SECCIONES

viernes, 12 de mayo de 2017

Como una yegua

De acuerdo con el diccionario de la RAE, decimos que una persona es «graciosa» para indicar que es chistosa, aguda, llena de donaire; pero, menos académicamente, solemos llamar graciosas a esas personas dotadas de una gracia sin impostación, a esas que tienen una capacidad natural para divertir a los demás, que solo tienen que abrir la boca para provocar sonrisas, risas y carcajadas a su alrededor.
Traigo hoy a Abonico la figura de una de estas personas, aunque se me ha colado en el relato, emparentada con ella, una segunda, también muy graciosa. Ramón era, cuando lo conocí, un señor ya mayor aunque no excesivamente, con un físico sin mucho que resaltar, quizás porque no lo traté mucho: bajo, un poco rechoncho, bastante moreno de piel, pelo negro…, con un rostro del que se me quedaron fijados en la memoria un par de ojos grandes, oscuros, muy expresivos, y unos labios carnosos, el inferior quizás un poco más prominente y algo relajado, en una boca muy habladora.
Solo su nombre, Ramón, resulta insuficiente para identificarlo, incluso para quienes lo conocían bien; pero si tras el nombre añadimos su apodo, el Mauricio, será más fácil saber de quién escribo, por lo menos para aquellos paisanos que tienen ya una cierta edad. Así que hablo de Ramón el Mauricio, muy conocido en el pueblo como personaje muy gracioso, como igualmente lo era su hermana, la Fina del Trules —también, lógicamente, la Trulas—, otra persona con merecimientos graciosos reseñables: ¿cosa de los genes?
Fina, con un físico parecido al de su hermano, era forofa del Real Madrid, del que no se perdía un partido por la tele, y gran admiradora, sobre todo, de uno de sus jugadores: Hierro, de quien tenía una foto de respetable tamaño en la puerta —o en un lateral, no recuerdo bien— del frigorífico de su casa. Y en nuestro pueblo la recuerdo —una extraordinaria atracción— ya mayor, junto a la banda lateral del campo de fútbol, animando a los jugadores locales (con los años que hace, aún recuerdo, literalmente, algunas de sus frases, así como el volumen, la entonación y el timbre de su voz); lo mismo arengaba a los jugadores de su equipo con expresiones como «¡¡¡Chinche, qué cojones tienes!!!» y otras por el estilo, que gritaba increpando al árbitro nada más salir este al terreno de juego: «¡cuergo —su manera de decir cuervo—, si vas de negro es por algo!».
Chinche era el apodo de un jugador del equipo local, conocido y valorado por su pundonor —igual que Hierro—, que, como el madridista, también jugaba en el centro del campo.
Estamos hablando de personas que digan lo que digan resulta divertido, y no precisamente por el contenido semántico de su discurso, sino por cómo lo dicen, aunque a veces se trate, sobre todo en boca de otros, de una grosería o de un auténtico disparate.
Ramón el Mauricio, el día que realmente lo conocí, estaba esperando el coche de línea cuando yo, que iba a Murcia, pasé por delante de la parada; aunque lo conocía solo de vista, detuve el coche junto a él y le pregunté si iba para Murcia y si quería que lo llevara. Contento —se le notaba en la sonriente mirada—, contestó que sí a las dos preguntas, subió al coche y comenzamos una curiosa y divertida conversación que a mí me dejó encantado y sobre todo me quedó meridianamente claro qué tipo de persona era este hombre. Para ser esta la primera vez que hablamos, supe a partir de entonces cómo era, con qué gracia hablaba, con qué naturalidad se enfrentaba a cualquier tema, y con qué tranquilidad decía cualquier cosa —aunque fuera, ya digo, una barbaridad— y salía más que airoso.
Más que un diálogo, realmente fue un interrogatorio, pues cuando le dije quién era yo, a qué familia pertenecía —que fue lo primero que quiso saber—, pronto me preguntó cuál era mi profesión y dónde trabajaba, si estaba casado, si tenía hijos, cuántos… Fui contestando a todas sus preguntas según me las hacía; le dije que era maestro y trabajaba en un colegio de Murcia, que estaba casado, que tenía dos hijos, pero que no tendría más, sobre todo, entre otras razones, porque no podía; y entonces le conté que a mi mujer le habían hecho una ligadura de trompas e intenté aclararle a continuación a qué me refería.
Tratando de quitarle peso a lo que creyó una profunda pena por no poder tener más hijos, el Mauricio, interrumpiéndome, me dijo: «¡eso no es na, no te preocupes!; ahora, cuando las operan, no les quitan el gusto —y añadió para terminar de convencerme—, a mi mujer hace tiempo que “la limpiaron” de ahí abajo..., sí, de sus partes —y señalaba con la mano la zona de sus genitales— y todavía se corre como una yegua».
Así lo dijo, como lo leen, tal y como lo he escrito, al pie de la letra, y a mí me impresionó tanto lo escuchado y con la naturalidad que lo soltó, que nunca he olvidado sus palabras:
¡¡¿Como una yegua?!!

4 comentarios:

  1. Francisco González Soto12 de mayo de 2017, 13:40

    Jajajajaja como para olvidarlo Pepe,tal cual le vino,con toda la naturalidad del mundo.En referencia al principio de tu escrito y más concretamente a lo del "cuergo" de la Trulas me viene a la memoria una anécdota de un personaje muy conocido precisamente por sus increpancias y su no muy buen trato para con los árbitros,lingüisticamente hablando.
    En un partido del Santomera antes de iniciarse el encuentro y cuando el árbitro pasa delante de mí ,que estaba sentado en la grada de cemento que había en el lateral del campo, dirigiendose al centro del campo,oigo trás de mí la voz de este individúo que le grita "¡ Vamos árbitro,que eres hijo del Molinete "!
    Posteriormente me enteré que el árbitro era de Cartagena y que "El Molinete" es el barrio de las putas.
    Saludos.
    Paco González Soto

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    1. Una manera de decirle «hijo de...»

      Gracias, Francisco.

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  2. Me has hecho recordar a dos grandes personas que han sido mucho en mi vida. Mi madre y mi padrino. Los has retratado perfectamente bien.
    Muchas gracias Pepe.
    Roberto Palma

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    1. Ya sabes, Roberto, que me caían ambos muy bien.

      Gracias a ti.

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