SECCIONES

viernes, 5 de enero de 2018

¿Clarinete o correa?

No era raro que los niños de mi época escucharan en aquellos años (no era mi caso pero en el pueblo había familias marcadas), en boca de algunos mayores y con el miedo que eso daba, frases como estas: «¡Como me quite la correa...!», o «¡Si me suelto la correa, te vas a enterar!», o «Si das lugar a que me saque la correa, cobras». Había variedad en torno a la correa, y había diálogo, que diría Gila. Y ello en distintas variantes léxicas y con versiones de entonación de significados igualmente diversos. Y el niño que eso escuchaba sabía perfectamente lo que significaba. Incluso había una expresión que indicaba la dureza extrema que podía llegar a alcanzar la dichosa correa: «tirar con la hebilla», la parte metálica de la correa y, por lo tanto, la que más daño puede infligir al castigado.
Bastantes años después, dos clarinetistas, muy buenos ambos, me contaron, cada uno en su momento y por separado, el efecto que, de niños, la correa había tenido en su posterior habilidad con el clarinete: ¿principio de causalidad? En uno de estos casos, el primero que expondré, hablamos de correa literalmente, y en el otro, el segundo en la narración, lo hacemos figuradamente, pues el refuerzo estimulante de la violencia no tenía en él una traducción exacta en correazos. Yo, desde que las conocí, suelo relacionar ambas historias.
El primero es —lo conozco desde hace bastantes años— un muy buen profesor de clarinete, catedrático actualmente en un conservatorio de la Comunidad Valenciana. Me contó que de niño aprendió música en la banda de su pueblo. Iba periódicamente a clase, y su padre, que tocaba el bombo en la misma agrupación musical, cuando iba al ensayo, tenía la costumbre de preguntar al profesor si el pequeño se había sabido la lección esa semana; si el profesor decía que sí, que se la había sabido, santas pascuas y alegría. El problema venía cuando la respuesta era negativa; si el profesor contestaba que no se había sabido la lección, el padre, con el entrecejo fruncido, le decía inmediatamente al niño, por lo bajo: «¡tira para casa!». El chiquillo, sabiendo lo que le esperaba, desganado, comenzaba a caminar delante de su padre, en silencio, mirando al suelo, y cuando llegaba a la vivienda entraba automáticamente en la habitación habitual para el asunto a tratar; allí, su progenitor se quitaba la correa y le daba una «pasada» (¡de correazos, claro!), y así, de esta forma tan pedagógica, el padre tenía garantizado que su vástago se supiera la lección durante una buena temporada, al cabo de la cual la memoria flaqueaba y venía el siguiente fallo, con vuelta al didáctico protocolo de la correa, y así sucesivamente.
El segundo de nuestros personajes es ya muchos años clarinete solista en una orquesta de cierta importancia en nuestro país y también profesor en un conservatorio. Su relación con el instrumento, siendo niño, no pudo comenzar mejor, pues cuando su padre le dijo que había decidido que estudiara clarinete, él contestó que no; papá no insistió tercamente, pero solo tuvo que llevarlo unos cuantos días a trabajar duro al campo para que su conversión al clarinetismo se produjera como por arte de magia.
De niño —se lo he escuchado en más de una ocasión— se ponía a estudiar clarinete hasta que oía alejarse la Vespino de su padre, que salía de casa para cualquier quehacer; inmediatamente, el zagal dejaba el pito y se dedicaba a otros menesteres más divertidos, entretenimientos y juegos que, por supuesto, le gustaban más; pero, ¡ojo!, siempre con la oreja pendiente para poder escuchar el sonido del vehículo cuando volviera el padre. Cuando con su fino oído advertía en la lejanía la para él inequívoca sonoridad de la moto, tomaba rápidamente de nuevo el clarinete y seguía estudiando para que pareciera que no había dejado de hacerlo durante todo el tiempo que papá había estado fuera.
En este segundo caso, ya lo he dicho, no me consta que hubiera correa en un sentido literal, no la había, pero la idea es la misma o parecida en ambos, igual filosofía: la de la letra, con sangre entra, o, mejor dicho, el clarinete, con correa entra.
Pero, ¡claro!, no siempre esta tesis sobre la aplicación de la correa da como resultado clarinetistas con éxito. También recuerdo algún caso en el que ni con correa —muy pero que muy literalmente— se le pudo sacar punta al individuo en cuestión, como ocurrió hace muchos años —más que en los casos anteriores narrados— con un niño muy duro del que contaremos solo una anécdota.
Un día, enfurrunchao porque su madre ha hecho de comer mondongo, el chiquillo le dice a esta que no quiere, que no piensa comer «pellejos».
Llamamos mondongo a los intestinos y panza de las reses, y especialmente los del cerdo, dice el diccionario de la RAE; pero aquí en Murcia, el guiso de mondongo se suele hacer con trozos de intestino y panza de cordero o de ternera; también son añadidas, en algunos lugares de nuestra tierra, las manos —pezuñas— de la res. El mondongo con garbanzos, con su aroma a hierbabuena, se cocina aquí, quizás, desde hace siglos, y es conocido también con el nombre de callos, que no hay que confundir con los ídem madrileños, también muy ricos.
La madre amenaza al zagal con llamar al padre, hombre de reconocida fuerza y brutalidad, pero ni así logra doblegar al niño. Entonces, la pobre mujer, viendo que el pequeño cerril se sale con la suya, hace venir al marido, que se presenta en la escena e inmediatamente echa mano a la correa y hace el gesto de tirar de ella para sacarla de las trabillas del pantalón, al tiempo que dice muy seriamente al chiquillo:
—¿Qué prefieres, mondongo o correa?
Aunque sabe que el padre no va de broma, el pequeño —ya digo, bastante cerril, de los duros— todavía prueba un poco más y responde retador:
—¡Correa!
El padre, que sigue amenazando con el cinturón cogido por la hebilla, da un tirón, lo saca del todo y…
—¡Mondongo!, ¡mondongo! —le falta tiempo al duro renacuajo para contestar, y repite otra vez para que quede bien claro— ¡mondongo!
Aunque, pasado el tiempo... lo sabemos: ni con correa se le pudo sacar el partido pretendido.

6 comentarios:

  1. Paco González Soto5 de enero de 2018, 14:16

    Otros tiempos, otras formas.Hoy quizás habría que amenazar con quitarle el móvil que incluso creo sería más efectivo...
    Me ha encantado leer lo de "cerril" jajaja tipicamente nuestro.
    Un abrazo Pepe.

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    1. Conoces perfectamente a aquel niño “cerril” del artículo; posiblemente sea no mucho mayor que tú. Y también conoces, estoy seguro, al segundo clarinetista.

      Gracias, Paco.

      Un abrazo.

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  2. Yo conozco al clarinetista, ya que en alguna ocasión he estado con él, en ese impás de divertimento, cuando corriendo se ponía a tocar y yo a mirar atentamente como si esperara un fallo suyo para comentárselo. Pero, he de decir que, a pesar de esos descansos, en ocasiones bastante largos, también conseguía dedicar muchas horas a ese estudio.
    Un abrazo Pepe

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    1. Indudablemente, ese clarinetista que dices tuvo que dedicar muchas horas al estudio, porque tras un buen instrumentista siempre hay mucho trabajo, tenga más o menos facilidad para el instrumento.

      También conoces al tercer personaje, el que no quería comer «pellejos» (ya te diré quién es), y, posiblemente conocieras en su día al primer clarinetista del relato, pues fue profesor en el conservatorio de Murcia.

      Gracias, Roberto.

      Un abrazo.

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  3. Pues sí, Pepe, con sangre no entran ganas ni siquiera de desinfectar la herida. Estos “métodos pedagógicos” han sido usuales a lo largo de la historia y recientemente en nuestra España totalitaria e, incluso, dudo de que se hayan desterrado de colegios y de la familia, mucho más dañinos en este último caso. En cualquier caso, creo que los daños físicos producidos por la correa pueden ser nimios comparados con las consecuencias emotivas que se derivan de esos momentos de terror previos al castigo. ¿Significa esto que pueden ser muy buenos profesionales técnicamente pero faltos de sensibilidad? No necesariamente pero podría ser una consecuencia de este maltrato. Un abrazo, Pepe.

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    1. Yo creo que, entre otros alicientes, como el juego, el buen trato y el buen ejemplo, «La letra, con música, entra».

      Un abrazo.

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