SECCIONES

viernes, 7 de agosto de 2026

EL REMOLINO

He leído hace poco la última novela de Fernando Aramburu, Maite, en la que me parece muy llamativo (por ingenioso, y me identifico con la idea) el símil establecido por uno de sus personajes entre la velocidad con la que sentimos que transcurren nuestras vidas, en según qué tramos de la mismas, y la idem que creemos apreciar en el desalojo del agua contenida en una bañera cuando le quitamos el tapón y dejamos que se vaya por el agujero del desagüe.

Maite, el personaje que protagoniza la novela, en uno de los pasajes de la mima, está hablando con Manoli, su madre, una mujer ya mayor que le dice:

—Qué bonita mañana se ha puesto, ¿no crees?: Hija, lo que yo daría por tener tus años. Practica la gimnasia, aliméntate bien, vigila el peso, haz todo lo posible por llegar lo menos cascada a mi edad. Pensarás: todavía me falta mucho. No te confíes. ¡Si supieras lo rápido que pasa la vida! Imagina que retiras el tapón a una bañera llena. Al comienzo hay tanta agua que da la impresión de que tardará mucho en marcharse del todo. Pero poco a poco el nivel va bajando. Cuando por fin se forma el remolino por encima del desagüe, ya no hay nada que hacer. Yo intento no sentir dentro de mí el maldito remolino.

Aramburu, Fernando: Maite. Barcelona: Tusquets, 2026, pág. 195.

En resumen, Manoli da unos buenos consejos a su hija: que haga gimnasia, que se alimente bien, que cuide el peso y que procure no llegar cascada a la vejez, unos consejos a los que añade la idea de la fugacidad de la vida, de la velocidad con la que transcurre, comparándola con el desagüe de una bañera, que, ciertamente, nos ofrece una visión muy gráfica del paso del tiempo, del que yo, con la situación en que me encuentro (edad, salud, ánimo…), me quedo con la imagen del tramo final, el del remolino.

 

viernes, 31 de julio de 2026

HIDROTERMOPOLITANO

Nos cuenta nuestro hijo Antonio a su madre y a mí que, volviendo del trabajo, ha escuchado en la radio del coche al humorista de origen uruguayo Facu Díaz, al que conocemos los tres, utilizar la palabra «termocálido» —dice Antonio que, probablemente, en femenino— para referirse a una persona —en concreto, a su novia: una hidrocálida— natural de la ciudad o del estado de Aguascalientes, de México.

A continuación, los tres comentamos que tiene su lógica el gentilicio, que está muy bien traído; y pronto comienza a ocupar mi mente un pensamiento al respecto, que comento de pasada con mi gente: que esto que cuenta Antonio me resulta, si bien remotamente, conocido, familiar, que me suena de antes; y me quedo con el runrún en la cabeza, tratando de recordar que algo de todo ello, o que tiene que ver con ello…, sí, que algo más o menos parecido escuché en la radio hace ya bastantes años.

A partir de entonces, ese casi constante runrún facilita la llegada de sucesivos recuerdos que en distintos momentos me van viniendo a la memoria, fragmentados, como a ráfagas. Y todo esto me lleva a buscar y rebuscar en el disco duro del ordenador, entre los miles de archivos que almaceno, hasta que, pasados un par de días, todo desemboca en el hallazgo de un archivo de audio que contiene, grabadas con mi propia voz, dos palabras: «hidrotermopolitano» e «hidrocálido», dos vocablos que, según constato enseguida, se utilizan para el mismo fin: denominar a los naturales de la ciudad o el estado de Aguascalientes, en México, aunque el gentilicio más usado para ello, el más común en el habla de aquel país, es «aguascalentense».

Cuando caigo en que el término que busco es «hidrotermopolitano» (con la sensación de que llego a él por arte de magia: ¡hay que ver cómo funcionan los mecanismos de la memoria!), me acuerdo a la perfección de que, hace ya bastantes años de ello, escuchando la radio en el coche, lo oí mientras conducía volviendo de Murcia a Santomera; y aparece con claridad en mi recuerdo que iba solo en el vehículo y la imagen del lugar por el que circulaba en el momento exacto en que lo escuché, así como la sorpresa que me produjo y que me llevó a grabarlo verbalmente en el móvil —ni más ni menos que lo que suelo hacer en casos parecidos— con la intención de tenerlo a mano y así facilitar el poder volver posteriormente al asunto.

Después, enfrascado en el tema, buscando aquí y allá, pronto descubro que, de las tres palabras —«aguascalentense», «termocálido» e «hidrotermopolitano»—, la única que no aparece en el diccionario de la Real Academia es la tercera, la que tanto me atrajo en su momento y por la que me intereso ahora y escribo todo esto. Sin embargo, sí que obtengo respuesta sobre la misma cuando pregunto a un programa de inteligencia artificial, y la respuesta que obtengo me lleva a pensar en «hidrotermopolitano» como un delicado hallazgo, un término muy elaborado, con singular intención, pretendidamente culto, complejo, elegante..., un vocablo, en definitiva, que proviene de la unión de otros tres: «hidro», «termo» y «politano» («agua», «caliente» y «ciudadano», respectivamente).

 

viernes, 24 de julio de 2026

MÁS LIBRES

Entre las frases que conozco referidas al valor de los libros (realmente, al valor de la lectura), la que dice: «más libros = más libres» («si se leen», añado yo mentalmente) es la que más me gusta: por breve, por sencilla, por certera…, y ello incluso ahora que leo otra (y este es el motivo por el que me viene a la cabeza la primera) que también me atrae mucho, que me parece buenísima, aunque no desplaza del primer puesto a la anterior, sino que la complementa, una reflexión, esta última (por ahora, la segunda en mi lista de favoritas), que dice, parafraseando a Hobbes, que, sin los libros, la vida, sería más «solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta» (ahí es nada).   

A pesar del incremento de precios que ha experimentado en las últimas semanas, sigue siendo el entretenimiento más barato y el que más dura, salvo incendio consiguiente al estallido de misil ruso. Sin ellos, la vida de las personas, parafraseando a Hobbes (que sólo hablaba de los “hombres”), sería más “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”

Rodríguez Rivero, José Manuel: «Abril, de los meses el más vil», el País-Babelia, 02-04-2022.

 

viernes, 17 de julio de 2026

LO QUE YO SÉ

Hoy, después de un amanecer bastante nublado (me he levantado de la cama muy temprano), observo, ya cercana la hora de la comida, que el día, tras ese mal comienzo, ha desembocado felizmente en una muy buena mañana, despejada, limpia, luminosa…, la típica de un día primaveral soleado y con una temperatura envidiable.

Me encuentro de tertulia, a la sombra, tomando una cerveza con unos amigos, sentados todos alrededor de una mesa de la terraza del bar del pueblo en el que tenemos por costumbre reunirnos semanalmente, los jueves.

Muy cerca de donde estoy, a mi derecha, sentados a otra mesa, conversan dos individuos a los que pronto califico mentalmente (una deducción extraída de lo poco que los conozco y de lo que les voy oyendo decir) como un par de ejemplares prototípicos de la variedad «machotes», dos rancios que mantienen una charla de la que, al vuelo, de vez en cuando, me llegan al oído algunas briznas.

—A esa lo que le hace falta es lo que yo sé —oigo que dice uno de ellos, dando, supongo que sin pretender que yo lo escuche, un buen toque a mi atención.

—¿Y qué es lo que tú sabes? —pregunta respondiendo el otro con sorna y cierto aire de descreimiento.

—¡Ah!

Muy interesado en el asunto (estimulado por la morbosidad que a mi parecer desprende la conversación de los ocupantes de la mesa de al lado), me doy prisa en afinar la orientación de mis parabólicas auditivas en la dirección adecuada, pero… resulta en vano, pues me quedo sin enterarme de quién es «esa» de la que se habla, y también de lo que el machote sabe —deduzco que con total seguridad, con más que absoluta certeza— que le hace falta a la misma.

Y a continuación, ya metido en harina, enmimismado, dejo volar mi pensamiento, y se me ocurre añadir que el individuo en cuestión también sabe, además de lo que necesita «esa» a la que acaba de referirse, digo que también sabe, no tengo la más mínima duda, cómo proporcionárselo; intuyo —creo que con muchas probabilidades de acierto— que, de la misma forma que el fulano conoce el diagnóstico, igualmente se sabe en posesión de la receta magistral —producto, suministro, dosis…—: en fin… de la solución completa al problema de «esa» a la que le hace falta lo que él sabe.

 

viernes, 10 de julio de 2026

¿ESTÁN VERDES?

Con el tiempo que hace que la defiendo, ya no sé si es mía la idea (puedo haberla tomado prestada hace ya mucho y no acordarme ahora de dónde ni de quién) de que el tiempo —el de cada uno— es demasiado valioso como para despilfarrarlo yendo tras el dinero, como para perderlo buscando una riqueza material excesiva. 

Viene esto a cuento ahora que, leyendo, pienso que, a lo largo de los tiempos, algunos de los «listos» de turno han preguntado a algunos de los sabios del mismo turno, con retintín, con recochineo, que, cómo siendo tan inteligentes y sabiendo tanto, se encuentran tan poco sobrados de medios económicos.

Al respecto, cuenta Montaigne en uno de sus Ensayos que ya se lo preguntaron al presocrático Tales de Mileto (que, por cierto, criticaba el destinar demasiado esfuerzo al enriquecimiento económico), supongo que acusándolo de que como él no lo había podido conseguir, se excusaba diciendo, como la zorra de la fábula, que las uvas estaban verdes.

Y el milesio, queriendo demostrar lo equivocados que estaban, 

y poniendo por una vez su saber al servicio del beneficio y de las ganancias, organizó un comercio que produjo más riquezas en un año de las que en toda una vida podrían producir los más experimentados en aquel oficio.

Montaigne, Michel de: «Del magisterio», Ensayos. Madrid: Cátedra I, 1985, pág. 186.