SECCIONES

viernes, 6 de febrero de 2026

El palo y la zanahoria

Dice la filósofa Victoria Camps, una autoridad en la materia, que

Buscamos la píldora de la felicidad pero no existe; es una búsqueda que dura toda la vida.

Mestres, Marc, 08-05-2025, La Vanguardia: «Victoria Camps, filósofa de 84 años: “Buscamos la píldora de la felicidad pero no existe; es una búsqueda que dura toda la vida”».

Y a ti, pesimista a tu pesar, pronto, te viene a la cabeza que esto es como lo del palo y la zanahoria; sí, que siempre te van —te vas, mejor dicho— arreando, espoleando, azuzando, «animando» con ese palo imaginario… pero nunca consigues alcanzar la zanahoria: apenas…, y de vez en cuando, algunos trocitos de la misma.

Aunque, en realidad, lo que quiere decir, lo que defiende la catedrática emérita de la Universidad de Barcelona (queda claro cuando sigues leyendo el artículo) es que

la verdadera felicidad no se alcanza con fórmulas mágicas, sino con esfuerzo, cultura y un trabajo constante de autoconocimiento individual y colectivo.

Amén.

 

viernes, 30 de enero de 2026

Biblioteca guay

Un problema.

Recibo un guasap de una persona que, tras presentarse, me dice que trabaja en un medio de comunicación —una televisión regional— y que, buscando información, le han pasado mi contacto y le han dicho que yo soy «amante de la lectura», y que tengo «una biblioteca guay»; a continuación, me pregunta si es cierto lo de la biblioteca y si me «gustaría que la grabáramos» para el programa que ella hace.

Lo que entiendo es… que quiere venir a mi casa, acompañada de una cámara, y hacerme unas cuantas preguntas (supongo que las típicas en estos programas: que cuántos libros tengo, que si los he leído todos, que…), al tiempo que toma imágenes en vídeo de los volúmenes que hay en mis estanterías.

En vez de contestar por guasap, copio su número de teléfono, la llamo inmediatamente y le digo que no, que, si bien es cierto que tengo una biblioteca que se puede calificar de decente, está repartida por todas las habitaciones de la casa y no muy bien organizada, y que, además, me supondría un problema mostrarla en televisión, pues sufro de miedo escénico.

Muy simpática, me dice que lo entiende, que no pasa nada, que no me preocupe…

Y se acaba el problema.

 

viernes, 23 de enero de 2026

Cucañistas

Recuerdo, de mis años de infancia y adolescencia, cómo, en algunas fiestas del pueblo, los jóvenes de entonces, con denodado empeño, valiéndose de pies y manos, trataban de trepar por la cucaña, un palo con forma cilíndrica, grueso (algo menos en el extremo superior que en la base, en la que mediría unos veintitantos centímetros de diámetro), parecido a un poste de los utilizados por entonces para el tendido de los cables de la luz, un palo que se encontraba en vertical, clavado en el suelo, y que, previamente, había sido bien embadurnado con algún producto de tipo jabonoso o grasiento para que resultase resbaladizo —effaroso—, muy resbaladizo y, por consiguiente, fuera verdaderamente difícil el ascender por él hacia lo más alto, hasta llegar a la punta, el lugar donde, previamente, había sido colocado, como trofeo, un pollo, un conejo o cualquier otro animal u objeto, un premio destinado a quien —del género masculino: no recuerdo excepción alguna— lograse la proeza —en absoluto resultaba fácil— de llegar hasta allí, a lo más alto de la cucaña, y lo cogiera con sus propias manos.

Con el tiempo, me enteraría de que, en otros lugares —deduje que situados en zonas costeras—, la cucaña no se colocaba en vertical, sino más o menos inclinada horizontalmente y a unos pocos metros de la superficie del agua, y advertí que por la misma no había que deslizarse valiéndose de pies y manos, sino solo con los pies, andando, con la consiguiente aparatosa caída al agua de quien fracasaba en el intento.

Todo esto me viene atropellada y desordenadamente a la cabeza leyendo Juan de Mairena, de Antonio Machado, obra donde, entre otros muchos asuntos, el poeta se refiere a los políticos «trepadores y cucañistas», palabra esta última que de inmediato se convierte en el centro de mi interés y, como magdalena proustiana, activa unos recuerdos que, desde hace mucho, permanecían aletargados en algún oscuro rincón de mi memoria.

La política, señores —sigue hablando Mairena— es una actividad importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala, que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancia y colocar parientes. Vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros, y naturalmente, contra vosotros. […]

Machado, Antonio: Juan de Mairena. Madrid: Alianza Editorial, 2016, págs. 154-155.

Sí, «cucañistas», derivada de «cucaña», es la palabra que más me atrae de esta lectura, el vocablo que desata mis recuerdos y que ha motivado la elección y selección de este fragmento de texto, así como su inserción y posterior comentario en estas páginas.

También me interesa (y ello sobre todo por venir de quien viene, por proceder de alguien tan admirado por mí) el mensaje que subyace en lo que dice el poeta sevillano, a través de Mairena —su maestro en la ficción literaria—, en torno a la política y los políticos, amén de otros muchos asuntos sobre filosofía, literatura, educación…, sobre los que reflexiona con inteligencia y con humor, con fina ironía.