He leído hace poco la última novela de Fernando Aramburu, Maite, en la que me parece muy llamativo (por ingenioso, y me identifico con la idea) el símil establecido por uno de sus personajes entre la velocidad con la que sentimos que transcurren nuestras vidas, en según qué tramos de la mismas, y la idem que creemos apreciar en el desalojo del agua contenida en una bañera cuando le quitamos el tapón y dejamos que se vaya por el agujero del desagüe.
Maite, el personaje que protagoniza la novela, en uno de los pasajes de la mima, está hablando con Manoli, su madre, una mujer ya mayor que le dice:
—Qué bonita mañana se ha puesto, ¿no crees?: Hija, lo que yo daría por tener tus años. Practica la gimnasia, aliméntate bien, vigila el peso, haz todo lo posible por llegar lo menos cascada a mi edad. Pensarás: todavía me falta mucho. No te confíes. ¡Si supieras lo rápido que pasa la vida! Imagina que retiras el tapón a una bañera llena. Al comienzo hay tanta agua que da la impresión de que tardará mucho en marcharse del todo. Pero poco a poco el nivel va bajando. Cuando por fin se forma el remolino por encima del desagüe, ya no hay nada que hacer. Yo intento no sentir dentro de mí el maldito remolino.
Aramburu, Fernando: Maite. Barcelona: Tusquets, 2026, pág. 195.
En resumen, Manoli da unos buenos consejos a su hija: que haga gimnasia, que se alimente bien, que cuide el peso y que procure no llegar cascada a la vejez, unos consejos a los que añade la idea de la fugacidad de la vida, de la velocidad con la que transcurre, comparándola con el desagüe de una bañera, que, ciertamente, nos ofrece una visión muy gráfica del paso del tiempo, del que yo, con la situación en que me encuentro (edad, salud, ánimo…), me quedo con la imagen del tramo final, el del remolino.
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