SECCIONES

viernes, 16 de febrero de 2018

Tú no sabe inglé

¿Se puede reflejar por escrito la forma de hablar de un murciano? ¿Difícil? ¿Imposible? Más bien lo último: imposible, pero no por el hecho de ser murciano. No solo es imposible reflejar con exactitud la forma de hablar de un murciano, lo es también reflejar en la escritura con total precisión la manera de hablar de un madrileño, o la de un andaluz, o la de cualquier otra persona de cualquier lugar. Imposible poner por escrito todos y cada uno de los variados y ricos aspectos sonoros —y los visuales que los acompañan— del lenguaje oral, los de su individual e irrepetible realización por cada persona, sea de donde sea.
Por escrito podemos dar una idea, pero no más allá de acercarnos a la concreción particular de cualquier hablante. Podemos, en definitiva, ofrecer nuestra versión, nuestra captación del hecho sonoro. No existen ni pueden existir signos gráficos lingüísticos suficientes y precisos para llevar a cabo la representación del habla, de cualquier habla, sobre todo de la más coloquial, la menos académica. Por ello el escritor que pretende fidelidad al modelo oral tiene que llenar de explicaciones y aclaraciones el texto en el que trata de reflejar una simple conversación.
Quiero poner un ejemplo que intenta representar la manera de hablar de los cubanos, de una cubana concretamente, una mujer que dirige sus palabras a un tal Bito Manué —Víctor Manuel—, diciéndole que no sabe inglés, que su inglés es de pacotilla. Se trata, como he dicho, de una aproximación, ni más ni menos. Es una poesía de Nicolás Guillén, un poeta cubano, quizá más conocido del gran público por ser el autor del poema utilizado como texto en la famosa canción La muralla, que popularizaron Ana Belén y Víctor Manuel, un poeta al que he frecuentado bastante en busca de estrofas para musicalizar, para su uso en el aula de educación musical.

TÚ NO SABE INGLÉ

Con tanto inglé que tú sabía,
Bito Manué,
con tanto inglé, no sabe ahora
desí ye
La mericana te buca,
y tú le tiene que huí:
tu inglé era de etrái guan,
de etrái guan y guan tu tri.
Bito Manué, tú no sabe inglé,
tú no sabe inglé,
tú no sabe inglé.
No te enamore ma nunca,
Bito Manué,
si no sabe inglé,
si no sabe inglé.
Nicolás Guillén

Los dos versos que dicen «Tu inglé era de etrái guan, / de etrái guan y guan tu tri» se refieren al deporte del béisbol, muy practicado en Cuba. En inglés, se expresa como «strike one, strike two, strike three» (un strike, en pocas palabras, es un fallo del bateador, que es eliminado tras tres de ellos), que para el poeta cubano sería «etrái guan, etrái tu y etrái tri». Bastante claro, ¿no? 

viernes, 9 de febrero de 2018

Defender el duro

A Pepe Fernández
Allá por la mitad del siglo pasado, aquí se celebraban con alguna pompa muy pocos acontecimientos familiares, y la de los pocos que se celebraban en algunas casas —bautismo, comunión, boda...— en nada se parecía a lo que ahora entendemos como pompa: nada semejante al actual estilo rimbombante o cuasi.
Lo normal era que cuando estos acontecimientos se celebraban fuera del ámbito estrictamente familiar, podía llegarle a una familia una invitación para asistir a uno de estos convites (me gusta la palabra «convite» para denominar las celebraciones gastronómicas de esta época), un «banquete» al que, con frecuencia, solo iba uno de los miembros del clan, que se personaba en el lugar de celebración en representación de todos sus familiares.
Los convites de estas celebraciones de entonces, salvo en contadas familias —«pudientes» y/o «sacabarrigas»—, solían tener un menú que ahora se consideraría muy pobre: un bocadillo (de anchoas, de jamón, de salchichón, chorizo, queso..., según poder adquisitivo de los invitantes), un tercio de cerveza, y para postre, un trozo de tortada de bizcocho y merengue y/o unas pastas; poco más: alguna botella de vino, avellanas, torraos, tramusos...
En aquel tiempo y en el pequeño lugar donde transcurrió lo que cuenta este relato, era frecuente la aportación de ¡un duro! como regalo por la familia invitada, algo, desde luego, nada menospreciable entonces, una época (autarquía, cartillas de racionamiento, hambre, miseria...) en que a la mayoría de la gente le costaba mucho ganarlo y en la que con esas cinco pesetas se podían hacer muchas cosas, como, por ejemplo, comprar comida: patatas, arroz, garbanzos, habichuelas...; la carne, el pescado y la leche estaban menos al alcance en muchos de aquellos hogares de la posguerra.
A la casa de los protagonistas de esta historia llegó una de esas invitaciones, concretamente para la celebración de la boda de unos amigos, vecinos muy cercanos en el barrio, y el matrimonio de la casa invitada se puso a conversar sobre lo mal que le venía en esos precisos momentos la invitación, y lo decían por el «obligatorio» desembolso del duro, de las malditas cinco pesetas que, desde luego, no tenían y que tendrían que conseguir apretándose el cinturón más todavía.
Como a lo de escaparse de pagar el duro no le veían una solución fácil, pronto el diálogo pasó a dilucidar qué miembro de la familia iría al convite del acontecimiento. Fue entonces cuando uno de los hijos, que por allí andaba interesado en la cuestión, intervino en la conversación de sus padres para decir que él quería ir, que tenía interés en ello. El padre le dijo que de eso ni hablar, que todavía era un crío. Insistió el niño argumentando que le hacía mucha ilusión porque era muy amigo de uno de los hijos de la familia invitante y que con él se lo iba a pasar muy bien, y añadió que su amigo también tenía interés en que fuera él.
—Que no, hijo, que tú todavía eres pequeño, que no puedes ir.
—Papá, es que Juanito es amigo mío y compañero en la escuela, y también quiere que vaya, que nos lo vamos a pasar muy bien y...
—Que te he dicho que no, que tenemos que ir tu madre o yo, no insistas.
—Pero papá...
—¡Que no, joder! —cortó el padre, cansado por la insistencia del hijo.
—Pero...
—¡¿Qué te he dicho?! ¡¿No te he dicho que no?! ¡¿Es que estás sordo?! —estalló el padre—: ¡¡que tú todavía no defiendes el duro!! —exclamó levantando los brazos y zanjando la cuestión en un tono y un volumen sonoro que evidenciaban su hartazgo; y a continuación, mostrando el dedo índice levantado y mirando a su hijo a los ojos, repitió el mensaje silabeando y articulando con mayor claridad—:
¡¡que tú to-da-ví-a no de-fien-des el du-ro!!

viernes, 2 de febrero de 2018

Fernando y el azar

Últimos años de la década de los setenta y primeros de la de los ochenta. Un servidor acababa de comprar una caravana, a pagar en incómodos y asfixiantes plazos durante tres años, y los miembros de la familia —primero tres y después cuatro— la utilizábamos para viajar, sobre todo en los veranos. Algunas veces, al tiempo que veraneábamos, el paterfamilias, yo, aprovechaba y asistía a algún curso de pedagogía musical —Santander, Burgos, Vigo...— y así pude compaginar el disfrute de las vacaciones familiares con el conocimiento y profundización en metodologías musicales para mí poco estudiadas hasta entonces. Por la mañana asistía a las clases del curso en cuestión y por la tarde todos los miembros de la familia visitábamos aquello que nos interesaba de la ciudad y sus alrededores.
Uno de esos veranos fuimos a Santander, donde la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, que allí tenía su sede principal, organizaba un curso de Pedagogía Musical Willems impartido por una flautista francesa. Nos acompañaban en esta aventura, también con su caravana, Ginés Abellán, Maribel Torregrosa y los dos hijos de ambos, con la misma idea que nosotros, la asistencia de los padres al curso y visitar en familia el entorno.
Llegamos al camping, situado junto al faro, y comenzamos con los preparativos: buscamos una buena parcela, colocamos la caravana bien situada y orientada, le «sacamos» las patas, la nivelamos, le ponemos el toldo, instalamos bajo él la mesa, las silletas... y dejamos todo dispuesto antes de salir a hacer una primera visita a la ciudad.
Al poco, minutos después, conduzco callejeando por el casco urbano de Santander, despacio, buscando aparcamiento, cuando de pronto, con clara entonación de mucha sorpresa, escucho que me dice Toñi, mi mujer:
—¡Oye!, ¡¿ese que hay en la acera... no es tu amigo?!
—¿Quién?
—Sí, tu amigo... el que está casado con... una del pueblo, con la hija de...
 —¿¡Quiéén!?
—¿No se llamaba Fernando?
Me inclino un poco hacia mi mujer para poder mirar mejor a través de la ventanilla delantera derecha del coche y, en efecto, casi pegado al vehículo —él no nos ha visto—, veo sobre el bordillo de la acera a Fernando Mancebo, el mayor de los dos hijos de un matrimonio de maestros que vinieron a Santomera en los años cincuenta, Don Pascual y Doña Candela. Pasado el tiempo, Fernando se casó con Conchita, una de las hijas de Juan el Carlos, popularísimo personaje local a quien ya dediqué una entrada en Abonico.
Yo había creído hasta entonces, no sé por qué, que, desde que se fueron del pueblo bastantes años antes de lo que cuento, Fernando y Conchita vivían en Bilbao, por lo que jamás hubiera pensado ni por asomo encontrármelos en Santander. Por ello la sorpresa fue enorme, y una felicísima casualidad, pues, además de que nos teníamos, y tenemos, un notable aprecio recíproco —demostrado mutuamente en sus espaciadas visitas al pueblo—, desde ese momento ambos se convirtieron en nuestros guías particulares y nos mostraron todo lo que, desde un punto de vista exigente, merecía la pena ser conocido en la ciudad, en sus alrededores e incluso en zonas más o menos alejadas.
Quiero decir que Fernando igual te explica el proceso de urbanización de determinado sector de la ciudad, como te lleva a probar esa peculiar y típica ricura gastronómica en un lugar que tú solo no sabrías encontrar, o a visitar cualquier monumento artístico, o te comenta un concierto escuchado en la Plaza Porticada. Sí, porque es sensible e instruido. Además, y esto es muy importante, es una de las mejores personas que he conocido a lo largo —que ya va un trecho— de mi vida. La verdad es que no sé —tampoco es tan importante— si mi amigo estaba de vacaciones o se pidió unos días en el trabajo; lo cierto es que nos dedicó —nos dedicaron— amabilísimamente, todo su tiempo durante los días que estuvimos allí, que no fueron pocos.
Creo que nunca he manifestado expresamente a Fernando y Conchita mi agradecimiento por esa dedicación plena, paciente y sabia. Por si no lo he hecho con la suficiente claridad, en los términos adecuados, aquí va por escrito: gracias, amigos.

viernes, 26 de enero de 2018

Las púas del peine

A una persona podemos cantarle las cuarenta, ponerla como hoja de perejil, explicárselo, ponerla a caldo, leerle —o explicarle— la cartilla, ponerla en su sitio, decirle las púas que tiene un peine… Todas ellas son formas que amenazan con poner a ese alguien como chupa de dómine, verde, a caer de un burro...
Lo de las púas del peine me recuerda que en uno de los últimos colegios en que trabajé, un alumno de los primeros cursos, en el tiempo de recreo, estando yo «de guardia», venía a decirme, de vez en cuando —quizás demasiado a menudo—, que fulanico le había hecho no sé qué, algo que siempre resultaba ser una infantil minucia. Yo, ante la pequeñez del caso y la candidez del pequeñajo, pronto le contestaba que volviera y le dijera a ese tal fulano que si volvía a ocurrir y daba lugar a que fuera yo, se iba a enterar de las púas que tiene un peine.
Eso ocurrió varias veces en poco tiempo y,  por lo visto, el espabilado chaval denunciante aprendió bien la lección, porque una mañana llega y me dice:
—Maestro, menganico me ha hecho tal cosa —y añadió, haciendo énfasis en la pregunta—, ¿quieres que vuelva y le diga que como tú vayas se va a enterar de las púas que tiene un peine?
—Sí —contesté yo casi inmediatamente, a punto de darme la risa—, ve y díselo.
Y allá que marchó el niño tan ufano de haber aprendido tan buena receta, algo de tanta utilidad, de tanta eficacia como decirle a alguien que se va a enterar de las púas que tiene un peine.

viernes, 19 de enero de 2018

Homininos

«Con lo que me ha costado aprender a decir “fragoneta” y ahora me lo cambian por “molovolumen”», dice el iletrado ilustrado del chiste.
Pues algo parecido sentí al enterarme de que los homínidos ya no son eso, homínidos, sino homininos. Resulta que los primates que fueron ancestros del hombre, después de que nuestro linaje se separara del chimpancé, se llamaban, «de toda la vida», homínidos. Bien... pues ahora se les llama homininos.
[…] este término se usa desde hace poco tiempo en círculos científicos, sustituyendo al que todos hemos conocido y utilizado en los últimos años: “homínido”. (José María Bermúdez de Castro: «Homininos. ¿Por qué hemos cambiado el término?», blog Reflexiones de un primate, revista Quo, 09-06-2015).
Los homininos incluyen todos los antepasados de los humanos modernos una vez que nuestro linaje se separó del que conduce a los chimpancés, nuestros parientes más cercanos vivientes. También incluyen los homininos otras especies que pertenecen a ese linaje, pero que se extinguieron sin dejar descendientes.
Es bueno ponerse al día.

viernes, 12 de enero de 2018

Como un cherro

Son imágenes que me suelen venir a la cabeza sobre todo en días como los festivos que acabamos de dejar atrás, fechas de excesivas comilonas con exagerada abundancia de alimentos de todo tipo sobre manteles que celebran una Navidad muchas veces mal entendida, unas fiestas concebidas —y planificadas, además— con poca inteligencia (gasto desmesurado aun sin necesidad, atracones e indigestiones poco saludables, mucho consumo de alcohol…), con unas mesas llenas de carne, pescado, marisco, turrones y dulces, amén de todo tipo de bebidas, unas menos recomendables que otras: cerveza, vino, cava…
Bueno… pues… más de una vez en días como estos pasados, quizás debido al contraste entre situaciones, me han venido a la cabeza (no está mal recordarlo aunque a algunos nos pellizque un poco la conciencia) algunas imágenes de otros tiempos no tan lejanos en que se pasaba muncha hambre en nuestro pueblo, en nuestra región, en nuestro país. (Aquí, mucha gente utilizaba, y alguna utiliza todavía, las palabras muncho y muncha, y sus plurales, quizás —pongámosle un poco de humor— porque se les queda pequeño, corto, el significado de las más correctas «mucho», «mucha» y sus plurales; es como si las primeras indicaran una mayor cantidad: «muncho es más que mucho», dicen algunos).
Era frecuente en aquellos años oír hablar de la terrible guerra pasada, la guerra civil, muy cercana entonces en el tiempo, y de la por aquellas fechas aún más reciente y también terrible postguerra —para algunos, peor que la guerra—, una postguerra presente todavía aunque ya algo menos en aquellos días de mi infancia.
Aunque no era mi caso, el de mi familia, pues en mi casa no pasamos hambre, escuchaba en aquellos años hablar de la que mucha gente había pasado y de la que todavía entonces, años después, muchos seguían pasando. En el pueblo se palpaba, y se hablaba a menudo, aunque en pasado, de algo que denotaba la necesidad extrema, de algo que nunca vi pero estaba presente en el ambiente: las cartillas de racionamiento, que, ya digo, no llegué a conocer físicamente porque fueron suprimidas poco después de nacer yo, cuando comenzaron tiempos algo «mejores» para los adalides de la cruzada.
Muchas veces vi a niños del pueblo merendar a mi alrededor una rebanada de pan a la que habían echado sus mayores un chorro de vino y, con suerte, espolvoreado por encima un poco de azúcar; recuerdo, incluso, haber envidiado el consumo de este alimento alcohólico tan frecuente para muchos de aquellos chiquillos de entonces; se podría pensar ahora que era una manera de doparlos para matar el hambre, camuflando así la gazuza reinante.
Refiriéndose a las hambrunas sufridas en los años de la guerra civil y en el período inmediatamente posterior a ella, bastante tiempo después escuché contar a Antonio el Brujo, a lo bruto pero con un toque de gracejo especial y con gran aparato de gestos que adornaban la narración, que, para matar el hambre que pasaba su familia, su maere solía cocer en una olla hierbajos arrecogíos de aquí y de allá, de la huerta y del campo.
Hago un alto para aclarar cómo se pronunciaba y se pronuncia aquí la palabra «maere»; se articula en dos sílabas: «mae-re», diptongando «mae».
Pues... bien, él, Antoñín, niño espabilao y hambriento de aquellas terribles guerra y posguerra, merodeaba por allí, cerca de la olla donde se cocían los hierbajos, sin perderla de vista, esperando con impaciencia mal disimulada la ocasión que evitara algún manotazo disuasorio, y anhelando el momento en que su madre se descuidara y/o se alejara; entonces, cuando esto último ocurría, rápido, muy rápido, el zagal metía la mano en la olla, sacaba un puñao de hierba, por muy caliente que estuviera, se lo echaba a la boca y... (al llegar este momento en la narración, Antonio hacía una pequeña pausa mientras añadía el gesto de limpiarse bruscamente la boca con el dorso de la mano derecha) …«salía rumiando como un cherro».
La palabra «cherro» no aparece en el diccionario de la Real Academia; sin embargo sí la encontramos en los de las hablas de Murcia. En Vocabulario del dialecto murciano, de Justo García Soriano, poco se nos aclara; dice: cherro, rra. M. y f. (Aféresis de becerro y becerra.) Novillo. (En el N.O. de la región, chirro, rra.) Y nos cita un par de versos de José Frutos Baeza (Desde Churra a la Azacaya, pág. 70):
«Ya no me dan armonía
ni la burra ni la cherra»
En Diccionario del habla de Yecla, de Miguel Ortuño Palao y Carmen Ortín Marco, he encontrado algo más, aunque todavía insuficiente, impreciso: cherro. (Quizá mozárabe, aféresis de becerro). M. Novillo, becerro, ternero recental.- Murcia, Alicante y Andalucía.
Sí que concreta más Diego Ruiz Marín (Vocabulario de las Hablas Murcianas), para quien un cherro es un becerro que no ha cumplido un año. Pero si miramos en el diccionario de la Real Academia Española encontramos que un becerro es una «cría de la vaca hasta que cumple uno o dos años o poco más». Así que… ¿en qué quedamos: un año, dos, poco más?
Sigo indagando y encuentro, en Murcia de la A a la Z, de Antonio Martínez Cerezo, que «Llámase en Murcia “cherra” a la vaca joven que no ha conocido macho, no teniendo, por ende, ni crías ni leche. Cuando tal estado asuma, dejará de ser “cherra” para pasar a ser denominada vaca». Y mi pregunta ahora es ¿y a qué edad debe conocer macho?
Resumiendo para terminar, un cherrocherra en femenino— es como se llamaba —y en algunos lugares se llama todavía—, aquí en la huerta de Murcia a un ternero joven, pero no sabemos con precisión hasta qué edad se denominaba así al animal. He preguntado a algunas de las personas mayores del pueblo por si me aclaraban algo más sobre esto pero no he podido sacar conclusiones que afinen más que lo descubierto en los libros. Así que, concluyo, un cherro es un becerro, un ternero joven.
Bueno… como sabemos, eso sí con seguridad, que un cherro es un rumiante («rumiando como un cherro», dijo el Brujo en su relato), nos podemos hacer una idea visual clara de… (además del hambre imperial que se pasaba en aquellos años) …de cómo salía Antoñín, nuestro personaje, con la boca llena y rebosante de hierba «sustraída» de la olla que preparaba su maere.

viernes, 5 de enero de 2018

¿Clarinete o correa?

No era raro que los niños de mi época escucharan en aquellos años (no era mi caso pero en el pueblo había familias marcadas), en boca de algunos mayores y con el miedo que eso daba, frases como estas: «¡Como me quite la correa...!», o «¡Si me suelto la correa, te vas a enterar!», o «Si das lugar a que me saque la correa, cobras». Había variedad en torno a la correa, y había diálogo, que diría Gila. Y ello en distintas variantes léxicas y con versiones de entonación de significados igualmente diversos. Y el niño que eso escuchaba sabía perfectamente lo que significaba. Incluso había una expresión que indicaba la dureza extrema que podía llegar a alcanzar la dichosa correa: «tirar con la hebilla», la parte metálica de la correa y, por lo tanto, la que más daño puede infligir al castigado.
Bastantes años después, dos clarinetistas, muy buenos ambos, me contaron, cada uno en su momento y por separado, el efecto que, de niños, la correa había tenido en su posterior habilidad con el clarinete: ¿principio de causalidad? En uno de estos casos, el primero que expondré, hablamos de correa literalmente, y en el otro, el segundo en la narración, lo hacemos figuradamente, pues el refuerzo estimulante de la violencia no tenía en él una traducción exacta en correazos. Yo, desde que las conocí, suelo relacionar ambas historias.
El primero es —lo conozco desde hace bastantes años— un muy buen profesor de clarinete, catedrático actualmente en un conservatorio de la Comunidad Valenciana. Me contó que de niño aprendió música en la banda de su pueblo. Iba periódicamente a clase, y su padre, que tocaba el bombo en la misma agrupación musical, cuando iba al ensayo, tenía la costumbre de preguntar al profesor si el pequeño se había sabido la lección esa semana; si el profesor decía que sí, que se la había sabido, santas pascuas y alegría. El problema venía cuando la respuesta era negativa; si el profesor contestaba que no se había sabido la lección, el padre, con el entrecejo fruncido, le decía inmediatamente al niño, por lo bajo: «¡tira para casa!». El chiquillo, sabiendo lo que le esperaba, desganado, comenzaba a caminar delante de su padre, en silencio, mirando al suelo, y cuando llegaba a la vivienda entraba automáticamente en la habitación habitual para el asunto a tratar; allí, su progenitor se quitaba la correa y le daba una «pasada» (¡de correazos, claro!), y así, de esta forma tan pedagógica, el padre tenía garantizado que su vástago se supiera la lección durante una buena temporada, al cabo de la cual la memoria flaqueaba y venía el siguiente fallo, con vuelta al didáctico protocolo de la correa, y así sucesivamente.
El segundo de nuestros personajes es ya muchos años clarinete solista en una orquesta de cierta importancia en nuestro país y también profesor en un conservatorio. Su relación con el instrumento, siendo niño, no pudo comenzar mejor, pues cuando su padre le dijo que había decidido que estudiara clarinete, él contestó que no; papá no insistió tercamente, pero solo tuvo que llevarlo unos cuantos días a trabajar duro al campo para que su conversión al clarinetismo se produjera como por arte de magia.
De niño —se lo he escuchado en más de una ocasión— se ponía a estudiar clarinete hasta que oía alejarse la Vespino de su padre, que salía de casa para cualquier quehacer; inmediatamente, el zagal dejaba el pito y se dedicaba a otros menesteres más divertidos, entretenimientos y juegos que, por supuesto, le gustaban más; pero, ¡ojo!, siempre con la oreja pendiente para poder escuchar el sonido del vehículo cuando volviera el padre. Cuando con su fino oído advertía en la lejanía la para él inequívoca sonoridad de la moto, tomaba rápidamente de nuevo el clarinete y seguía estudiando para que pareciera que no había dejado de hacerlo durante todo el tiempo que papá había estado fuera.
En este segundo caso, ya lo he dicho, no me consta que hubiera correa en un sentido literal, no la había, pero la idea es la misma o parecida en ambos, igual filosofía: la de la letra, con sangre entra, o, mejor dicho, el clarinete, con correa entra.
Pero, ¡claro!, no siempre esta tesis sobre la aplicación de la correa da como resultado clarinetistas con éxito. También recuerdo algún caso en el que ni con correa —muy pero que muy literalmente— se le pudo sacar punta al individuo en cuestión, como ocurrió hace muchos años —más que en los casos anteriores narrados— con un niño muy duro del que contaremos solo una anécdota.
Un día, enfurrunchao porque su madre ha hecho de comer mondongo, el chiquillo le dice a esta que no quiere, que no piensa comer «pellejos».
Llamamos mondongo a los intestinos y panza de las reses, y especialmente los del cerdo, dice el diccionario de la RAE; pero aquí en Murcia, el guiso de mondongo se suele hacer con trozos de intestino y panza de cordero o de ternera; también son añadidas, en algunos lugares de nuestra tierra, las manos —pezuñas— de la res. El mondongo con garbanzos, con su aroma a hierbabuena, se cocina aquí, quizás, desde hace siglos, y es conocido también con el nombre de callos, que no hay que confundir con los ídem madrileños, también muy ricos.
La madre amenaza al zagal con llamar al padre, hombre de reconocida fuerza y brutalidad, pero ni así logra doblegar al niño. Entonces, la pobre mujer, viendo que el pequeño cerril se sale con la suya, hace venir al marido, que se presenta en la escena e inmediatamente echa mano a la correa y hace el gesto de tirar de ella para sacarla de las trabillas del pantalón, al tiempo que dice muy seriamente al chiquillo:
—¿Qué prefieres, mondongo o correa?
Aunque sabe que el padre no va de broma, el pequeño —ya digo, bastante cerril, de los duros— todavía prueba un poco más y responde retador:
—¡Correa!
El padre, que sigue amenazando con el cinturón cogido por la hebilla, da un tirón, lo saca del todo y…
—¡Mondongo!, ¡mondongo! —le falta tiempo al duro renacuajo para contestar, y repite otra vez para que quede bien claro— ¡mondongo!
Aunque, pasado el tiempo... lo sabemos: ni con correa se le pudo sacar el partido pretendido.