SECCIONES

viernes, 21 de abril de 2017

Saber sin estudiar

Saber sin estudiar es un epigrama de Nicolás Fernández de Moratín (1737 – 1780), abogado, poeta, prosista y autor teatral madrileño, partidario y seguidor en su época de la dramaturgia francesa y muy interesado por el tema de los toros. Fue el padre —quizás su mayor mérito— de Leandro Fernández de Moratín, el más importante autor de comedias (El sí de las niñas, La comedia nueva) dentro de nuestro mediocre teatro neoclásico.
Un epigrama es (Lázaro Carreter, Diccionario de términos filológicos, Gredos, 1977) «una composición poética breve, en que, con agudeza y precisión, se expresa un pensamiento festivo o satírico». Puede estar compuesto con variados tipos de estrofas: dos redondillas, dos quintillas, una décima u otras combinaciones. Véanlo en Saber sin estudiar:
SABER SIN ESTUDIAR
(Epigrama)
Admirose un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supieran hablar francés.
“Arte diabólica es”,
dijo torciendo el mostacho,
“que para hablar el gabacho,
un fidalgo en Portugal
llega a viejo y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho”.
Nicolás Fernández de Moratín
Yo veo en Saber sin estudiar un chiste en el que un castizo se extraña de que los niños franceses, desde pequeños, sepan hablar en francés, mientras que aquí en su país — Portugal en el epigrama— no hablan esa endiablada lengua ni los más mayores.
Y el chiste que veo en Saber sin estudiar me recuerda otro ya viejo en mi memoria, el del bruto que le dice muy serio y admirado a un colega: «¡Joder, tío, qué suerte hemos tenío con nacer aquí en España; mira que si llegamos a nacer en Alemania, Inglaterra o… Francia sin saber hablar na de alemán, inglés o... francés!».
A continuación les pongo a Niña Pastori uniendo música y literatura en El portugués (tanguillos). Vean cómo la cantaora flamenca utiliza, cambiando un poco la letra, el epigrama de Nicolás Fernández de Moratín.



viernes, 14 de abril de 2017

El tío Jolines

El hombre volvía de faenar en su roalico de tierra. Bastante mayor ya, subía, montado en su bicicleta, pedaleando lentamente, la pequeña cuesta de entrada al pueblo, y ya en él se encontró con un grupo de chiquillos y mozalbetes jugando a la pelota en una replaceta. Como venía muy cansado, paró, dejó la bicicleta inclinada contra la pared de una de las casas que rodeaban el improvisado campo de fútbol, utilizando como punto de apoyo el haz de yerba que llevaba en el portaequipajes, encendió un cigarro, se acuclilló contra la pared de la vivienda y se dispuso a descansar mientras pasaba el rato viendo jugar a los zagales.
La mala suerte quiso que en uno de los rifirrafes del partido el balón saliese rebotado con fuerza y diera a nuestro personaje un buen golpe en pleno rostro. Él, sin pensarlo, de forma refleja, soltó un «agudo» mecaguendiós que le salió de lo más hondo. Los jóvenes causantes del pelotazo fueron hacia él, se acercaron preocupados, lo rodearon, le preguntaron cómo se encontraba y le pidieron perdón. Aquello no fue a más... por el momento.
Pero, no se sabe cómo, la noticia llegó donde no tenía que haber llegado, pues lo hizo a oídos de las autoridades encargadas de velar por las «buenas costumbres» en el pueblo. Y la que llegó a dichas autoridades no fue la noticia del pelotazo, sino la de la cagada, algo considerado por nuestros mandamases de entonces una imperdonable blasfemia, una ofensa al altísimo.
Lo cierto es que el pobre hombre fue llamado al cuartel de la Guardia civil y allí —por blasfemo, dicen que le dijeron— lo «arreglaron» —más bien lo «desarreglaron»—, y lo hicieron de tal forma, según se cuenta, que desde entonces y mientras vivió, públicamente, de su boca jamás volvió a salir algo más fuerte, de más enjundia, que jolines; por eso se quedó con «el tío Jolines» como apodo.
Recordemos que el primer condenado por el TOP, Tribunal de Orden Público, [...] fue un hombre que estando borracho en un bar se cagó en Franco en voz alta. Le cayeron diez años [...] (El Gran Wyoming: ¡De rodillas, Monzón!, Planeta, 2016, pág.117).
A partir de aquel momento «cuartelero» nuestro personaje se reservaba solo para ámbitos privados, muy privados, una expresión con la que trataba de descargar su perenne cabreo por la vejación sufrida; era entonces, ocasionalmente, cuando —y, subrayo, únicamente en soledad o con gente de la más absoluta confianza— se despachaba a gusto: se cagaba en la semana de los caramelos.

viernes, 7 de abril de 2017

Inválidos del habla

Voy de compras al supermercado y en el camino me encuentro con unos jóvenes, unos muchachotes que salen de un gimnasio: gente atlética, cuadrada, con una musculatura sorprendente, que me trae a la memoria una reflexión de Pedro Salinas (1891-1951), agudo prosista, además de excelente poeta —Generación del 27—, que es por lo que más se le conoce.
[…] Hay muchos, muchísimos inválidos del habla, hay muchos cojos, mancos, tullidos de la expresión. Una de las mayores penas que conozco es la de encontrarme con un mozo joven, fuerte, ágil, curtido en los ejercicios gimnásticos, dueño de su cuerpo, pero que cuando llega al instante de contar algo, de explicar algo, se transforma de pronto en un baldado espiritual, incapaz casi de moverse entre sus pensamientos […] (Pedro Salinas: El defensor, Alianza Editorial, 1986, pág. 283). 
Y al leer «baldado espiritual» pienso en la relación entre muleta y muletilla. Muleta, para el inválido de las piernas, de la cadera, de…; y muletilla, para el inválido del habla. Parece evidente que muletilla viene de muleta y que el inválido del habla necesita muletillas: suele ser un muletillero.
Muletilla es, para el diccionario de la Real Academia Española, «voz o frase que se repite mucho por hábito», y para el María Moliner, «palabra o expresión de las que se intercalan innecesariamente en el lenguaje y constituyen una especie de apoyo en la expresión».
Las muletillas son frecuentes —demasiado, por desgracia— en la lengua oral, sobre todo en la coloquial: debe hacerse un esfuerzo para evitar su uso excesivo, y deben excluirse totalmente en la lengua escrita y en registros formales de la oral —académicos sobre todo—, si no es imitando en la ficción o en ejemplos de estudio.
Unos cuantos ejemplos: ¿vale?, y así, valga la comparación, ¿sabes?, mira, escucha, fíjate, ¡vaya tela!, ¿no?, ¿estamos?, ¿me entiendes?, por así decir, quiérese decir, ¡qué quieres que te diga!, pues nada, y tal y cual, y demás, (hace poco he escuchado, unidas en una sola, estas dos últimas: y tal y cual y demás), ¿verdad?, obviamente, efectivamente, tío, acho, picha, tronco… 
En mi tierra, el inválido del habla utiliza mucho el taco o el pseudotaco como muletilla, como apoyo constante. Su uso es exagerado, con claridad o velado por la censura —autocensura—, siempre dentro de una enorme riqueza santoral y con distintas y ricas, yo diría riquísimas, entonaciones:
Cagüendiós, mecagüendiós, cagüenelcali, mecagüenelcali (con cierta frecuencia, en todos los casos anteriores, con el acento marcado en la sílaba «ca» de la palabra cagar: cágüendios, mecágüendios...). Seguimos con las cagadas: en el copón, en la Virgenen san Dios, en San Diego Pino (¿derivado de San Dios?), en el que no cree en Dios, en el que no cree en Dios y va a misa, en la Virginia Mayo (¿sustituta de la Virgen?), en la semana de los caramelos, en la cochera del copón, en la púa del almanaque (estas últimas, tradicionales y producto jocoso de la censura franquista)…
Para el tullido de la palabra, el hábito del apoyo muletillero y la pobreza de vocabulario son tales que le es muy difícil —imposible— decir una frase sin recurrir a las muletillas, algunas de las cuales se ponen de moda y se generalizan, hasta que con el tiempo se «desgastan» y caen en desuso, siendo sustituidas por otras más modernas. Hay personas con tal grado de invalidez locutiva que es frecuente escucharles tres muletillas en una frase de cinco o seis palabras.
Lo que observamos, si prestamos atención, es que los hablantes muletilleros —algunos de ellos eternos aspirantes fracasados a emisores precisos en la comunicación— no tienen claro lo que quieren decir, o que, incluso teniéndolo, no encuentran los términos para hacerlo, pues carecen de las herramientas necesarias, y entonces… pues eso... la muletilla, hablan en verso, como en La balada de los miserables, de Aníbal Malbar, Akal (2012), pág. 51:
—Coño, joder, hostias, Tirao, pero ¿has visto, mierda puta? La madre que me parió.
—No me hables en verso, Palomo, que me despisto.
«Pues… eso, joer, tío… cágüento, que no me salen las palabras, mecagüen..., tú m’entiendes, ¿vale?».
«Vale».

viernes, 31 de marzo de 2017

Burlan Cáster

Entonces no te fijabas en que el nombre escrito era Burt Lancaster, y, además, aunque te lo hubieran puesto delante de los ojos aumentado, gigantesco, no hubieras sabido cómo se pronunciaba. Realmente te entraba por el oído, tú oías a tu alrededor Burlan Cáhteh, así, casi como está escrito, y así lo pronunciabas, como todos los niños —y mayores también—; nada de Bart Láncaster, que eso serían florituras de listillos, mal vistos entre los comunes.
Burt Lancaster
Nuestra peculiar pronunciación murciana de la supuesta palabra cáster no articula claramente la «s», sino que abre la «a» que la antecede, al tiempo que prepara ya la «t» que viene a continuación; tampoco articula la «r», y, a cambio, también, abre la «e» precedente. Al final, lo dicho, Caster se transforma en Cáhteh —o Cátteh—, sobre todo en oídos de inmaduros e iletrados. Y así, Burlan Cáhteh (pronúnciense llanas las dos palabras), es como sonaba finalmente.
Y castecahte o catte: observen la riqueza fonética de la zona— era, en el pueblo, para los niños de aquellos tiempos, sinónimo de puñetazo.
caste. m. Puñetazo. (Diego Ruiz Marín, Vocabulario de las hablas murcianas, Diego Marín, Murcia 2007).
De forma que lo que creíamos el apellido cuadraba perfectamente con la imagen del personaje que teníamos en nuestras tiernas cabecitas, resultando así que Burlan Cahteh era en nuestro subconsciente Burlan Puñetazos, que menudos los propinaba el actor en muchos de los papeles que interpretaba.

viernes, 24 de marzo de 2017

Mono sapiens

En la prensa son frecuentes a final de año los resúmenes que tratan de englobarlo. En artículos de los medios que suelo leer he visto subtitulado de manera variopinta el año dejado atrás, y he apreciado las tintas cargadas por el pesimismo, calificando 2016 como una ciénaga, un año de mierda, tanto local como internacionalmente, aunque con matices. ¿Por qué? Pues... aquí van unos cuantos «argumentos» que aparecieron en esos artículos:
  • A nivel internacional: la elección de Trump en EE.UU., el triunfo del Brexit en Reino Unido, el rechazo en referéndum al acuerdo de paz en Colombia, el alarmante auge de la ultraderecha en Occidente, guerras y bombardeos, terrorismo, drama de los refugiados...
  • Y localmente, sobre nuestro país, se hablaba del año de la polarización de la desigualdad, que no ha disminuido, sino aumentado, y en la que España destaca; el año de la impunidad, en el que la corrupción ha sido «perdonada» por demasiados votantes, y el PP sigue gobernando; el de la pobreza que se ceba en los parados y alcanza incluso a muchos de los que tienen trabajo, precario y mal retribuido; ha sido el año del ordeno y mando y no me rechistes —mordaza—; el del robo a pajera abierta, con tramas que ponen los pelos de punta, incluyendo una de tarjetas negras como boca de lobo; el año en el que en determinados juicios se iba a tirar de la manta, pero...; el del terremoto en el PSOE; el del triunfo del populismo... de los de enfrente, ¡claro!; el año en el que la cultura siguió esperando —IVA cultural, canon digital—; el año, en definitiva, del triunfo de la mediocridad, por utilizar un sustantivo suave.
Ya sé que antes del homo sapiens no hubo mono sapiens, pero a mí se me ocurre reivindicar el uso de ese inexistente escalón en la clasificación «homínida» para nombrar a muchos de nuestros contemporáneos, por lo menos a aquellos que muestran unas determinadas pautas de conducta que favorecen los horrores a los que nos referíamos antes.
Mi pregunta —retórica— es: ¿qué somos, homo sapiens o mono sapiens?, ¿a cuál de los dos estadios evolutivos nos acercamos más, al primero o al segundo? Antes de contestar, sobre todo quienes tengan dudas, échenle un nuevo vistazo a la enumeración de barbaridades descritas en los primeros párrafos, serie que ustedes pueden personalizar ad libitum:

viernes, 17 de marzo de 2017

Rondó ABACA

Tengo mi propio método de flauta, pero comencé, lógicamente, con uno ya consagrado al que debo muchas ideas, quizás lo esencial del mío. Suelo referirme a él como el Ricordi, porque es el nombre de la editorial que lo publica; también utilizo como referencia los nombres de sus autores, Judith Akoschky y Mario A. Videla. Su título es Iniciación a la flauta dulce, y lo componen tres cuadernos (tomos I, II y III).
Antes de decidirme por el Ricordi había probado con el método de Luis Elizalde, también en tres volúmenes, cuyo máximo valor estribaba —para mí— en estar basado exclusivamente en el rico legado folclórico español, pero pronto me di cuenta de mis preferencias pedagógicas y cambié de guía: no me arrepentí.
En el primer tomo del método de Akoschky y Videla, uno de los ejercicios propuestos lleva por título «Rondó (A B A C A)», escrito exactamente así. Y todavía recuerdo las veces que mis alumnos, a lo largo de muchos años, me preguntaron: «maestro, ¿tocamos el rondó abaca?», como si abaca fuera el título del rondó. Yo, lógicamente, aprovechaba para explicar lo que significa eso de ABACA, letras que ahora quiero utilizar para contar aquí en qué consiste la forma Rondó, que tanto juego ha dado en la historia de la música.
En la forma rondó —ideal para un reconocimiento fácil en la audición— un tema central (estribillo), generalmente juguetón, alegre, reaparece continuamente —sin modificaciones, casi sin modificaciones, modificado— intercalado entre otros temas secundarios (coplas) que generalmente contrastan con él. Aprovecharemos las letras mayúsculas de antes para representar su estructura, de diversas maneras según distintas variantes:
ABACA (AABACA), ABACAB’A, ABACADA...
(A es el estribillo; B, C..., las coplas)
Se han compuesto muchos rondós a lo largo de la historia de la música, y algunos de ellos han llegado a ser famosos. Uno de los más conocidos debe su popularidad a EUROVISIÓN, que lo adoptó como himno. Bueno, no exactamente: en realidad lo que conocemos como Himno de Eurovisión es solo el estribillo de un rondó que Marc Antoine Charpentier, importante músico del barroco francés, compuso para el preludio de uno de sus cuatro tedeums: el Te Deum en Re mayor, H 146.
Cuando he utilizado este rondó como audición para mis alumnos, me ha parecido una buena idea retarlos.
—Estoy seguro de que todos lo conocéis, me apuesto lo que queráis —comienzo diciéndoles mientras observo cómo aparece la curiosidad en sus caras.
—¿?
—Es de un músico francés del siglo xvii —añado a continuación y veo cómo crece la incredulidad.
—¿?
—¿Os doy otra pista?, ¿queréis saber el nombre del compositor?
—Sííí —responden casi al unísono, pensando que el nuevo dato les abrirá el camino.
—Su autor es Marc Antoine Charpentier —articulo pausadamente cada sílaba del nombre, y percibo cómo se animan a la apuesta.
—¡Venga, maestro, cómo lo vamos a conocer!
—Si alguien, tras escucharlo —les advierto simulando seriedad—, me dice con sinceridad, pero, ¡ojo, con sinceridad! que no lo conoce, pierdo la apuesta y os invito a lo que queráis, en caso contrario me invitáis vosotros a mí.
—¡Valeee! —estallan, con la alegría de quienes están seguros de ganar.
Hay que ver sus caras nada más comenzar la audición, cuando escuchan el estribillo del rondó y lo reconocen. Aun así, todavía alguien, bromeando, se atreve a decir que no lo conoce, pero no cuela. Siempre he ganado la apuesta —y nunca la he cobrado— pues todo el mundo ha oído en alguna ocasión el Himno de Eurovisión.
Vamos a él. Este rondó es muy breve —menos de dos minutos— y muy sencillo. Está formado por el estribillo y dos coplas. En la versión elegida para Abonico, la de William Christie al frente de Les Arts Florissants, antes del rondó propiamente dicho escuchamos una introducción a cargo de los timbales; a continuación suena el estribillo —dos veces (AA), para fijarlo mejor en nuestra memoria—; después escuchamos la primera copla (B); posteriormente, vuelta a lo conocido: de nuevo, el estribillo, ahora una sola vez (A); después viene la segunda copla (C); y por último, como al principio, dos veces el estribillo para terminar (AA). Así que AABACAA.
Atentos al contraste entre las coplas —moderado volumen sonoro y más legato, más abonico— y el estribillo —más fuerte, de ritmo más marcado, más enérgico—; también la instrumentación es diferente: el marchoso estribillo utiliza metales y percusión —trompetas y timbales respectivamente—, ausentes en las suaves coplas, que utilizan cuerdas y maderas.


viernes, 10 de marzo de 2017

Panocho y habla murciana

—Yo siempre lo he tenido claro.
—¿¡Siempre!?; cada vez que oigo la palabra «siempre»... me mosqueo.
—Bueno… ¿siempre-siempre…? no, pero sí desde hace bastantes años; iba a decir que desde que tengo uso de razón, pero de eso tampoco hace tanto, incluso a veces dudo si lo tengo ahora.
—Bueno... ¿y qué es lo que tienes tan claro?
—Pues… que no es lo mismo el habla murciana que el panocho, aunque la gente, equivocadamente, suele englobarlo todo bajo el segundo de los términos.
—¿Es que los murcianos no hablamos panocho?
—¡Pues no!, los murcianos hablamos murciano
—¿Y no es lo mismo?
—No
—Pues eso no es lo que yo oigo por ahí.
—Pues tienes que prestar más atención… a los que saben de qué va esto. Los murcianos hablamos un castellano —o español, como quieras— murciano, y tampoco lo hablamos igual todos los murcianos. Mira, pocos más autorizados para aclararnos la diferencia entre panocho y habla murciana —la de nuestra tierra— que Vicente Medina, el autor de Aires murcianos; ¿sabes lo que dijo?
—Ahora me sales con otro nombrecico; ya quieres liarme. Tú, con tal de dártelas…
—O sea, que no sabes de quién te estoy hablando; ¡¿no conoces a Vicente Medina?! ¡¿no has oído hablar del autor de La Barraca, de Cansera, de Abonico?!, de...
—¿¡Abonico!? ¿¡Como el blog de Pepe Abellán!?
—Sí, como el blog de… ¡eso!
—¡Pues ahora me entero!
—¡No te digo!, ¡menudo mendrugo!; te hablo del gran poeta de Archena, que no escribió en panocho, que lo hizo en murciano, y que en 1933 grabó para el Archivo de la palabra este clarísimo testimonio:
En mi tierra se cultivaba un lenguaje llamado panocho, lenguaje de soflamas carnavalescas, que imitando el habla regional, la ridiculizaba con acopios de deformaciones y disparates grotescos, me indignaba por eso este panocho. Tal indignación engendró mi ansia de reivindicar el lenguaje de mi tierra, que no era, ni es otra cosa que un castellano claro, flexible y musical, matizado con algunos provincialismos de carácter árabe, catalán y aragonés. En toda la región murciana y en parte de la de Albacete, Alicante y Almería, tierras linderas, se habla tanto por la gente fina, como por la gente del pueblo, tal como yo hablo en mis Aires Murcianos.
—¡Vaya!
—¿De acuerdo?
—Totalmente de acuerdo... don Vicente.