popularizó y fue cantada, con una letra ambigua y festera, por tonadilleras —La Pitusilla—, grupos pop —Los Stop—, agrupaciones de tunos...
Yo te daré,
te daré, niña hermosa,
te daré una cosa,
una cosa que yo solo sé:
¡café!
Y el famoso Vals n.º 2 de la Suite de Jazz nº 2 de Shostakovich ha sido utilizado en cine, por ejemplo, por el musicalmente exigente Stanley Kubrick (La naranja mecánica, 2001: Una odisea del espacio, Barry Lyndon...), que lo hace en Eyes Wide Shut, —con Nicole Kidman y Tom Cruise—, donde utiliza la interpretación de Ricardo Chailly con la Royal Concertgebouw Orchestra; Abonico les ofrece, sin embargo, la de Mariss Jansons al frente de The Philadelphia Orchestra.
Adenda.- Ya terminada la entrada, encuentro en el blog Ancha es mi casa (21-11-2015) un interesante y para mí sorprendente artículo: «El famoso vals de la Suite de Jazz nº 2 de Shostakovich no existe» del que les pongo este párrafo:
Hace ya casi un año, un amable visitante apodado Yeyico me puso al día: El vals que se conoce y seguramente se seguirá conociendo por los siglos de los siglos como Vals nº 2 de la Suite de Jazz nº 2 y que popularizó Stanley Kubrick en Eyes wide shut, pertenece en realidad a una obra muy posterior llamada Suite para orquesta de variedades, que no es sino una colección de piezas procedentes de otras obras, principalmente bandas sonoras, recopiladas por Shostakovich después de 1956: Es en esta suite, y no en la de Jazz nº 2, donde se halla nuestro conocido Vals nº 2. […]
¡Bueno...!, qué quieren que les diga, siempre estamos a tiempo de aprender algo nuevo, o de modificar lo aprendido. Y, la verdad, tampoco es que este hallazgo cambie la esencia de los argumentos expuestos en este artículo.

jueves, 8 de junio de 2017

El moñigo por la trompa

Pocas veces ibas a Murcia —la capital— cuando eras pequeño, a no ser que estuvieras enfermo, necesitases un médico especialista y, ¡claro!, tu familia se lo pudiera permitir en aquellos tiempos. Así que pasaban los meses, incluso los años y no te llevaban tus mayores a la ciudad.
Los casos fuera de la medicina se podían contar con los dedos de una mano: te llevaban para los exámenes de los distintos cursos de bachiller —una vez al año, y solo a los poquísimos chavales que estudiábamos—, te llevaban para hacerte las fotos de la primera comunión —igualmente, solo a algunos—, y ocasionalmente para comprarte ropa; también, alguna vez, a la feria de septiembre…; y, una sola vez en mi caso —a comienzos de 1960, próximo a cumplir los nueve años— me llevaron a Murcia, ¡de noche!, a ver una película, Los diez mandamientos, para lo cual «sacó» mi padre un taxi —el del Esteban— y fuimos toda la familia al cine Rex, en el que estuvo la peli en cartel siete semanas, para ver «religiosamente» cómo Moisés —Charlton Heston— desafiaba el poder del faraón —Yul Brynner—, separaba las aguas del Mar Rojo y conducía a su pueblo a través del desierto.
Cuando esto ocurría —no lo de la separación de las aguas sino el tener que ir a Murcia—, si se enteraba algún adulto conocido —frecuentemente un vecino o un cliente habitual de la tienda de mi padre—, la pregunta y el consejo eran automáticos:
—¿Vas a Murcia?
—Sí.
—Pues, mucho cuidao, no te vayan a restregar un moñigo por la trompa; mantén la boca bien cerrá.
Busco en Vocabulario del dialecto murciano, de Justo García Soriano; en él dice que moñigo es boñigo. Entonces voy al DRAE, que dice que boñigo (de boñiga) es “cada una de las porciones o piezas del excremento del ganado vacuno”. No suficientemente contento, sigo buscando, ahora en WordReference, que extiende más generosamente el significado de boñigo y se acerca a mi concepción: “cada porción del excremento del ganado vacuno o caballar”. Pero es Diego Ruiz Marín, en su Vocabulario de las hablas murcianas, quien coincide con lo que desde niño tengo en la cabeza como moñigo, que es “boñiga, excremento de las caballerías”.
Así que, al principio, cuando te llevaban a Murcia, tú andabas preocupado por lo del moñigo por la trompa, pero con el tiempo te dabas cuenta de que decirte eso no era más que una broma que se solía gastar para tomar el pelo a quien estaba poco acostumbrado a viajar a la capital.
Mi reflexión, posteriormente, ahora, es que eso, lo del moñigo, había de obedecer a alguna razón, debía tener algún sentido, una base real; pienso que tuvo que salir de alguna costumbre, de alguna broma bárbara —como la animalada de hacer el aparejo—, una broma de muy mal gusto —del estilo de las contadas por Gila sobre los mozos del pueblo en fiestas—, una verdadera “faena” que los de la capital harían a huertanos y pueblerinos de los alrededores cuando estos llegaban, poco acostumbrados y algunos algo asustados, con la boca abierta, a las puertas de la ciudad.
Como, además, en aquellos años abundaban los burros, mulas y caballos, los moñigos estaban en la calle al alcance de cualquiera, y, conociendo al personal, no es de extrañar el abuso, la crueldad, las risas y, sobre todo, el mal trago que pasaría el embromado.
Me imagino la escena.

viernes, 2 de junio de 2017

La culebra astuta

Alrededor de la mesa camilla que había en la salita de mi casa, se reunían por aquellos años, en las tardes de domingo, mi madre y otras mujeres amigas y vecinas. Y allí se contaban unas a otras viejas historias de la huerta, del pueblo, de la capital…, historias que conocían de buen oído, pues, como todos sabemos, estas «noticias» se transmitían de boca a oreja.
Y yo quedaba prendado y prendido de esos «cuentos» que tanto me atraían, y prestaba mucha atención a estas conversaciones tan interesantes a la vez que inquietantes para unos oídos tan tiernos y sensibles como los míos. Incluso ahora no sabría decir si entonces me impactaba más la historia misma, el tema, o me gustaba más la manera tan intencionadamente misteriosa de contarlo.
Una de las historias que más atraía mi atención era una leyenda huertana que escuché muchas veces y que cada vez me impresionaba más, dejándome un desagradable regusto amargo, un malestar que, por lo menos la primera noche tras la escucha, y fueron unas cuantas, no me dejaba dormir.
No recuerdo bien cuál de las mujeres de alrededor de la mesa era la narradora de esta historia, creo que mi madre; lo que sí recuerdo es que comenzaba diciendo, con aire de misterio detectivesco, que gracias a Dios que se habían dado cuenta, y, como descifrando un enigma, a continuación aclaraba que se habían dado cuenta por el color ennegrecido de los labios del bebé y por la pérdida de peso del mismo. Lo de los «labios negros» del niño era algo que me intrigaba mucho, un asunto que despertaba mi imaginación visual y hacía que orientara las orejas como verdaderas antenas parabólicas en una conversación en la que con mucha intención se iba postergando el desentrañamiento final.
Y por fin llegaba la tan esperada explicación. El caso es que en plena huerta murciana todas las noches una serpiente bajaba a succionar la leche de los pechos de una madre que amamantaba a su bebé, una madre que, confiada, medio adormecida, creía estar dando el pecho al niño que tan suave y cariñosamente sujetaba entre sus brazos; de esta forma, era la astuta culebra la que se aprovechaba de la leche materna, y ponía su cola en la boca del niño para que este no denunciara con su llanto la suplantación; por ello, con el tiempo, debido a la cola de la serpiente, los labios del niño fueron cambiando a un color sospechosamente oscuro, al tiempo que su peso no solo no aumentaba —«no hacía peso», decía la hábil narradora—, sino, todo lo contrario, disminuía.
Qué desasosiego me provocaba el pensar que estaba expuesto a riesgos como el que una culebra se me metiera una noche en la cama y... ¡qué miedo!

viernes, 26 de mayo de 2017

Para Anna Magdalena (y 2)

Igual que antes había hecho para su hijo Wilhelm Friedemann, Bach preparó para su segunda esposa, parece que a petición de ella, un cuaderno de música (dos libros realmente, en fechas distintas: 1722 y 1725) que, según unos, fue concebido como libro de enseñanza, y, para otros, más bien como una colección de declaraciones de amor. Convengamos nosotros, pues nos parece lógico, en mezclar ambos criterios.
Esto del cuaderno pedagógico no es algo excepcional por entonces, pues en el Barroco se generaliza el uso de estas obras de música con claros fines didácticos; generalmente se trata de piezas, incluso verdaderas colecciones, de diversa calidad, destinadas al aprendizaje, muchas veces, de los propios alumnos. Y una de estas colecciones, de un atractivo especial, es esta que preparó Johann Sebastian Bach, ya en el Barroco tardío, como muestra de amor y para que aprendiera a tocar el clave su joven segunda mujer, que  fue, hay que decirlo, una gran colaboradora suya: compañera, pareja profesional (por lo menos al principio solía actuar con su esposo; después hay pocos testimonios), ayudante (copista de muchas de las obras del genio y, quizás, crítica, aportando sus opiniones) y, sobre todo, madre, tanto de los hijos del anterior matrimonio como de los trece que ella tuvo, de los que seis superaron la primera infancia.
Fue la propia Anna Magdalena quien puso nombre al regalo que le hizo su marido: Clavier-Bücklein vor Anna Magdalena Bachin, Anno 1722, que nosotros conocemos como Pequeño libro de Anna Magdalena Bach, y, quizás más, como Cuaderno de Anna Magdalena Bach.
Y de él he elegido dos breves minuetos para clave, sencillos y atractivos; tanto lo son que resultan muy del gusto de principiantes, aficionados y, sobre todo, de profesores, por lo cual se han hecho muy populares y son de uso continuo en el campo de la enseñanza.
Los dos minuetos elegidos son los BWV Anh 114 y 115 (de dudosa autoría bachiana, ¡qué le vamos a hacer!, en mi mente suenan a Bach), ambos de una extensión de treinta y seis compases, con dos partes que se repiten, de dieciocho compases cada una, con escasas indicaciones de tempo y con algún crescendo o diminuendo. La sencillez pedagógica es la norma, y, quizás, la causa por la que se han divulgado tanto y son tan utilizados todavía hoy en la enseñanza del teclado.
En ambos minuetos la mano derecha interpreta una melodía que ha llegado a ser famosísima, mientras la izquierda realiza un acompañamiento muy sencillo. El primer minueto, en Sol Mayor, quizás sea el más conocido, y su encantadora melodía ha llegado a todas las aulas de música, incluso a las que no son de tecla (yo la he utilizado frecuentemente con la flauta). Y algo parecido sucede con el segundo, en Sol menor, que en realidad constituye el Trio del anterior —una segunda parte—, por lo que debe interpretarse, sin interrupción, tras él, y, al terminar, volver a realizar el primer minueto, ahora sin las repeticiones.
Escuchemos la versión que de estos minuetos, fundidos en una única obra como hemos indicado, hace un intérprete genial del clave, el historicista Gustav Leonhardt, precursor —uno de los padres— de la revolución que supuso la interpretación de la música antigua con criterios de la época de creación, y que hace ya tiempo sentó unas sólidas bases para la interpretación de las obras de Bach para teclado.



viernes, 19 de mayo de 2017

Para Anna Magdalena (1)

La muerte de su primera mujer, Maria Barbara, dejó en una situación muy difícil a Johann Sebastian Bach (ya habían muerto anteriormente tres hijos del matrimonio). Para él debieron ser tiempos muy amargos, pues vivía, aunque ayudado por una criada, con cuatro hijos en una casa que acababa de quedar dramáticamente vacía sin la mano rectora que había llevado el hogar hasta entonces. Ahora todo recaía en él, y debió resultar muy duro, además de la casa, cuidar de cuatro niños de edades comprendidas entre los doce y los cinco años.
A pesar de los pesares, la vida en el hogar de Bach seguía adelante, con muchas bocas que alimentar y unas condiciones en nada parecidas a nuestras actuales comodidades: había que dar instrucciones a la criada sobre el día a día, tener leña lista, aprovisionarse para el invierno, ocuparse de la ropa —casa y vestidos— y el calzado, amén de otras múltiples cosas ahora impensables. Eidam Klaus, en La verdadera vida de Johann Sebastian Bach, Siglo xxi Editores, dice:
«Los quehaceres de una casa no eran ninguna pequeñez en el siglo xviii. Muchas de las cosas que hoy damos por algo natural no existían. El agua se traía en cubos del pozo y había que cuidar en invierno de que no se helase. Había que llevar, sobre todo en invierno, una economía privada de provisiones bien pensada: para la carne se necesitaba un saladero y chimenea, las provisiones duraderas se compraban en tiempo de cosecha; pero la harina para la sopa de la mañana no se podía comprar en gran cantidad, porque se molía húmeda y se ponía rancia en cuatro semanas, como mucho. No se podía simplemente poner una olla al fuego sobre una placa, pues ésta apareció un siglo después, todo se cocinaba sobre el fuego abierto, la olla se colgaba sobre las llamas. La leña no venía engavillada sino en piezas que había primero que cortar. Por las noches se encendía la lámpara de aceite, que no daba una luz intensa —el cilindro de la lámpara no se había inventado todavía—. Las velas eran un lujo, en las casas de los burgueses se quemaba una astilla de pino fijada a una anilla en la pared. Tampoco había plumas de acero: Johann Sebastian Bach escribió toda su vida con plumas de ganso».
Como no había una escolarización generalizada, la enseñanza de los hijos también corría a cargo de los padres: matemáticas, lectura, escritura... Y todo esto que había atendido la mujer de Bach —llevar el hogar, los hijos y mucho más—, ahora recaía en él, que tenía treinta y cinco años, una buena posición, una buena orquesta, un buen señor, pero... ¡menuda papeleta en casa!
Y en estas aparece Anna Magdalena Wülcken, una cantante profesional, contratada como soprano en Cöthen, ciudad del pequeño principado de Anhalt-Cöthen, que, con apenas veinte años, dieciséis menos que Bach, pertenecía, como él, a una familia de músicos (el padre, trompetista en la corte de Zeitz, y el abuelo por parte de madre, organista). Así pues, su cercanía a los círculos musicales nos invita a pensar lo fácil que le pudo resultar conocer a Johann Sebastian Bach.
Los estudiosos de la figura y la obra de Bach se preguntan por qué Anna Magdalena aceptó convertirse en su segunda mujer, por qué, con apenas veinte años, se casó con un viudo, padre de cuatro hijos, que, con treinta y seis años, era dieciséis mayor que ella. Algunos consideran que cualquier mujer joven en la situación de Anna Magdalena se hubiera sentido halagada al ser elegida por el maestro de capilla de la corte como compañera y madre de sus hijos. Pero quizás no fuera así; veámoslo desde otro ángulo. Mirémoslo con los ojos de una joven de veinte años que quizás no viera un chollo el casarse con un viudo mucho mayor que ella y con cuatro hijos a su cargo. Tengamos en cuenta, sobre todo, que Anna Magdalena no estaba abocada necesariamente a un matrimonio temprano, pues podía mantenerse, y muy bien, sola, ya que era una mujer independiente y con éxito, debido a su buena paga de cantante en la corte del príncipe; y esto en una época en que apenas existían las jóvenes independientes, puesto que la mayoría solo esperaba desempeñar los papeles de esposa y madre.
Por otro lado, buena parte de la crítica presenta a Bach como si únicamente hubiera tenido que escoger, entre una amplia y apetecible oferta, a la más apropiada de entre las jóvenes del país. Sin embargo, no parece una elección muy sensata que el viudo Bach se buscara una mujer tan joven e independiente, además de inexperta en el manejo del hogar y en la educación de los niños.
Así pues, la unión de Johann Sebastian y Anna Magdalena contradecía todo sensato razonamiento y convencionalismo, tanto del lado de la cantante como del lado del compositor. La conclusión, dice Eidam Klaus, es que fue un matrimonio por amor, un gran amor por ambas partes, que se mantuvo en el tiempo y del que son elocuente testimonio los trece hijos de la pareja y, más todavía, los manuscritos que demuestran la devoción de Anna Magdalena por el trabajo de su marido. Así que no fue un matrimonio de conveniencia ni de sensata y fría razón; fue, realmente, un matrimonio por amor.
Continuará

viernes, 12 de mayo de 2017

Como una yegua

De acuerdo con el diccionario de la RAE, decimos que una persona es «graciosa» para indicar que es chistosa, aguda, llena de donaire; pero, menos académicamente, solemos llamar graciosas a esas personas dotadas de una gracia sin impostación, a esas que tienen una capacidad natural para divertir a los demás, que solo tienen que abrir la boca para provocar sonrisas, risas y carcajadas a su alrededor.
Traigo hoy a Abonico la figura de una de estas personas, aunque se me ha colado en el relato, emparentada con ella, una segunda, también muy graciosa. Ramón era, cuando lo conocí, un señor ya mayor aunque no excesivamente, con un físico sin mucho que resaltar, quizás porque no lo traté mucho: bajo, un poco rechoncho, bastante moreno de piel, pelo negro…, con un rostro del que se me quedaron fijados en la memoria un par de ojos grandes, oscuros, muy expresivos, y unos labios carnosos, el inferior quizás un poco más prominente y algo relajado, en una boca muy habladora.
Solo su nombre, Ramón, resulta insuficiente para identificarlo, incluso para quienes lo conocían bien; pero si tras el nombre añadimos su apodo, el Mauricio, será más fácil saber de quién escribo, por lo menos para aquellos paisanos que tienen ya una cierta edad. Así que hablo de Ramón el Mauricio, muy conocido en el pueblo como personaje muy gracioso, como igualmente lo era su hermana, la Fina del Trules —también, lógicamente, la Trulas—, otra persona con merecimientos graciosos reseñables: ¿cosa de los genes?
Fina, con un físico parecido al de su hermano, era forofa del Real Madrid, del que no se perdía un partido por la tele, y gran admiradora, sobre todo, de uno de sus jugadores: Hierro, de quien tenía una foto de respetable tamaño en la puerta —o en un lateral, no recuerdo bien— del frigorífico de su casa. Y en nuestro pueblo la recuerdo —una extraordinaria atracción— ya mayor, junto a la banda lateral del campo de fútbol, animando a los jugadores locales (con los años que hace, aún recuerdo, literalmente, algunas de sus frases, así como el volumen, la entonación y el timbre de su voz); lo mismo arengaba a los jugadores de su equipo con expresiones como «¡¡¡Chinche, qué cojones tienes!!!» y otras por el estilo, que gritaba increpando al árbitro nada más salir este al terreno de juego: «¡cuergo —su manera de decir cuervo—, si vas de negro es por algo!».
Chinche era el apodo de un jugador del equipo local, conocido y valorado por su pundonor —igual que Hierro—, que, como el madridista, también jugaba en el centro del campo.
Estamos hablando de personas que digan lo que digan resulta divertido, y no precisamente por el contenido semántico de su discurso, sino por cómo lo dicen, aunque a veces se trate, sobre todo en boca de otros, de una grosería o de un auténtico disparate.
Ramón el Mauricio, el día que realmente lo conocí, estaba esperando el coche de línea cuando yo, que iba a Murcia, pasé por delante de la parada; aunque lo conocía solo de vista, detuve el coche junto a él y le pregunté si iba para Murcia y si quería que lo llevara. Contento —se le notaba en la sonriente mirada—, contestó que sí a las dos preguntas, subió al coche y comenzamos una curiosa y divertida conversación que a mí me dejó encantado y sobre todo me quedó meridianamente claro qué tipo de persona era este hombre. Para ser esta la primera vez que hablamos, supe a partir de entonces cómo era, con qué gracia hablaba, con qué naturalidad se enfrentaba a cualquier tema, y con qué tranquilidad decía cualquier cosa —aunque fuera, ya digo, una barbaridad— y salía más que airoso.
Más que un diálogo, realmente fue un interrogatorio, pues cuando le dije quién era yo, a qué familia pertenecía —que fue lo primero que quiso saber—, pronto me preguntó cuál era mi profesión y dónde trabajaba, si estaba casado, si tenía hijos, cuántos… Fui contestando a todas sus preguntas según me las hacía; le dije que era maestro y trabajaba en un colegio de Murcia, que estaba casado, que tenía dos hijos, pero que no tendría más, sobre todo, entre otras razones, porque no podía; y entonces le conté que a mi mujer le habían hecho una ligadura de trompas e intenté aclararle a continuación a qué me refería.
Tratando de quitarle peso a lo que creyó una profunda pena por no poder tener más hijos, el Mauricio, interrumpiéndome, me dijo: «¡eso no es na, no te preocupes!; ahora, cuando las operan, no les quitan el gusto —y añadió para terminar de convencerme—, a mi mujer hace tiempo que “la limpiaron” de ahí abajo..., sí, de sus partes —y señalaba con la mano la zona de sus genitales— y todavía se corre como una yegua».
Así lo dijo, como lo leen, tal y como lo he escrito, al pie de la letra, y a mí me impresionó tanto lo escuchado y con la naturalidad que lo soltó, que nunca he olvidado sus palabras:
¡¡¿Como una yegua?!!

viernes, 5 de mayo de 2017

Echar un vale

Por la mañana suelo salir a andar y a veces paso por lugares en que hay trabajadores de la tierra ocupados en sus labores, que frecuentemente consisten en la recolección de productos de la zona: limones, naranjas, lechugas, coles…, según la temporada. En algún caso he oído, y visto, que de algún vehículo no muy lejano a ellos sale música que ameniza la faena, algo que me recuerda que antiguamente eran los propios cantos de los trabajadores los que cumplían tal función. El tipo de música, desde luego, también ha cambiado, de los cantos de las distintas faenas en épocas lejanas (cantos de trilla, de siembra, de recolección…; fandangos, coplas huertanas…), hasta los temas de moda en la actualidad.
Recuerdo de cuando era niño algunos trabajos de la huerta que, unos más que otros, siempre me parecieron duros: segar hierba, mondar, regar, cavar huerto, arrancar patatas... Entre las escenas que pasan por mi mente, una de las más típicas —no faltaba nunca— y que a mí más me gustaba, se llamaba «echar un vale», y no era otra cosa que hacer un descanso en el trabajo y aprovecharlo para fumar un cigarro y beber un buen trago de agua o, mejor, algo más que frecuente, de vino, y ello para calmar la sed y amenizar o suavizar las durísimas tareas del trabajador huertano. Digo que mejor vino porque era costumbre que el propietario o encargado de la tierra aportara una garrafa para estos menesteres, garrafa con vino que esperaba, igual que el botijo y/o garrafa de agua, guardada y protegida a la sombra, la llegada de la hora de echar el vale.
vale. m. Descanso concedido al jornalero rural durante la jornada. (Justo García Soriano (1980): Vocabulario del dialecto murciano, Murcia, Editora Regional, pág. 130). 
Flugencio Cerriche, personaje de Diego Ruiz Marín, nos lo describe así:
Como las «pionás» de trabajo se contrataban a «tantos reales y vino», a media mañana solía echarse un «vale» para fumarse el «amarrao» o la «pava», mientras hacían una «roá» de vino tinto bebido «a gallete» directamente de la garrafa, a la que ponían un canuto de caña con corte oblicuo a tal fin. (Antonio Martínez Cerezo (1985): Murcia de la A a la Z, Santander, Ed. Tantín, pág. 341).
Ha pasado mucho tiempo, pero permanece en mi cabeza la admiración que sentía por la dureza de esos hombres de manos encallecidas que trabajaban en las labores de la huerta, y recuerdo estar atento a sus conversaciones y sus bromas. El niño que era yo entonces miraba y escuchaba con atención, cuando llegaba la hora del descanso, del vale, cómo se ponían a la sombra, se quitaban los sombreros o gorras —en ambos casos, muy sudados—, liaban el cigarro apretando bien el tabaco con manos toscas pero diestras en la tarea, pasaban la lengua por el borde del papel para pegarlo sin que el cigarro perdiera la consistencia, arreglaban las puntas para que no se saliese el tabaco, se lo ponían entre los labios, lo encendían y... entonces, echaban el primer trago.
En la actualidad, igual que las canciones que acompañan el trabajo no son las mismas que antaño, las neveras portátiles, con comida y bebida en su interior —ensaladas, tortillas, cerveza, refrescos…— han sustituido a la bolsa de tela, a la capaza y a la garrafa de vino, a la hora de echar el vale.

viernes, 28 de abril de 2017

De la lógica a la religión

Andreu Martín es uno de los grandes de la novela negra en nuestro país, un autor entre los primeros de mis favoritos dentro de dicho género; de sus obras superé hace mucho la docena, siempre novelas, de las que nunca olvidaré las primeras (Prótesis, A la vejez navajazos, El señor Capone no está en casa...). Tras mucho tiempo sin leer nada suyo, hace unos pocos años me encontré con la que quizás sea su obra más ambiciosa, Cabaret Pompeya, que ha sido calificada —Qué Leer— como «la gran novela policiaca sobre Barcelona».
Y ya más recientemente he leído Por ahora, todo va bien, en la que el escritor se estrena en el género de las memorias, y en ella he encontrado una interesante argumentación que encadena la Lógica con la Religión pasando por la Prudencia y la Superstición. Lean lo que dice Andreu Martín (respeto su texto; solo resalto algunas palabras con letra negrita):
Pensar que si uno pasa por debajo de una escalera, puede caerle en la cabeza alguna herramienta de los obreros que trabajan en lo alto es Lógica.
Evitar pasar por debajo de una escalera en lo alto de la cual están trabajando con herramientas pesadas es Prudencia.
Creer que, si uno pasa por debajo de una escalera, le van a suceder desgracias es Superstición.
Prohibir que la gente pase bajo las escaleras so pena de verse condenado al castigo del infierno es Religión.
Andreu Martín (2016):
Por ahora, todo va bien,
RBA, pág. 93.

viernes, 21 de abril de 2017

Saber sin estudiar

Saber sin estudiar es un epigrama de Nicolás Fernández de Moratín (1737 – 1780), abogado, poeta, prosista y autor teatral madrileño, partidario y seguidor en su época de la dramaturgia francesa y muy interesado por el tema de los toros. Fue el padre —quizás su mayor mérito— de Leandro Fernández de Moratín, el más importante autor de comedias (El sí de las niñas, La comedia nueva) dentro de nuestro mediocre teatro neoclásico.
Un epigrama es (Lázaro Carreter, Diccionario de términos filológicos, Gredos, 1977) «una composición poética breve, en que, con agudeza y precisión, se expresa un pensamiento festivo o satírico». Puede estar compuesto con variados tipos de estrofas: dos redondillas, dos quintillas, una décima u otras combinaciones. Véanlo en Saber sin estudiar:
SABER SIN ESTUDIAR
(Epigrama)
Admirose un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supieran hablar francés.
“Arte diabólica es”,
dijo torciendo el mostacho,
“que para hablar el gabacho,
un fidalgo en Portugal
llega a viejo y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho”.
Nicolás Fernández de Moratín
Yo veo en Saber sin estudiar un chiste en el que un castizo se extraña de que los niños franceses, desde pequeños, sepan hablar en francés, mientras que aquí en su país — Portugal en el epigrama— no hablan esa endiablada lengua ni los más mayores.
Y el chiste que veo en Saber sin estudiar me recuerda otro ya viejo en mi memoria, el del bruto que le dice muy serio y admirado a un colega: «¡Joder, tío, qué suerte hemos tenío con nacer aquí en España; mira que si llegamos a nacer en Alemania, Inglaterra o… Francia sin saber hablar na de alemán, inglés o... francés!».
A continuación les pongo a Niña Pastori uniendo música y literatura en El portugués (tanguillos). Vean cómo la cantaora flamenca utiliza, cambiando un poco la letra, el epigrama de Nicolás Fernández de Moratín.