Hoy, después de un amanecer bastante nublado (me he levantado de la cama muy temprano), observo, ya cercana la hora de la comida, que el día, tras ese mal comienzo, ha desembocado felizmente en una muy buena mañana, despejada, limpia, luminosa…, la típica de un día primaveral soleado y con una temperatura envidiable.
Me encuentro de tertulia, a la sombra, tomando una cerveza con unos amigos, sentados todos alrededor de una mesa de la terraza del bar del pueblo en el que tenemos por costumbre reunirnos semanalmente, los jueves.
Muy cerca de donde estoy yo, a mi derecha, sentados a otra mesa, conversan dos individuos a los que pronto califico mentalmente (una deducción extraída de lo poco que los conozco y de lo que les voy oyendo decir) como un par de ejemplares prototípicos de la variedad «machotes», dos rancios que mantienen una charla de la que, al vuelo, de vez en cuando, me llegan al oído algunas briznas.
—A esa lo que le hace falta es lo que yo sé —oigo que dice uno de ellos, dando, supongo que sin pretender que yo lo escuche, un buen toque a mi atención.
—¿Y qué es lo que tú sabes? —pregunta respondiendo el otro con sorna y cierto aire de descreimiento.
—¡Ah!
Muy interesado en el asunto (estimulado por la morbosidad que a mi parecer desprende la conversación de los ocupantes de la mesa de al lado), me doy prisa en afinar la orientación de mis parabólicas auditivas en la dirección adecuada, pero… resulta en vano, pues me quedo sin enterarme de quién es «esa» de la que se habla, y también de lo que el machote sabe —deduzco que con total seguridad, con más que absoluta certeza— que le hace falta a la misma.
Y a continuación, ya metido en harina, enmimismado, dejo volar mi pensamiento, y se me ocurre añadir que el individuo en cuestión también sabe, además de lo que necesita «esa» a la que acaba de referirse, digo que también sabe, no tengo la más mínima duda, cómo proporcionárselo; intuyo —creo que con muchas probabilidades de acierto— que, de la misma forma que el fulano conoce el diagnóstico, igualmente se sabe en posesión de la receta magistral —producto, suministro, dosis…—: en fin… de la solución completa al problema de «esa» a la que le hace falta lo que él sabe.
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