SECCIONES

viernes, 23 de septiembre de 2016

La pulga

Preguntando, para una entrada de Abonico, por el segundo apellido de don José Aguilera, que resultó Bernabé, me dijeron que nuestro médico ajedrecista —por lo escuchado, un picarón— estaba abonado a un palco en el Teatro Romea de Murcia, y que le gustaba mucho el mundillo de las variedades, las llamadas revistas, con sus vedettes y supervedettes, sus cómicos, sus plumas, sus lentejuelas… Después me he enterado de que en vez de un palco lo que frecuentaba era la fila cero, desde la que tendría, supongo, más cercanía y mejor perspectiva visual.
Y esto me recordó un libro hace tiempo olvidado en mis estanterías, Estrellas del cuplé (Su vida y sus canciones), de Álvaro Retana, que el autor dedica a Sara Montiel. Un libro con pobre pinta exterior, restaurado —más que encuadernado— con un trozo de cartulina, y en un estado casi deplorable. Lo compré ya usado, muy usado, sabiendo que había pertenecido a la biblioteca de Francisco Alemán Sainz —escritor murciano con fama de saber mucho y de todo—, que el librero Diego Marín “liquidó” por entonces en su establecimiento Antaño.
En esos días frecuentaba yo, dentro de la librería Antaño, el altillo donde Diego tenía los libros de ocasión, y conservo bastantes ejemplares comprados con el precio marcado con lápiz rojo, —5 pesetas, por ejemplo—. Lo digo para que se hagan una idea de en lo que puede —¿con el tiempo, suele?— terminar una biblioteca —en este caso, muy buena, magnífica diría yo—, hecha con mucho esfuerzo, tiempo, ilusión, dinero y conocimiento. Parece que en cuanto murió Francisco Alemán, su familia —¿muy necesitada?—, vendió —¿al peso?— los muchísimos libros de su biblioteca, que fueron a parar, Diego Marín mediante, a otras bibliotecas, a otras manos; en las mías precisamente cayeron bastantes ejemplares, algunos con dedicatorias del autor de turno al escritor murciano, otros con reseñas en recortes de periódico entre sus páginas o, incluso, con postales dirigidas a Don Francisco.
En Estrellas del cuplé (90 pesetas es el precio marcado con lápiz rojo en la primera página), Álvaro Retana describe la vida de algunas cupletistas y bailarinas que alcanzaron celebridad en su tiempo: Fornarina, Raquel Meller, La Goya, Pastora Imperio, La Bella Chelito y Carmen Flores.
Dice el autor que “en el mundillo de las variedades existieron creencias muy generalizadas, aunque totalmente equivocadas”, entre ellas la de que la Bella Chelito fue la creadora del cuplé La pulga. Afirma que esta cantante —Consuelo Portela era su nombre— no tuvo con esa canción otra relación que haberla cantado cuando se puso de moda, como lo hicieron muchas otras cupletistas. Para Retana “la indiscutible creadora de La pulga fue su introductora en España, la alemana Augusta Berges”, que se presentó en nuestro país a fines del siglo XIX y que —muy grande, muy blanca y muy rubia— provocaba aullidos aprobatorios en el tablao, y, fuera de él, escándalos muy sonados.
 La letra de la canción no es explícitamente pecaminosa pero sí llena de dobles sentidos, y, como la calidad mollar de la cupletista está fuera de toda duda, pues era la que estaba de moda en la época, el éxito del número, que desataba el furor de la tropa masculina, dependía de la ropa de la intérprete (ligera, vaporosa, diáfana…) y de cómo se la iba quitando pícaramente, con gestos “intencionadísimos”, en busca del diminuto insecto parásito que tanto, según ella, la molestaba.
Sara Montiel, cómo no,
también se buscó la pulga.
La pulga fue declarada de interés nacional por los empresarios del género, y su “maliciosa pero graciosa” interpretación era exigida a todas las artistas aunque no la llevaran en su repertorio, originando —algunas sin desearlo— escándalos como el del 25 de octubre de 1906, en que debutó Consuelo Bello, La Fornarina, en el Teatro Villar de Murcia, altercado que ella misma nos cuenta en el diario La Tribuna, de esta ciudad, unos días después, el 11 de noviembre:
De las alturas del teatro, con ferocidad terrible, me gritaban pidiéndome canciones indecorosas. Me excusé diciendo que no sabía lo que de mí se deseaba. El gobernador civil, que se encontraba en el teatro, me prohibió que siguiera cantando. El público daba miedo. ¡Echaba abajo el teatro! La Guardia Civil desalojó el local. Los alborotadores marcháronse a la puerta de la Fonda de Patrón, donde me hospedo. Alguien me dijo que pretendían desnudarme en la calle. Yo salí del teatro muerta de espanto.
>> El señor Blaya, de la empresa, me acompañó a la fonda, reclamando para mi custodia el auxilio de los policías nocturnos que hallamos al paso. Llegué por fin a mi cuarto y apenas si pude descansar aquella noche. A la siguiente, la Autoridad evitó los escándalos en el teatro. ¡Si los hubiera evitado antes!...”
Ahora nos enfrentamos en Abonico, poco puestos en pulgas y músicas cabareteras, al problema de qué versión elegir de esta canción, que hemos encontrado como La pulga sabia, La pulga maldita, La pulga indiscreta o, simplemente, como La pulga. Al final, la interpretación que elegimos, y a la que corresponde la letra que les ofrecemos —también en el vídeo de la audición— es la de la cupletista y, según ella misma, cupletóloga Olga María Ramos.



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