SECCIONES

viernes, 2 de noviembre de 2018

A gallete

Una de las muchas cosas que siendo aún muy niño estaba deseando aprender para poder «lucirme» delante de los demás, sobre todo ante los mayores, una de las que quería hacer como ellos, era «beber a gallete», que no es lo mismo, como veremos enseguida, que «beber a gollete», aunque fonéticamente anden muy cercanas ambas palabras: gallete y gollete.
Yo, entonces, como cualquier niño de poca edad, bebía a gollete, una «técnica» consistente en hacerlo chupando, o sea, aplicando la boca directamente al pitorro o lugar por donde sale el líquido del recipiente del que se bebe (pienso en un botijo —aquí llamado igualmente botijón—, pero puede ser cualquier otro); también se conoce esta técnica como «beber a morro»; y eso, «morrear», como he dicho, es lo que hacíamos los chiquillos al beber agua en botijo (otra cosa, y bastante habitual entonces, es que nos la dieran en vaso), y bebíamos a morro porque no sabíamos hacerlo a gallete, que era lo chulo, lo que estábamos deseando aprender, por lo menos yo.
Y beber a gallete, por el contrario, consiste en hacerlo —de un botijo, de un porrón, de una bota...— sin chupar, o sea, sin aplicar la boca directamente al pitorro del recipiente del que lo haces; es beber a chorro en vez de a morro, manteniendo ese envase o recipiente a cierta distancia de la boca que bebe.
En el diccionario de la Real Academia Española, gallete, de origen incierto, es 1. m. Úvula, garganta. Y beber a gallete —en la misma obra— 1. locución verbal, Beber a chorro de un botijo, bota o porrón, sin tocar el pico los labios. Sin embargo, gollete, también en el diccionario de la RAE, del francés goulet 'paso estrecho', significa 1. m. Parte superior de la garganta, por donde se une a la cabeza. 2. m. Cuello estrecho que tienen algunas vasijas, como garrafas, botellas, etc. [...] Y beber a gollete 1. loc. verb. coloq. Esp. beber a morro.
Además, un servidor quería imitar a quienes cuando bebían agua a gallete distanciaban el botijo todo lo que les permitía la longitud de sus brazos, provocando un ruido característico del chorro del agua que borboteaba en la boca y, a menudo, rebosaba y salía derramada por las comisuras de los labios, llegando, algo agradable sobre todo en verano, a chorrear sobre el pecho despejado, desnudo.
¡Ojo!, que no siempre era fácil beber a gallete, incluso para un adulto, pues algunos botijos tenían el pitorro demasiado «gordo», con un agujero tan considerable que a las personas poco hábiles y/o no acostumbradas dificultaba esa labor de beber a distancia, así como la de mantener una larga duración en el trago. A esta dificultad del pitorro gordo de caño ancho había que añadir —en ocasiones, aunque no era infrecuente— el tamaño del botijo, pues recuerdo algún establecimiento público de entonces donde lo difícil era poder con él, dado su gran —¡enorme!— volumen, algo que convertía el beber a gallete en un verdadero reto, y el logro de hacerlo prolongadamente y a cierta distancia, en una hazaña solo al alcance de los mejores, de los más fuertes y hábiles.
Por ello, hasta que aprendí la técnica de beber a gallete, y para que practicara mientras tanto, antes de controlar tan delicada maniobra, un servidor solía disponer de un botijo adecuado a mi tamaño, incluso menor en proporción, un botijo pequeño, diminuto (cuanto más pequeño más me gustaba), escogido con cuidado de entre los que tenía mi padre para vender en la tienda; y así no necesitaba beber a morro en el botijo grande que por aquellos años había en mi casa, como en cualquier otra vivienda, y como en muchos establecimientos comerciales, en la mayoría de los cuales permanecía a la vista y a disposición del público.
 

1 comentario:

  1. Chupar el pitorro era “cosa de niños” y eso nos rebelaba ante los mayores que se reían. No, no era fácil porque cpn una bota podías dirigir el chorro, generalmente de vino, pero con un botijón que poseía, algunas veces, como dices, un chorro que llenaba la boca inmediatamente o te ahogabas o dejabas de beber y te duchabas con el caño… Y en verano iba bien pero con frío suponía unos buenos pescozones de tu madre por haberte mojado la ropa. Un método “muy didáctico” del que no nos ha quedado trauma alguno… aprendíamos tan bien que no lo repetíamos. Un excelente recuerdo, Pepe. Un abrazo.

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