SECCIONES

viernes, 23 de enero de 2026

Cucañistas

Recuerdo, de mis años de infancia y adolescencia, cómo, en algunas fiestas del pueblo, los jóvenes de entonces, con denodado empeño, valiéndose de pies y manos, trataban de trepar por la cucaña, un palo con forma cilíndrica, grueso (algo menos en el extremo superior que en la base, en la que mediría unos veintitantos centímetros de diámetro), parecido a un poste de los utilizados por entonces para el tendido de los cables de la luz, un palo que se encontraba en vertical, clavado en el suelo, y que, previamente, había sido bien embadurnado con algún producto de tipo jabonoso o grasiento para que resultase resbaladizo —effaroso—, muy resbaladizo y, por consiguiente, fuera verdaderamente difícil el ascender por él hacia lo más alto, hasta llegar a la punta, el lugar donde, previamente, había sido colocado, como trofeo, un pollo, un conejo o cualquier otro animal u objeto, un premio destinado a quien —del género masculino: no recuerdo excepción alguna— lograse la proeza —en absoluto resultaba fácil— de llegar hasta allí, a lo más alto de la cucaña, y lo cogiera con sus propias manos.

Con el tiempo, me enteraría de que, en otros lugares —deduje que situados en zonas costeras—, la cucaña no se colocaba en vertical, sino más o menos inclinada horizontalmente y a unos pocos metros de la superficie del agua, y advertí que por la misma no había que deslizarse valiéndose de pies y manos, sino solo con los pies, andando, con la consiguiente aparatosa caída al agua de quien fracasaba en el intento.

Todo esto me viene atropellada y desordenadamente a la cabeza leyendo Juan de Mairena, de Antonio Machado, obra donde, entre otros muchos asuntos, el poeta se refiere a los políticos «trepadores y cucañistas», palabra esta última que de inmediato se convierte en el centro de mi interés y, como magdalena proustiana, activa unos recuerdos que, desde hace mucho, permanecían aletargados en algún oscuro rincón de mi memoria.

La política, señores —sigue hablando Mairena— es una actividad importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala, que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancia y colocar parientes. Vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros, y naturalmente, contra vosotros. […]

Machado, Antonio: Juan de Mairena. Madrid: Alianza Editorial, 2016, págs. 154-155.

Sí, «cucañistas», derivada de «cucaña», es la palabra que más me atrae de esta lectura, el vocablo que desata mis recuerdos y que ha motivado la elección y selección de este fragmento de texto, así como su inserción y posterior comentario en estas páginas.

También me interesa (y ello sobre todo por venir de quien viene, por proceder de alguien tan admirado por mí) el mensaje que subyace en lo que dice el poeta sevillano, a través de Mairena —su maestro en la ficción literaria—, en torno a la política y los políticos, amén de otros muchos asuntos sobre filosofía, literatura, educación…, sobre los que reflexiona con inteligencia y con humor, con fina ironía.

 

viernes, 16 de enero de 2026

Como en casa…

Encontré la cita hace unos años, leyendo uno de los volúmenes de los, para mí, muy recomendables Diarios de Iñaki Uriarte (Pepitas de calabaza, 2011), en el que el autor atribuye a Blaise Pascal —el del famoso «Principio» que lleva su nombre— la siguiente reflexión: «Todo lo malo viene de no saber estar a gusto en casa». Y, como me gustó la idea, ya que, aunque no tan tajantemente, de alguna manera, conecta con mi forma de pensar, la dejé escrita por ahí (o por aquí, no recuerdo bien).

Recientemente, ojeando en el móvil las noticias que el algoritmo de turno me envía a su antojo, me he encontrado con otro pensador que, aunque de otra forma, de manera muy original, también me da la razón:

«Byung-Chul Han, filósofo: “Quedarse en casa es la manera más lúcida de resistencia; es un bastión de libertad”». El pensador surcoreano recomienda huir de los estímulos constantes y aprender a hallar la felicidad y la libertad lejos del ruido de la sociedad actual (Murillo, Sergio, 30-12-2025, As).

Y es que… a lo largo de mis tiempos jóvenes, lo escuché decir muchas veces, pues en casa de mis padres era frecuente que, cuando nos llegaba información sobre algún suceso trágico, como que alguien o álguienes había/n tenido un percance de poca o ninguna fortuna, un accidente, una catástrofe…, digo que era frecuente que mi padre dijera: «si se hubiera/n quedado en su/s casa/s…».

Así que no es de extrañar que, desde hace ya algún tiempo, en situaciones similares, ante algún desgraciado suceso de la misma o parecida índole, mi hijo Antonio y yo, rememorando a mi padre, bromeemos, no sin algún remordimiento por hacerlo sobre estos temas, y dejemos caer, cualquiera de los dos y a veces los dos al unísono: «si se hubiera/n quedado en su/s casa/s…».

 

viernes, 9 de enero de 2026

De Guatemala a…

A propósito de la última intervención estadounidense en América Latina —la de Venezuela—, vuelvo a echar un vistazo —suelo hacerlo de vez en cuando— a El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914 (Fontana, Josep. Barcelona: Crítica, 2017, págs. 329-330), justo al epígrafe que relata el primer caso, el del comienzo de la intervención yanki en Latinoamérica, apartado del que tomo el fragmento que expongo más abajo.

Y acudo a esta obra porque es en ella donde he encontrado el relato más convincente, el más claro, creíble y bien contado. Además de que me fío de la categoría de la editorial que lo publicó y de la profesionalidad, seriedad y rigurosidad de su autor, al que conozco —de mis lecturas— ya bastantes años, concretamente… desde los setenta del siglo pasado, cuando, aún veinteañero pero muy interesado ya, veía su firma en artículos de la Gran Enciclopedia Larousse que me regaló Toñi por nuestra boda.

AMÉRICA LATINA EN LA PERSPECTIVA DE LA GUERRA FRÍA

Acabada la Segunda guerra mundial los norteamericanos se ocuparon poco de sus vecinos del sur. Entre otras razones porque, según opinaba en 1948 el departamento de Estado, el comunismo «no era seriamente peligroso» en aquellas tierras, donde lo que convenía eran dictaduras estables que asegurasen la continuidad de los negocios. La primera amenaza comunista que creyeron descubrir fue la de Guatemala, sin ningún fundamento, puesto que no existía ninguna conexión entre sus gobernantes y la URSS.

En Guatemala, donde la compañía norteamericana United Fruit disfrutaba de privilegios políticos y económicos que había conseguido del dictador Jorge Ubico, su situación cambió cuando, tras el derrocamiento de Ubico, unas elecciones llevaron en 1945 a la presidencia a Juan José Arévalo, un moderado que permitió la creación de sindicatos en sus plantaciones, ante la indignación de la compañía.

Las cosas empeoraron durante la presidencia de Jacobo Árbenz, que en 1952 trató de poner en práctica un proyecto de reforma agraria que proponía expropiar las tierras no cultivadas de los latifundios para darlas a los campesinos, compensando a los propietarios por el valor declarado —esto es, el que usaban para el pago de impuestos— de las tierras expropiadas, que recibirían en bonos de deuda del estado a veinticinco años, con un interés anual del 3 %.

La United Fruit, que poseía cerca del 85 % de las tierras cultivables de Guatemala, y que siempre había declarado un valor muy por debajo del real para eludir el pago de impuestos, denunció la reforma como inconstitucional y pidió ayuda al gobierno norteamericano, donde la compañía tenía un gran número de amigos, desde el subsecretario de Estado a la secretaria personal de Eisenhower, incluyendo a los dos hermanos Dulles, que habían actuado en muchas ocasiones a su servicio. Cuando Árbenz rechazó una oferta de dos millones de dólares para paralizar la reforma agraria, se decidió que era comunista y se organizó una operación para derrocarle.

La operación PBFORTUNE comenzó el 1 de mayo de 1954 con una campaña de propaganda por la radio, seguida el 17 de junio por una invasión de ciento cincuenta hombres, dirigidos por el coronel guatemalteco Castillo Armas, con el apoyo de tres aviones norteamericanos de bombardeo que operaban partiendo de Nicaragua. Aunque la invasión fue un fracaso, los norteamericanos negociaron con los militares y fueron estos mismos quienes, el 27 de junio, le exigieron a Árbenz que dimitiera. El embajador norteamericano consiguió la liquidación de la reforma agraria y organizó una entrada triunfal de Castillo Armas, lo que le hacía aparecer como vencedor. Bastó más adelante una votación amañada para darle la presidencia.

Acabada la operación Eisenhower le preguntó a Dulles cuántas bajas había tenido. «Solo una», contestó y el presidente exclamó, «¡Increíble!». Las pérdidas humanas, dice Talbot, comenzaron cuando Castillo se dispuso a limpiar el país de «enemigos» e inició un proceso que acabaría, años más tarde, con un total de doscientas cincuenta mil víctimas. 

 

Estados Unidos sacó una lección de esta experiencia: que para evitar otras Guatemalas la fórmula más barata era apoyar a gobernantes como Castillo, sin hacer caso de los informes que les advertían que el grave problema de la pobreza podía favorecer la subversión social en el continente. En 1954 trece de las veinte naciones latinoamericanas tenían regímenes dictatoriales y Estados Unidos había decidido no sólo tolerarlos, sino darles pleno apoyo.

Así que…, en efecto, confirmado, de Guatemala a… guatepeor.