SECCIONES

viernes, 1 de mayo de 2015

Xin Yi

Hace unos días, la semana pasada, me llamó por teléfono una exalumna (fue alumna hace ya algunos años, de 2007 a 2009): Xin Yi (en mis contactos de correo y de WhatsApp veo su nombre castellanizado: Sinyi, pero yo prefiero el que aparecía en mi lista de clase, Xin Yi Xia). La verdad es que la llamada telefónica fue producto de una equivocación; supongo que involuntariamente eligió en su móvil un nombre distinto al que pretendía, pues, hasta que aclaramos la situación, ella creyó que estaba hablando con su profesor de autoescuela —debe estar preparándose para el carnet de conducir—, pero la sorpresa fue muy agradable, creo que para las dos partes.
“Soy Xin Yi”, comenzó, y al escuchar mis palabras de alegría por su llamada me dijo —lógicamente, pues no era a mí a quien ella esperaba escuchar al otro lado— que le sonaba extraña mi voz, y, con la suya oscura y algunas toses de catarro, añadió que no podía “venir” a clase, que no se encontraba bien; esto último activó definitivamente en mí la señal de alarma, pues Xin Yi se fue de Santomera hace unos cuantos años y no la he vuelto a ver. Al final, tras aclarar el equívoco, ya digo, una alegría.
Xin Yi es de origen chino. Hace años, cuando yo le daba clase, era una niña alta, delgada y de una timidez exagerada —una timidez oriental dicen muchos—, que se sonrojaba y se emocionaba hasta las lágrimas cuando me veía por la calle, y a quien le costaba mucho —cuestiones de cultura y carácter, supongo— darme un beso cuando, de vez en cuando, nos encontrábamos. Ahora, supongo, será una preciosa jovencita, espero que algo más extrovertida.
Tenía una muy buena predisposición, para el estudio en general y para la música en particular. Un día, en clase, estábamos “viendo” una melodía popular húngara; yo tocaba la primera parte y mostraba a los niños, que desconocían todavía algunas de las notas que yo tocaba, cómo debían de tocar la segunda, como respuesta a mi intervención; tras unos tanteos colectivos a toda la clase y posteriormente a grupos más reducidos, pronto pregunté si alguien se atrevía.
—¿Quién quiere tocar?
—Yo, maestro —contestó Xin Yi, con su típico acento, levantando tímidamente la mano al mismo tiempo—, yo.
—De acuerdo, Xin Yi —le dije—, ¿sabes cuándo tienes que empezar?, yo toco la primera parte y tú me respondes con la segunda, ¿vale?
—Maestro, yo todo —contestó en su español peculiar—, yo toco todo.
—¿¡Tú todo!?
—Sí.
—¿¡Es que sabes hacer el “Re” agudo y... !?
—Sí.
—Vale, pues… adelante —dije sorprendido—, tócala entera.
Y, en efecto, tocó toda la melodía, mi parte y la suya; y la tocó bien, yo diría que muy bien para el tiempo que había transcurrido desde mi explicación.
Pronto vi las condiciones que Xin Yi reunía para la música y le pregunté si quería ir a dar clases a Euterpe, la asociación musical del pueblo. Ella dijo que sí, le hicieron una prueba de entrada y comenzó a estudiar flauta travesera, aunque antes hubo que convencer —algo que costó lo suyo— a su padre, que terminó aceptando y comprándole —según me enteré después— la flauta más barata que encontró: quizá, al ser chino, no conocía nuestro refranero, que afirma que “un buen instrumento hace maestro”.
Después, la familia Xia, que había “llevado” un bazar aquí en el pueblo, se trasladó a Alicante y ya poco he sabido de Xin Yi en estos años; pero, como tenía su correo, con el tiempo le mandé una partitura sencilla —acompañada de una buena grabación—, asequible a su nivel: la preciosa Siciliana, Op. 78, de Fauré (original para violonchelo y piano) en arreglo para flauta y piano, interpretada por Emmanuel Pahud (flauta) y Eric Le Sage (piano), la misma versión que les ofrezco ahora en Abonico, aunque yo preferiría escucharla tocada por la propia Xin Yi.
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Cuando me llamó hace unos días le pregunté si seguía estudiando flauta; me dijo que, aunque toca en una banda, ya no va al conservatorio. Le pedí que le diera recuerdos a su hermana Diana —menor que ella y también exalumna mía—, y entonces me dijo que Diana sí seguía estudiando violín.

     Espero que a ambas les vaya bien, con conservatorio o sin conservatorio; que puedan y quieran seguir tocando, aprendiendo y disfrutando de la música, pues, como dice Violeta Hemsy de Gainza, "Aprender música es un derecho humano. No se necesita para vivir, pero la vida no es la misma sin ella" (en "Aprender música es un derecho humano", Verónica Calderón, El País, 09-06-2011).


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