SECCIONES

sábado, 27 de febrero de 2016

Aquello mayor que lo cual…

A mi amigo Ambrosio le gusta pedirme, en reuniones de maestros compañeros de colegio —acontecimientos festivos colectivos, casi siempre comidas—, sobre todo cuando ya llevamos unas cuantas copas de vino en el cuerpo, que “recite” el argumento según el cual San Anselmo pretende —y supongo que para muchos consigue— demostrar la existencia de Dios.
La verdad es que no me acuerdo cuándo y dónde lo aprendí; tampoco sé si mi recuerdo es totalmente fiel al original estudiado; creo que sí.
Así lo recuerdo:
Aquello mayor que lo cual nada puede pensarse, debe existir en la realidad y no solo en el entendimiento; es así que Dios es aquello mayor que lo cual nada puede pensarse, luego Dios debe existir en la realidad.
¡Toma ya!
Dice la Wikipedia que
El argumento ontológico para la existencia de Dios es un razonamiento apriorístico que pretende probar la existencia de Dios empleando únicamente la razón; esto es, que se basa únicamente —siguiendo la terminología kantiana— en premisas analíticas, a priori y necesarias para concluir que Dios existe. Dentro del contexto de las religiones abrahámicas, el argumento ontológico fue propuesto por primera vez por el filósofo medieval Avicena en El libro de la curación, aunque el planteamiento más famoso es el de Anselmo de Canterbury […]
¿Este Anselmo de Canterbury es San Anselmo?
Sí.
¿¡”Empleando únicamente la razón”!?
Eso dice.
¿¡Qué razón!?
A muchos les parece una suerte de juego de manos teológico, como sacar a Dios de una chistera. (John Allen Paulos, Elogio de la irreligión, Tusquets).

sábado, 20 de febrero de 2016

Calle del Rosendo

Murcia.
Otros tiempos.
Un huertano va al pueblo, entra en una tienda de las de antes, de las que tenían de todo.
—¿Tiene mencheroh?
—¡Oiga! ¡¿Qué educación es esa?! —responde el tendero muy apersonao, tratando de articular, exageradamente, todos los sonidos como si de Valladolid fuera— Salga usted a la calle, vuelva a entrar y diga “buenos días, por favor ¿tiene usted encendedores?”.
El cliente, cabizbajo, pensativo... muy mosqueado, sale a la calle y vuelve a entrar, ahora muy serio.
Buenoh díah, por favor... ¿tiene’uhté’encendedoreh? —dice, esforzándose pero articulando bien solo algunas palabras.
—Buenos días —contesta el tendero con bastante rimbombancia—, sí, en efecto, tengo encendedores...
El huertano, cabreado, no lo deja seguir, lo interrumpe.
—Pues... —contesta al tiempo que levanta amenazador el índice de la mano derecha, convencido de que se la quieren empantillar— ¡métaselos en el pijo!, que lo que yo quiero es... —eleva exageradamente las cejas en una leve pausa— ¡¡¡un menchero!!!
***
Yo no llegaré a tanto pero quiero decir que, en mi pueblo, no utilizo la Calle San Rosendo, utilizo la Calle del Rosendo y lo hago con frecuencia. Y es que la Calle San Rosendo, en Santomera, no es la Calle San Rosendo, es la Calle del Rosendo.
A continuación, trataré de explicarme.
Cuando todavía no tenía nombre “oficial”, cuando aún no había rótulo alguno, la gente del pueblo, para referirse a ella, la llamaba Calle del Rosendo; entiendo que era así porque comenzaba justamente en la esquina de la tienda del Rosendo, y la tienda del Rosendo era un comercio muy conocido en la localidad.
Cuando preguntabas a alguien del lugar, como se estilaba entonces, por ejemplo, “buenos días, buen hombre, ¿me podría usted decir dónde está el horno del Mellao?”, normalmente ese alguien te contestaba: “muy fácil, oiga, se mete uhted por la Calle del Rosendo, to p'arriba to p'arriba, y al llegar a la Plaza de loh Ehpinosah, allí mihmico tiene el hohno que buhca”.
En lo que no nos ponemos de acuerdo los miembros que quedamos de la familia del Rosendo es en la identidad de la persona que cambió el nombre de la calle al pasarlo a los planos, pero eso es lo de menos, porque lo que este artículo quiere dejar claro es lo dicho más arriba: que la calle cuyo rótulo reza Calle San Rosendo es la Calle del Rosendo.
Queda dicho.

sábado, 13 de febrero de 2016

Una flauta recta (y 2)

Como la familia es lo primero, la semana pasada se me quedó en el tintero, dispuesto para una segunda entrega sobre el saxofón “recto”, un famoso instrumentista al que traigo aquí sobre todo por la proeza de conseguir sobre su instrumento el record mundial de soplo continuado, sin interrupción.
Aunque sus interpretaciones no figuran entre mis favoritas —me resultan demasiado almibaradas—, creo que a muchos de ustedes sí les gustará su estilo “romántico”, y por ello les propongo que escuchen ahora el sonido del saxofón soprano del estadounidense Kenneth Gorelick (n. en 1956), ganador de un Grammy, más conocido por su nombre artístico, Kenny G. Aunque también toca los saxofones alto y tenor, su preferido es el soprano. 
Kenny G entró en 1997 en el libro Guinness de los récords al ser capaz de mantener una nota durante 45’47’’, ¡tres cuartos de hora sin interrupción! La técnica para hacer esto es conocida en el mundo de los instrumentistas de viento como respiración continua (también como respiración circular) y es utilizada para no interrumpir la emisión de sonido mientras se inspira; se trata de no “cortar” la columna saliente de aire en el momento de inspirar; y consiste en introducir aire por la nariz al mismo tiempo que se expulsa el que previamente se ha almacenado en la boca, algo que a mí, que conozco la técnica ya muchos años, me pone los nervios de punta con solo pensarlo. Dicho de otra forma: se almacena un poco de aire en la boca y se expele mientras se inspira por la nariz; después se continúa soplando desde los pulmones.
Y la obra elegida es As Time Goes By, traducida habitualmente como El tiempo pasará, una canción de Herman Hupfeld, muy conocida sobre todo gracias a una de las más famosas escenas de la historia del cine, una secuencia de la película Casablanca en la que el personaje que interpreta Ingrid Bergman le pide al pianista, Dooley Wilson, que toque la canción. Curiosamente, aunque se ha hecho famosa la frase “tócala otra vez, Sam”, en realidad no es eso lo que se dice en la película.

sábado, 6 de febrero de 2016

Una flauta recta (1)

Cuando “saqué” las oposiciones, lo primero que había que hacer tras el papeleo era elegir destino: el primero como propietario provisional (en realidad, el primer año se consideraba de prácticas). Entre las localidades —o nombres de centros, no recuerdo bien— que aparecían en la lista de vacantes, estaba Torreteatinos, que asocié inmediatamente con Los Teatinos, un lugar junto al Santuario de la Fuensanta, cerca de la Cresta del Gallo, en Algezares; Rafa, mi cuñado, maestro también, me dijo que me enterara bien, que él creía que la escuela estaba en El Raal; y no andaba equivocado.
[...] en El Raal, pedanía de Murcia, se alza aún hoy la casa-torre Teatinos, que ha prestado recientemente su nombre al colegio público Torreteatinos, evocando un remoto pasado en que los jesuítas fueron dueños de casi todas las tierras de ese anejo murciano”. (Gómez Ortín, Francisco: El topónimo murciano Los Teatinos).
Y así llegué al colegio Nuestra Señora de los Dolores, mi primer destino tras las oposiciones, y allí fui compañero de José Luis Nicolás, uno de mis mejores amigos desde entonces hasta su muerte hace unos años. También fui compañero d'El Pupi, un ejemplar de maestro un tanto especial.
El Pupi era de ciencias. Daba clases de Matemáticas, Física, Química…, las asignaturas más importantes, ya saben ustedes. Y era muy aficionado a los aparatitos, a los cacharros, a comprar artilugios, cosas de segunda mano… Cuando se enteró de que yo estaba estudiando flauta travesera, me dijo, con mucha —demasiada— suficiencia:
—Pues yo tengo una flauta recta: la he comprado de ocasión.
—¡Ah, sí! —contesté yo, creyendo entender lo que quería decir— eso es una flauta de pico, una flauta dulce —y añadí a continuación—: precisamente flauto diritto es uno de sus nombres en italiano.
—¡No!, ¡qué va!, no es una flauta dulce; es una flauta metálica, con llaves, como la travesera, pero se toca recta; además —añadió para darme más pistas—, tiene una caña por la parte donde se toca.
—¿En la embocadura?
—Sí.
—Entonces —contesté inmediatamente— es un saxofón.
—¿¡Un saxofón!? —añadió, insisto, sobrado de conocimiento y con algún recochineo— ¡pero si es un instrumento recto! —breve pausa para, después, afirmar— ¡Es una flauta! ¡¿Sabré yo lo que compro?!
—Es un saxofón soprano —contesté yo—, que, por ser pequeño, no necesita ser curvado para una mejor sujeción: se puede tocar recto, al frente, sin tener que forzar las manos; ya digo, su tamaño lo hace manejable.
Entonces empezó a mirarme de otra manera.
—¿¡Un saxofón recto!? ¿¡Hay saxofones rectos!?
—¡Sí, sin duda!
 —¿Estás seguro?
—Claro, ya te digo: el saxofón soprano, aunque también te lo puedes encontrar curvado. ¿Recuerdas el de los payasos de la tele, el que tocaba Gabi, un saxo pequeñito, que parecía de juguete?
—Sí.
—Pues ese es el mismo saxo soprano, pero en este caso con la forma típica del saxofón, la curvada.
 —¡Ah, leche!
No sé si, después, El Pupi buscaría información y quedaría convencido, pero lo cierto es que no me habló más de su “flauta recta”.
Bueno… tras la anécdota, escuchemos el sonido del saxofón soprano en Son Medley (Guantanamera, Manisero, Qué bueno baila usted, de los que he seleccionado solo los dos primeros temas: Cartagenera y El manisero), interpretado por José Luis Santacruz, saxo soprano —recto, ¡ojo!— y Pepe Abellán, percusión.
El percusionista del dúo es mi hijo Jose Alberto, más conocido como Pepe Abellán, igual que su padre. Jose —sin tilde, así lo llamamos en la familia— se especializó en percusión latina y ahora se dedica sobre todo al cajón flamenco, del que está publicando (tiene un canal en Youtube: https://www.youtube.com/playlist?list=PLmYE-D3tnhGn7ATlN6YaDiSManj7mrYkd) un método muy interesante.
“¡Qué va a decir su padre!”, pensarán ustedes.
Pues... eso, lo dicho.

sábado, 30 de enero de 2016

Valor del pasado

Empiezo a leer Arenas movedizas, peculiar libro de memorias en el que Henning Mankel —maestro del género policiaco nórdico y uno de los grandes de la novela negra contemporánea— nos deja el relato de unos recuerdos que le ayudaron a enfrentarse al cáncer al final de su vida.
Todo lo desencadena un accidente de coche que sufrió el autor el 16 de diciembre de 2013. Poco después, el día de Navidad, se despertó con rigidez y dolor de cuello, debido, pensó, a una tortícolis por una mala postura. En pocos días el dolor se extendió por el brazo derecho y el ortopeda al que recurrió le dijo que podría ser una hernia de disco de alguna vértebra cervical. El 8 de enero de 2014 fue al hospital creyendo que le confirmarían lo de la hernia, pero, tras unas radiografías, le diagnosticaron un tumor cancerígeno alojado en el pulmón izquierdo y metástasis en la nuca. Murió en octubre  de 2015.
“En el caos emocional en que me encontré inmerso de repente después de que la tortícolis se convirtiera en cáncer” —nos cuenta el autor— “me di cuenta de que la memoria me llevaba no pocas veces a la niñez”, aunque terminó dándose cuenta de que esa misma memoria le ayudaría a encontrar el modo de enfrentarse a la catástrofe que se le había echado encima.
Y, para empezar, ¿a dónde lo lleva esa memoria?: al año 1957 (él nació en 1948), y sorprenden al lector, a mí, los matices y detalles de los recuerdos de Mankell:
“A pesar de que han transcurrido cincuenta y siete años, recuerdo hasta el menor detalle de aquel día de invierno. Las escasas farolas, que se mecen despacio al viento, racheado pero no intenso. El farol que hay en la fachada de la tienda de pintura, cuya pantalla se ha quebrado. Ayer no estaba rota. Es decir, ha ocurrido durante la noche”.
¿Buena memoria?, ¿literatura?, ¿mezcla de ambas?
¿Qué recordamos realmente de nuestro pasado?
Les pongo a continuación un poema de Felipe Benítez Reyes, autor ya conocido en Abonico, una reflexión sobre esa memoria, sobre esos recuerdos.
        VALOR DEL PASADO
Hay algo de inexacto en los recuerdos:
una línea difusa que es de sombra,
de error favorecido.
                                  Y si la vida
en algo está cifrada
es en esos recuerdos
precisamente desvaídos,
quizá remodelados por el tiempo
con un arte que implica ficción, pues verdadera
no puede ser la vida recordada.
                                                     Y sin embargo
a ese engaño debemos lo que al fin
será la vida cierta, y a ese engaño
debemos ya lo mismo que a la vida.
Felipe Benítez Reyes:
Sombras particulares (1988-1991),
Madrid, Visor, 1992, pág. 36.

viernes, 22 de enero de 2016

Hobbes y la escalera del gallinero

"La vida del hombre es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta" dice Thomas Hobbes en el capítulo XIII de Leviatán ("De la condición natural de la humanidad en lo concerniente a su felicidad y su miseria").
Aunque, al sacarla de su contexto, no me termina de convencer la precisión de esta cita, me recuerda, sin embargo, una de mis frases favoritas sobre la vida, cierto que un poco más escatológica; son unas palabras de un personaje de ficción en una novela (tengo la sensación de haberlo leído en más de una del mismo autor) del grandísimo Manuel Vázquez Montalbán, una obra de la serie que protagoniza Pepe Carvalho; puede ser, no lo recuerdo bien, una frase del propio protagonista, el famosísimo detective privado del hace unos años fallecido autor catalán; sí, una sentencia del huelebraguetas que quema libros muy especiales y cocina con esmero. No la entrecomillo porque cito de memoria:
La vida es como la escalera de un gallinero: corta y llena de mierda
Habrá mucha gente que no haya visto nunca una escalera de gallinero y, por tanto, no entienda bien la frase. Para esa gente va la aclaración que sigue: Antes, sobre todo en los pueblos, había gallinas —y otros animales— en los hogares familiares; en unas viviendas, andaban picoteando y escarbando la tierra sueltas por el patio, e incluso por la calle si era una zona de campo; en otras casas, estaban encerradas en gallineros que solían tener dentro una escalera sobre la que se subían para pasar la noche.
 Y los que somos ya algo mayorcicos no hemos olvidado cómo era la escalera de un gallinero: normalmente de poca altura —de ahí lo de corta—, con unos pocos barrotes como peldaños, donde, en cuanto oscurecía, se subían las inquilinas para pasar la noche, y allí, sobre los propios barrotes, hacían sus necesidades, con lo cual, pues... eso, también... como dice nuestro personaje: llena de mierda.

sábado, 16 de enero de 2016

Gatitas

Andando por Murcia hace muchos años, camino de la Consejería de Educación, veo que viene de frente una mujer cuyo sonido al andar me hace sacar papel y lápiz para apuntar el ritmo que va haciendo con los pies —tacones—; todavía conservo dicha anotación. En casos parecidos siempre pensaba que, teniendo entonces una cartera o un bolso tan grande como el que colgaba perenne de mi hombro, debería llevar siempre conmigo una grabadora para estas cosas.
¡Lo que han cambiado los tiempos! Con el actual teléfono móvil, el smartphone (¡¿teléfono inteligente?!), disponemos de un verdadero ordenador en miniatura. Los modelos actuales van provistos de un potente procesador, una más que suficiente memoria, conexión a Internet (búsquedas, correo, chat, notas...), etc. Por supuesto que en el aparatito tenemos grabador y reproductor de sonidos, de imágenes, de vídeos…, además de programas para su manipulación y su inmediato envío y recepción. Y, como cabe en un bolsillo, siempre lo llevamos con nosotros y podemos captar, tomar nota (sonora, en imagen —foto, vídeo—, por escrito...) de cualquier acontecimiento, así como proceder inmediatamente a su almacenamiento, manipulación, difusión...
Yo de vez en cuando anoto conversaciones que escucho, capto imágenes, grabo sonidos, me hago mis recordatorios... Un ejemplo lo tienen en lo que me ocurrió no hace mucho, cuando iba andando con Pepe Fernández (el maldito “obligatorio” ejercicio) por la zona de la huerta, lugar que habitualmente alternamos con los caminos del campo en nuestros recorridos.

Foto tomada en uno de nuestros recorridos
Ya les dije en otra entrada que con cierta frecuencia formo pareja peripatética con mi vecino y amigo; así, a la vez que hacemos ejercicio, “filosofamos”, y lo hacemos tocando, con distinta profundidad según el caso, temas de lo más diverso: política, cine, literatura, música, mujeres, fútbol, comida…; pocos se nos resisten.
Bueno… al grano. Una mañana, andando por la huerta, nos encontramos con un anuncio que, por interés, inmediatamente fotografié con el móvil; vean lo que decía:
He tachado el número de teléfono
Como yo quería regalar una gatita a mis nietas, cuando llegué a casa, tras el zumo rehidratante y la ducha de rigor, llamé al número de teléfono que aparece en el anuncio —en la foto lo he tachado por prudencia— y... ¡menuda sorpresa!: allí no vendían gatitas y… ¡hasta les sentó mal la llamada! Creían que estaba de coña, pues resulta que… a ver cómo lo digo: ¡¡¡era una casa de… de esas de…!!! Ya me entienden.
Y fue entonces cuando me acordé de un chiste ya conocido hace muchos años; creo que, aunque de otra manera, lo contaba Eugenio:
Un amigo le dice a un colega:
—Oye, tío, el otro día, tomando un carajillo en el bar, se me ocurrió echarle un vistazo al periódico, a las páginas del fúrbol, y me encontré con un anuncio que decía:
SEÑORA MAYOR ENSEÑA EL BÚLGARO
—¿Sí, y qué? —contesta preguntando y apremiando el colega— dime, dime.
—Pues, nada, que apunté la dirección, cogí el coche, fui, y…
—¿Y? —interrumpe impaciente el otro— ¿¡y qué!?
—¡Qué chasco!, resulta que era un idioma, tío, —contesta desencantado— ¡¡un idioma!!