SECCIONES

viernes, 23 de noviembre de 2018

No me aburro

«¿Y cómo lo llevas?» suele ser lo primero que escucho en boca de alguien que se entera de que estoy jubilado. «Bien», suelo contestar aunque no del todo afirmativamente, no con mucha euforia. Entonces, a menudo, viene una segunda pregunta, planteada a veces con ironía: «¿Y no te aburres?», a la que normalmente contesto que no, que todo lo contrario, que cada día que pasa me faltan horas para hacer lo que quiero, lo que me gusta.
Y a continuación (aunque no siempre, pues depende del tipo de interlocutor) cuento lo que hago y los quehaceres que tengo en la cabeza, enfrento estos proyectos al tiempo que creo que me puede quedar... y acabo diciendo que me estresa el ver la cantidad de «trabajo» que tengo por delante y el poco tiempo velozmente menguante del resto de mi vida; y eso —aclaro— pensando en unas aceptables condiciones de salud física y psíquica y en el promedio del índice de esperanza de vida, ahora y aquí, para los de mi sexo, que, como sabemos... nunca se sabe.
Debería considerarme un privilegiado. Todos los días suelo hacer un poco de ejercicio físico, sobretodo andando, y mucho mental, pues leo, escribo, escucho e interpreto música (a veces la compongo); también cada día suelo ver en familia alguna película elegida con cierta meticulosidad, y —muy importante— estoy con los míos, con mi gente.
Algunos días converso con amigos, mejor si es ante una buena comida, una cerveza, un café... Quien me busca me encuentra todavía, bien sea para ir a un concierto, al cine, al teatro, a una charla... o para salir a tomar algo, para hablar, para algún consejo, para dar alguna clase... para lo que se tercie.
¡Ah!, y tengo un par de nietas de las que aún puedo disfrutar, y lo hago; para ellas y con ellas leo cuentos, toco la flauta, canto, recito poesías, hago canciones, invento juegos..., siempre lúdicamente, procuro.
¿Se puede pedir más?
 

viernes, 16 de noviembre de 2018

Prosa despaciosa

Nicholson Baker dice (El antólogo, Barcelona, Duomo ediciones, 2010, pág. 5), refiriéndose a la poesía no rimada: «La poesía es prosa a cámara lenta». Supongo que con la expresión «a cámara lenta» se refiere a que es reflexiva, recreada, suave... abonico.
Y recuerdo estas palabras de Baker sobre todo cuando leo, y releo, a Mario Benedetti, a José Emilio Pacheco, a José Agustín Goytisolo, a Karmelo C. Iribarren... o —por ir ya a donde quiero desembocar— a nuestro paisano Eloy Sánchez Rosillo, el poeta murciano que ya con su primer libro, Maneras de estar solo, siendo aún veinteañero, ganó el Premio Adonáis, el de 1977, y que en 2005 recibió —por La Certeza el Premio Nacional de la Crítica.
La poesía de Sánchez Rosillo es, dicho de forma parecida a como lo hace Nicholson Baker, prosa despaciosa, una poesía para que el lector se recree estéticamente en lo que el poeta cuenta y —muy importante— en cómo lo cuenta. Ya conocía parte de su obra (tenía leídas en mis estanterías La certeza y La vida) cuando me enteré de que había salido Hilo de oro, Antología poética, 1974-2011, edición de José Luis Morante, Cátedra, 2014, con —leo en la contraportada del libro— «una significativa muestra de la obra poética de Eloy...» [...] «serenidad, armonía y transparencia», la antología de una obra que lo consagra como «personalidad indiscutible de la lírica española contemporánea»; entonces decidí conocer un poco mejor al autor murciano, la compré y la leí.
Y al poeta también lo conocía, de cuando éramos jóvenes, pero no en la cercanía de un primer plano, no personalmente. En mi juventud —y la suya, pues es solo tres años mayor que yo— lo veía de vez en cuando, y había oído hablar del él como un personaje peculiar, muy interesante. Recuerdo que lo que escuchaba sobre Eloy era todo elogioso, como si se tratara de alguien especial. Si a eso unimos su físico, su imponente imagen, el resultado era de cierta admiración a distancia. Es posible que esto fuera ya en sus tiempos universitarios y lo deduzco del hecho de que, según he leído en Hilo de oro, fue en la universidad donde se destapó; antes, él mismo cuenta lo infeliz que había sido en esos colegios, varios, a los que lo mandaron, así como los fracasos, uno tras otro, que lo acompañaban.
A uno le gusta identificarse con los grandes, aunque solo pueda hacerlo en asuntos como el mal recuerdo común sobre los establecimientos docentes que pisaron, sobre los centros que tan mal les sentaron. Y eso es lo que me removió la lectura, en la introducción a Hilo de oro, de «Una temporada en el infierno», donde comprobé que, como a mí, a Eloy Sánchez Rosillo le fueron fatal las cosas en «aquellos terroríficos colegios religiosos de la época».
UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO

(Fragm.)
Al final de la infancia —tenía doce años—,
estuve interno en uno de aquellos terroríficos
colegios religiosos de la época. Era
inhóspita y muy fría la ciudad en que alzaba
ese centro sus muros carcelarios. Tras ellos,
pasé yo un curso entero, solo, desesperado,
entre dómines crueles y extraños condiscípulos.
   […]
    Eloy Sánchez Rosillo

  ***
Acabado este artículo con lo hasta ahora escrito, resulta que no hace mucho, menos de un año, me encontré a su protagonista en Murcia, en la Librería Diego Marín, cuando entró estando yo allí ojeando las novedades expuestas sobre las mesas, en la primera de las cuales estaba su último libro, Poesía completa, una obra que yo, sabiéndola a la venta, había estado buscando días antes y no había podido localizar.
Mi interés por el libro momentos antes provocó que Alfonso, uno de los dependientes de la librería, un excelente profesional, muy atento, cuando llegó nuestro personaje, me dijera, ofreciéndome un ejemplar: «llévatelo, que Eloy te lo firma, seguro». A todo esto, el poeta —no sé si le habría llegado la onda sonora— se acercó, me vio con el libro en la mano, se dirigió a mí con amabilidad y me preguntó si me lo iba a llevar y si quería que me lo dedicase.
Me dio un poco de vergüenza aparentar que buscaba la dedicatoria que el autor me ofrecía, y le dije, quizás algo cohibido y torpe, que era lector suyo, que había escrito algo sobre él aunque todavía no lo había publicado en Abonico, y que tenía en mis estantes unos cuantos títulos suyos. Seguí hablando un poco y muy por encima sobre la admiración que a distancia he sentido por él desde que éramos jóvenes y sobre la coincidencia en ambos de una mala experiencia en los colegios a los que fuimos de adolescentes… Al final… me escribió en el libro una bonita dedicatoria que alude a «los primeros minutos de nuestra amistad». Y yo pensé: ¡Ojalá! ¡Qué más quisiera!
 

viernes, 9 de noviembre de 2018

Antonio y Le Nouvel Observateur

De joven había estado en Francia, practicando la lengua del país vecino y trabajando (en alguna ocasión me contó que lo había hecho para un tacaño personajillo a quien aquí en el pueblo —tenía una casa en el campo— llamábamos El «tio» francés). Ya de vuelta en nuestro país, Antonio terminó sus estudios de Filología Románica y pronto consiguió una plaza de profesor de francés en la Universidad de Murcia, donde la fonética francesa terminó siendo su especialidad.
Me gustaba el ambiente de estudio —silencioso, intelectual, progre para mí— que había en la vieja casa que, frente al cine de verano, su padre le dejaba y él compartía —no sé en qué condiciones materiales— con Luciano y, a veces, con un tercero, un verborrágico personaje de nombre Mateo (no hace mucho me enteré de que, posteriormente, en el instituto, sus alumnos se referían a él como Mateo «el loco»), compañeros los tres en la carrera de Filología. (También me he enterado no hace mucho de que para ellos y algún otro allegado el nombre de aquel lugar de estudio era Colegio mayor García Lorca, de Santomera.)
Antonio, que había sido mi profesor de francés en segundo de bachiller, con una exigente pedagogía que no quiero tratar ahora aquí, me llamaba, siendo yo un niño todavía, don José; él decía, posteriormente, que lo hacía por mi «seriedad»; lo cierto es que a mí me gustaba que lo hiciera, que así me llamara, pues me otorgaba importancia que alguien como él, tan admirado por mí, me tratara de don. Con el tiempo hicimos amistad y nos apreciamos recíprocamente.
Cuánto envidiaba yo, todavía adolescente, a Antonio, viéndolo como un hombre de izquierdas de verdad, profesor universitario, que leía Le Nouvel Observateur y que, con aire paternal, nos tildaba a los demás —generalmente más jóvenes que él— de ingenuos, de ser unos zurdos light, unos rojos descafeinados: unos «progres» de pacotilla.
Después, con el tiempo, no sé cómo, apareció su retrato en unos carteles que lo promocionaban como candidato a la alcaldía del pueblo por el gran partido político conservador. Me extrañó mucho. ¿Acabó ideológicamente en la derecha?; no lo sé, podría ser, como ha ocurrido con muchos otros, y también con algunos en una trayectoria de recorrido inverso. ¿Y... si fue así, cómo ocurrió?; tampoco lo sé, nunca hablé con él de ello, no me atreví a preguntar, y ahora no puedo hacerlo, pues murió, lamentablemente demasiado pronto: Sit tibi terra levis.
Desde que la conocí, por medio de Antonio, quise ser lector de Le Nouvel Observateur, la famosa revista francesa de tanto prestigio intelectual, aunque mi nivel de francés supuso siempre un obstáculo demasiado grande. Pensaba entonces lo interesante que resultaría poder leer un medio tan importante para poder conocer mejor el mundo desde su alta perspectiva.
Sí leí, entre otras, Triunfo, la mítica revista española que encarnó en los años sesenta y setenta los ideales de la izquierda en nuestro país, un semanario que también leía y me había recomendado él, y que a mí me pareció entonces parecido a Le Nouvel Observateur; además, en Triunfo, creo recordar, publicaban traducidos algunos artículos de la revista francesa, y —tampoco estoy muy seguro— después hicieron lo mismo los de El País, periódico que, entre otros medios, recogió el testigo de Triunfo. Y yo me acordaba de Antonio.

viernes, 2 de noviembre de 2018

A gallete

Una de las muchas cosas que siendo aún muy niño estaba deseando aprender para poder «lucirme» delante de los demás, sobre todo ante los mayores, una de las que quería hacer como ellos, era «beber a gallete», que no es lo mismo, como veremos enseguida, que «beber a gollete», aunque fonéticamente anden muy cercanas ambas palabras: gallete y gollete.
Yo, entonces, como cualquier niño de poca edad, bebía a gollete, una «técnica» consistente en hacerlo chupando, o sea, aplicando la boca directamente al pitorro o lugar por donde sale el líquido del recipiente del que se bebe (pienso en un botijo —aquí llamado igualmente botijón—, pero puede ser cualquier otro); también se conoce esta técnica como «beber a morro»; y eso, «morrear», como he dicho, es lo que hacíamos los chiquillos al beber agua en botijo (otra cosa, y bastante habitual entonces, es que nos la dieran en vaso), y bebíamos a morro porque no sabíamos hacerlo a gallete, que era lo chulo, lo que estábamos deseando aprender, por lo menos yo.
Y beber a gallete, por el contrario, consiste en hacerlo —de un botijo, de un porrón, de una bota...— sin chupar, o sea, sin aplicar la boca directamente al pitorro del recipiente del que lo haces; es beber a chorro en vez de a morro, manteniendo ese envase o recipiente a cierta distancia de la boca que bebe.
En el diccionario de la Real Academia Española, gallete, de origen incierto, es 1. m. Úvula, garganta. Y beber a gallete —en la misma obra— 1. locución verbal, Beber a chorro de un botijo, bota o porrón, sin tocar el pico los labios. Sin embargo, gollete, también en el diccionario de la RAE, del francés goulet 'paso estrecho', significa 1. m. Parte superior de la garganta, por donde se une a la cabeza. 2. m. Cuello estrecho que tienen algunas vasijas, como garrafas, botellas, etc. [...] Y beber a gollete 1. loc. verb. coloq. Esp. beber a morro.
Además, un servidor quería imitar a quienes cuando bebían agua a gallete distanciaban el botijo todo lo que les permitía la longitud de sus brazos, provocando un ruido característico del chorro del agua que borboteaba en la boca y, a menudo, rebosaba y salía derramada por las comisuras de los labios, llegando, algo agradable sobre todo en verano, a chorrear sobre el pecho despejado, desnudo.
¡Ojo!, que no siempre era fácil beber a gallete, incluso para un adulto, pues algunos botijos tenían el pitorro demasiado «gordo», con un agujero tan considerable que a las personas poco hábiles y/o no acostumbradas dificultaba esa labor de beber a distancia, así como la de mantener una larga duración en el trago. A esta dificultad del pitorro gordo de caño ancho había que añadir —en ocasiones, aunque no era infrecuente— el tamaño del botijo, pues recuerdo algún establecimiento público de entonces donde lo difícil era poder con él, dado su gran —¡enorme!— volumen, algo que convertía el beber a gallete en un verdadero reto, y el logro de hacerlo prolongadamente y a cierta distancia, en una hazaña solo al alcance de los mejores, de los más fuertes y hábiles.
Por ello, hasta que aprendí la técnica de beber a gallete, y para que practicara mientras tanto, antes de controlar tan delicada maniobra, un servidor solía disponer de un botijo adecuado a mi tamaño, incluso menor en proporción, un botijo pequeño, diminuto (cuanto más pequeño más me gustaba), escogido con cuidado de entre los que tenía mi padre para vender en la tienda; y así no necesitaba beber a morro en el botijo grande que por aquellos años había en mi casa, como en cualquier otra vivienda, y como en muchos establecimientos comerciales, en la mayoría de los cuales permanecía a la vista y a disposición del público.
 

viernes, 26 de octubre de 2018

Puntuación

Hace ya muchos años que llegó por primera vez aquel inspector de educación al único colegio del pueblo entonces (hay quienes dicen que era el argentino Domingo Faustino Sarmiento, no lo sé, pero para mi propósito es igual), y tras algunas pruebas y los tanteos que creyó oportunos comprobó que los alumnos no andaban mal en matemáticas ni en geografía ni en historia ni en ciencias naturales..., pero sí en lengua, pues, aunque no tenían muchas faltas de ortografía (las habituales: conocían las normas de la «b» y la «v», las de la colocación de las tildes...), sí usaban mal, demasiado a la ligera, los signos de puntuación.
El inspector, con tacto, reconvino al maestro haciéndole saber la gran importancia que tiene un buen uso de los puntos, las comas...: de los distintos signos de puntuación en general. La respuesta del maestro, con menos tacto que el inspector, sorprendió a este, que tuvo que escuchar cómo el docente se defendía:
Usted perdone, señor inspector, pero es que yo soy el primero que no cree que sean tan importantes los signos de puntuación; ¿si no hablamos con puntos y comas, por qué debemos ser tan rigurosos en su escritura?
¡Cómo que no son importantes!, ¡oiga, sí lo son, señor maestro, imprescindibles! —respondió el inspector dejando asomar un punto de enfado en sus palabras—; le voy a poner un ejemplo para que lo entienda mejor —y, tomando una tiza, escribió en la pizarra—:
«El maestro dice: el inspector es un ignorante»
¡Oiga, por favor! —saltó con rapidez el maestro, algo mosqueado—, yo no me atrevería nunca a decir eso de usted.
Pero yo sí podría decirlo de usted —concluyó el inspector, cogiendo de nuevo la tiza, quitando los dos puntos que había puesto en la oración anterior y colocando dos estratégicas comas en sendos lugares, con lo que el sentido de la frase cambió radicalmente y ahora quedó así:
«El maestro, dice el inspector, es un ignorante»

viernes, 19 de octubre de 2018

Hasta las tantas

Leyendo Volar en círculos, de John le Carré, me he enterado de que Graham Greene (para Le Carré «el más importante de los desertores literarios del MI6») estuvo a un pelo de ser llevado ante los tribunales por los servicios de espionaje ingleses, debido a sus demasiado «reveladoras» novelas (Nuestro hombre en La Habana es la obra citada como ejemplo). Se extraña le Carré de que no le metieran mano por ello a su colega, y dice a continuación que «veinte años más tarde, Greene les pagó su acto de clemencia con El factor humano, que los retrataba no solamente como idiotas, sino como asesinos». Graham Greene, sin embargo, acabó premiado con la Orden del Mérito.
Bien… pues todo esto me recuerda que, hace muchos años, unos cuarenta, la lectura de El factor humano me atrapó una noche de tal manera que no pude abandonarla para continuar con ella al día siguiente. Y lo mismo me ha ocurrido con algunas otras lecturas en distintas ocasiones, sobre todo con novelas en las que la trama me ha resultado muy atractiva, emocionante, divertida..., pero que ahora no vienen al caso.
Y es que cuando era más joven me gustaba mucho quedarme leyendo por la noche hasta las tantas, sobre todo aprovechando los distintos períodos de vacaciones o en noches en las que al día siguiente no tuviera que madrugar para ir a clase a trabajar; y mejor aún en las vacaciones de verano, que me proporcionaban más tiempo y relajación. Así que en ocasiones llegaba el amanecer y las primeras luces de la mañana me pillaban con el libro todavía en la mano esperando ser acabado. Y hubo también alguna vez que, aun no estando de vacaciones, recuerdo no haber dormido o haberlo hecho apenas por haber permanecido leyendo durante toda la noche, como fue el caso de la novela citada, la del «desagradecido» Greene.
Fue una noche en pleno curso escolar (al día siguiente tenía que trabajar), en la que esperaba la llegada del sueño mientras leía, una costumbre que no he perdido y que me va muy bien, y leía El factor humano, la novela en la que —según John le Carré— Graham Greene trata a los servicios de espionaje ingleses «no solamente como idiotas, sino como asesinos»; según avanzaba la trama novelesca, me pareció tan emocionante que me enganchó y estuve con ella durante toda la noche. Aun así, ni esperando la llegada del día pude terminarla; así que, incapaz de resistirme, cuando llegó la hora de irme al trabajo me llevé el libro al colegio y en la primera ocasión que tuve —en el patio, durante el recreo— lo acabé, pues me quedaba muy poco, casi nada.

viernes, 12 de octubre de 2018

Levantarse el castigo

Una mañana de uno de los primeros días de este verano recién acabado voy caminando tras la consecución de mi dosis diaria de pasos, mi «anda-dura», callejeando por el pueblo todavía temprano pero buscando la sombra en lo posible en unos días en los que desde las primeras horas comienza a molestar el Lorenzo.
De pronto, ya en un barrio alejado del mío, a la vuelta de una esquina, me encuentro con un amigo que de manera bastante graciosa me confiesa haber cometido una «infracción», que me dice haberse saltado una de las casi sagradas normas para la buena convivencia en su hogar —«las famosas reglas»—, y ello aprovechando que su mujer había salido de la casa y con la seguridad de que no regresaría en un tiempo mínimo suficiente para una mayor tranquilidad de mi amigo. La transgresión consistió en comerse un trozo de tocino y un par de blancos (ese embutido tan rico, con más tocino que magra, parecido a la butifarra), algo que tiene prohibido por el médico y vigilado por su señora.
blanco. m. Embutido de carne cocida de cerdo, huevos y especias, semejante a la butifarra. […] (Diego Ruiz Marín: Vocabulario de las Hablas Murcianas, Diego Marín)
El que mi amigo me haya contado esto (creo que, por motivos que rezuman evidencia, no debo decir su nombre) ha venido a cuento porque cuando nos hemos encontrado, nada más vernos, tras el saludo inicial y la recíproca manifestación de alegría por el encuentro, él ha comenzado el diálogo elogiando mi «fuerza de voluntad», el valor de mi tesón por salir todos los días a andar y así mejorar mi salud; «o por lo menos para no facilitar su deterioro», he añadido yo; y a continuación le he respondido que sí, que muy bien, pero que, debido a las dichosas caminatas diarias, llevo ya unos días con un hambre que me está costando mucho esfuerzo controlar, además de que no siempre lo consigo. Él, comprensivo —«sé muy bien de lo que me hablas»—, me responde que no me preocupe mucho, que no le dé tanta importancia a lo de excederme comiendo, siempre que sea ocasionalmente, ¡claro! —levanta el dedo índice—, y añade seguidamente que «de vez en cuando hay que levantarse el castigo», que él mismo lo ha hecho unos pocos días antes, y con un satisfactorio resultado, sobre todo anímico: «me quité el hipo», concluye. 
Y entonces me cuenta muy al detalle cómo se levantó el castigo y se quitó el hipo: Cómo le vino la idea a la cabeza cuando su mujer salió para ir a la peluquería; cómo lo pensó detenidamente valorando pros y contras; cómo fue a la tienda, incluso me dice a qué carnicería fue y me especifica que compró dos blancos y un trozo de tocino de buen tamaño, y se ayuda en la explicación señalando, con una mano sobre el dorso de la otra extendida, una longitud de ocho o diez centímetros, al tiempo que expresa verbalmente esa cantidad: «una leva [de] tocino magroso de unos ocho o diez centímetros»; y cómo, por fin, después, para finalizar —terminó de contarme—, se dio un buen banquete en su casa: «me alpargaté bien, aprovechando que mi mujer estaba en la peluquería».