Recuerdo, de mis años de infancia y adolescencia, cómo, en algunas fiestas
del pueblo, los jóvenes de entonces, con denodado empeño, valiéndose de pies y
manos, trataban de trepar por la cucaña, un palo con forma cilíndrica, grueso
(algo menos en el extremo superior que en la base, en la que mediría unos
veintitantos centímetros de diámetro), parecido a un poste de los utilizados
por entonces para el tendido de los cables de la luz, un palo que se encontraba
en vertical, clavado en el suelo, y que, previamente, había sido bien
embadurnado con algún producto de tipo jabonoso o grasiento para que resultase
resbaladizo —effaroso—, muy resbaladizo y, por consiguiente, fuera
verdaderamente difícil el ascender por él hacia lo más alto, hasta llegar a la
punta, el lugar donde, previamente, había sido colocado, como trofeo, un pollo,
un conejo o cualquier otro animal u objeto, un premio destinado a quien —del
género masculino: no recuerdo excepción alguna— lograse la proeza —en absoluto
resultaba fácil— de llegar hasta allí, a lo más alto de la cucaña, y lo cogiera
con sus propias manos.
Con
el tiempo, me enteraría de que, en otros lugares —deduje que situados en zonas
costeras—, la cucaña no se colocaba en vertical, sino más o menos inclinada
horizontalmente y a unos pocos metros de la superficie del agua, y advertí que
por la misma no había que deslizarse valiéndose de pies y manos, sino solo con
los pies, andando, con la consiguiente aparatosa caída al agua de quien
fracasaba en el intento.
Todo esto me viene atropellada y desordenadamente a la cabeza leyendo Juan
de Mairena, de Antonio Machado, obra donde, entre otros muchos asuntos, el
poeta se refiere a los políticos «trepadores y cucañistas», palabra esta última
que de inmediato se convierte en el centro de mi interés y, como magdalena
proustiana, activa unos recuerdos que, desde hace mucho, permanecían
aletargados en algún oscuro rincón de mi memoria.
La política, señores —sigue hablando Mairena— es una
actividad importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en
último término, el desdeño de la política mala, que hacen trepadores y
cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancia y colocar parientes.
Vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden
hacerla sin vosotros, y naturalmente, contra vosotros. […]
Machado, Antonio: Juan de Mairena. Madrid: Alianza Editorial,
2016, págs. 154-155.
Sí, «cucañistas», derivada de «cucaña», es la palabra que más me
atrae de esta lectura, el vocablo que desata mis recuerdos y que ha motivado la
elección y selección de este fragmento de texto, así como su inserción y
posterior comentario en estas páginas.
También
me interesa (y ello sobre todo por venir de quien viene, por proceder de
alguien tan admirado por mí) el mensaje que subyace en lo que dice el poeta
sevillano, a través de Mairena —su maestro en la ficción literaria—, en torno a
la política y los políticos, amén de otros muchos asuntos sobre filosofía,
literatura, educación…, sobre los que reflexiona con inteligencia y con humor,
con fina ironía.