SECCIONES

viernes, 21 de julio de 2017

Pan torrao...

Aquí, para los chiquillos de entonces, un pedo silencioso era una follá (variantes: follón y follonazo). Si, de pronto, en el grupo en que estabas jugando, se olía mal y alguien pensaba que el perfume procedía del culo de alguno de los participantes en el juego, todos, poniendo cara de inocentes (observando con atención, en las distintas caras se podía ver un buen abanico de expresiones de disimulo), todos, digo, nos apresurábamos a negar habernos follado, haber dejado caer la bomba fétida.
Y si de buenas a primeras no estaba claro quién había sido el atrevido (propia confesión, delator rubor de cara, algún chivatazo cercano...), la cosa se solucionaba por unos medios que, aunque no muy científicos, por aquellos entonces se nos ofrecían con claras garantías justicieras. Entre estos medios destacaban dos.
El primero en ser aplicado (siempre se le ocurría a alguien dispuesto a esto y a mucho más) consistía en oler el culo a todos y cada uno de los componentes del grupo; insisto, siempre había quien por su cuenta comenzaba a oler cada uno de los culos para ver si detectaba quién había sido el infractor, el insolente retador. También es cierto que, como él no podía oler su propio culo, de esta forma podía ocultar su culpabilidad caso de que así fuera.
Si este método no funcionaba convincentemente («has sido tú»; «yo no he sido»; «aquí está, aquí se huele»...) y el infractor no aparecía, se optaba por un sorteo a «ritmo de marcha» que —entonces así nos parecía— descubría inequívocamente al culpable, al individuo que inmediatamente aparecía ante el grupo como merecedor de una lluvia de pescozones que sus compañeros de juego le dejaban caer. En el sorteo, el director de la rifa iba señalando con el dedo índice —marcando el «pulso» musical— a cada uno de los candidatos a «culpable», mientras recitaba rítmicamente el siguiente texto:
«Pan torrao, huevo asao,
quién ha sío el tio cochino
que se ha follao»
Para aprovechamiento de quienes puedan leerla musicalmente, a continuación les pongo la versión rítmica más conocida de este texto, la que, según mi recuerdo, y algún otro cosultado, fue más utilizada:
Me he referido a la versión más usual porque este recitado rítmico tenía su intríngulis, su truco, pues quien lo llevaba a cabo —el espabilao de turno— tenía la opción —con el consentimiento implícito de los demás— de distribuir algunas de las sílabas de la prosodia según sus conveniencias, con lo cual prácticamente casi podía elegir quién era el perdedor o, por lo menos, esquivar él el marrón evitando que en el sorteo le tocara la última sílaba.
He aquí algunos ejemplos de distribución silábica en el enunciado rítmico:
Que se / ha / fo / llao
Que se / ha / fo / lla / o
Que / se / ha / fo / lla / o
Al final siempre pagaba alguien poco apreciao.

viernes, 14 de julio de 2017

El Barras (y 2)

El Barras era especial con sus clientes, supongo que sobre todo con los buenos clientes. Cuando escuchaba a lo lejos la pitada cómplice de un vehículo que se acercaba a la altura del quiosco (recuerden: la Nacional 340, la carretera general Murcia-Alicante, con mucha circulación entonces), pronto identificaba al individuo que lo conducía y que, si había tráfico muy denso, no tenía siquiera que detenerse, pues Antonio le lanzaba un cartón de Winston, Marlboro, Chesterfield... —el preferido del cliente—, se lo introducía por la ventanilla mientras le decía «tira, ya lo pagarás».
En los más inmediatos alrededores del quiosco eran celebrados con bombo y platillo por el Barras y sus amigos determinados acontecimientos, entre los que destacan como más sonados los balompédicos, pues Antonio, muy aficionado al fútbol —era del Barça: un cérrimo—, celebraba sus victorias —y las derrotas de sus máximos rivales— a lo grande, por todo lo alto, pero sobre todo con originalidad, con apuestas e ingeniosos espectáculos, como el rezo que le era impuesto a modo de penitencia al forofo perdedor; para ello había en el «almacén» del Barras un reclinatorio —sí, de los de la iglesia— y un rosario, y con ellos, arrodillado en el primero y con el segundo entre las manos, el penitente perdedor de turno tenía que rezar o simular que rezaba, en los días siguientes a los partidos, a primeros de semana normalmente.
Cuando nuestro paisano Vicente Carlos Campillo obtuvo el carnet de entrenador de fútbol (me surge una mínima duda sobre si fue entonces o si fue cuando de su mano el Real Murcia subió a primera), el acontecimiento fue celebrado cortando la circulación en la carretera nacional. La fila de coches que venía de Alicante la detuvo el propio Barras haciendo el alto a los vehículos con una infantil pala playera de plástico, y la fila de coches que venía de Murcia la detuvo su compadre Soto, otro célebre personaje al que llamábamos el Capitán Veneno, que había sido caballero legionario y del que algunos jóvenes de entonces aprendimos el himno de los de la cabra. Y todo esto del  corte de la circulación, se preguntará más de un lector, ¿para qué?, pues para que Vicente Carlos, flamante y pronto exitoso entrenador de fútbol, en esos pocos segundos que duraba el parón de tráfico, «se pegara» una acrobática voltereta en medio de la carretera, voltereta premiada con una salva de aplausos de los allí presentes para la ocasión: circo en estado puro.
Siendo yo jovenzuelo, en alguna ocasión presencié cómo el Barras, muy generoso, hacía de banquero prestamista con algún amigo mío. Me consta, además, que este amigo mío no era el único «cliente» prestatario que tenía, y que, al contrario que hacían las distintas entidades bancarias, Antonio prestaba sin cobrar intereses: desinteresadamente, nunca mejor dicho.
Como para él el estudio debía ser una tarea derretidora de sesos, me «aconsejaba», a su manera, que no estudiara «tanto», que no era bueno, y me decía, simulando tocar la flauta de manera grotesca, que si seguía así «acabaría loco, como el tío nosequién —nunca supe de quién me hablaba—, que terminó en lo alto de una morera y con una sartén al hombro».
Cuando la vida le vino mejor, me acuerdo, le gustaba salir, como él mismo te decía, preparao —de dinero, se entiende—, y comer «bien», como te contaba después con detalle. En una ocasión me dijo que mi hermano —buen amigo y guía suyo en las «salidas»— lo había llevao «cal Rigan» (con el apellido del presidente estadounidense se refería a un restaurante cercano a la costa regentado por un extranjero, un belga, Míster Roland) y que «cal Rigan», me siguió contando, se había comido «un mendrugo de carne así», y me mostraba con satisfacción el puño como referencia del grosor del trozo de carne comido.
Después, pasado el tiempo, supe que andaba muy delicao; me enteré por mi hermano, que, tras algunas visitas a su casa y al hospital, me informaba de su evolución. Tras su muerte, siempre que por cualquier circunstancia me viene a la cabeza su imagen (asociación de ideas, alguna conversación, el encontrarme con algún libro o disco comprado en el quiosco...), lo recuerdo con afecto: sit tibi terra levis, Barras.

viernes, 7 de julio de 2017

El Barras (1)

Antonio Morga, de El Siscar, el Barras, un hombre duro, que se había criao —decía él para mostrar su rocosidad— corriendo descalzo por «carrizos de punta» que —aseguraba— no punchaban a sus pies encallecidos; que había estado trabajando en Alemania, de donde había vuelto con una enfermedad, de resultas de la cual le había quedao una mala secuela, la imposibilidad del trabajo físico duro, pero también —todo no iba a ser malo— una paguica de por vida.
De estatura media, delgado, de aparente —solo aparente— aspecto muy serio, incluso hosco; pescuezo delgado, largo y recto; la piel de la cara, en la zona de las mejillas, un poco rojiza debido a unas venillas, y una calvicie avanzada que Antonio cubría indiferentemente con gorra o sombrero, dependiendo sobre todo de la ocasión, de si estaba trabajando o salía «de fiesta», por ejemplo, a comer a algún restaurante con su mujer y algún otro matrimonio amigo.
El Barras tenía un diminuto quiosco de madera pintado de color verde, que, posteriormente, cuando las cosas le fueron mejor, fue sustituido por uno más moderno de aluminio, aunque también pequeño. El quiosco quedaba muy bien situado en el centro del pueblo, en la zona más comercial, junto a la orilla de la carretera, en el mismo lado y a menos de cincuenta metros de la plaza de la iglesia.
Y en su mínimo quiosco, Antonio vendía los periódicos locales de entonces —La verdad y Línea—, venta que poco a poco fue ampliando con algunas revistas y, sobre todo y muy importante, con la de tabaco, que conseguía de contrabando —rubio americano, negro cubano...—, un género muy valorado por muchos fumadores de entonces, yo entre ellos: Winston, Marlboro, Craven “A”, Partagás, H Upmann... ¡¿Cuánto frío debió pasar en las heladas madrugadas de invierno para tener preparada la prensa a primera hora?!
Con el tiempo utilizó como ampliación del negocio, a modo de almacén, un bajo desocupado que había tras el quiosco, casi pegado a él. En este local, que hacía años había sido un bar y aún conservaba la barra al fondo, tenía Antonio espacio sobrado para las revistas, los coleccionables, el tabaco —escondido—... y, con el tiempo, hasta para un depósito refrigerador con cervezas y refrescos que, decía él, eran para los amigos, y, por lo que pude comprobar, realmente eran para los amigos: no te cobraba. Llegabas, te sentabas en una de las sillas que para la ocasión tenía, te ofrecía una cerveza y cuando pretendías pagarla te decía que guardaras tu dinero —«¡ande vaas!»—, que aquello lo tenía allí para los amigos.
Todavía tengo fresco en la memoria lo que tuve que insistir, el follón que tuve que darle, cuando comenzó a editarse El País, las veces que se lo tuve que pedir para que lo trajera y comenzara a venderlo en el quiosco. Hasta entonces yo me desplazaba a Murcia para comprar tan preciado bien, aunque no todos los días; después, entonces sí diariamente, durante muchos años lo adquirí en el quiosco del Barras. Allí me hice también con preciosas joyas de la música y la literatura, con colecciones completas de fascículos (Historia de la literatura española e hispanoamericana), de fascículos y discos (Los Grandes Compositores, Los Grandes Temas de la Música...) y de libros (Biblioteca Básica Salvat, Obras Maestras de la Literatura contemporánea —Seix Barral—, Colección de Literatura Universal Bruguera...).
No se le daba muy bien la escritura y tampoco las cuentas; por ello y por la confianza que tenía conmigo, periódicamente me pedía —no creo que yo fuera el único en hacerlo— que le ayudara en la devolución del material pasado de fecha: periódicos, revistas, coleccionables... A veces, me veía llegar y sin preludio alguno me decía: «coge el bolígrafo y apunta», y ya sabía yo lo que tenía que hacer: tomar nota de la cantidad de ejemplares que iba a devolver y que ya tenía él preparados, desperdigados en montoncitos por el suelo; me iba dictando: «2 de Hola, 3 de Diez minutos, 1 de Triunfo, 1 de Los Grandes Compositores...»; y así.
Casi siempre a mediodía, tras una mañana de trabajo en la escuela, quien esto escribe llegaba a por El País y muchas veces pillaba a la familia comiendo en el bajo-almacén; lo normal era que el Barras me dijera que me sentara a comer con ellos —«Victoria, ponle un plato de guisao», le decía a su mujer—; y, lo mismo que con la bebida para los amigos, no lo decía por cumplir, lo decía de verdad; y yo, que lo sabía, más de una vez comí con ellos. También hubo una temporada que, para quienes se lo encargábamos, Antonio traía pan casero, de horno moruno, comprado en un apartado lugar de la huerta al que, por cierto, alguna vez lo llevé yo, pues él estuvo mucho tiempo sin coche y, creo, sin carnet. Volvíamos con medio saco de pan, metía la mano, sacaba uno, me lo entregaba directamente en la mano y decía «tira, ya te puedes ir»: era su manera de darme las gracias.
Continuará.

viernes, 30 de junio de 2017

Nátali

La he visto recientemente muy embarazada, otra vez, pues ya fue madre hace unos años. Y es una niña todavía.
La recuerdo siempre aniñada. Menuda, muy menuda, mínima; rubia, de piel muy blanca y cara infantil, muy infantil incluso ahora que han pasado ya unos cuantos años. Lo de la cara infantil tiene cierta lógica porque sigue siendo muy joven, además de que el recuerdo que de ella tengo viene del colegio, cuando aún era más joven, mucho más joven: ya digo, una niña; por lo tanto, su cara, su cuerpo, toda ella, en mi mente... muy infantil.
Hasta no hace mucho la veía con cierta frecuencia; al fin y al cabo el pueblo no es tan grande y, además, como ella tiene un niño pequeño, frecuentaba algunos de los parques y jardines a los que también iban mis nietas, a quienes, por otro lado, yo visitaba. Pero últimamente estaba tiempo sin verla. Así que... hace unos días, cuando me la encontré, me sorprendió su enorme barriga, más grande que ella, y su ombligo en extremo sobresaliente bajo un ceñido vestido de punto: una niña embarazada, pensé.
Para que se hagan una idea de cómo es, les voy a contar una anécdota que me viene a la memoria cada vez que la veo, una escena de cuando ella estaba en el colegio. Es el recuerdo escolar más nítido que de ella mantengo en la cabeza, quizás debido a lo que me sorprendió entonces. Antes les diré que en la escuela, estando ya en un curso de los últimos de Primaria, Nátali necesitaba apoyo, por lo que en determinadas clases tenía que salir de su aula para ser atendida por profesorado especializado.
Era yo maestro entonces en ese mismo colegio en que estaba nuestra protagonista, y un día que ella estaba recibiendo una de esas clases de refuerzo, a cargo de uno de mis compañeros de claustro, entré en el aula y, para darle ánimos, me interesé por cómo iba. Su profesor en ese momento, para demostrarme lo que la alumna sabía y que yo me hiciera una idea de lo que era capaz, delante de mí le preguntó cuántas eran dos por tres; ella, queriendo quedar bien ante mí, nerviosa, dando saltitos, se puso a golpearse las manos, palmeando sin ritmo alguno, al tiempo que decía atropelladamente: «¡no me lo digas, no me lo digas que me lo sé!»; repitió esto mismo varias veces, cerró los ojos, pensó, repensó y contestó...: un disparate.
Pertenece a una familia gitana de «buena gente», una familia integrada y arraigada —para muchos, a su manera— en el pueblo; pero, escolarmente, todos los componentes que yo he conocido de dicha familia, uno tras otro —tuve en mi tutoría a algún otro miembro—, han sufrido un notable fracaso escolar.
Mi nuera, que ocasionalmente ha charlado con ella en parques y jardines, me confirma lo del nuevo embarazo al que me he referido más arriba y me amplía la información: que sí, que Nátali ya no vive con la pareja de antes, que ahora tiene otra, que el embarazo actual es de esta otra pareja, la de ahora, un chico que, dice la niña-madre, es mejor que el anterior, que este sí que sí, que...
Y ha sido el volverla a ver hace unos días, muy, pero que muy embarazada, cuando me ha venido todo esto a la cabeza.

viernes, 23 de junio de 2017

Sillines y bombones

¡Ah, la memoria! ¿Se acuerdan algunos de ustedes de La Codorniz, «la revista más audaz para el lector más inteligente», según se autoproclamaba ella misma?; seguro que algunos sí; era famosa por sus «cierres», mejor dicho, por sus secuestros —como después serían también secuestradas de vez en cuando otras grandes publicaciones periódicas: Triunfo, Cuadernos para el diálogo, El Papus...—, secuestros debidos a la censura que el régimen dictatorial de Franco mantenía sobre las publicaciones díscolas de la época.
Sí, muchas veces me contaron —nunca vi entonces la imagen en cuestión— que fue en la portada de La Codorniz donde apareció, y lo cierto es que en mis neuronas se había posado simplemente como un atrevido planteamiento de un problema de regla de tres; así lo recuerdo:
Sillín es a sillón
como cojín es a «equis»
y me importa tres «equis»
que me cierren la edición.

Y ahora, no hace tanto, me encuentro en Internet una reproducción de la famosa portada de la revista, que, ciertamente, lo pone de otra forma, aunque en esencia dice lo mimo.
Bombín es a bombón
como cojín es a X
y nos importa tres X
que nos secuestren la edición...

Véanlo:


Sillín, sillón, bombín, bombón… ¡qué más da!

viernes, 16 de junio de 2017

Yo te daré, Shostakovich

Aunque ese curso no era alumna mía, recibí un correo de Encarni pidiéndome opinión sobre si John Lennon y Paul McCartney, en Hey Jude, pudieron haber copiado un fragmentito melódico de una obra española conocida como Fandanguillo de Almería. Por lo visto, Lennon, que estuvo en Almería en 1966, sí pudo haber escuchado el fandanguillo y habérsele quedado en su oído —léase cerebro— algún giro, algunas notas que aprovecharía posteriormente, como hace cualquier compositor.
Para que me hiciera una idea, Encarni me mandó un enlace a un vídeo de Youtube —«Hey Jude y la conexión entre John Lennon y Almería»—; lo vi, lo escuché —y algún otro que encontré sobre la cuestión— y llegué a la conclusión de que muy bien pudiera haber ocurrido eso que se plantea en ellos, pues así funciona la composición; uno deja plasmado en sus obras lo que tiene en el oído —perdón, en el cerebro— y a veces no es consciente siquiera de que lo está «tomando prestado» de una obra escuchada poco o mucho tiempo antes; simplemente, le sale —le viene a la cabeza, y le vale— en un momento determinado, y ahí queda plasmado lo que algunos denominan plagio.
Y esto me llevó a recordar una situación parecida, la de Dmitri Shostakóvich y la famosa canción Yo te daré. También —con el «parece» delante— Shostakóvich pudo estar influido, en un fragmento del “Vals n.º 2” de su Suite de Jazz nº2 (sí, de jazz, aunque no corresponda a la idea que tenemos del Jazz), por la canción popular Yo te daré, que podría haber escuchado el compositor a algunos niños españoles de los varios miles enviados a partir de 1937 desde la España republicana a la URSS, debido a la guerra civil española, a la tan temida —por los republicanos, y con mucha razón como se pudo comprobar después— victoria franquista.
Niños españoles parten para la URSS
Si tenemos en cuenta que Shostakóvich compuso la suite en 1938, no parece tan desacertada la idea de contagio —voluntario o involuntario—, pues es posible que ya anduvieran por allí los niños republicanos españoles, que, probablemente, cantarían y tararearían la conocida canción ♪♫Yo te daré,te daré niña hermosa... Y como se trata de un fragmento melódico muy pegadizo, el oído atento del «bueno de Dmitri» —como en algún momento me lo calificó mi amigo Pedro Grau—, se quedaría con la copla, que se suele decir, y nunca mejor, aunque sea con parte de la copla.
En nuestro país, la canción Yo te daré se popularizó y fue cantada, con una letra ambigua y festera, por tonadilleras —La Pitusilla—, grupos pop —Los Stop—, agrupaciones de tunos...
Yo te daré,
te daré, niña hermosa,
te daré una cosa,
una cosa que yo solo sé:
¡café!
Y el famoso Vals n.º 2 de la Suite de Jazz nº 2 de Shostakovich ha sido utilizado en cine, por ejemplo, por el musicalmente exigente Stanley Kubrick (La naranja mecánica, 2001: Una odisea del espacio, Barry Lyndon...), que lo hace en Eyes Wide Shut, —con Nicole Kidman y Tom Cruise—, donde utiliza la interpretación de Ricardo Chailly con la Royal Concertgebouw Orchestra; Abonico les ofrece, sin embargo, la de Mariss Jansons al frente de The Philadelphia Orchestra.
Adenda.- Ya terminada la entrada, encuentro en el blog Ancha es mi casa (21-11-2015) un interesante y para mí sorprendente artículo: «El famoso vals de la Suite de Jazz nº 2 de Shostakovich no existe» del que les pongo este párrafo:
Hace ya casi un año, un amable visitante apodado Yeyico me puso al día: El vals que se conoce y seguramente se seguirá conociendo por los siglos de los siglos como Vals nº 2 de la Suite de Jazz nº 2 y que popularizó Stanley Kubrick en Eyes wide shut, pertenece en realidad a una obra muy posterior llamada Suite para orquesta de variedades, que no es sino una colección de piezas procedentes de otras obras, principalmente bandas sonoras, recopiladas por Shostakovich después de 1956: Es en esta suite, y no en la de Jazz nº 2, donde se halla nuestro conocido Vals nº 2. […]
¡Bueno...!, qué quieren que les diga, siempre estamos a tiempo de aprender algo nuevo, o de modificar lo aprendido. Y, la verdad, tampoco es que este hallazgo cambie la esencia de los argumentos expuestos en este artículo.

jueves, 8 de junio de 2017

El moñigo por la trompa

Pocas veces ibas a Murcia —la capital— cuando eras pequeño, a no ser que estuvieras enfermo, necesitases un médico especialista y, ¡claro!, tu familia se lo pudiera permitir en aquellos tiempos. Así que pasaban los meses, incluso los años y no te llevaban tus mayores a la ciudad.
Los casos fuera de la medicina se podían contar con los dedos de una mano: te llevaban para los exámenes de los distintos cursos de bachiller —una vez al año, y solo a los poquísimos chavales que estudiábamos—, te llevaban para hacerte las fotos de la primera comunión —igualmente, solo a algunos—, y ocasionalmente para comprarte ropa; también, alguna vez, a la feria de septiembre…; y, una sola vez en mi caso —a comienzos de 1960, próximo a cumplir los nueve años— me llevaron a Murcia, ¡de noche!, a ver una película, Los diez mandamientos, para lo cual «sacó» mi padre un taxi —el del Esteban— y fuimos toda la familia al cine Rex, en el que estuvo la peli en cartel siete semanas, para ver «religiosamente» cómo Moisés —Charlton Heston— desafiaba el poder del faraón —Yul Brynner—, separaba las aguas del Mar Rojo y conducía a su pueblo a través del desierto.
Cuando esto ocurría —no lo de la separación de las aguas sino el tener que ir a Murcia—, si se enteraba algún adulto conocido —frecuentemente un vecino o un cliente habitual de la tienda de mi padre—, la pregunta y el consejo eran automáticos:
—¿Vas a Murcia?
—Sí.
—Pues, mucho cuidao, no te vayan a restregar un moñigo por la trompa; mantén la boca bien cerrá.
Busco en Vocabulario del dialecto murciano, de Justo García Soriano; en él dice que moñigo es boñigo. Entonces voy al DRAE, que dice que boñigo (de boñiga) es “cada una de las porciones o piezas del excremento del ganado vacuno”. No suficientemente contento, sigo buscando, ahora en WordReference, que extiende más generosamente el significado de boñigo y se acerca a mi concepción: “cada porción del excremento del ganado vacuno o caballar”. Pero es Diego Ruiz Marín, en su Vocabulario de las hablas murcianas, quien coincide con lo que desde niño tengo en la cabeza como moñigo, que es “boñiga, excremento de las caballerías”.
Así que, al principio, cuando te llevaban a Murcia, tú andabas preocupado por lo del moñigo por la trompa, pero con el tiempo te dabas cuenta de que decirte eso no era más que una broma que se solía gastar para tomar el pelo a quien estaba poco acostumbrado a viajar a la capital.
Mi reflexión, posteriormente, ahora, es que eso, lo del moñigo, había de obedecer a alguna razón, debía tener algún sentido, una base real; pienso que tuvo que salir de alguna costumbre, de alguna broma bárbara —como la animalada de hacer el aparejo—, una broma de muy mal gusto —del estilo de las contadas por Gila sobre los mozos del pueblo en fiestas—, una verdadera “faena” que los de la capital harían a huertanos y pueblerinos de los alrededores cuando estos llegaban, poco acostumbrados y algunos algo asustados, con la boca abierta, a las puertas de la ciudad.
Como, además, en aquellos años abundaban los burros, mulas y caballos, los moñigos estaban en la calle al alcance de cualquiera, y, conociendo al personal, no es de extrañar el abuso, la crueldad, las risas y, sobre todo, el mal trago que pasaría el embromado.
Me imagino la escena.