SECCIONES

lunes, 16 de noviembre de 2015

La Ratita

La Rata, La Ratita —mejor en diminutivo, que, deduzco, se debía sobre todo a su ínfima envergadura física, tanto de talla como de volumen— vino al pueblo siendo yo niño y, con el tiempo, muchos años después, terminó trabajando para mi familia, en casa de mi padre. Aunque tenía fama de deslenguada, de respondona, no era sino respuesta al trato que recibía de la gente que a menudo la provocaba. Yo, por el contrario, siempre hice buenas migas con ella y guardo buenos recuerdos de nuestra relación.
La Ratita tenía una hija, más o menos de mi edad, con la que, recién llegadas al pueblo, recorría sus casas —supongo que no todas; irían donde dieran “algo”, en tiempos de tanta necesidad— pidiendo comida: restos de cualquier tipo —guisos en general—, que, recuerdo, recogían en latas de conserva vacías ya usadas, latas que eran utilizadas como recipientes y, donde, seguro, comerían directamente e imaginen con qué cubiertos. Recuerdo que los niños, crueles, nos reíamos de la hija de La Ratita y le levantábamos el vestido porque no llevaba bragas.
Al principio vivían en una cueva que había en una de las pequeñísimas elevaciones montañosas —si se pueden llamar así— que hay a las afueras del pueblo; después, en un cuartico. Los cuarticos son, en Santomera, mini viviendas sociales para gente indigente, aunque no hay unanimidad entre la población local respecto de lo adecuado del adjetivo “indigente” para algunos de los ocupantes de ellas.
Pequeña, muy pequeña, menuda, menudísima, de unos treinta kilos, pero puro nervio. Con el pelo siempre corto, canoso, piel tostada, sin pasarse, y unos ojillos muy vivos (estos sí que hacían honor a su apodo), unos ojos que siempre tenía —en mi recuerdo así es— “malos” y se limpiaba a menudo con un pañuelo moquero que llevaba en el bolsillo del delantal. De ese cuerpo tan menudo salía incesante, machaconamente, una voz aguda y algo chillona (que también hacía honor a su apodo), cuyo timbre permanece en mi memoria.
La Ratita vivía arrejuntá con El Largomi Largo, decía ella—, un hombre con fama de gandul que, recuerdo, hacía remolinos de papel sujetos a la punta de un palito y los vendía en ferias y fiestas. La delgadez y altura del Largo justificaban su apodo, pues debía medir dos metros, si no más. ¡Menudo contraste el de la Ratita y el Largo cuando iban juntos!
Él leía empedernidamente novelas del oeste a la luz de una vela, por lo cual —decía ella— se estaba quedando ciego y tenía que acercarse mucho el libro a los ojos (yo recuerdo su imagen con el libro a unos 10-15 centímetros de distancia, no más, de sus ojos); incluso en el cine, que también le gustaba mucho, en los descansos y tiempos muertos, aprovechaba para enfrascarse en Marcial Lafuente Estefanía y compañía.
El Largo era también conocido por el “por baho”, debido, cuentan, a que un día estaba el hombre cogiendo higos en higuera ajena —recuerden los tiempos que corrían y las necesidades de nuestros personajes— y apareció el dueño del árbol reprochándole su acción; El Largo contestó que “solo cogía por bajo”, pero con su acento andaluz la “jota” no sonaba o sonaba muy suave. El propietario de la higuera, vista la talla de quien le estaba afanando los higos, le contestó, imitándolo, algo así como “no te jode..., por baho llegas a toa la higuera”.
Encarna, que ese era el nombre de nuestro personaje principal, era analfabeta y, además, no tenía documentos que acreditaran su identidad. Si le preguntabas por su nombre y apellidos, contestaba, ceceando y con deje andaluz, algo así como Encarna Zaorín, con una pronunciación en la que no quedaba claro el apellido —ni la primera sílaba ni la última—: podía ser Saorín, Saolín, Zaorín, Zaolín... Nunca pude llegar a una conclusión satisfactoria.
En casa de mi padre, conviviendo con ella, pude comprobar que era trabajadora, limpia, honrada... Le gustaba mucho fumar, así que cuando llegaba su santo yo solía regalarle un cartón de paquetes de su tabaco favorito: Ducados, pero la envoltura de los paquetes tenía que ser de cartón, no de papel. Como entonces yo también fumaba, ella correspondía con lo mismo el diecinueve de marzo. También le gustaba mucho el café, del que abusaba, junto con el tabaco, diariamente. El tabaco, el café y la charleta eran sus pasiones.
No la volví a ver, aunque he sabido de ella por mi hermana, que sí lo hizo, y me cuenta que iba a visitarla a Caravaca, donde terminó en uno de esos centros que perifrástica y eufemísticamente llamamos residencias de la tercera edad, antes asilos, donde Encarna, La Rata, La Ratita, terminó sus días, espero que, como tanto le gustaba, parloteando, fumando y tomando café.

1 comentario:

  1. Se mezcla la crónica con el recuerdo personal, los hechos con los dichos, objetividad y mirada personal, siempre con ternura, todo muy humano, como no puede ser de otra manera. Ya sabes que soy un fan incondicional de estas crónicas tuyas de Santomera, o de tu Santomera. Un abrazo, Pepe. Mariano.

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