SECCIONES

viernes, 12 de junio de 2026

CADENA DE MONTAJE

Murcia, 02-06-2026, Diez de la mañana. Hospital Reina Sofía. Consulta de Oftalmología. He sido citado, por teléfono, para limpiarme una de las lentes —la del ojo izquierdo— que me colocaron cuando, hará ahora cosa de un par de años, fui operado de cataratas.

Impresionante. Un hormiguero de personas: muchísimos pacientes que, tanto de pie en los pasillos como, más aún, sentados en diversas salas de espera, aguardan para su consulta; a su elevado número hay que sumar el de los no pocos profesionales de la especialidad que, laboriosos, se mueven incesantemente de aquí para allá y de allá para acá.

Deprimente. Sensación de estar (un objeto paciente, más que un sujeto) en una cadena de montaje, donde todo te parece automatizado, con los engranajes aceitados, bien engrasados para que no haya retrasos ni atascos en la misma —que seguro que los hay—, para que no se pare y, más bien todo lo contrario si es posible, para que pueda funcionar con la máxima rapidez. «¿Y también con la máxima eficiencia?» —te preguntas. 

Preocupante. Parece que cualquier interrogante, que cualquier duda que plantees a quienquiera que se ponga a tu alcance, a cualquier sanitario de la especialidad que entre en tu radio de acción, entorpece la necesaria agilidad de la marcha, por lo que la pregunta en cuestión es respondida, si lo es, con prisa y, muchas veces, solucionada, cuando lo es, muy por encima: te quedas con la idea, es como lo ves, de que las respuestas son rápidas, evasivas, excusándose cada persona preguntada, tratando de derivar las probables soluciones a otras instancias más altas, más cualificadas.

Resultado: estrés. 

Quizás —me digo— todo esto —mis sensaciones, mi estado de ánimo, mi actitud— se vea influenciado por la mala experiencia vivida últimamente —sufrida— en la especialidad, sobre todo... con el antecedente de la operación de cataratas y sus muy, pero que muy, mejorables resultados que mejor no recordar aquí ahora.

No tarda en venirme a la mente una escena del mundo del cine: la protagonizada por el personaje protagonista interpretado por Charles Chaplin en Tiempos modernos, precisamente el que está trabajando robóticamente al pie de una cadena de montaje, apretando a dos manos, con sendas llaves fijas y movimientos de autómata magnífica e hilarante interpretación, tuercas de tornillos que pasan continuamente ante él a una velocidad endiablada, una labor a la que le resulta imposible hacer frente al esforzado Charlot.

En esto, que leo un mensaje en la pantalla informativa que hay colocada justo frente a donde estoy sentado, un monitor al que constantemente permanezco atento esperando a que aparezca en él mi código: el aviso para ser atendido. El mensaje que leo advierte a los usuarios de lo importante que es confiar en el personal sanitario, en todos aquellos que nos atienden. Y pienso que, desde luego, que mejor que así sea, que probablemente no convenga, pues ello ayude poco, el hacerse demasiadas y determinadas preguntas que, infiero, no proporcionan tranquilidad, que no contribuyen, ni mucho menos, a esa apacible felicidad tan buscada, tan anhelada y perseguida por todos.

Pero… continúas en tus trece: te parece difícil el mantener esa confianza ciega cuando los resultados más recientes en estos asuntos de la salud son como los obtenidos en los dos últimos años.

 

viernes, 5 de junio de 2026

TETERATEÍSMO

Al ateo le hace poca gracia el tener que andar demostrando la inexistencia de Dios, de cualquier dios de cualquier creencia, y ello cada dos por tres, en cada discusión sobre este asunto. Piensa, con lógica, que los que deben de hacer los esfuerzos demostrativos pertinentes son quienes afirman su existencia.

El onus probandi (‘carga de la prueba’) es una expresión latina del principio jurídico que señala quién está obligado a probar un determinado hecho ante los tribunales. El fundamento del onus probandi radica en un viejo aforismo de derecho que expresa que «lo normal se entiende que está probado, lo anormal se prueba». Por tanto, quien invoca algo que rompe el estado de normalidad, debe probarlo («affirmanti incumbit probatio»: ‘a quien afirma, incumbe la prueba’).

Wikipedia, 04-09-2019

O sea, que aquellos que creen en cualquiera o cualesquiera de los miles de dioses inventados hasta ahora por la humanidad son quienes deben de aportar las pruebas para la demostración de sus respectivas existencias. «Demostrar cualquier no existencia es absurdo», se ve abocado a decir el ateo.

Al respecto, traigo aquí lo que Richard Dawkins llama «la parábola de Bertrand Russell de la tetera celestial», una idea que el autor de Por qué no soy cristiano expuso en un artículo titulado «¿Hay Dios?», escrito en 1952 para la revista Ilustrated Magazine.

Muchas personas ortodoxas hablan como si pensaran que es asunto de los escépticos refutar los dogmas recibidos en vez de que sean los dogmáticos quienes los prueben. Por supuesto, esto es un error. Si yo fuera a sugerir que entre la Tierra y Marte hay una tetera china girando alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie sería capaz de desmentir mi aserción, dado que yo he tenido cuidado de añadir que la tetera es demasiado pequeña para ser descubierta incluso por uno de nuestros más poderosos telescopios. Pero si luego yo digo que, como mi aserción no puede refutarse, es una presunción intolerable por parte de la razón humana dudar de ello, pensarán de mí, con toda la razón del mundo, que estoy diciendo sinsentidos. Sin embargo, si en los libros antiguos se afirmara la existencia de esa tetera, enseñada como la sacra verdad cada domingo, e instilada en las mentes de los niños en la escuela, la duda a la hora de creer en su existencia se convertiría en una seña de excentricidad y harían que un psiquiatra reconociera al dubitativo en una era ilustrada, o un inquisidor en una era anterior.

Dawkins, Richard: El espejismo de Dios, Madrid, Espasa Calpe 2007, pág. 61.

Y, a renglón seguido, comenta Dawkins:

No gastaríamos nuestro tiempo afirmando eso porque nadie, hasta donde yo sé, adora a las teteras; pero si nos presionan, no vacilaríamos en declarar nuestra firme creencia de que, positivamente, no hay ninguna tetera orbitando. Pero, estrictamente hablando, todos nosotros seríamos teteragnósticos: no podemos probar, seguro, que no hay una tetera celestial. En la práctica, nos movemos desde el teteragnosticismo hacia el teterateísmo.

Dawkins, Richard: El espejismo de Dios, Madrid, Espasa Calpe 2007, pág. 62.

 

viernes, 29 de mayo de 2026

ESTRIPTIS

Son ya algo más de doce años los que Antonio viene alimentando, con periodicidad semanal, un blog que acaba de superar las 300.000 visitas; una bitácora en la que, cuando comenzó a escribir, pensaba que lo haría, más que nada, sobre música y pedagogía musical, creyendo que, como eso era «lo suyo», sería lo más asequible, y lo más sensato e interesante; pero no ha sido así, y lo suyo en Sottovoce, que es el nombre del blog, ha terminado siendo un casi periódico estriptis, ya que, si no toda las semanas, muchas de ellas se va mostrando, si bien parcialmente, en lo que escribe, y, de alguna manera, va destapando poco a poco interioridades, fragmentos, parcelas… de sí mismo; cierto que... con alguna ventaja, dice, pues, en el fondo, él y nadie más que él, decide —no sabe si con total consciencia— lo que quiere mostrar, hasta dónde quiere hacerlo, cómo y cuándo; además de que, si lo considera mejor o cree que le conviene, lo puede camuflar, tratar de disfrazarlo con más o menos disimulo (por ejemplo, adjudicándole su opinión personal a cualquier personaje de una supuesta ficción), con lo que, de alguna manera, al mismo tiempo que se muestra, se esconde: sí, se oculta, también parcialmente, unas veces por pudor y otras por falta de valor, una cobardía esta última que prefiere llamar prudencia.

¿No tienes la sensación de vivir en un escaparate? —me preguntan a veces—. Recuerdas a Simenon, que una vez, como reclamo de no sé qué periódico, se metió en una jaula de cristal y escribió una novela a la vista de todos con temas y personajes elegidos por el público. Pero tú no escribes una novela, cuentas tu vida. Y lo haces desnudándote cada semana a semana [sic] en directo delante de todos.

¿Me desnudo? Sí, pero solo hasta cierto punto. Muestro lo que quiero mostrar, ni un centímetro más. El mío es un striptease que evita ciertas intimidades, y no por censura o autocensura, sino porque ninguna realidad puede competir con la imaginación de los espectadores.

García Martín, José Luis: «Striptease semanal», Café Arcadia (blog), 18-02-2020.