SECCIONES

viernes, 24 de octubre de 2014

Quino y Mafalda

Comiendo un día con unos amigos argentinos, una joven pareja, no sé cómo salió en la conversación la cuestión de qué personajes más importantes había dado su país, o, mejor dicho, qué personajes argentinos admiraba yo. Inmediatamente, sin dudar, contesté:
—Lo más grande que ha parido Argentina ha sido el grupo Les Luthiers.
Ella me contestó:
—Es la primera vez que no me dicen que lo más grande que ha dado mi país ha sido Maradona.
Bueno… de Les Luthiers ya trataremos en otra ocasión, que es uno de mis temas favoritos. En esta entrada me gustaría hacerlo de Quino, que, lamentablemente, olvidé ese día; si lo hubiera recordado, creo que hubiera dudado si ponerlo antes o después de los extraordinarios músicos cómicos.
Y ahora viene a cuento porque a Joaquín Salvador Lavado, Quino, le han concedido este año en nuestro país el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, y se lo van a entregar esta noche en el teatro Campoamor de Oviedo. Sí, a Quino: el gran Quino: humorista, filósofo, antropólogo, sociólogo, psicólogo… y todos los …logos que ustedes quieran.
Quino es el autor de Mafalda, uno de los personajes más famosos del comic internacional: lo más de lo más, la crème de la crème, la flor y nata… Mafalda es una niña filósofa, que intenta resolver el dilema de quiénes son los buenos y quiénes los malos en este mundo, una niña aquejada de sopofobia, preguntona y contestataria, que pone en evidencia a los adultos de todo tipo —empezando por sus padres—, sensible, soñadora, que denuncia los males del mundo… en fin, la que nos hace, sonreír, reír, levantar la cabeza y… pensar. 

Mafalda […] se publicó por primera vez el 29 de septiembre 1964 en el semanario Primera Plana de Buenos Aires. El 9 de marzo 1965, con el paso de las tiras cómicas al periódico El Mundo (en el que Quino publicará seis tiras por semana), se inicia el imparable éxito del personaje, que cruza las fronteras nacionales para conquistar América del Sur y luego se extiende a Europa, ganando una posición de liderazgo en el imaginario colectivo.
[…]
El gran éxito y fama internacional no impedirán que Quino, el 25 de junio 1973,  tome una decisión para algunos desconcertante: no dibujar más tiras de Mafalda, pues ya no siente la necesidad de utilizar la estructura expresiva de las tiras en secuencia.
               (De la biografía de Quino en su web)


La editorial Lumen, que se encarga de las obras de Quino en nuestro país, además de los cuadernitos de Mafalda, tiene recopilados otros trabajos (páginas de humor, algunas de las cuales superan a Mafalda, según el propio Quino) en casi una veintena de maravillosos libros —17 acabo de contar en la estantería donde con orgullo los tengo—, con títulos como Gente en su sitio, Sí… cariño, Ni arte ni parte, Humano se nace, Quinoterapia, Potentes, prepotentes e impotentes, ¡Yo no fui!, y un largo etc.
Para que vean que no exagero, aquí tienen una mini selección de tiras de Mafalda sacadas de uno solo de los catorce cuadernos que divulgó el periódico Público —la publicación original, de Lumen, consta de 10 cuadernitos, que conservo, aunque algo deteriorados, como oro en paño—. Saquemos cuentas de lo que nos espera en la colección completa si en un solo cuaderno encontramos esto y mucho más.
Veamos la muestra:
Con las divisiones
La influencia de la tele
 En la escuela

Miguelito y “su” dedo
Los adultos


 

Propina (fuera de programa)



sábado, 18 de octubre de 2014

Pacucherías

Asisto, en el Ayuntamiento, a un acto sobre Las Maestras de la República, consistente en la proyección de un documental —muy bueno— con ese nombre y unos comentarios posteriores abiertos al público. Y estando sentado esperando el comienzo, llega Paco González, con un libro en la mano —que no me deja ni tocar— y me dice, con cierto sonsonete infantil, que lo ha escrito él y que ya me regalará un ejemplar. Aguanto unos días hasta que me doy cuenta de que la espera puede ser en vano, que no sé cuánto se prolongará. Cuando me convenzo de que va a ser difícil lo del regalo, decido comprar el libro; no lo encuentro inmediatamente, pero no mucho después lo localizo en el estanco de Dani y me lo merco.
Así que Paco González, El Pacuchas, ha publicado Un conjunto de pétalos… no es una rosa, un libro de, según la contraportada, “aforismos, pensamientos, apuntes, máximas, escolios, sentencias, greguerías, aikus, voces, nótulas, aerolitos, pecios, cohetes, polen, dardos, inscripciones, hojas caidas [sic]…, y algunas ocurrencias”.
 Una vez adquirido, en dos días lo leo y lo disfruto: inteligencia, ingenio, humor, un punto de sana mala leche…: chispa, diría yo; Paco es un tío inteligente, y sus ideas, claras y del lado que a mí me gusta: se nota solo con abrir el libro al azar y echar un vistazo.
Solo unas pocas objeciones, unos lunares que no llegan a manchas, se me ocurren tras la lectura. Unas, referentes a la edición, como el uso de una de las letras utilizadas —la de apariencia manuscrita— que facilita poco la lectura, a mí por lo menos; o como que  algunas pacucherías aparecen repetidas en distintos lugares del libro. Hay también algunos fallos tontos: por ejemplo, Woody Allen no toca el saxo, toca el clarinete, o algo que me suena de antes, de una antigua antología del disparate: lo de la vaca que tiene cuatro patas que le llegan hasta el suelo. Por lo demás, ya lo he dicho: humor, inteligencia… ¡chispa!
Me dicen unos amigos que aprovecharemos la publicación para organizar una cena con el autor y hablar del libro; tomo nota y selecciono algunas pacucherías para comentarlas, llegado el caso, con Paco. Pronto me inclino por las más cortas: para mi gusto ganan en brillantez debido a su brevedad.
Ha pasado el tiempo y me decido a poner estas notas en una entrada de Abonico, pues no sé cuándo nos reuniremos para la cena y para hablar del libro.
Una selección (mía) de pacucherías:
1.     Miro dentro de mi corazón y solo veo sangre.
2.     No actuar puede ser activo.
3.     Los ángeles gordos vuelan menos.
4.     La suma de mis aciertos y errores es siempre “uno”.
5.     Los refranes no son aforismos: los entiende cualquiera.
6.     Si quieres estropear tu amor… di todo lo que piensas.
7.     De definición en definición…, el Ser se convierte en el Verbo.
8.     Demasiado silencio aturde al ruido.
9.     El ruido es el silencio de los imbéciles.
10.  Una chorrada es el chorro de ingenio de un necio.
11.  El zumbido de las abejas es la música que pone cachondas a las flores.
12.  Si tienes ideas propias sobretodo…, es que has leído muy poco.
13.  El mito de la democracia capitalista es una contradicción “per se”.
14.  La izquierda o es utópica o… es de derechas.
15.  “El ruido y la furia” es un título cojonudo: ¡lo expresa todo!
16.  La estabilidad emocional y financiera suelen ir paralelas.
17.  El mal inexplicable, que los dioses consienten, es la razón de mi descreencia.
18.  ¿Quién tiene la culpa de que yo no tenga fe? ¿Dios?
19.  No aguantar las estupideces de los estúpidos ¿Es intolerancia?
20.  Lo sublime no es “apto para todos los públicos”.
21.  Yo…, lo que diga la mayoría. ¡Imbécil!
22.  El libre albedrío es, para los ricos, más libre y más albedrío.
23.  Los únicos ruidos soportables son los nuestros.
24.  Gritos o susurros ¡The ist the question!
25.  El que no piensa nada…, no debería creérselo todo.

domingo, 12 de octubre de 2014

De dos clases

Dice un conocido de la familia, perteneciente al prestigioso grupo intelectual Los Kikos, que hay dos clases de homosexuales:
·     Los que lo son por enfermedad, que son los más disculpables y que se pueden curar.
·     Y los que lo son por vicio, los peores y, estos sí, irremediablemente condenados al fuego eterno del infierno.
¿Qué? ¿Hay o no hay profundidad de pensamiento, de reflexión, de análisis, de conocimiento de la realidad, de argumentación...?

¡Menudo mendrugo!

sábado, 4 de octubre de 2014

Bell en el metro

Recibo de vez en cuando algún correo con un vídeo musical calificado por quien me lo manda, o por quien lo ha elaborado, como interpretación magistral; cuando lo abro, lo veo y, sobre todo, lo escucho, me sorprendo —es un decir, ya no me sorprendo— pues la interpretación en cuestión, de obra maestra no tiene nada: frecuentemente es una interpretación pasable o mediocre, si no una ejecución, de la obra, de Bach, Vivaldi, Mozart…
Hace ya algún tiempo circuló por Internet un correo con la historia que a continuación les relato. Como el powerpoint difundido me pareció poco riguroso, indagué un poco y lo reelaboré. Ahora se me ocurre que puede ser una buena entrada para Abonico, pues plantea la cuestión de nuestra capacidad para la valoración del arte, dentro y fuera de sus santuarios: museos, salas de conciertos…
Joshua Bell es el protagonista de nuestra historia, un violinista estadounidense nacido en 1967, que comienza con el violín a los cuatro años —“Mis padres me introdujeron en el sonido del violín”, dice, “no fui yo quien lo elegí”—, y posteriormente lo estudia en la Universidad de Indiana; a los catorce años toca como solista con la Orquesta de Filadelfia, dirigida por Ricardo Muti; debuta en el Carnegie Hall en 1985 con la Orquesta Sinfónica de Saint Louis y desde entonces ha tocado con orquestas y directores de primera fila.
Además del repertorio típico de su instrumento —sinfónico y de cámara—, Bell ha tocado obras de nueva creación, como el concierto de violín que el compositor británico Nicholas Maw le dedicó y que Bell estrenó en 1993. También interpretó la parte solista de la banda sonora de la película El Violín Rojo (Oscar a la mejor banda sonora). Bell utiliza en sus conciertos un violín Stradivarius de 1713 por el que pagó alrededor de tres millones y medio de dólares.
 Bell, un tío sencillo, que ha aparecido, sin aura de divo virtuoso, en la versión estadounidense de Barrio Sésamo, se deja convencer hace unos años para participar en un experimento: tocar anónimamente en una estación de metro. Los promotores de la idea —The Washington Post—quieren averiguar si los usuarios del metro, la gente normal, en la cotidianeidad, distinguen y valoran la música de un concertista de calidad excepcional de la de un músico callejero cualquiera. Pretenden, con el resultado, sacar conclusiones sobre la sensibilidad artística, musical en este caso, del ciudadano común.
La mañana del viernes 12 de enero de 2007, con vaqueros y gorra de béisbol, y en la mano el estuche con su Stradivarius, Bell entra en una estación de metro en Washington, saca el instrumento y comienza a tocar; días antes —dicen— ha llenado una importante sala de conciertos a cien euros de media la entrada.
Ha de interpretar seis obras de Johann Sebastian Bach —algunas fuentes hablan de diversos autores— y lo hace durante cuarenta y tres minutos. Comienza con la Chacona de la Partita número 2 en Re menor (aquí les pongo un fragmento de una interpretación posterior del propio Bell):
 Leonard Slatkin, director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Estados Unidos, había pronosticado que Bell recaudaría unos ciento cincuenta dólares y que, de mil personas, unas treinta y cinco se pararían, haciendo corro, atraídas por la belleza de la música. Hasta un centenar, predijo Slatkin, echaría dinero en la funda del violín.
Pero no es así. Durante los cuarenta y tres minutos que Bell está tocando, solo unas pocas personas (27), de entre las más de mil que pasan camino del trabajo, echan dinero en el estuche, y la mayoría (20) lo hace sin pararse; nada de escuchar, nada de maravillarse, nada de corros. La inmensa mayoría, casi la totalidad, siguió su camino con las prisas propias del momento y —según unas fuentes, otras dicen que nadie— solo una mujer lo reconoció. En total recoge treinta y dos dólares y algo de calderilla. "No está mal", bromea, "casi cuarenta dólares la hora... podría vivir de esto. Y no tendría que pagarle a mi agente".
"Era una sensación extraña, la gente me estaba... ignorando", dice después Joshua Bell a The Washington Post; a él, al virtuoso que le molesta que la gente tosa o que suene un teléfono en sus conciertos. Sin embargo, en la estación de metro se sentía "extrañamente agradecido" cuando alguien le tiraba a la funda del violín unos centavos. Y recuerda los peores momentos: cuando acababa una pieza, nadie aplaudía.
¿Qué moraleja extraemos —al margen de nuestras prisas, de nuestro estresado sistema de vida— del hecho de que casi nadie se pare a escuchar a un gran violinista, con un magnífico instrumento, interpretando a un insuperable compositor? ¿Quieren mi conclusión?: pues… que la mediocridad está tan generalizada, que no entendemos una mierda de aquello que merece la pena en música, en literatura, en pintura… (y añadan ustedes lo que quieran a la lista).
Vean qué claro está para Erlich:
Erlich (El País, 10-10-2009)