SECCIONES

viernes, 22 de junio de 2018

Hoy, nada

Leyendo a  Iñaki Uriarte (Diarios, tercer volumen, 2008-2010, Pepitas de calabaza, pág. 15) me entero de que el rey francés Luis XVI escribió en su diario, el 14 de julio de 1789, justo el día de la toma de la Bastilla, el del inicio de la revolución que llevaría al monarca a la guillotina (la Revolución Francesa):
Hoy, nada

viernes, 15 de junio de 2018

Esfalijar


La he oído desde mi infancia y ahora quiero traerla a Abonico: «esfalijar», una palabra a la que veo un recorrido parecido a «esfaratar», que ya traté aquí (Esfarataores); como ven, palabras que ni con el mucho tiempo transcurrido se me van de la cabeza, quizás porque, aunque no las uso, muy de vez en cuando las oigo todavía y aun hoy me resultan chocantes.
Lo cierto es que en mi juventud escuché bastante la expresión «si te pego una hostia, te esfalijo» (pronúnciese lo más aproximado que se pueda a «si te pego una hohtia, t’ehfalijo»). También escuché con bastante frecuencia que una persona iba ehfalijá, o que estaba ehfalijá, o que, tras un repaso, la habían dejao toa ehfalijá.
«A los 40 años, mi hijo dijo pijo», dice alguien castizo, socarrón, para referirse a quien hace, dice o cae en algo muy tardíamente. Y eso o algo parecido me pasó a mí con esfalijar, pues fue ya de mayor, de bastante mayor, que me di cuenta de que dicha palabra podía, debía... tenía que venir de «desvalijar»: torpe que es uno.
Y, claro, busco y... encuentro, y para ustedes resumo lo que me interesa, tratando de evitar, eso sí, darles la paliza excesivamente. Dice Justo García Soriano (Vocabulario del dialecto murciano) que «uno de los fenómenos peculiares más característicos del habla vulgar de la región murciana» es la conversión en «f» del sonido representado por las letras «b» o «v» cuando van precedidas de «s», desapareciendo la «s» o dejándola oír tenuemente —a lo murciano, diría yo— delante de la «f».
Y así, ¡claro!: ehfaratar (desbaratar), ehfrozar (desbrozar), ehfarajuhte (desbarajuste), esfarar (esbarar, también esvarar: ‘resbalar’) y la que ahora nos interesa, ehfalijar (desvalijar), por poner unos pocos ejemplos que me vienen a la cabeza.
En García Soriano (obra citada) esfalijar es desvalijar, trastornar; en Diego Ruiz Marín (Vocabulario de las hablas murcianas) es romper, trastornar, desordenar; y en otras obras he encontrado, además, como significados de esfalijar, otras palabras que lindan semánticamente con las anteriores: desbaratar, deshacer…
Así que, conocido lo que en nuestra tierra significa esfalijar, tengan cuidado si alguien de estos pagos se dirige a ustedes en cualesquiera términos pretendiendo esfalijarlos; sí, ya saben lo que aquí quiere decir «si te pego...».

viernes, 8 de junio de 2018

Reacios al caviar


Dice George Steiner, en Errata: El examen de una vida, Siruela, 2009, pág. 149: «[…] ¿Qué derecho tiene el mandarín a imponer la “alta” cultura? ¿Qué licencia posee el pedagogo o el así llamado intelectual para introducir por la fuerza sus prioridades esotéricas y sus valores en las gargantas de lo que Shakespeare llamaba “el gran público” (los reacios al caviar)? […]».
Aclaración: En Hamlet, de William Shakespeare, el personaje principal, Hamlet, habla con unos actores y les pide que reciten un fragmento de una obra; al preguntar uno de ellos que cuál, él le dice que uno que nunca se representó, o que a lo sumo se hizo una sola vez, pues, según recuerda, la obra no gustó a la multitud, era caviar para el público («¡Echadle caviar al vulgo!», dice la traducción del Instituto Shakespeare).
Georges Steiner (París, 1929), que recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2001, es uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo, de los grandes de verdad.
Para un saber canónico, es preferible acudir al canonista mayor de estos últimos sesenta años, esto es, a George Steiner. (Antonio Martínez Sarrión: Escaramuzas, Alfaguara, 2011, págs. 188-189).
Está claro que con la expresión «los reacios al caviar» se refiere Steiner a lo que Shakespeare llamaba «el gran público», a la mayoría de la gente. Y supongo que con ese «caviar» está aludiendo a lo bueno, a lo de más calidad, a lo exquisito, pero no precisamente en el terreno concreto gastronómico, ¡claro! El caviar al que se refiere Steiner, entiendo, es el arte de calidad, la buena música, la buena literatura, el buen cine... LA ALTA CULTURA.
Y utiliza el término «reacios»… pues… porque hay gente, muchísima, a la que se le empalaga este tipo de refinados alimentos de alta cocina cultural, ya que «donde estén un par de huevos fritos... (riquísimos, por otra parte, fuera de la metáfora) ...que se quite lo demás».
Quizás lo que habría que preguntarse es el porqué de que haya tanta gente reacia a esta alta cocina. Y se me ocurre que se debe a que para saborear ese caviar cultural, para disfrutarlo, hace falta preparación, conocimiento… dedicación: en definitiva, hace falta esfuerzo. El conocimiento, el de calidad, es el único caviar que no se puede conseguir solo con dinero, o por herencia, ni te puede tocar en suerte, como la lotería; cada uno tiene que recorrer su propio camino en pos de «su» caviar.
¿«Su» caviar? Sí, creo que cada uno tiene el suyo, que no tiene por qué ser el mismo que el tuyo o el mío, aunque haya unos hitos en la historia de la cultura que suelen ser comunes o bastante comunes, y que son caviar-caviar, excelente caviar. Y tengamos presente que el buen caviar es tan abundante que cada cual puede tener sus más o menos amplias parcelas dentro de él, que, además, entre ellas, las de unos y las de otros, forman intersecciones; sí, como las de los conjuntos de las llamadas matemáticas modernas.
Vaya como ejemplo un gráfico de intersección de conjuntos de caviar musical, limitado a unos pocos nombres «clásicos» elegidos a la ligera y no todos ellos entre mis preferidos.
En el gráfico aparecen representadas tres personas, cada una, por un círculo: el Sr. Verde, el Sr. Rojo y el Sr. Azul, los tres colores del gráfico. Dentro de cada círculo, expresado con nombres de compositores musicales, está el caviar preferente de la persona representada por ese color. En la intersección de dos círculos cualesquiera aparece el caviar musical que comparten las dos personas en cuestión. Y en el centro, dentro de los tres círculos, el caviar que comparten las tres personas del ejemplo: Bach, Mozart y Beethoven, por poner un caso prototípico.
Y para acabar, una aportación complementaria debida a la maravillosa pedagogía de Joaquín Rábago, El Roto, en una muestra de lo que es caviar para algunos —¿bastantes? ¿muchos?—, espero que no para quienes esto leen.
El Roto, 05-04-2015 en El País



viernes, 1 de junio de 2018

El Rojo de la Payana

Aunque lo recuerdo como el Rojo de las Payanas, porque así lo escuchaba de niño y lo asociaba al negocio (una tienda de frutas y verduras, de las de entonces) que regentaban cerca de mi casa dos hermanas suyas, me aconsejan ahora que lo escriba en singular, pues la Payana era su madre; así que él era, por tanto, el Rojo de la Payana.
Mi mente, entonces muy infantil, entendía lo de rojo por el color de su piel y de su pelo, que eran de ese tono, pero con el tiempo pensé que el apodo podría haberse referido además a sus ideas políticas, también de ese color; así que, en todos los sentidos, lo de «rojo» le venía que ni pintado.
En mi infancia «le cogí» miedo, y he supuesto después que quizás se lo tenía, además de por su imagen, también, y sobre todo, porque escucharía a algunos mayores decir de él, más o menos, que era un diablo con cuernos: malo, rojo, comunista..., uno de los culpables de la guerra civil, de los que quemaban santos e iglesias, y qué sé yo cuántas horribles cosas más.
Después, siendo yo adulto y él ya bastante mayor, pude conocerlo mejor, y con el tiempo fui descubriendo a la buena persona que, oculta tras la imagen terrible que me habían inculcado, había en él. Por tanto, la cosa cambió y la opinión que de él me había formado de chiquillo (me habían formado, mejor dicho) dio un giro de ciento ochenta grados: mi valoración se situó en las antípodas de la anterior infantil y llegué a apreciarlo bastante. El Rojo de la Payana era un buen hombre.
Joaquín era su nombre, y lo recuerdo como un hombre de buenas maneras, prudente, contenido, sosegado, conversador, con un discurso que pretendía didáctico, tratando de explicarlo todo con sencillez, con pedagogía, y siempre en un conciliador «tono» de voz y en un apianado volumen: jamás le oí levantar la voz para tratar de imponer su criterio.
Practicaba un hablar lento, parsimonioso, con algún problema en el ritmo: pequeños atranques. Me dice su sobrino Fernandín que, según un amigo médico, esas arritmias en la locución pudieron deberse a los «repasos» que durante mucho tiempo le dieron periódicamente —todos los miércoles, dice— en el cuartel de la guardia civil: por republicano, por rojo, por comunista.

El diccionario de la Real Academia Española dice que «dar un repaso a alguien» es una locución adverbial que coloquialmente significa «demostrarle gran superioridad en conocimientos, habilidad, etc.». Pero aquí en nuestra zona solemos utilizar dicha expresión, además de con el significado de la RAE, con otro adjudicado localmente, uno que hemos encontrado en obras de consulta referidas a nuestra habla murciana, un significado que coincide con el que utilizamos en este artículo:
repaso. M. 2. Advertencia, bronca, paliza. (Diego Ruiz Marín (2007): Vocabulario de las hablas murcianas, Murcia, Diego Marín).
El sobrino de Joaquín se emociona cuando habla de este tema, y me cuenta, tratando repetida e inútilmente de contener las lágrimas, que, terminada la guerra, se hallaba su tío en Francia cuando le dijeron que podía volver a España tranquilamente, sin preocuparse; que, puesto que no tenía las manos manchadas de sangre —frase muy utilizada entonces—, no había nada que temer.
¡¿Nada que temer!? A su vuelta, justo un poco antes de la entrada al pueblo viniendo de Murcia, lo estaban esperando, adivinen quiénes, para llevarlo al cuartel y comenzar los repasos. Sí, porque, por lo visto —por lo escuchado y por lo leído, sobre todo—, en aquellos tiempos, en los cuarteles de la guardia civil —también en el nuestro— a algunas personas, periódicamente, semanalmente en el caso de Joaquín, les daban un buen repaso; sí, aunque se tratara de buena gente.

viernes, 25 de mayo de 2018

¡¿Que, porque yo sea pobre...?!

Voy en el coche y aprovecho para escuchar la radio. Como estamos en plena temporada de comuniones, el programa al que presto atención va sobre estos acontecimientos familiares. Y no me sorprende lo que oigo sobre el actual disparate de las celebraciones de estos eventos: que si trajes carísimos, que si limusinas o carruajes para el traslado de niños comulgantes a la iglesia, que si un convite fastuoso compitiendo por realizarlo en los «mejores restaurantes» —léase «más caros»—, que si... ¡Vamos!, un verdadero y escandaloso derroche de dinero, de tiempo, de energía..., además de un claro mal ejemplo de religiosidad.
Fue también en días de comuniones hace ya muchos años cuando escuché la frase que pongo a continuación de este párrafo, unas palabras que oí decir, como exclamación y pregunta retórica a la vez, a una mujer que periódicamente limpiaba la casa de un pariente mío. Y la escribo de forma literal, tal y como ella la dijo, sin variar en absoluto el modelo original, pues desde entonces la tengo clavada en mis neuronas.
«¡¿Qué, porque yo sea pobre, mi hija no va a poder hacer la primera comunión como los demás?!»
Y, excusándose en este argumento, esta buena mujer sacó un préstamo de quinientas mil pesetas —¡medio millón!, in illo tempore— para que su hija pudiera celebrar, tan bien como los que bien podían, su primera comunión. Y eso que el trabajo de la madre, limpiar casas aquí en el pueblo y en Murcia capital, no daría para mucho dispendio, pero, ¡claro!, ello no supondría un obstáculo infranqueable para algo tan importante como la celebración por todo lo alto de la primera comunión de su hija. ¡Faltaría más!
Esto me choca sobre todo viniendo de personas que tienen una economía muy apretada, y, además, una consideración muy particular de la religión a la que aparentan y dicen pertenecer, ya que se trata de gente que, tras los acontecimientos eclesiásticos cruciales en momentos determinados y contados, no suele portar por la iglesia o raramente lo hace alguno de sus miembros, y/o que te sueltan que creen en Dios pero no en los curas ni en la Iglesia, y que, llenos de supersticiones, recurren a menudo a sus acertados dichos, máximas, refranes…
Le comento todo esto a un amigo, a uno de aquellos chiquillos de mi infancia, y le pregunto cómo fue celebrada su primera comunión en su casa. Me dice que el convite de aquella su primera vez consistió en «un plato de pastas y una botella de vino viejo» que su madre puso sobre una mesa pequeña en la entrada de su modesta vivienda para que se fuesen convidando quienes pasaran a felicitar a la familia.

viernes, 18 de mayo de 2018

Fe de ratas

Este artículo no contiene eratas

He escuchado contar en más de una ocasión a un amigo, vecino de una localidad cercana, que, con ocasión de un acontecimiento organizado por él para las fiestas de su barrio hace ya bastantes años, pidió a una de las imprentas de la capital —en el pueblo no había entonces ninguna— la elaboración de un folleto que anunciaba una noche de meigas (así llaman a las brujas en algunas zonas del norte peninsular). Cuando el trabajo estuvo hecho y mi amigo fue a recogerlo, el imprentero («por llamarlo de algún modo», suele añadir en off cuando me lo cuenta), hombre campechano y de peculiar mollera, le dijo, con aire de sobrada suficiencia: «menos mal, tío, que m’he dao cuenta y te lo he corregío: habías puesto meigas en vez de migas». Así que la cosa quedó como «noche de migas».
Según me enteré después, este imprentero de las migas era «famoso» por su falta de formalidad en los plazos de entrega, por su impuntualidad, a lo que había que añadir sus más que frecuentes meteduras de pata en los trabajos que se le encargaban. Igual te podía «cambiar», como acabamos de ver, las meigas por las migas en un programa festero, que, en otro de un concierto de música, podía aparecer Venegas me destroza en lugar del nombre del compositor español del siglo de oro Venegas de Henestrosa; sí, eso y mucho más.
***
Una errata, según el diccionario de la Real Academia Española, es una equivocación material cometida en lo impreso o manuscrito. Y llamamos fe de erratas, según la misma obra, a una lista de dichas equivocaciones observadas en un libro, inserta en él al final o al comienzo, con la enmienda que de cada una debe hacerse (donde dice tal cosa, debe decir tal otra).
«Fe de ratas» (ABC tituló un artículo sobre este tema «Helarte de la errata») me da pie a un pequeño divertimento sobre este particular tipo de errores publicados, sobre erratas, algunas de ellas verdaderas obras de arte. De estos fallos se culpaba en la Edad Media al diablo y posteriormente a los duendes de la imprenta; ahora, con los procesadores de texto, ¿a quién echamos la culpa?, ¿al corrector de Word?
En la errata, un cambio inesperado en el texto (el añadido o la supresión de una letra, el cambio de una por otra, la presencia o ausencia de una coma o...) da al traste con el sentido original de una frase, incluso, y eso es quizás lo más interesante, aunque siga manteniendo un significado coherente. Veamos a continuación unos cuantos ejemplos.
He leído que en Arroz y tartana, una novela de Blasco Ibáñez, el cambio de una vocal por otra —una «o» donde tendría que ir una «e»— provocó que doña Manuela quedara «con los ojos fijos en el suelo, el coño fruncido [en lugar de el ceño fruncido] y las mejillas de un rojo violáceo, como si la rabia le produjese erisipela».
Parece ser que Ramón de Garciasol quería decir «Y Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas», pero terminó diciendo  «Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas».
Pensemos ahora cómo se quedaría el crítico que dedicó un libro a una condesa escribiendo de ella que su «exquisito busto conocemos bien todos sus amigos», cuando en realidad había querido decir que su «exquisito gusto conocemos bien todos sus amigos».
Al novelista argentino Manuel Ugarte debemos el conocimiento de la errata atribuida a un pelotillero periodista que pretendía elogiar a la hija del dueño del periódico para el que trabajaba; para ello escribió «Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta», pero lo que apareció publicado fue «Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tonta».
El récord de errores se lo adjudican a la Suma Teológica, pues su fe de erratas en una edición de 1578 ocupaba ciento once páginas.
¿Y qué lenguas están expuestas a las erratas?; pues... todas. Estas equivocaciones las podemos encontrar en publicaciones de distintas hablas.
En Francia, a Voltaire se le adjudica una errata, parece que malintencionada, contra Juan Francisco Boyer, que había sido obispo de Mirepoix y firmaba como l’anc Evèque de Mirepoix (el ex-ovispo de Mirepoix). El escritor cambió anc (ex) por âne (asno), dejando así al prelado como un burro: «el asno obispo».
En Londres es célebre este ligero cambio (aprovechado por Ramón J. Sender en Mr. Witt en el cantón): God save the Queen por God shave the Queen. Y no es lo mismo Dios salve a la Reina que Dios afeite a la reina, ¿a que no?
Parece que algunas erratas son muy resistentes a la corrección, como la que pongo a continuación, encontrada en un artículo del blog librosmalditos.com.
Hay erratas poderosas, invencibles, como la que afligió a un pobre plumilla que escribió acerca de una encopetada dama. Reclamaba al ministro una merecida recompensa por sus «infinitos servicios», pero el demonio de la imprenta —pues de él hablamos— hizo poner «ínfimos». Nuestro protagonista se apresuró a corregir el error, pero la errata mutó incansable, y apareció «infames» al día siguiente. Desesperado, nuestro héroe volvió a corregir la dichosa palabra, solo para comprobar una vez más que la dama bien merecía un premio del ministro por sus «íntimos servicios».
Para terminar, aquí va un ejercicio que permite evaluar la comprensión del tema que nos ocupa. Se trata de saber, en las frases que siguen a este párrafo, qué se quería decir en cada caso, en lugar de lo que se dijo, en vez de lo que aparece escrito. Para facilitar la tarea, he puesto en cursiva la errata, la palabra a cambiar.
“La Dama de las Camellas”
“Alejandro el Glande”
“La Putísima Concepción”
“Necesito mecanógrafa con ingles”
Y para la calificación, que cada cual haga sus números.