A propósito de
la última intervención estadounidense en América Latina —la de Venezuela—,
vuelvo a echar un vistazo —suelo hacerlo de vez en cuando— a El siglo
de la revolución. Una historia del mundo desde 1914 (Fontana, Josep. Barcelona: Crítica, 2017, págs. 329-330), justo
al epígrafe que relata el primer caso, el del comienzo de la intervención yanki
en Latinoamérica, apartado del que tomo el fragmento que expongo más abajo.
Y acudo a esta
obra porque es en ella donde he encontrado el relato más convincente, el más
claro, creíble y bien contado. Además de que me fío de la categoría de la
editorial que lo publicó y de la profesionalidad, seriedad y rigurosidad de su
autor, al que conozco —de mis lecturas— ya bastantes años, concretamente… desde
los setenta del siglo pasado, cuando, aún veinteañero pero muy interesado ya,
veía su firma en artículos de la Gran Enciclopedia Larousse que me
regaló Toñi por nuestra boda.
AMÉRICA LATINA EN LA
PERSPECTIVA DE LA GUERRA FRÍA
Acabada la Segunda guerra
mundial los norteamericanos se ocuparon poco de sus vecinos del sur. Entre
otras razones porque, según opinaba en 1948 el departamento de Estado, el
comunismo «no era seriamente peligroso» en aquellas tierras, donde lo que convenía
eran dictaduras estables que asegurasen la continuidad de los negocios. La
primera amenaza comunista que creyeron descubrir fue la de Guatemala, sin
ningún fundamento, puesto que no existía ninguna conexión entre sus gobernantes
y la URSS.
En Guatemala, donde la
compañía norteamericana United Fruit disfrutaba de privilegios políticos y
económicos que había conseguido del dictador Jorge Ubico, su situación cambió
cuando, tras el derrocamiento de Ubico, unas elecciones llevaron en 1945 a la presidencia
a Juan José Arévalo, un moderado que permitió la creación de sindicatos en sus
plantaciones, ante la indignación de la compañía.
Las cosas empeoraron
durante la presidencia de Jacobo Árbenz, que en 1952 trató de poner en práctica
un proyecto de reforma agraria que proponía expropiar las tierras no cultivadas
de los latifundios para darlas a los campesinos, compensando a los propietarios
por el valor declarado —esto es, el que usaban para el pago de impuestos— de
las tierras expropiadas, que recibirían en bonos de deuda del estado a
veinticinco años, con un interés anual del 3 %.
La United Fruit, que
poseía cerca del 85 % de las tierras cultivables de Guatemala, y que siempre
había declarado un valor muy por debajo del real para eludir el pago de
impuestos, denunció la reforma como inconstitucional y pidió ayuda al gobierno
norteamericano, donde la compañía tenía un gran número de amigos, desde el
subsecretario de Estado a la secretaria personal de Eisenhower, incluyendo a
los dos hermanos Dulles, que habían actuado en muchas ocasiones a su servicio.
Cuando Árbenz rechazó una oferta de dos millones de dólares para paralizar la
reforma agraria, se decidió que era comunista y se organizó una operación para
derrocarle.
La operación PBFORTUNE
comenzó el 1 de mayo de 1954 con una campaña de propaganda por la radio,
seguida el 17 de junio por una invasión de ciento cincuenta hombres, dirigidos
por el coronel guatemalteco Castillo Armas, con el apoyo de tres aviones norteamericanos
de bombardeo que operaban partiendo de Nicaragua. Aunque la invasión fue un
fracaso, los norteamericanos negociaron con los militares y fueron estos mismos
quienes, el 27 de junio, le exigieron a Árbenz que dimitiera. El embajador
norteamericano consiguió la liquidación de la reforma agraria y organizó una
entrada triunfal de Castillo Armas, lo que le hacía aparecer como vencedor.
Bastó más adelante una votación amañada para darle la presidencia.
Acabada la operación
Eisenhower le preguntó a Dulles cuántas bajas había tenido. «Solo una»,
contestó y el presidente exclamó, «¡Increíble!». Las pérdidas humanas, dice
Talbot, comenzaron cuando Castillo se dispuso a limpiar el país de «enemigos» e
inició un proceso que acabaría, años más tarde, con un total de doscientas
cincuenta mil víctimas.
Estados Unidos sacó una
lección de esta experiencia: que para evitar otras Guatemalas la fórmula más
barata era apoyar a gobernantes como Castillo, sin hacer caso de los informes
que les advertían que el grave problema de la pobreza podía favorecer la subversión
social en el continente. En 1954 trece de las veinte naciones latinoamericanas
tenían regímenes dictatoriales y Estados Unidos había decidido no sólo
tolerarlos, sino darles pleno apoyo.
Así que…, en efecto, confirmado, de Guatemala a… guatepeor.