De vez en cuando leo algún capítulo de Don Quijote de La Mancha; últimamente me gusta hacerlo al azar, sin orden; abro el libro por cualquier página y curioseo en el capítulo al que pertenece el primer fragmento que atrae mi atención; si me apetece, me quedo en él, y si no, busco algún otro que me atraiga o cierro el libro y lo dejo.
En la última ocasión, recientemente, me he encontrado con unos consejos que, referentes al comer y al beber, Sancho Panza recibe de su señor:
[…]
—Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.
»Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra.
»Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos ni de erutar delante de nadie.
—Eso de erutar no entiendo —dijo Sancho.
Y don Quijote le dijo:
—Erutar, Sancho, quiere decir ‘regoldar’, y éste es uno de los más torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy significativo; y, así, la gente curiosa se ha acogido al latín, y al regoldar dice erutar, y a los regüeldos, erutaciones, y cuando algunos no entienden estos términos, importa poco, que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso.
—En verdad, señor —dijo Sancho—, que uno de los consejos y avisos que pienso llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo hacer muy a menudo.
—Erutar, Sancho, que no regoldar —dijo don Quijote.
—Erutar diré de aquí adelante —respondió Sancho—, y a fe que no se me olvide.
[…]
Cervantes, Miguel de: Don Quijote de La Mancha.
Madrid: Alfaguara (RAE-ASALE, ed. de Francisco Rico).
Segunda parte. Capítulo xliii, pág. 872.
El término «regoldar» me recuerda que aquí, en la huerta de Murcia, en el roalico en que vivo desde que nací —aunque supongo que no solo aquí—, se suele decir «regol•lar» —lo he oído muchas veces—, y de la misma forma he escuchado «regüel•lo» en vez de «regüeldo» (¡cuidado!: al pronunciar ambos vocablos, evítese articular la «elle» y, en su lugar, duplíquese la «ele», vocalizando por separado las dos «eles» resultantes).
Y, de mis años jóvenes, recuerdo concretamente el haber ido al cine con mi vecino Juanito, el ‘Guti’, a ver una de aquellas películas del oeste que tanto nos gustaban; de pronto, sentados ya en el patio de butacas, con la sala a oscuras y comenzando los rótulos de la película, se oyó perfectamente en todo el local un exagerado, por sonorísimo, regüel•lo; ante mi extrañeza y asombro, me dijo mi vecino: «es mi primo ‘Litón’, que está en el gallinero».
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