SECCIONES

martes, 3 de noviembre de 2015

Dies irae (1)

Yo recuerdo, de mi infancia, en las “oscuras” e imponentes misas de difuntos —no sé qué pintábamos allí los niños—, la melodía del Dies irae (♫ fa – mi – fa – re – mi – do – re – re…♫♪). Entonces no sabía lo que tal música quería decir, lo que significaba, aunque intuía su “seriedad”, su tenebrosidad, dado el ritual al que servía de acompañamiento.
Dies irae es el nombre latino —Día de la ira— de una famosa secuencia medieval (una de las formas literarias y musicales más populares de este período), un himno que forma parte de la misa de réquiem, la de difuntos.
Esta melodía de canto llano (Gregoriano) ha sido utilizada posteriormente para evocar no solo el símbolo de la muerte o los horrores del Día del Juicio Final, sino también el miedo a lo sobrenatural.
Entre los músicos que la han utilizado en composiciones donde es reconocible el original —literalmente o modificado—: Berlioz, Liszt, Rachmaninov y Saint-Saëns, por poner solo unos pocos.
Otros grandes compositores han hecho sus propias —algunas, extraordinarias— versiones musicales, sobre todo para orquesta y coro; entre ellas queremos destacar unas pocas: la de Mozart (Requiem en re menor, KV 636), que es la más conocida, y las de Cherubini, Salieri, Dvorak, Verdi y Donizetti.
Veamos, en primer lugar la versión “original”, perteneciente al canto llano, basada en un famoso, impresionante y significativo poema de la literatura latina cristiana, atribuido al fraile Tomás de Celano (muerto hacia 1250).
Aunque en textos de la liturgia de difuntos ya aparece siglos antes de Tomás de Celano. Concretamente, la frase “dies irae, dies illa” nos la encontramos ya en un poema del siglo IX, del que existe más de una versión.
¿Impresionante?, sí, mucho, por lo que representó para el hombre del medievo ese vivir aterrorizado por el miedo, ese constante martilleo: has de morir, te van a juzgar rígidamente, no te escapas, te espera el infierno...
El poema trata de un asunto tradicional en la cultura cristiana: el Juicio Final, un tema muy presente en la mente de los cristianos de la época, muy representado en el Románico y en el Gótico, y reflejado en la literatura.
Para apreciar el Dies irae en su simplicidad espiritual gregoriana, deberíamos ponernos en situación y escucharlo de un buen coro de monjes en alguna iglesia de la época, pero, a falta de pan… lo haremos de una versión grabada por los Monjes de la Abadía de Notre Dame.

Como la letra latina va en el vídeo (gracias, Jaime Vado), solo tenemos que añadir la traducción para un mejor entendimiento.
TRADUCCIÓN
Aquel día, día de ira, reducirá este mundo a cenizas, como profetizaron David y la Sibila.
¡Cuánto terror sobrevendrá cuando venga el Juez a pormenorizar todas las cosas con estricto rigor!
La trompeta, esparciendo un maravilloso sonido por todos los sepulcros del mundo, reunirá a todos ante el trono.
La muerte y la naturaleza quedarán estupefactas cuando resuciten las criaturas para responder a su juez.
Saldrá a la luz el libro escrito que todo lo contiene, por el que el mundo será juzgado.
Cuando al Juez le parezca oportuno, todo lo oculto saldrá a la luz; nada quedará impune.
¿Qué podré yo, desdichado, decir entonces? ¿A qué protector invocaré, cuando apenas los justos están seguros?
Rey de tremenda majestad, que salvas gratis a quienes van a ser salvados, sálvame, fuente de piedad.
Recuerda, piadoso Jesús, que soy la causa de tu camino, no me pierdas aquel día.
Buscándome, te sentaste cansado; me redimiste padeciendo muerte de cruz; no sea vano tanto esfuerzo.
Juez que castigas justamente, hazme el regalo del perdón antes del Día del Juicio.
Gimo como un reo, se enrojece mi rostro por el pecado, perdona, Dios, a quien te implora.
Tú, que absolviste a María y escuchaste al ladrón, también a mí me diste esperanza.
Mis ruegos de nada valen, pero tú que eres bueno haz misericordioso que no me queme en el fuego eterno.
Dame un lugar entre las ovejas y separándome de los cabritos colócame a tu diestra.
Rechazados ya los condenados, y entregados a las duras llamas, llámame con los bienaventurados.
Suplicante y humilde te ruego, con el corazón casi hecho ceniza: toma a tu cuidado mi destino.
Día de lágrimas será aquel en que resurja del polvo el hombre culpable para ser juzgado.
¡Perdónale pues, oh Dios,
Piadoso Señor Jesús ¡Dales el descanso!
Así sea.

No hay comentarios:

Publicar un comentario