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viernes, 5 de mayo de 2017

Echar un vale

Por la mañana suelo salir a andar y a veces paso por lugares en que hay trabajadores de la tierra ocupados en sus labores, que frecuentemente consisten en la recolección de productos de la zona: limones, naranjas, lechugas, coles…, según la temporada. En algún caso he oído, y visto, que de algún vehículo no muy lejano a ellos sale música que ameniza la faena, algo que me recuerda que antiguamente eran los propios cantos de los trabajadores los que cumplían tal función. El tipo de música, desde luego, también ha cambiado, de los cantos de las distintas faenas en épocas lejanas (cantos de trilla, de siembra, de recolección…; fandangos, coplas huertanas…), hasta los temas de moda en la actualidad.
Recuerdo de cuando era niño algunos trabajos de la huerta que, unos más que otros, siempre me parecieron duros: segar hierba, mondar, regar, cavar huerto, arrancar patatas... Entre las escenas que pasan por mi mente, una de las más típicas —no faltaba nunca— y que a mí más me gustaba, se llamaba «echar un vale», y no era otra cosa que hacer un descanso en el trabajo y aprovecharlo para fumar un cigarro y beber un buen trago de agua o, mejor, algo más que frecuente, de vino, y ello para calmar la sed y amenizar o suavizar las durísimas tareas del trabajador huertano. Digo que mejor vino porque era costumbre que el propietario o encargado de la tierra aportara una garrafa para estos menesteres, garrafa con vino que esperaba, igual que el botijo y/o garrafa de agua, guardada y protegida a la sombra, la llegada de la hora de echar el vale.
vale. m. Descanso concedido al jornalero rural durante la jornada. (Justo García Soriano (1980): Vocabulario del dialecto murciano, Murcia, Editora Regional, pág. 130). 
Flugencio Cerriche, personaje de Diego Ruiz Marín, nos lo describe así:
Como las «pionás» de trabajo se contrataban a «tantos reales y vino», a media mañana solía echarse un «vale» para fumarse el «amarrao» o la «pava», mientras hacían una «roá» de vino tinto bebido «a gallete» directamente de la garrafa, a la que ponían un canuto de caña con corte oblicuo a tal fin. (Antonio Martínez Cerezo (1985): Murcia de la A a la Z, Santander, Ed. Tantín, pág. 341).
Ha pasado mucho tiempo, pero permanece en mi cabeza la admiración que sentía por la dureza de esos hombres de manos encallecidas que trabajaban en las labores de la huerta, y recuerdo estar atento a sus conversaciones y sus bromas. El niño que era yo entonces miraba y escuchaba con atención, cuando llegaba la hora del descanso, del vale, cómo se ponían a la sombra, se quitaban los sombreros o gorras —en ambos casos, muy sudados—, liaban el cigarro apretando bien el tabaco con manos toscas pero diestras en la tarea, pasaban la lengua por el borde del papel para pegarlo sin que el cigarro perdiera la consistencia, arreglaban las puntas para que no se saliese el tabaco, se lo ponían entre los labios, lo encendían y... entonces, echaban el primer trago.
En la actualidad, igual que las canciones que acompañan el trabajo no son las mismas que antaño, las neveras portátiles, con comida y bebida en su interior —ensaladas, tortillas, cerveza, refrescos…— han sustituido a la bolsa de tela, a la capaza y a la garrafa de vino, a la hora de echar el vale.

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