SECCIONES

viernes, 24 de marzo de 2017

Mono sapiens

En la prensa son frecuentes a final de año los resúmenes que tratan de englobarlo. En artículos de los medios que suelo leer he visto subtitulado de manera variopinta el año dejado atrás, y he apreciado las tintas cargadas por el pesimismo, calificando 2016 como una ciénaga, un año de mierda, tanto local como internacionalmente, aunque con matices. ¿Por qué? Pues... aquí van unos cuantos «argumentos» que aparecieron en esos artículos:
  • A nivel internacional: la elección de Trump en EE.UU., el triunfo del Brexit en Reino Unido, el rechazo en referéndum al acuerdo de paz en Colombia, el alarmante auge de la ultraderecha en Occidente, guerras y bombardeos, terrorismo, drama de los refugiados...
  • Y localmente, sobre nuestro país, se hablaba del año de la polarización de la desigualdad, que no ha disminuido, sino aumentado, y en la que España destaca; el año de la impunidad, en el que la corrupción ha sido «perdonada» por demasiados votantes, y el PP sigue gobernando; el de la pobreza que se ceba en los parados y alcanza incluso a muchos de los que tienen trabajo, precario y mal retribuido; ha sido el año del ordeno y mando y no me rechistes —mordaza—; el del robo a pajera abierta, con tramas que ponen los pelos de punta, incluyendo una de tarjetas negras como boca de lobo; el año en el que en determinados juicios se iba a tirar de la manta, pero...; el del terremoto en el PSOE; el del triunfo del populismo... de los de enfrente, ¡claro!; el año en el que la cultura siguió esperando —IVA cultural, canon digital—; el año, en definitiva, del triunfo de la mediocridad, por utilizar un sustantivo suave.
Ya sé que antes del homo sapiens no hubo mono sapiens, pero a mí se me ocurre reivindicar el uso de ese inexistente escalón en la clasificación «homínida» para nombrar a muchos de nuestros contemporáneos, por lo menos a aquellos que muestran unas determinadas pautas de conducta que favorecen los horrores a los que nos referíamos antes.
Mi pregunta —retórica— es: ¿qué somos, homo sapiens o mono sapiens?, ¿a cuál de los dos estadios evolutivos nos acercamos más, al primero o al segundo? Antes de contestar, sobre todo quienes tengan dudas, échenle un nuevo vistazo a la enumeración de barbaridades descritas en los primeros párrafos, serie que ustedes pueden personalizar ad libitum:

viernes, 17 de marzo de 2017

Rondó ABACA

Tengo mi propio método de flauta, pero comencé, lógicamente, con uno ya consagrado al que debo muchas ideas, quizás lo esencial del mío. Suelo referirme a él como el Ricordi, porque es el nombre de la editorial que lo publica; también utilizo como referencia los nombres de sus autores, Judith Akoschky y Mario A. Videla. Su título es Iniciación a la flauta dulce, y lo componen tres cuadernos (tomos I, II y III).
Antes de decidirme por el Ricordi había probado con el método de Luis Elizalde, también en tres volúmenes, cuyo máximo valor estribaba —para mí— en estar basado exclusivamente en el rico legado folclórico español, pero pronto me di cuenta de mis preferencias pedagógicas y cambié de guía: no me arrepentí.
En el primer tomo del método de Akoschky y Videla, uno de los ejercicios propuestos lleva por título «Rondó (A B A C A)», escrito exactamente así. Y todavía recuerdo las veces que mis alumnos, a lo largo de muchos años, me preguntaron: «maestro, ¿tocamos el rondó abaca?», como si abaca fuera el título del rondó. Yo, lógicamente, aprovechaba para explicar lo que significa eso de ABACA, letras que ahora quiero utilizar para contar aquí en qué consiste la forma Rondó, que tanto juego ha dado en la historia de la música.
En la forma rondó —ideal para un reconocimiento fácil en la audición— un tema central (estribillo), generalmente juguetón, alegre, reaparece continuamente —sin modificaciones, casi sin modificaciones, modificado— intercalado entre otros temas secundarios (coplas) que generalmente contrastan con él. Aprovecharemos las letras mayúsculas de antes para representar su estructura, de diversas maneras según distintas variantes:
ABACA (AABACA), ABACAB’A, ABACADA...
(A es el estribillo; B, C..., las coplas)
Se han compuesto muchos rondós a lo largo de la historia de la música, y algunos de ellos han llegado a ser famosos. Uno de los más conocidos debe su popularidad a EUROVISIÓN, que lo adoptó como himno. Bueno, no exactamente: en realidad lo que conocemos como Himno de Eurovisión es solo el estribillo de un rondó que Marc Antoine Charpentier, importante músico del barroco francés, compuso para el preludio de uno de sus cuatro tedeums: el Te Deum en Re mayor, H 146.
Cuando he utilizado este rondó como audición para mis alumnos, me ha parecido una buena idea retarlos.
—Estoy seguro de que todos lo conocéis, me apuesto lo que queráis —comienzo diciéndoles mientras observo cómo aparece la curiosidad en sus caras.
—¿?
—Es de un músico francés del siglo xvii —añado a continuación y veo cómo crece la incredulidad.
—¿?
—¿Os doy otra pista?, ¿queréis saber el nombre del compositor?
—Sííí —responden casi al unísono, pensando que el nuevo dato les abrirá el camino.
—Su autor es Marc Antoine Charpentier —articulo pausadamente cada sílaba del nombre, y percibo cómo se animan a la apuesta.
—¡Venga, maestro, cómo lo vamos a conocer!
—Si alguien, tras escucharlo —les advierto simulando seriedad—, me dice con sinceridad, pero, ¡ojo, con sinceridad! que no lo conoce, pierdo la apuesta y os invito a lo que queráis, en caso contrario me invitáis vosotros a mí.
—¡Valeee! —estallan, con la alegría de quienes están seguros de ganar.
Hay que ver sus caras nada más comenzar la audición, cuando escuchan el estribillo del rondó y lo reconocen. Aun así, todavía alguien, bromeando, se atreve a decir que no lo conoce, pero no cuela. Siempre he ganado la apuesta —y nunca la he cobrado— pues todo el mundo ha oído en alguna ocasión el Himno de Eurovisión.
Vamos a él. Este rondó es muy breve —menos de dos minutos— y muy sencillo. Está formado por el estribillo y dos coplas. En la versión elegida para Abonico, la de William Christie al frente de Les Arts Florissants, antes del rondó propiamente dicho escuchamos una introducción a cargo de los timbales; a continuación suena el estribillo —dos veces (AA), para fijarlo mejor en nuestra memoria—; después escuchamos la primera copla (B); posteriormente, vuelta a lo conocido: de nuevo, el estribillo, ahora una sola vez (A); después viene la segunda copla (C); y por último, como al principio, dos veces el estribillo para terminar (AA). Así que AABACAA.
Atentos al contraste entre las coplas —moderado volumen sonoro y más legato, más abonico— y el estribillo —más fuerte, de ritmo más marcado, más enérgico—; también la instrumentación es diferente: el marchoso estribillo utiliza metales y percusión —trompetas y timbales respectivamente—, ausentes en las suaves coplas, que utilizan cuerdas y maderas.


viernes, 10 de marzo de 2017

Panocho y habla murciana

—Yo siempre lo he tenido claro.
—¿¡Siempre!?; cada vez que oigo la palabra «siempre»... me mosqueo.
—Bueno… ¿siempre-siempre…? no, pero sí desde hace bastantes años; iba a decir que desde que tengo uso de razón, pero de eso tampoco hace tanto, incluso a veces dudo si lo tengo ahora.
—Bueno... ¿y qué es lo que tienes tan claro?
—Pues… que no es lo mismo el habla murciana que el panocho, aunque la gente, equivocadamente, suele englobarlo todo bajo el segundo de los términos.
—¿Es que los murcianos no hablamos panocho?
—¡Pues no!, los murcianos hablamos murciano
—¿Y no es lo mismo?
—No
—Pues eso no es lo que yo oigo por ahí.
—Pues tienes que prestar más atención… a los que saben de qué va esto. Los murcianos hablamos un castellano —o español, como quieras— murciano, y tampoco lo hablamos igual todos los murcianos. Mira, pocos más autorizados para aclararnos la diferencia entre panocho y habla murciana —la de nuestra tierra— que Vicente Medina, el autor de Aires murcianos; ¿sabes lo que dijo?
—Ahora me sales con otro nombrecico; ya quieres liarme. Tú, con tal de dártelas…
—O sea, que no sabes de quién te estoy hablando; ¡¿no conoces a Vicente Medina?! ¡¿no has oído hablar del autor de La Barraca, de Cansera, de Abonico?!, de...
—¿¡Abonico!? ¿¡Como el blog de Pepe Abellán!?
—Sí, como el blog de… ¡eso!
—¡Pues ahora me entero!
—¡No te digo!, ¡menudo mendrugo!; te hablo del gran poeta de Archena, que no escribió en panocho, que lo hizo en murciano, y que en 1933 grabó para el Archivo de la palabra este clarísimo testimonio:
En mi tierra se cultivaba un lenguaje llamado panocho, lenguaje de soflamas carnavalescas, que imitando el habla regional, la ridiculizaba con acopios de deformaciones y disparates grotescos, me indignaba por eso este panocho. Tal indignación engendró mi ansia de reivindicar el lenguaje de mi tierra, que no era, ni es otra cosa que un castellano claro, flexible y musical, matizado con algunos provincialismos de carácter árabe, catalán y aragonés. En toda la región murciana y en parte de la de Albacete, Alicante y Almería, tierras linderas, se habla tanto por la gente fina, como por la gente del pueblo, tal como yo hablo en mis Aires Murcianos.
—¡Vaya!
—¿De acuerdo?
—Totalmente de acuerdo... don Vicente.

viernes, 3 de marzo de 2017

Los muslos de Carmina

Estuviéramos haciendo lo que estuviéramos haciendo, de pronto decía Ramón, como si se le hubiera ocurrido la idea más maravillosa del mundo:
—¿¡Vamos a verle los muslos a la Carmina!?
A lo que, normalmente, muy bien podía contestar otro cualquiera del grupo:
—¿Ahora?
—¡No, si te parece nos esperamos a mañana! —contestaba con desdén el primero, añadiendo con frecuencia la palabra «tontucio», una de sus favoritas en estos casos— ¿es que no os acordáis de que es hoy cuando friega el suelo?
Carmina era la criada que servía en casa de uno de los chavales de la pandilla y por ello sabíamos qué día fregaba el suelo; y resulta que entonces, antes del invento de la fregona, esta faena se efectuaba a mano. La moza que lo hacía —en nuestro caso, Carmina— se arrodillaba sobre una almohadilla, se ponía a cuatro patas e iba pasando por el piso —de losa en las casas que podían permitírselo— una bayeta empapada de agua; después, de rodillas, escurría el trapo para quitarle el agua sucia acumulada, lo enjuagaba, lo escurría otra vez y, de nuevo a cuatro patas, lo volvía a pasar por el suelo para recoger la humedad dejada antes, quedando la losa limpia y casi seca hasta donde ella alcanzaba extendiendo los brazos; luego reculaba un poco y repetía lo mismo en otro pequeño espacio, hasta que completaba todo el piso.
El mundo en que nací era muy diferente del de hoy. No existía la fregona, por ejemplo, y las señoras limpiaban el suelo de rodillas, a cuatro patas. (Andreu Martín, 2016: Por ahora, todo va bien, Barcelona, RBA, pág. 27).
La posición de la moza, vista desde atrás, avanzando el cuerpo a veces excesivamente para llegar a las zonas más alejadas, nos llevaba de calle a los niños —algunos no tan niños— de la época. ¿Que qué se veía? Pues no crean que mucho: en el «mejor» de los casos, y a veces casi había que adivinar, poco más de algunos centímetros de muslo por encima de las corvas, y eso solo en los momentos de máxima tensión, cuando el cuerpo de la fregona se adelantaba y se estiraba hasta los recovecos más apartados.
Pero para quienes andábamos al acecho era suficiente. ¡Qué digo suficiente! ¡Era la releche!; allí nadie pestañeaba mientras duraba el espectáculo, y duraba hasta que Carmina se daba cuenta del asunto y nos echaba de allí con cajas destempladas. Pero te ibas alimentao para unos cuantos días, con los ojos brillantes y una imagen, que realmente no habías visto bien, fija en tu cabeza: los muslos de Carmina.

viernes, 24 de febrero de 2017

Usnavy

—No sé dónde lo he leído u oído.
—¿El qué?
—Que la ocupación gringa tuvo tal impacto en Panamá que hasta el día de hoy uno puede encontrarse allí a gente llamada Usnavy.
—¿Y qué?
¡Hombre!, Usnavy es un nombre derivado de la U.S. Navy, que es, abreviado, el nombre de United States Navy, la Armada o marina de los Estados Unidos.
—¡Vaya!
—Como te lo digo.
—¡Increíble!
—No, lógico: a la estupidez por el camino de la ignorancia.
—¿Y si no es ignorancia?
—Peor todavía.

viernes, 17 de febrero de 2017

Funciones vitales

No es infrecuente la respuesta «graciosa» del individuo de turno cuando le dices que tocas la flauta dulce; es fácil que te conteste, preguntándote a su vez, que «por qué no la salada», o algo por el estilo. Y si en vez de decir que tocas la flauta dulce, solamente dices flauta, sin el adjetivo, el mismo tipo de individuo te puede preguntar, también «graciosamente», simulando extrañeza: «¿¡la de Bartolo!?», o, lo que casi es lo mismo: «¿¡con un agujero solo!?».
Escribo esto recordando que hace poco, finalizando el verano pasado, en la tertulia, Eustaquio y yo, con la coña pertinente, habíamos acordado —no sé cómo llegamos a este tema— que para el próximo día de reunión llevaríamos él la armónica y yo la flauta para interpretar algunas melodías y dedicárselas a los amigos presentes.
Así que para el día siguiente de tertulia yo había preparado —quería mostrar un poco de diversidad en tamaños y maderas— media docena de flautas en una mochila, aunque llegado el momento solo utilicé dos: una soprano de madera de boj y una contralto de palisandro.
Llegó la ocasión, pasamos el rato, tocamos algunas melodías, terminamos, recogí y metí en la mochila las flautas y otros menesteres para la ocasión, y... ya me iba cuando un cliente del bar en cuya terraza nos juntamos, ajeno totalmente a la tertulia, no sé cómo fue, quizás había estado observando de lejos, me preguntó por lo que llevaba en la mochila; le dije que al hombro llevaba algo para mí muy importante: flautas, unas cuantas, y añadí, para justificar su importancia, que eran de diferentes valiosas maderas, que me habían costado una buena pasta y que...; en vano traté de seguir dándole explicaciones, pues no me escuchaba; poco después de oír la palabra «flauta» me interrumpió preguntándome y haciéndome un guiño cómplice, con la sonrisa bobalicona del que se maneja a base de tópicos: «¿¡pero... de un agujero solo!?».
En casos así, la gente «fina» contesta, aunque sea mentalmente, también con frases hechas, como la que afirma que es inútil echar margaritas a los cerdos, o aquella otra que dice que no está hecha la miel para la boca del asno. Pero a mí, algo más tosco, me vino a la cabeza —y estuve a punto de abocárselo: me quedé con las ganas— algo así como «¿y tú..., además de comer y cagar, qué más haces?».
Hay mucha gente, una cantidad mayor de la que solemos considerar como normal, que ha venido —la han traído— a este mundo a cumplir con lo básico solamente: comer, cagar, dormir y, como decían mis amigos de Moratalla en mis tiempos de estudiante universitario, «el macho a la hembra». Dicho más seriamente, esas personas realizan, como seres vivos que son, y por supuesto que a su rudimentaria manera, lo que en biología llamamos funciones vitales: nutrición —que incluye la respiración—, reproducción y relación. Yo, para que rime, prefiero decir: «comer, cagar y... poco más».

viernes, 10 de febrero de 2017

Shine

Hace ya bastantes años que vi por primera vez Shine, una película muy premiada del director australiano Scott Hicks, protagonizada por un magnífico, y muy galardonado por ello, Geoffrey Rush. Me gustó mucho, pero me dejó muy mal cuerpo: las excesivas exigencias de un autoritarísimo padre llevan a la «locura» cuando es adulto a un niño prodigio del piano. Véanla, es muy «educativa».

Geoffrey Rush en Shine
Shine está basada en una historia real —a veces la vida supera toda ficción—, y el personaje de carne y hueso que inspiró el film es el pianista australiano David Helfgott (1947), que ha ganado seis veces la final estatal de la Competición Instrumental y Vocal de la ABC, considerada la competición de música clásica más prestigiosa de Australia no restringida a un solo instrumento.
El auténtico: David Helfgott
Helfgott, nacido en una familia judía de origen polaco, es conocido, además de por sus dotes pianísticas, por su perturbación mental, causada, como bien refleja la película, por las agobiantes exigencias de su padre, que terminan trastornando al joven.
Con su padre, Peter Helfgott
Ahora vive en Nueva Gales del Sur, Australia, con Gillian, su segunda esposa, ofreciendo conciertos en su casa. Entre sus intereses, además del piano, están —leo en la Wikipedia— los gatos, el ajedrez, la filosofía, el tenis, la natación y mantenerse en buena condición física: ¡no está nada mal!
David y Gillian
He seleccionado y cortado un fragmento de la película, un trozo que, desde la primera vez que la vi, me emociona cuando la revisito. En él el protagonista, necesitado de tocar el piano —con mono—, entra en una cafetería que dispone de uno ante el que se sienta para tocar; el gracioso de turno, que nunca falta en estos casos, pretende reírse del «trastornado», pero queda en ridículo, pues el aparentemente improvisado pianista deja a todos con la boca abierta interpretando El vuelo del moscardón, de Nikolay Rimsky Korsakov (un arreglo que hizo Rachmaninoff).
Sepan que el intérprete real es ni más ni menos que David Helfgott.