SECCIONES

viernes, 4 de agosto de 2017

Aponarse

De niño escuchaba «¡atí, qué fati!» o «¡vaya fati!», expresiones con las que mucha gente solía referirse a cualquier persona gorda o, sobre todo, muy gorda (el término venía de un popular personaje del cine mudo; del inglés fat, que significa grasa, grasa corporal, gordo; de ahí el adjetivo fatty, aplicado a la persona que está gorda, con exceso de grasa).
Y no era infrecuente escuchar a continuación de lo de fati, como previendo un desastre: «¡si sigue así se le van a juntar las mantecas!» o, más directo y breve —no era necesaria la introducción—: «se le van a juntar las mantecas»; estas frases se pronunciaban augurando la muerte del obeso, una muerte que yo, tierno todavía, presentía atroz, por amontonamiento de masas gelatinosas grasientas.
La expresión «juntársele a alguien las mantecas» no es exclusiva de aquí; el diccionario de la Real Academia se refiere ella como una locución verbal coloquial que indica «estar en peligro de muerte por exceso de gordura».
Nunca entendí entonces qué era eso de «juntarse las mantecas», y menos aún lo de que alguien pudiera morir porque ello ocurriera, porque se le juntaran. Cuando escuchaba la expresión, me imaginaba que las blancas y rugosas grasas de un lado del cuerpo (había visto lo que le extraían a los cerdos en las matanzas) se expandían hasta chocar y unirse con las del otro lado también en expansión; ¿y entonces?, pues eso, el fin, la muerte.
Entre los personajes del pueblo a quienes podías oír calificar de esa guisa,  aplicándoles expresiones como las de los párrafos anteriores, recuerdo uno en especial; pesaba —llegó a pesar— ciento ochenta kilos, y para moverse de un lugar a otro necesitaba algo en qué apoyarse; yo lo conocí con bastón en espacios interiores y con una ligera motocicleta por la calle aunque se desplazara andando.
Con los años, escuché que nuestro fati contaba, con cierta gracia, cómo le había ido en un par de consultas que hizo al médico que lo trataba.
—¿Qué te ha dicho? —le preguntaron los amigos tras la primera visita.
—¿Que qué me ha dicho?, que... si sigo así... me apono —contestó con cara de resignado por lo que de tal pronóstico se derivaba.
Y es que, en murciano, aponarse significa agacharse, ponerse en cuclillas; y no había que ser muy espabilao entonces para saber lo que quería decir la expresión «que... si sigo así, me apono»; quería decir que si nuestro personaje seguía con tan exagerado sobrepeso, este terminaría venciéndolo y sus piernas no podrían soportarlo: se aponaría, terminaría agachado, acuclillado.
Según su relato, el doctor lo puso a régimen y le dijo que volviera a la consulta unos meses después, para ver qué tal le iba. Él, advertido seriamente, así lo hizo.
—¿Qué te ha dicho el médico esta vez? —le volvieron a preguntar los amigos tras esta última visita.
—¿Que qué me ha dicho? —le gustaba esa expresión—; cuando me ha visto entrar en la consulta no ha necesitao reconocerme, ni siquiera preguntarme cómo me encontraba; imaginarse cómo me habrá visto para tener que decirme: «¡ande, váyase usted y que le haga su mujer un cocido con pelotas, que tiene muy mala cara!». 
A grandes males, grandes remedios. Así parece que acabó el régimen.

No hay comentarios:

Publicar un comentario