SECCIONES

viernes, 14 de octubre de 2016

Ramón

Publicado también en LA CALLE, REVISTA DE SANTOMERA, N.º 159 / OCTUBRE 2016
Vino como profesor al único instituto que había entonces en el pueblo, el centro educativo donde ha trabajado hasta su jubilación como catedrático. Llegó, en 1977, a Santomera, que lo valora, que lo quiere, que aprecia su excelente trabajo pedagógico. Nuestro personaje es de Quintanar del Rey (Cuenca), su pueblo de nacimiento y crianza, donde la gente que lo conoce desde niño le llama, todavía, Ramoncito, según he podido comprobar no hace tanto. Es Ramón Ballesteros Denia.
Su imagen —cuerpo delgado, cara alargada, andares y movimientos muy personales, un tanto desgarbados...—, de ida al instituto o de vuelta, la he visto muchas veces, bastante cargada —sin cartera, mochila o bolso alguno— con libros, papeles, discos, cintas de vídeo... aparentemente en desorden, bajo un brazo que apenas puede abarcarlos.
Un poco más “reconocío”
Reflexivo, equilibrado, moderado, temperamental, apasionado, ecologista, ahorrativo...; es un buen conversador, interesado por el mundo que lo rodea, por su marcha, su conservación y las políticas que lo gobiernan, y defiende con buenos argumentos y muy pedagógicamente sus bien documentadas ideas. Su muletilla favorita, bastante repetida cuando te cuenta algo, es “¿sabes?”, con la segunda sílaba entonada, así me lo parece, un poco más aguda que la primera, y con esa “ese” sonora —aunque fonéticamente sorda— de su hablar todavía manchego.
¿Inclinaciones?: las disciplinas de su especialidad: Geografía, Historia, Historia del Arte; sobre todo, creo, la Historia y su enseñanza, y, relacionadas con ella, las demás; también la Literatura (Clarín y La Regenta, Galdós y Fortunata y Jacinta: dos obras que, contagiado por su entusiasmo, he leído no hace muchos años), el Cine y, a destacar —con todas estas disciplinas en unión—, las salidas pedagógicas con sus alumnos —auténticos y aprovechados “viajes de estudios”; nada de limitarse a ir a la nieve— previamente preparadas, explicadas en clase y avaladas por un muy trabajado dosier elaborado por él mismo con tiempo, paciencia y mucho conocimiento.
De sus intereses deportivos —futbolísticos exclusivamente— destaca una gran pasión, que él reconoce irracional, por el Atlético de Madrid: es un sufridor, dice. En la práctica deportiva lo vi —y mereció la pena—, bastante más joven, jugar al futbito: un espectáculo. Y si lo observan explicando las jugadas, tanto algunas de las que ha visto —en vivo, en televisión— como las realizadas por él en su juventud, disfrutarán de una magnífica experiencia: se dobla hacia atrás desde la cintura y simula parar el balón con el pecho, lo baja imaginariamente y lo recoge con el pie, gira en un escorzo imposible y, casi cayéndose, avanza...: ya digo, un verdadero gozo.
Primero por la derecha agachado
En la comida, frugal; con el vino, sin pasarse, generoso; él dice, con una pronunciación, ya lo he dicho, todavía castellana que contrasta con la nuestra, que “hay que catar todos los caldos”.
Le gusta la lectura de la prensa diaria. Nos ha contado muchas veces que ya leía el ABC en el taller de sastre que su padre tenía en Quintanar. Yo lo conozco “de siempre” como lector de El País, desde su fundación, periódico que hasta no hace mucho compraba —estuvo suscrito— en papel. Últimamente se informa en una tableta, pero con las limitaciones de un paupérrimo usuario de las nuevas tecnologías, de las que pasa, de las que vive casi al margen y de las que hace un uso de eterno principiante: se le olvida pronto lo poco aprendido en determinadas ocasiones y... vuelta a empezar.
No utiliza notas en el móvil, tableta u ordenador: pasa de calendarios, agendas electrónicas, recordatorios con avisos...; pero lleva siempre encima algún trocito de papel y un muy diminuto lápiz —tres o cuatro centímetros: debe caber en el monedero— para apuntar, con letra también muy pequeña pero buena, clara, caligráfica, cualquier recordatorio que necesite. Tras una buena comida en un local sencillo, acompañada con vino de la casa, Ramón puede sorprenderte sacando el microlápiz para, en el mantel de papel de la mesa, hacerte un esquema de su bien urdida argumentación.
Igualmente toma apuntes en el libro de turno, el que esté leyendo; lo hace ordenadamente, en las páginas en blanco del final, con esa miniatura de lápiz y con esa miniletra caligráfica: números de páginas, citas, reflexiones…: los aspectos que le interesan en cada momento de la lectura.
Tiene fama —bien ganada, y confirmada por Elena, su mujer— de supremo despistado, hasta lo increíble. Es sabido en su entorno de conocidos que en las carreras de orientación, deporte en el que estuvo participando durante bastante tiempo, era frecuente tener que esperarlo al llegar la hora final y haber terminado todos los participantes su recorrido, porque nuestro personaje se había “despistado” en el camino y todavía no había llegado. Elena cuenta, y Ramón corrobora, que en uno de sus viajes él bajó del coche para repostar combustible en una estación de servicio, y al volver a entrar al vehículo lo hizo por la puerta de atrás en vez de utilizar la del conductor, y ¡claro, allí no estaba el volante! Otro día va de visita turística con un grupo de amigos, que, conociéndolo, lo colocan en el centro de la caravana de vehículos para que no se pierda durante el trayecto; él, llegado a un cruce de carreteras, sale en dirección contraria a la que han tomado los que le preceden para marcarle el camino. Y así.
Un día que salimos a comer
Son interesantes y muy significativas pedagógicamente las anécdotas que quienes lo conocen le adjudican en la realización de su trabajo diario: dando clase. Podías entrar al aula donde estaba enseñando Historia del Arte, explicando el Gótico, y encontrarte a todos los alumnos, brazos elevados, “sosteniendo” las paredes de la clase para que no se cayeran: haciendo de arcos arbotantes. O, en una clase de Geografía, podías ver a esos mismos alumnos empujando unas mesas contra otras para ver cómo responden los distintos materiales de la corteza terrestre a las fuerzas endógenas, a las distintas presiones a que están sometidos, tratando de comprobar sus efectos: en este caso, la formación de fallas. Como ven, pedagogía en estado puro.
Como premio, lo he dicho al principio, el reconocimiento del pueblo: padres, alumnos —muchos de los cuales consideran a Ramón el mejor profesor que tuvieron en el instituto— y, también, autoridades municipales —algunos exalumnos incluidos—, que el año pasado lo eligieron pregonero de las fiestas.
Sí, un personaje muy importante: necesario.

2 comentarios:

  1. Excelente semblanza, excelente semblanceado y excelente semblanceador. (Perdón por la licencia lingüística).

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  2. Francisco González Soto25 de octubre de 2016, 18:26

    Excelente D.Ramón,recuerdo perfectamente los años que me dió clase y lo que nunca olvidaré olvidaré es la charla que nos impartió tras el fallido golpe de estado que se produjo en España.Tras un dia en el que se suspendieron las clases,las retomamos con un discurso impregnado de libertad por parte de él.Estaba en tercero de B.U.P y fue el profesor más cercano que tuve en lo referente a trato y calidad humana.Yo no seguí estudiando después de acabar tercero pero decir que el que falló fuí yo,no él.Felicitarte por el blog Pepe que estoy intentando recordarte y me cuesta porque ha pasado mucho tiempo que me fuí del pueblo pero creo que ya caigo,un saludo.Francisco González Soto.

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