SECCIONES

viernes, 5 de junio de 2026

TETERATEÍSMO

Al ateo le hace poca gracia el tener que andar demostrando la inexistencia de Dios, de cualquier dios de cualquier creencia, y ello cada dos por tres, en cada discusión sobre este asunto. Piensa, con lógica, que los que deben de hacer los esfuerzos demostrativos pertinentes son quienes afirman su existencia.

El onus probandi (‘carga de la prueba’) es una expresión latina del principio jurídico que señala quién está obligado a probar un determinado hecho ante los tribunales. El fundamento del onus probandi radica en un viejo aforismo de derecho que expresa que «lo normal se entiende que está probado, lo anormal se prueba». Por tanto, quien invoca algo que rompe el estado de normalidad, debe probarlo («affirmanti incumbit probatio»: ‘a quien afirma, incumbe la prueba’).

Wikipedia, 04-09-2019

O sea, que aquellos que creen en cualquiera o cualesquiera de los miles de dioses inventados hasta ahora por la humanidad son quienes deben de aportar las pruebas para la demostración de sus respectivas existencias. «Demostrar cualquier no existencia es absurdo», se ve abocado a decir el ateo.

Al respecto, traigo aquí lo que Richard Dawkins llama «la parábola de Bertrand Russell de la tetera celestial», una idea que el autor de Por qué no soy cristiano expuso en un artículo titulado «¿Hay Dios?», escrito en 1952 para la revista Ilustrated Magazine.

Muchas personas ortodoxas hablan como si pensaran que es asunto de los escépticos refutar los dogmas recibidos en vez de que sean los dogmáticos quienes los prueben. Por supuesto, esto es un error. Si yo fuera a sugerir que entre la Tierra y Marte hay una tetera china girando alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie sería capaz de desmentir mi aserción, dado que yo he tenido cuidado de añadir que la tetera es demasiado pequeña para ser descubierta incluso por uno de nuestros más poderosos telescopios. Pero si luego yo digo que, como mi aserción no puede refutarse, es una presunción intolerable por parte de la razón humana dudar de ello, pensarán de mí, con toda la razón del mundo, que estoy diciendo sinsentidos. Sin embargo, si en los libros antiguos se afirmara la existencia de esa tetera, enseñada como la sacra verdad cada domingo, e instilada en las mentes de los niños en la escuela, la duda a la hora de creer en su existencia se convertiría en una seña de excentricidad y harían que un psiquiatra reconociera al dubitativo en una era ilustrada, o un inquisidor en una era anterior.

Dawkins, Richard: El espejismo de Dios, Madrid, Espasa Calpe 2007, pág. 61.

Y, a renglón seguido, comenta Dawkins:

No gastaríamos nuestro tiempo afirmando eso porque nadie, hasta donde yo sé, adora a las teteras; pero si nos presionan, no vacilaríamos en declarar nuestra firme creencia de que, positivamente, no hay ninguna tetera orbitando. Pero, estrictamente hablando, todos nosotros seríamos teteragnósticos: no podemos probar, seguro, que no hay una tetera celestial. En la práctica, nos movemos desde el teteragnosticismo hacia el teterateísmo.

Dawkins, Richard: El espejismo de Dios, Madrid, Espasa Calpe 2007, pág. 62.

 

viernes, 29 de mayo de 2026

ESTRIPTIS

Son ya algo más de doce años los que Antonio viene alimentando, con periodicidad semanal, un blog que acaba de superar las 300.000 visitas; una bitácora en la que, cuando comenzó a escribir, pensaba que lo haría, más que nada, sobre música y pedagogía musical, creyendo que, como eso era «lo suyo», sería lo más asequible, y lo más sensato e interesante; pero no ha sido así, y lo suyo en Sottovoce, que es el nombre del blog, ha terminado siendo un casi periódico estriptis, ya que, si no toda las semanas, muchas de ellas se va mostrando, si bien parcialmente, en lo que escribe, y, de alguna manera, va destapando poco a poco interioridades, fragmentos, parcelas… de sí mismo; cierto que... con alguna ventaja, dice, pues, en el fondo, él y nadie más que él, decide —no sabe si con total consciencia— lo que quiere mostrar, hasta dónde quiere hacerlo, cómo y cuándo; además de que, si lo considera mejor o cree que le conviene, lo puede camuflar, tratar de disfrazarlo con más o menos disimulo (por ejemplo, adjudicándole su opinión personal a cualquier personaje de una supuesta ficción), con lo que, de alguna manera, al mismo tiempo que se muestra, se esconde: sí, se oculta, también parcialmente, unas veces por pudor y otras por falta de valor, una cobardía esta última que prefiere llamar prudencia.

¿No tienes la sensación de vivir en un escaparate? —me preguntan a veces—. Recuerdas a Simenon, que una vez, como reclamo de no sé qué periódico, se metió en una jaula de cristal y escribió una novela a la vista de todos con temas y personajes elegidos por el público. Pero tú no escribes una novela, cuentas tu vida. Y lo haces desnudándote cada semana a semana [sic] en directo delante de todos.

¿Me desnudo? Sí, pero solo hasta cierto punto. Muestro lo que quiero mostrar, ni un centímetro más. El mío es un striptease que evita ciertas intimidades, y no por censura o autocensura, sino porque ninguna realidad puede competir con la imaginación de los espectadores.

García Martín, José Luis: «Striptease semanal», Café Arcadia (blog), 18-02-2020.

 

viernes, 22 de mayo de 2026

CELTAS Y GALOS

Últimamente (bueno... quizás no tan últimamente) me he encontrado unas cuantas veces por la calle a un conocido del pueblo a quien creía algo más joven que yo pero que ha resultado ser de mi edad más o menos, alguien a quien apenas he tratado de adulto pero que recuerdo medianamente bien de cuando era niño. Aunque hace calor en estos días, lo veo con el cuello (zona de la garganta y parte superior del pecho) tapado bajo la camisa, bien cubierto hasta arriba; y pronto pienso: «¿traqueotomía?» (su apodo es —lo era ya de adolescente— el nombre de una marca de cigarrillos), lo que ahora me lleva a relacionar por enésima vez tabaco y cáncer, sobre todo en esa parte del cuerpo mencionada. Después se me ocurre preguntar por ahí y, en efecto, he acertado, lamentablemente.

Y esto me trae a la memoria la imagen de un vecino que tuve siendo niño, a quien conocí mucho mejor que al del párrafo anterior, un amigo que con el tiempo (entonces no tardábamos mucho en engancharnos a fumar) pasaría a ser el celtas, sobrenombre que hacía referencia al tabaco que, ya desde muy joven, fumaba excesivamente: celtas cortos (tuvo también desde bien pronto algún otro apodo con significado no más halagüeño, pero ahora no viene al caso). 

Ya de adulto, aunque todavía joven, el celtas hubo de ser operado de un tumor en la garganta, y ahora me lo imagino (por lo que me cuentan, pues estoy muchos años sin verlo) hablando con la ayuda de un aparato de apoyo a la fonación o escribiendo en alguna libretita aquello que, sin cuerdas vocales, no puede decir.

Por cierto, no hace tanto tiempo que me enteré de que aquella marca de cigarrillos españoles, Celtas, el tabaco conocido en mi juventud como el chester obrero, fue una respuesta (una réplica tosca, según Andrés Trapiello) a los famosísimos cigarettes franceses Gauloises.

Pocos cigarrillos ha habido tan famosos como los Gauloises, cuyo nombre procede del pueblo galo (gauloises es el plural de gaulois, adjetivo y sustantivo que en francés significa galo). Sí, se trata de los paisanos de Astérix y Obélix, que tan bien resistieron a los romanos según cuentan Uderzo y Goscinny en los muchos volúmenes de Astérix el Galo.

Así pues, lógica respuesta: ellos, los galos, y nosotros, los celtas. ¿Y por qué no los íberos?, me he preguntado alguna vez, o, mejor, los celtíberos, que engloba a los dos grandes pueblos prerromanos de la península. 

Después he caído en que sí hubo aquí una marca de cigarrillos de nombre englobador, los Peninsulares, pero no sé si tendría algo que ver con lo que acabo de contar, supongo que no.