SECCIONES

viernes, 11 de agosto de 2017

¡Qué mal hablas!

—¡Qué mal hábrahh!
—¡Anda que tru!
***
—A la gente de Murcia, a mucha, le cuesta quitarse de encima el complejo de que habla mal, supongo que más aun cuando se compara con las gentes de otras hablas, como las de las dos castillas, y más concretamente, creo, con los castellanos del norte, que son los que tienen fama, sobre todo entre gente ignorante, de hablar bien, de hablar «el mejor castellano», «el mejor español».
—¿Por?
—Porque muchos murcianos confunden hablar bien con hablar con eses, cuanto más silbantes, mejor. Ya de niño, cuando un servidor iba al colegio de monjas que había en el pueblo, mis oídos detectaban con admiración, en las individuas que lo regentaban, algo especial, como más educado y brillante: eran esas eses.
—¡Claro! Eh que loh murcianoh hablamoh sin eseh.
—Sin eses, no. Lo que he oído decir con demasiada frecuencia, y me molesta, es que nosotroh, loh murcianoh, somoh muy brutoh, hablamoh muy bahto, muy mal; y se lo he oído decir a murcianos avergonzados porque no pronunciamos determinadas eses o nos comemos algunas erres o… También es frecuente que muchos de esos murcianos, a continuación de sus lamentaciones, añadan que quienes mejor hablan son los de Valladolid: «esoh sí que son finoh y hablan bien», añaden.
—¿Los de Valladolid?
—Sí, los de Valladolisss son muy fisnos —perdona que exagere mi articulación—, aunque ellos prefieren llamarse de Valladolizzz.
—¡Vaya!
—Sí, justamente los de tráemele que me le coma, los de dala una palmada a la niña en el culo. Mira, en tiempos de la EGB, hubo una maestra en mi colegio que decía que ella era de Valladoliz y que daba clase en oztavo curso.
—Entonces… ¿los de Valladolid no hablan un buen español?
—Pues… unos sí y otros no, creo yo. Mira lo que opinan los del Instituto Cervantes (Las 500 dudas más frecuentes del español, Espasa Calpe, 2013, pág. 18) sobre quiénes hablan mejor español en nuestro país (el resaltado en negrita, menos el de la pregunta inicial, lo he añadido yo):
¿Dónde se habla el mejor español?
No hay ningún país ni región ni ciudad del que se pueda decir que en él se habla el mejor español; ni siquiera se puede decir que en una zona se habla mejor o peor que en otra. Al menos desde un planteamiento riguroso o científico. De hecho, para poder responder adecuadamente a esa pregunta habría que comenzar estableciendo qué se entiende por «el mejor español». Si el lenguaje es básicamente un instrumento para la comunicación, en cada lugar la lengua sirve adecuadamente para que los individuos de esa sociedad se comuniquen entre sí, de modo que los usos que han ido creándose en cada comunidad son los que mejor sirven para los propósitos comunicativos de sus individuos.
Diferente es la perspectiva si atendemos a cómo usan las personas el idioma. En este caso, es evidente que no todos se comportan de la misma manera, ni son igualmente conscientes de la importancia de esta herramienta de comunicación, ni tienen la misma sensibilidad ante ella ni sobre los efectos que su uso puede tener sobre los demás. Por ello, sí es posible decir que un hablante se comunica mejor que otro, que se expresa mejor que otro, que emplea el lenguaje mejor que otro, en definitiva.
La pregunta, por tanto, no es «dónde» se habla mejor sino «quién» habla mejor. El mejor empleo del lenguaje suele ir asociado con el interés personal y también con la formación individual. Y, en este sentido, el modelo de habla considerado culto se sitúa por lo general entre las personas mejor formadas, las que mejor conocen los recursos idiomáticos y las que mejor se sirven de ellos: escritores, periodistas, profesores, etc.
—¡Menuda aclaración!
—Entonces... ¿está claro?
—Sí, eso parece.
Pueh… ¡ya ehtá!

viernes, 4 de agosto de 2017

Aponarse

De niño escuchaba «¡atí, qué fati!» o «¡vaya fati!», expresiones con las que mucha gente solía referirse a cualquier persona gorda o, sobre todo, muy gorda (el término venía de un popular personaje del cine mudo; del inglés fat, que significa grasa, grasa corporal, gordo; de ahí el adjetivo fatty, aplicado a la persona que está gorda, con exceso de grasa).
Y no era infrecuente escuchar a continuación de lo de fati, como previendo un desastre: «¡si sigue así se le van a juntar las mantecas!» o, más directo y breve —no era necesaria la introducción—: «se le van a juntar las mantecas»; estas frases se pronunciaban augurando la muerte del obeso, una muerte que yo, tierno todavía, presentía atroz, por amontonamiento de masas gelatinosas grasientas.
La expresión «juntársele a alguien las mantecas» no es exclusiva de aquí; el diccionario de la Real Academia se refiere ella como una locución verbal coloquial que indica «estar en peligro de muerte por exceso de gordura».
Nunca entendí entonces qué era eso de «juntarse las mantecas», y menos aún lo de que alguien pudiera morir porque ello ocurriera, porque se le juntaran. Cuando escuchaba la expresión, me imaginaba que las blancas y rugosas grasas de un lado del cuerpo (había visto lo que le extraían a los cerdos en las matanzas) se expandían hasta chocar y unirse con las del otro lado también en expansión; ¿y entonces?, pues eso, el fin, la muerte.
Entre los personajes del pueblo a quienes podías oír calificar de esa guisa,  aplicándoles expresiones como las de los párrafos anteriores, recuerdo uno en especial; pesaba —llegó a pesar— ciento ochenta kilos, y para moverse de un lugar a otro necesitaba algo en qué apoyarse; yo lo conocí con bastón en espacios interiores y con una ligera motocicleta por la calle aunque se desplazara andando.
Con los años, escuché que nuestro fati contaba, con cierta gracia, cómo le había ido en un par de consultas que hizo al médico que lo trataba.
—¿Qué te ha dicho? —le preguntaron los amigos tras la primera visita.
—¿Que qué me ha dicho?, que... si sigo así... me apono —contestó con cara de resignado por lo que de tal pronóstico se derivaba.
Y es que, en murciano, aponarse significa agacharse, ponerse en cuclillas; y no había que ser muy espabilao entonces para saber lo que quería decir la expresión «que... si sigo así, me apono»; quería decir que si nuestro personaje seguía con tan exagerado sobrepeso, este terminaría venciéndolo y sus piernas no podrían soportarlo: se aponaría, terminaría agachado, acuclillado.
Según su relato, el doctor lo puso a régimen y le dijo que volviera a la consulta unos meses después, para ver qué tal le iba. Él, advertido seriamente, así lo hizo.
—¿Qué te ha dicho el médico esta vez? —le volvieron a preguntar los amigos tras esta última visita.
—¿Que qué me ha dicho? —le gustaba esa expresión—; cuando me ha visto entrar en la consulta no ha necesitao reconocerme, ni siquiera preguntarme cómo me encontraba; imaginarse cómo me habrá visto para tener que decirme: «¡ande, váyase usted y que le haga su mujer un cocido con pelotas, que tiene muy mala cara!». 
A grandes males, grandes remedios. Así parece que acabó el régimen.