SECCIONES

viernes, 17 de agosto de 2018

Un sexto especial (1)

Fue en el curso escolar 1978-1979, y así, «sexto especial», fue denominado el grupo que le adjudicaron al maestro con menos experiencia de todo el claustro del colegio, a él precisamente. ¿Se imaginan por qué llamarían 6º especial a aquel grupo de escolares? Lo de «sexto» es evidente: ese era el nivel del curso en la entonces vigente EGB; y lo de «especial», porque... (sí, entonces se podía y se solía hacer) ese sexto, esa clase había sido conformada con un grupo de pobres zagales elegidos entre los más desfavorecidos que había en el colegio, repetidores casi todos, y algunos requeterrepetidores y por tanto ya bien pasados de edad para ese nivel; y... sí, se los adjudicaron al maestro más novato del centro, y, además, el aula de esta clase fue ubicada fuera y lejos del edificio principal del colegio, en una casa vieja de un barrio periférico de la localidad.
Ya el primer día de clase, primer problema serio; de entrada, en la calle, la madre de una alumna le dice al maestro que no piensa dejar que su hija (desde luego bastante «desarrollada», aunque solo físicamente, como pronto pudo comprobar el docente) entre a clase con los mindangos que hay a la vista, que su hija ya es una mujer y que no…, que no se fía. Al maestro le costó convencerla y ahora no recuerda los detalles de cómo lo hizo, los argumentos que utilizó.
Lo que se encontró el joven magister en aquel sexto especial fue un alumnado también «especial», muy especial; sobre todo, un alumnado particularmente duro, de lo más duro por él conocido hasta entonces y —ahora lo sabe— desde entonces; un alumnado encallecido por circunstancias familiares, escolares, culturales…: sociales en definitiva. Y, además de muy duro, y quizás por ello, era un alumnado resistente (acostumbrado a castigos y palos: al mal trato), tenazmente resistente a la pedagogía tradicional, la de la letra con sangre entra.
Lo típico. Ya se sabe: alumnos con un vocabulario escaso donde muchas palabras son sustituidas por muletillas y tacos de todo tipo, donde expresiones como «mecagüen…», «si te meto una…», «que te den…»… estaban, a comienzos de curso, dentro de clase, a la orden del día, como también lo estaban todo tipo de ofensas, riñas y peleas. Por ello se le ocurrió al maestro, y lo ofreció a sus alumnos, poner un bote sobre su mesa, una hucha de hojalata a la que irían echando —él incluido— un duro por cada taco, por cada cagada, por cada ofensa, actitud violenta, falta clara de respeto... Lo acumulado en el bote —les garantizó a los chiquillos— sería utilizado en una merienda con la que toda la clase se convidaría en los días previos a las fiestas de Navidad, tres meses después.
Al principio no se lo tomaron muy en serio; bromeaban sobre ello e incluso se provocaban unos a otros para sonsacar al compañero el taco y, con él, la moneda correspondiente:
Ayer por la tarde vi a tu paere —decía un alumno a otro, tratando de pillarlo desprevenido—: iba borracho en la bicicleta.
¡Un capullo! —se apresuraba a contestar enfadado el segundo chaval— ¡eso es mentira!
¡Maestro! —dirigiéndose al docente, le faltaba tiempo al primero para denunciar a su compañero—, ¡este ha dicho «un capullo»!, ¡que eche un duro al bote!
También, aunque solo al principio, se dio el caso de algún gallito que preparaba la moneda por adelantado, llamaba después la atención del maestro, lo miraba desafiante, soltaba el taco y, sonriendo, dejaba caer las cinco pesetas en la hucha.
Con el tiempo, la cosa se fue «normalizando», dentro del poco margen que había para ello. Lo cierto es que llegadas esas previstas fechas navideñas, en el bote había tres mil y pico pesetas que, desde luego, como había sido acordado, fueron empleadas en refrescos, en pan y en companaje para hacer bocadillos, resultando de todo ello una buena e inolvidable fiesta.
Continuará.

viernes, 10 de agosto de 2018

El Mañana

Hoy, las preocupantes molestias ocasionadas por mis añosas cervicales herniadas me abocan a la aflicción, a la pesadumbre. Quizás sea por ello el que precisamente en estos malos momentos me venga a la cabeza un poema de José Emilio Pacheco, unos versos que, aunque referidos a otros «horrores de ahora», a continuación comparto en Abonico.
EL MAÑANA
A los veinte años nos dijeron: «Hay
Que sacrificarse por el Mañana».
Y ofrendamos la vida en el altar
Del dios que nunca llega.
Me gustaría encontrarme ya al final
Con los viejos maestros de aquel tiempo.
Tendrían que decirme si de verdad
Todo este horror de ahora era el Mañana.
José Emilio Pacheco:
Como la lluvia, Visor, pág. 57.

viernes, 3 de agosto de 2018

Estimulación

Llegando a casa me encuentro en la calle a una vecina que espera para entrar al edificio en que vivimos ambos, una mujer que no tiene la paciencia suficiente para aguantar con buen talante a que su hija, una niña pequeña que la acompaña y a quien previamente ha dado la llave de la cerradura, termine de abrir la puerta de entrada a nuestra comunidad de vecinos. Intransigente, se queja la buena señora y riñe a la niña porque (dice bien alto para que yo la oiga) «no sabe abrir la puerta», le reprocha a la chiquilla que «menudo tostón» tiene que aguantar con ella, que le pide las llaves para abrir y resulta que no sabe hacerlo, que tarda un año.
«No, señora —pienso de inmediato, aunque me lo callo—, la filosofía debe ser la contraria»: hay que tener paciencia y decirles a los pequeños, desde muy temprana edad, que lo hacen bien, que son útiles, que ayudan mucho, que sin ellos, sin su contribución, no podríamos hacer las cosas tan bien como cuando «colaboran» con nosotros.
Resulta que a tareas que odiarás y de las que huirás siendo adulto, te acercas de niño con ilusión, porque te gusta hacerlas o ayudar a hacerlas, y más cuanto más joven; te gusta ser útil, ser «grande»; y así ocurre por ejemplo con los primeros recados —mandaos— y otros quehaceres realizados por cualquiera, al principio dentro de la propia vivienda, después a lugares cercanos y por fin a otros más «aventurados».
***
De muy niño, un servidor se sentía importante creyendo que le era de gran ayuda a la moza de la casa en la realización de algunas pequeñas tareas domésticas, como la de poner la mesa, la de tender la ropa o la de hacer las camas, algo esto último de lo que me quedó un grato recuerdo: Había que quitar la ropa del todo, doblar el colchón por la mitad, primero hacia un lado, golpearlo —me gustaba— y después realizar la misma operación tras doblarlo en la otra dirección —golpes de nuevo: disfrute—; a continuación se extendía el colchón, se uniformizaba la borra de su interior evitando en lo posible los mendrugos y, ordenadamente, con meticulosidad y medida, se volvía a colocar la ropa sobre él, bien puesta, con cuidado: sábana bajera, sábana encimera, mantas, cobertor... y, por último, el bonito dobladillo de la parte que había quedado sobre la almohada. Ahora, que no me gusta nada, al hacer mi cama, me acuerdo a veces de aquella pretendida y cuidada perfección, de aquel esmero para hacerlo bien, y ello, supongo, por contraste con la rapidez y poco cuidado con que, para salir del paso, soluciono últimamente el problema.
***
Siendo muy niño también, el menor de mis hijos se quejaba de que siempre le tocaba a su hermano hacer los mandaos a las tiendas del barrio, y recuerdo la cara de alegría que puso cuando su madre le encomendó su primera tarea fuera de las cuatro paredes del hogar, el día que lo mandó a comprar huevos a la tienda que había junto a nuestra casa de entonces. (Aun así, la mamá, vigilante por si acaso, desde el balcón observaría la salida del pequeño a la calle y su itinerario de ida y vuelta). Tras hacer la compra, el niño volvía ufano de la tienda llevando en la mano la bolsa de los huevos y en la cara una notable sonrisa de satisfacción: todo perfecto. Comenzó a subir la escalera que conducía al piso (la puerta de abajo, la de la calle, permanecía abierta durante todo el día), pero, debido a su tamaño, tanto el del niño —pequeño—, como el de la bolsa —grande—, esta última llegaba a tocar los cercanos escalones amenazando con la rotura de los huevos; ¿y…? Pues... el chiquillo, resolutivo, alejó la bolsa de los escalones dándole un buen impulso para pasarla por encima del hombro y echársela a la espalda. ¿Que cómo quedaron los huevos?: imaginen.
***
Desde hace tiempo observo cómo mis nietas quieren hacer las cosas sin ayuda, solas, pues (según ellas, y dependiendo de para qué) son «mayores»: comer, lavarse las manos, ir al aseo y limpiarse...; también se empeñan en ayudarnos a los mayores en muchas tareas, algunas de ellas —¿la mayoría?— fuera de su alcance. De modo que cuando salgo en verano a la terraza para desplegar los toldos, ante el empeño de las niñas por ayudarme, les digo, para que se sientan útiles, que, mientras yo manejo la máquina que extiende o enrolla las lonas, cada una de ellas debe sujetar con firmeza una de mis adrede y teatralmente temblorosas piernas, para que así su abuelo pueda realizar mejor el trabajo; y, ¿saben qué?, que funciona: se sienten importantes, muy importantes, ya me encargo yo de destacarlo, pues creo que es algo muy valioso en pedagogía, una pedagogía que tradicionalmente se ha empeñado en señalar lo que el educando ha hecho mal, cuando hubiera sido mucho más conveniente destacar sobre todo lo que hace bien.
En un mediodía de mucho calor del último verano pasado, me encontraba a punto de salir a la terraza para «sacar» los toldos cuando Paula, la mayor de mis nietas, me dijo que quería salir conmigo para ayudarme. Dirigiéndome a las dos (es importante no dejar fuera a la pequeña), les dije que hacía mucho calor a esa hora para que ellas salieran a pleno sol, a lo que Paula me contestó que, entonces, si no salían ellas conmigo, qué iba a pasar si me temblaban las piernas al manejar la máquina, que quién me las iba a sujetar si no estaban ellas para hacerlo. Tan maravillosa argumentación me arrancó una buena sonrisa, y no tuve más remedio que darle, además de un besazo, la razón; así que dejé que salieran ambas conmigo en pleno mediodía de agosto y, segundos después, durante la faena, les agradecí expresa y exageradamente lo bien que me sujetaban las piernas, una cada niña, para evitar el temblequeo que la dichosa máquina me transmite cuando la utilizo estando las chiquillas conmigo.

viernes, 27 de julio de 2018

Habrá que cortarlo

Muy curioso desde pronto, siempre con la oreja puesta, ingenuo, escuchaba en una conversación:
¡Uff!, no me puedo sacar el anillo.
Eso es que te ha engordado el dedo.
Pues... habrá que cortarlo.
Y se agobiaba, pues pensaba que era el dedo lo que había que cortar.
¡Se le quedaba un mal cuerpo...!

viernes, 20 de julio de 2018

El Guti (y 2)

Los laterales de nuestras casas estaban enfrentados: corrían en paralelo, con una calle de poca anchura entre ambos (la ahora mal llamada Calle San Rosendo, pues siempre ha sido la Calle del Rosendo), de tal modo que la ventana de la cocina de mi casa daba a la puerta trasera de la suya, que, a su vez, estaba enfrente, con un pequeño patio por medio, de su retrete (no váter, no, entonces de eso no había en el pueblo). Así que una mañana cualquiera te podías encontrar el espectáculo mientras desayunabas: el Guti subido a la losa de su retrete, de cara a ti, mostrando desinhibido… sus gitanales, pues tanto la puerta del escusado como la de la calle estaban abiertas, y él haciendo sus necesidades, lo que tuviera que hacer; ya digo, un espectáculo.
He dicho antes que desde joven tuvo que enfrentarse a trabajos duros, a labores de personas mayores curtidas, y ello, unido a su falta de miedo, dio lugar a algunas anécdotas que con el tiempo se hicieron bastante populares. Entre ellas es muy conocida la que cuenta que una noche estaba nuestro personaje regando en su huerto (unas pocas tahúllas que, sin camino por medio siquiera, lindaban directamente con la pared del cementerio), que andaba en un momento de descanso, sentado en el costón que quedaba pegado a la pared del camposanto, apoyando la espalda en ella, cuando alguien, que había decidido darle un buen susto, apareció justo encima de donde él estaba, gritando cual zombi metemiedos desde lo alto del muro cementeril. La respuesta de nuestro protagonista fue inmediata: en un rápido giro torácico, con las dos manos lanzó la azada que tenía entre ellas (me lo imagino como un lanzamiento olímpico de martillo) y a punto estuvo de alcanzar al individuo, que de asustador pasó a asustado en cuestión de nada.
También me viene a la cabeza ahora —quizás por afinidad temática— un reto planteado por un valiente que, en un corro de mozalbetes de entonces, de pronto va y dice, a las tantas de una noche muy oscura (es importante tener en cuenta que todavía no había iluminación en las calles del pueblo): «¿¡a que no hay güevos a saltar la tapia y entrar ahora en el cementerio!?» ¿Quién se atrevió?: el Guti, con veinte duros de apuesta según me ha dicho él mismo no hace mucho. En esta ocasión fue el propio retador quien quiso asustarlo, pero, de nuevo, Juan se olió la jugada y, una vez dentro del cementerio, esperó escondido tras un nicho al individuo, le introdujo por la cabeza una corona funeraria tomada de una tumba cercana, y logró, como en el caso anterior, que quien quería asustarlo acabara asustado.
Por si faltaba algo, era un buen jugador de fútbol (ámbito en el que mucha gente le llamaba, como más «respetuosamente», por su apellido: Prior), uno de los mejores futbolistas del pueblo, que llegó a jugar profesionalmente en distintos equipos de fuera, y que —me consta— pudo haber llegado más lejos (téngase en cuenta el lastre que le supuso el haberse quedado sin padre y tener que desempeñar las funciones del mismo). El Guti era —así lo recuerdo— un rocoso extremo zurdo al que, ¡cómo no!, yo admiraba por encima del resto del equipo. Me acuerdo de que, como tiene el punto de gravedad bastante bajo —recuerden: piernas cortas y arqueadas—, pocas veces caía derribado, pues solía arreglárselas para, siempre con mucho empeño, salir trastabillando, a cuatro patas, de los apuros más desequilibrantes.
Con todo lo que había significado él para mí, por fin, con el tiempo (además de hacerle compañía cuando segaba hierba y de ayudarle durante muchos años mientras «arreglaba» los cochinos y en las matanzas de los mismos), pude hacer algo más serio por él. Ya lo he dicho, son tres años largos los que separan nuestras edades, pero en tercero de Bachillerato me presenté por él al examen de la asignatura de Francés. No es de extrañar que entonces pudiera hacerse eso, pues éramos alumnos libres e íbamos a examinarnos a Murcia llegado el final de curso, y por lo tanto los profesores no nos conocían, y tampoco teníamos que llevar a la prueba documentos para acreditar nuestra identidad; a pesar de ello —lo recuerdo perfectamente— pasé un mal rato, ya que la prueba era oral y temí ser descubierto.
¿Nombre?
Juan Prior Álvarez.
¿Edad?
Diecisiete años —yo tenía catorce.
Los días de la semana.
Lundi, mardi, mercredi...
[...]
Resultado: la nota que obtuve para él, un siete, fue superior a la que había obtenido días antes para mí mismo, un seis. A menudo nos reímos cuando se lo recuerdo.
Tras tantos años de convivencia en el mismo pueblo, es obvio que se me quedan muchísimas historias en el tintero, tanto de la remota infancia como posteriores (anécdotas futboleras, aventuras en el instituto, caza exitosa de ratas, la del cochino enfurecido, algunas noches locas siendo ya más mayores...), pero nada más lejos en mi intención que la realización de una reseña biográfica; realmente solo he pretendido elaborar un recordatorio afectuoso consistente en unas cuantas pinceladas sobre los años jóvenes de una de las personas más importantes para mí en aquellos tiempos: el Juanito, el Guti.

viernes, 13 de julio de 2018

El Guti (1)

No hace tanto, entre bromas, me contó que estaba hecho polvo porque se le amontonaban los problemas de salud: artrosis, azúcar, hipertensión, próstata... Se lamentaba de que no podía (no debía, pues el médico se lo había «prohibido») comer jamón ni lomo ni dulces ni...; y, con humor, añadía: «¿¡para qué quiero vivir así, si solo puedo comer hierba!?», utilizando la palabra «hierba» en una clara alusión a la verdura. En fin… digno de escuchar. Últimamente parece que le va mejor, aunque a costa de cocacolas zero, cervezas sin alcohol y cosas por el estilo.
Ha transcurrido mucho tiempo desde los aconteceres que quiero esbozar aquí ahora. Él, tres años y pico mayor que yo, era entonces, hace ya más de sesenta, mi ídolo, mi protector, todo un héroe: fuerte, valiente, buena persona...: «sano», en todos los sentidos del término. Lo admiré mucho durante mi infancia, y seguí apreciándolo después y ahora, aunque ya no con los ingenuos ojos de entonces.
Para mí era Juanito, por lo menos en aquellos años, que son, aunque nos conocemos de «toda» la vida, los del personaje que tengo en la mente mientras escribo, el que tanto valoré, el que quiero traer aquí. El Juanito de aquellos tiempos sería después Juan para quien esto escribe, pero en el pueblo pronto pasó a ser el Guti.
El Guti (anteponer el artículo en los apodos locales es importante), ya desde temprana edad realizaba trabajos duros, para mí impropios de un chaval. Después, cuando su padre murió siendo él todavía joven, abandonó unos estudios que había comenzado tarde pero llevaba bien, y se hizo cargo de las tareas de su progenitor; así que a partir de entonces tuvo que atender la tienda familiar, ir a la lonja diariamente, matar semanalmente los cerdos cuya carne y derivados eran vendidos por su madre en el comercio..., además de realizar las labores agrícolas en unas decenas de tahúllas de tierra que tenía, unas pocas de ellas junto al cementerio.
Así que JuanJuanito para mí, ya lo he dicho— terminó siendo en el pueblo (diferentes versiones, según quiénes lo nombraran) Guti, Goti, Buti, Boti... (primero y último, los más frecuentes). El apodo viene (está formado por sus cuatro primeras letras) de butifarra, botifarra, gutifarra, gotifarra, que de todas estas formas he oído llamar aquí al popular embutido, según la persona que se enfrentase al término.
El Guti, para muchos físicamente poco agraciado, era atractivo para mis ojos de entonces: atlético, intrépido, listo… Desde luego que realmente era —es, ahora más todavía— bajo de estatura, de piernas cortas y arqueadas (el piernas torcías he oído llamarlo también), de piel bastante blanca y pecosa (huevo pava, para muchos), con un chichón o zona pelada en la parte posterior derecha de la cabeza, un pequeño calvero que yo había idealizado como procedente de una pedrada o golpe producto de sus hazañas, y que realmente fue debido (me lo ha dicho no hace mucho) al uso de fórceps en el momento del parto. También he oído llamarle lo peor del cochino, por el valor adjudicado a la butifarra entre los productos marraneros. Pero nunca, jamás, y ello denota su carácter, lo he visto mostrar disgusto o enfado por alguno de esos apelativos.
Si un servidor jugaba a las bolas y perdía una cantidad considerable, antes de que me empuliaran él tomaba mi puesto, jugaba en mi lugar (me dice ahora que yo le llegaba lloriqueando: «Juanito, me han ganao las bolas»), recuperaba mis pérdidas y, para completar mi alegría, ganaba algunas más: ya digo, un héroe. Por cierto, lo recuerdo en este juego, el de las canicas, con la yema del dedo índice de la mano derecha sangrando porque en ella se clavaba la uña excesivamente larga del pulgar de esa misma mano al impulsar su bola para bochar alguna de cualquier jugador rival. Siempre ha sido bastante descuidado y, también, algo bruto, ahora lo percibo con más claridad.
¡Cómo no lo iba a apreciar! Una noche, estando juntos disfrutando una película del oeste en el gallinero del Cinema Iniesta, sentí de repente un agudo dolor en el abdomen —como de apendicitis, deduzco ahora— y él, sin dudarlo, me cargó como un fardo a sus espaldas y, corriendo, pero corriendo de verdad, me llevó a mi casa a coscaletas (en mi mente, cuhcalétah), que era como llamábamos el llevar cargado a la espalda, a cuestas, a alguien, que se agarraba al cuello del portador, como subido a un caballo bípedo.
Cuando los chiquillos del barrio jugábamos a «hacer» circo (en el patio de la posá, en el almacén de la tienda de mi padre, en la calle...), él era el más atrevido y el que mejor hacía —a veces, el único que las hacía— las cosas más difíciles y arriesgadas (trapecio, contorsiones, volteretas y otras acrobacias...), siempre sin miedo alguno: nunca detecté en su cara, en su actitud, el menor asomo de temor ante cualquier desafío.
Ya más mayorcico, lo recuerdo en competiciones de fuerza donde dos antagónicos jóvenes forzudos, sentados en el suelo, con las piernas rectas y un poco abiertas, uno frente al otro y en contacto solo por las plantas de sus pies, tiraban, cada uno en su dirección, de un mismo palo horizontal, un astil de azada perpendicular a la línea que unía a ambos rivales, a los dos contendientes que tiraban de él hasta que el trasero de uno de ellos era levantado por la fuerza del otro, del vencedor. Sus oponentes —el Carrillo, el Jeromín— también eran muy fuertes y no recuerdo quién ganaba con más frecuencia pero yo siempre me ponía de parte d'el Juanito, del Guti.
Continuará

viernes, 6 de julio de 2018

Tres certificados

En una publicación local lee que ha muerto quien fue párroco del pueblo en aquellos años en que él terminó sus estudios en la Escuela Normal y comenzó su andadura como docente. Examina con detenimiento el artículo de la revista, se fija en la cara del cura que aparece en la foto que acompaña al texto y se detiene después, con intención, en las cifras de los años en los que este señor fue párroco de la localidad. Y de lo observado en todo ello deduce que sí, que debió de ser este el cura que entonces «tuvo que certificar» su buena conducta moral y religiosa. Pronto sus neuronas se ponen en marcha.
Y es que, para, ¡por fin!, obtener el título de maestro, una vez terminados los estudios de magisterio, nuestro joven necesitaba tres certificados de buena conducta: uno del alcalde, otro de la guardia civil y otro del cura. (¡Ojo!, que ya corrían tiempos cercanos a la muerte del dictador que gobernaba el país con mano de hierro.)
Cuenta él mismo que no hubo grandes problemas para conseguir los tres documentos, y supone que facilitarían las cosas un par de factores favorables: por un lado, las fechas que marcaba el calendario, en las que la represión de la dictadura ya había comenzado a «suavizarse» (y marca muy visualmente en el espacio con los dedos índice y corazón de cada mano las comillas de la palabra «suavizarse»), unos años en los que el Régimen había relajado parte de su ensañamiento; y, por otro lado, el hecho de pertenecer a una familia afecta a ese Régimen, pues el paterfamilias era, aunque tibio, simpatizante del generalito.
Conseguir el certificado que tenía que hacerle el alcalde pedáneo fue fácil; solo tuvo que aguantar unas pocas bromas y alguna payasada (así era —sonríe cómplice— el entonces mandamás local) para acabar con el papel en el bolsillo.
Para hacerse con el papelito de la guardia civil tampoco recuerda que hubiera algún inconveniente, nada de particular. No sabe si, además de las simpatías políticas del padre, comerciante, estuvieron por la labor los productos (cajas de galletas, latas y botes de conservas...) que la benemérita «se llevaba» anualmente de la tienda para celebrar el día de su patrona.
Únicamente para el certificado que tenía que expedirle el cura hubo un pero, y no pequeño en un principio: el señor párroco le dijo, y con razón, que él no lo conocía, que no lo había visto por la iglesia y que, por lo tanto, ¿¡cómo podía certificar —y de eso se trataba— que era un buen cristiano!? (o buen católico, no recuerda qué término utilizó el páter); pero, a continuación, pensándoselo un poco, tras unos segundos de suspense que comenzaron a inquietar a nuestro joven protagonista, el párroco añadió que a pesar de ello le daría el certificado; y así lo hizo: «gracias, señor cura —dice—, se portó usted bien».
Con el tiempo, muchas veces ha tratado de imaginar qué hubiese pasado si hubiera tenido que ir a pedir los tres certificados siendo miembro de una familia fichada políticamente, siendo hijo de alguien calificado como claro desafecto al Régimen (desafectos les llamaban los afectos, advierte con mucha intención), alguien descendiente de un activo opositor a la Dictadura, algo no tan infrecuente en aquellas fechas. Al respecto, sabe que la guardia civil, los curas, los alcaldes… tenían sus propios ficheros en los que calificaban a la gente como les parecía: «rojo», «no va a misa», «maricón», «blasfemo», «inmoral»…; y conoce lo que pasó en muchos casos, como, por ejemplo, el de Juan Madrid, uno de los grandes narradores del género negro en nuestro país, a quien (se pueden leer sus palabras en la prensa) no dejaban ejercer como profesor por carecer de certificado de buena conducta social y moral.
«¿Se puede? Buenos días: que vengo a solicitar un certificado de buena conducta».