Nos cuenta nuestro hijo Antonio a su madre y a mí que, volviendo del trabajo, ha escuchado en la radio del coche al humorista de origen uruguayo Facu Díaz, al que conocemos los tres, utilizar la palabra «termocálido» —dice Antonio que, probablemente, en femenino— para referirse a una persona —en concreto, a su novia: una hidrocálida— natural de la ciudad o del estado de Aguascalientes, de México.
A continuación, los tres comentamos que tiene su lógica el gentilicio, que está muy bien traído; y pronto comienza a ocupar mi mente un pensamiento al respecto, que comento de pasada con mi gente: que esto que cuenta Antonio me resulta, si bien remotamente, conocido, familiar, que me suena de antes; y me quedo con el runrún en la cabeza, tratando de recordar que algo de todo ello, o que tiene que ver con ello…, sí, que algo más o menos parecido escuché en la radio hace ya bastantes años.
A partir de entonces, ese casi constante runrún facilita la llegada de sucesivos recuerdos que en distintos momentos me van viniendo a la memoria, fragmentados, como a ráfagas. Y todo esto me lleva a buscar y rebuscar en el disco duro del ordenador, entre los miles de archivos que almaceno, hasta que, pasados un par de días, todo desemboca en el hallazgo de un archivo de audio que contiene, grabadas con mi propia voz, dos palabras: «hidrotermopolitano» e «hidrocálido», dos vocablos que, según constato enseguida, se utilizan para el mismo fin: denominar a los naturales de la ciudad o el estado de Aguascalientes, en México, aunque el gentilicio más usado para ello, el más común en el habla de aquel país, es «aguascalentense».
Cuando caigo en que el término que busco es «hidrotermopolitano» (con la sensación de que llego a él por arte de magia: ¡hay que ver cómo funcionan los mecanismos de la memoria!), me acuerdo a la perfección de que, hace ya bastantes años de ello, escuchando la radio en el coche, lo oí mientras conducía volviendo de Murcia a Santomera; y aparece con claridad en mi recuerdo que iba solo en el vehículo y la imagen del lugar por el que circulaba en el momento exacto en que lo escuché, así como la sorpresa que me produjo y que me llevó a grabarlo verbalmente en el móvil —ni más ni menos que lo que suelo hacer en casos parecidos— con la intención de tenerlo a mano y así facilitar el poder volver posteriormente al asunto.
Después, enfrascado en el tema, buscando aquí y allá, pronto descubro que, de las tres palabras —«aguascalentense», «termocálido» e «hidrotermopolitano»—, la única que no aparece en el diccionario de la Real Academia es la tercera, la que tanto me atrajo en su momento y por la que me intereso ahora y escribo todo esto. Sin embargo, sí que obtengo respuesta sobre la misma cuando pregunto a un programa de inteligencia artificial, y la respuesta que obtengo me lleva a pensar en «hidrotermopolitano» como un delicado hallazgo, un término muy elaborado, con singular intención, pretendidamente culto, complejo, elegante..., un vocablo, en definitiva, que proviene de la unión de otros tres: «hidro», «termo» y «politano» («agua», «caliente» y «ciudadano», respectivamente).
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