SECCIONES

sábado, 16 de abril de 2016

Mil peseticas

Cualquier parecido con la realidad… ya saben.
Sí, todavía pagábamos en pesetas, lo que quiere decir que ya hace algún tiempo. Lo cierto es que no sé qué percance tuvo la mujer de Antonio, Loli, en la tienda que tiene en el pueblo, quizás algún robo; la cuestión es que decidió poner una denuncia y, para ello, fue al cuartel de la guardia civil. El guardia de turno, un ejemplar con más medida de cintura que de altura, la atendió simpáticamente, le pidió los datos que necesitaba para cursar la denuncia y le dijo que no se preocupara.
—Puedes irte tranquila —le aseguró—, que la denuncia ya está en marcha.
—Bueno… pues muchas gracias —contestó Loli, y añadió, sintiéndose obligada a preguntar— ¿qué se debe?
—Dame mil peseticas —contestó él, en voz baja, como si el escaso volumen sonoro y el diminutivo de las pesetas restara valor a la cantidad.
Al tiempo que Loli echa mano al bolso para sacar el dinero, entra en la oficina otro guardia civil, este, conocido de la denunciante; el otro, el que ha cursado la denuncia, desaparece momentáneamente del primer plano, se “distrae” por una orilla.
—Hola, Loli, —dice el recién llegado— ¿qué tal?, ¿qué haces por aquí?
—Pues… nada, que he venido a poner una denuncia, pero ya está, ya me ha atendido, y muy amablemente, tu compañero; solo falta que me cobre.
—Pero… —levantando las manos a la altura de la cabeza— ¡qué dices, mujer, esto es un servicio público!, es totalmente gratis, ¡faltaría más!
Y Loli, mosqueada, cierra su bolso y sale del edificio, no sin dejar de murmurar, entre dientes, para sus adentros:
“¿¡mil peseticas…, cabrón!?”

sábado, 9 de abril de 2016

Muñoz Zielinski

Hace ahora un mes y pico, muy a primeros de marzo, vi a Mariano Sanz en Casa Grande, en la oficina de la secretaría de Euterpe; me sorprendió el inicio de la conversación, pues comenzó diciéndome de sopetón que no le podía fallar, que contaba conmigo, la semana siguiente, para asistir a la presentación de un libro que ha publicado un amigo suyo, Manuel Muñoz Zielinski, Manolo lo llama Mariano. Le dije que conozco a Muñoz Zielinski, aunque de vista —y, también, por referencias—, que lo conocí hace una treintena de años, y le aseguré que, si no se me olvidaba, podía contar conmigo para el acto de presentación. Aunque estaba seguro de que no se me olvidaría la fecha, pues coincidía con mi cumpleaños, le pedí que me mandase un oportuno correo con la suficiente antelación recordándome la cita. Y en eso quedamos.
En la segunda mitad de los ochenta del pasado siglo, siendo yo profesor de música en el Colegio Narciso Yepes, Muñoz Zielinski, que era, supongo, padre de un alumno del centro, ofreció en este un entonces vanguardista espectáculo artístico audiovisual, utilizando, creo recordar, varios proyectores simultáneamente (entonces los ordenadores estaban en mantillas, todavía no disponíamos del Power Point ni nada que se le pareciera). En el colegio, entre los profesores, se habló de ello: del espectáculo y de Muñoz Zielinski.
Llegué unos minutos antes de la hora prevista para la presentación; había poquísima gente —¡no se trataba de futbol!— y dirigiéndome a quien supuse el protagonista (digo supuse después de haber afirmado anteriormente que lo conocía de antaño, porque no creo haberlo vuelto a ver en tantísimo tiempo), le pregunté si era quien yo creía y me contestó que sí; entonces fue cuando le dije que lo conocía desde hacía muchos años y le expliqué muy por encima las circunstancias en que lo conocí; después aproveché para hacerle una pregunta sobre su padre, Manuel Muñoz Cortés, un eminente profesor de filología con mucho prestigio que recuerdo haber oído nombrar desde los tiempos en que yo estudiaba Filosofía y Letras en la Universidad de Murcia.
Le pregunté concretamente si su padre tocaba la flauta de pico, pues hace bastantes años vi una foto suya con una en las manos, y desde entonces tengo su imagen en la cabeza, además de la curiosidad sobre su relación con un instrumento que tanto significa para mí; fíjense si la foto permanece clara en mi memoria que la recuerdo rebelada al revés —por lo menos así lo estaba en el periódico o revista en que aparecía—, pues las manos de Muñoz Cortés estaban situadas en el instrumento al contrario que les corresponde; incluso me atrevería a decir qué flauta era la de la fotografía: posiblemente se tratara de una contralto —deduzco por el tamaño— de la marca Moeck y, por el color, muy oscuro, yo diría que de madera de ébano.
Preguntado por el nivel flautístico de su padre, me dijo que no era alto, que era simplemente un aficionado al instrumento, pero, añadió, que tenía muchas flautas, no sé si dijo unas cincuenta, una colección que ahora conserva otro de los hijos de Don Manuel.
Comenzó el acto. Primero, la presentación del autor del libro a cargo de Mariano Sanz y, después, una exposición-charla-coloquio, en un ambiente relajado, ameno, amistoso; una charla que nos dejó con la miel en la boca, que supo a poco al escaso pero interesado auditorio.
Al finalizar el acto, algunos de los presentes compramos el libro que, según lo escuchado, tanto prometía y que, desde luego, por lo que llevo leído —y subrayado—, no defrauda. Se trata de un texto muy documentado —casi pura documentación—, fruto de una labor de investigación con muchísimas horas de trabajo escarbando en numerosas fuentes, que facilita la comprensión de muchos aspectos de “los llamados Lugares de la Huerta y Campo” de la Murcia del siglo XVIII.
En él podemos encontrar información —yo fui directamente a la parte que trata de Santomera, pág. 508— sobre barracas, aceñas, epidemias de langosta, riegos, cultivos, ganado, iglesia, hornos de pan, maestros, rentos, número de vecinos…
¡Muy interesante!
Observación: Como “las noticias se han transcrito con la gramática y ortografía originales”, contienen bastantes abreviaturas, y, aunque no son difíciles de deducir por el lector, he echado en falta un índice que las aclare; lo he buscado varias veces pero no lo he encontrado.
¡Ah, se me olvidaba!: para quienes estén interesados, el título del libro es Historias de los Lugares.

sábado, 2 de abril de 2016

Apretaíto pero relajao

A la mayor parte de la música que escucho he llegado, digámoslo así, a través del estudio. Mis inclinaciones giran, sobre todo, alrededor de la música clásica, en el sentido amplio del término, y, dentro de ella, la del período clásico, la del romanticismo y escuelas nacionalistas, y de forma especial —algo tendrán que ver mis estudios de flauta de pico— la música antigua: medieval, renacentista y, muy destacadamente, la barroca.

Sin embargo, he conocido otras músicas —salsa, merengue, flamenco...—, y a algunos de sus músicos, gracias a mi hijo Jose Alberto, a quien muchos de ustedes conocieron en Una flauta recta (1).

Y así ha ocurrido con los músicos que traigo hoy a Abonico. Un día viene Jose a casa con un disco en la mano y me dice: “papá, escucha a estos tíos, verás cómo cantan”. Los escuché, me parecieron muy buenos, y me sorprendió —me enteré porque me lo aclaró él— que solo utilizan la voz: todo lo que suena instrumental lo hacen, también ellos mismos, con la voz y con “percusiones” corporales.

Este peculiar grupo musical es Vocal Sampling, nacido a principios de los noventa como un juego llevado a cabo por seis cubanos que estudiaban en la Escuela Nacional de Arte o el Instituto Superior de Arte (ISA), en La Habana. Los fundadores, instrumentistas de formación pero que, ya lo hemos dicho, cantan a capela, o casi, fueron: René Baños, Reinaldo Sanler, Abel Sanabria, Jorge Núñez, Óscar Porro y Renato Mora.

Los de Vocal Sampling igual adaptan música tradicional cubana que de otras culturas, e incluso realizan sus propias composiciones, y obtuvieron tres nominaciones para los Premios Grammy con el disco Cambio de tiempo (2001), en cuya última pista nos encontramos una interesante introducción del Así hablaba Zarathustra, de Richard Strauss
Akapelleando es el sugerente nombre del disco que me prestó mi hijo y del que he elegido la pista Apretaíto pero relajao para mostrar cómo “suenan” estos cubanos.
Igual podría haber elegido —la recomiendo— Lágrimas negras, una conocidísima canción de 1929, del también cubano Miguel Matamoros (1894-1971), compositor y fundador del famoso Trío Matamoros; se trata de un tema muy extendido en nuestro país, sobre todo desde la versión del cantaor Diego El Cigala acompañado al piano por Bebo Valdés.

sábado, 26 de marzo de 2016

¡Odio la violencia!

EL GORILA DELICADO
Desde tiempo inmemorial los Gorilas han ejercido un irrefrenable dominio sobre los Antílopes. Pero, naturalmente, hay Gorilas y Gorilas. La mayoría de ellos son brutales, apabullan a las especies más débiles y más pequeñas, con una convicción colonizadora descomunal, y son los principales culpables de que los Antílopes lo pasen en la realidad mucho peor que en las gráciles películas de Walt Disney.
No obstante, hubo una vez un Gorila delicado, fino, sutil, un verdadero antropoide de cultura, que moraba en el más inaccesible rincón de la selva, donde era normalmente atendido por todo un harén de gorilas hembras (medidas promedios: 219-160-207) que lo abanicaban puntualmente con hojas de palma y le dedicaban arrullos que por supuesto eran monocordes.
A diferencia de los Gorilas bestiales, este Gorila delicado se pronunciaba siempre contra todas las formas de la violencia selvática, propugnaba la unidad de todos los antropoides y proponía la reforma de la constitución zoológica.
Cierta tarde, mientras los rayos del sol se afinaban pudorosamente al atravesar las altas ramas, y las Gorilas hembras cepillaban la abundante pelambre del Gorila delicado, acariciaban la piel negra del espléndido rostro, y le masajeaban los potentes bíceps, se escuchó el tan frecuente alarido de los otros Gorilas, los brutales, cuando cazaban o despedazaban un Antílope.
Entonces el Gorila delicado pestañeó suavemente, y le dijo con desgano a la Gorila hembra más cercana: “¡Cuándo entenderán que odio la violencia! Por favor, Betty darling, dile a esos brutos que terminen de una vez esa inmunda tarea y me preparen cuanto antes un rico helado de sangre de bambi.”
Mario Benedetti:
Letras de emergencia,
Editorial Nueva imagen, 1980, 
Págs. 108-109.

sábado, 19 de marzo de 2016

Esfarataores

A Antonio Martínez Sarrión (Escaramuzas, Alfaguara, pág. 190) le gustaba competir con su amigo Luis Carandel, contando sucesos sobre algunos típicos personajes del medio rural, tipos como el esfarataor (desbaratador), llamado en gallego o escarajante, que no es otra cosa que un reventaor de bailes, sin razón aparente o por la que le salga de los mismísimos, por ejemplo el que una moza no quiera bailar con él.
Esfaratar. tr. vulg. y rúst. Desbaratar, deshacer // Esfaratarse. prnl. Desbaratarse // 2. Propasarse. Perder la compostura y buenos modos // Encolerizarse (Diego Ruiz Marín, Vocabulario de las hablas murcianas. Diego Marín, 2007).
Inmediatamente trato de recordar; pienso: “¿No hay una figura parecida en la tradición huertana de Murcia?”. Y recuerdo que de joven oía hablar a los mayores, en plan chascarrillo, de un personaje parecido, chocante como mínimo, una figura especial dentro del grupo de jóvenes machos huertanos; era el encargado de darle un alpargatazo al candil que alumbraba el baile organizado en cualquier rincón de la huerta del Segura, dejando el lugar a oscuras y ocasionando el consiguiente griterío y escándalo. Hay quien añade, con picardía, que esos momentos de oscuridad se aprovechaban para meter o meterse mano, para dar o darse un beso y para alguna otra cosa que no se “podía” hacer a la vista de todos o que sonrojaría a quienes la hacían si era conocida públicamente.
Y una cosa me lleva a otra, pues también recuerdo que hace bastantes años algo había leído sobre el tema. Así que busco y, en Pedro Días Cassou (Tradiciones y costumbres de Murcia), me encuentro (pág. 119) con un capítulo que, con el título de Rondas y músicas, comienza así (la negrita es mía):
 “El día ha terminado, y, al trasponer el último rayo del sol, los trabajos de la Huerta. La placidez de la noche convida al esparcimiento. Un panocho descuelga el estrumento, guitarra, guitarro, tenor, timpliquio... y echa una relinchá, el ajuju de los moros. Pronto tiene a sus lados otros dos panochos que, empuñando sendos garrotes, traen por misión defendella, la música; y poco a poco, se forma detrás de los tres, un apretado grupo. Van de ronda y mu aper­cibíos. Porque ir de ronda, tiene sus azares. A veces, uno o dos panochos, al oír la música, salen a hacer una hombrá, que consiste en esfaratalla, rompiendo del primer estacazo el guitarro, y disolviendo el grupo a garrotazo limpio, porque hay ígaos pa echar gente al Hespital. Otras veces se encuentran dos rondas que marchan en opuestas direcciones, y ninguna se deja avasallar, y las dos arman la sarracina, hasta que la una pasa sobre la otra. La ronda va cantando de barraca en barraca a las muletas de los rondaores.
Nota fonética: Uno, en absoluto especialista en la materia, recuerda la pronunciación que muchas veces ha oído y, a veces, todavía escucha: esfaratalla (y defendella, también), no con “elle”, sino con dos “eles” que, separadas, corresponden a dos sílabas distintas; algo así: esfaratal-la.
O sea que “al oír la música, salen a hacer una hombrá, que consiste en esfaratalla…”. Y… pregunto yo: si esfaratan la música… ¿nos son esfarataores?

sábado, 12 de marzo de 2016

Luis “El Espinosa”

 Yo era muy joven y a él lo recuerdo ya mayor pero no excesivamente, vestido de oscuro, delgado, de talla alta —quizás desde mi pequeñez de entonces—, cabeza poco voluminosa, con el pelo muy corto y blanco, piel blanquirrojiza en una cara con ojos pequeños y rodeados —y esta es una imagen nítida— por la vistosa rojez de la zona interior de los párpados; los labios, gruesos y algo plegados en una boca grande; en mi mente aparece sin afeitar, con una barba de unos pocos días.
Todo un personaje: “un salvaje de la sierra” parece que se autodenominaba él. Sus frases eran famosas en el pueblo, y hablaba ex cátedra, como el infalible papa. Luis era provocado constantemente por algunos de sus acompañantes para que los presentes pudiéramos escuchar de sus labios lo que para muchos eran sentencias y pensamientos profundos; para otros, todo lo contrario, auténticos disparates; y para unos pocos, ni lo uno ni lo otro, solo ocurrencias y chascarrillos.
Yo mismo, siendo niño, le oí decir, con grandeza, cual superhéroe que lo puede todo, que él era capaz de saltar el río Segura con los pies juntos. Quizás estaba hablando metafóricamente y yo era demasiado joven y no podía entender el alcance de tal afirmación: o era una gigantesca proeza o una enorme mentira.
Parece que anduvo enamorado platónicamente —un amor puro, romántico… de lejos— de una moza que servía en una casa junto a la mía; cuando llegó el momento en que ella dejó el trabajo para casarse —lo normal en la época—, Luis exclamó con solemnidad, despacioso, aparentando finura y clase: “me han robado la flor de mi solapa”.
Un día, años después, aunque no recuerdo dónde ni en qué circunstancias, le escuché una interesante reflexión, que en más de una ocasión he rumiado; venía a decir Luis que cada uno de nosotros, en esta vida, lleva una cruz, pero que, como hay tanto idiota —y entonces miraba despectivamente, girando la cabeza y señalando circularmente con el índice a su alrededor—, a él le había tocado llevar la suya propia y la de algunos otros de esos individuos. ¿Tiene su lógica, no?
Debía tener cuentas pendientes con Dios, porque a menudo sus famosas frases aludían a él o contra él iban dirigidas: “A veces Dios se me figura un monaguillo” se dejaba caer mientras tomaba un vaso de vino en el bar. También, de vez en cuando, le daba por retar al Altísimo: “¡baja, si tienes huevos, baja!”. Incluso hay quien dice que le ofrecía la iniciativa en el duelo al Todopoderoso: “te doy dos puñalás de ventaja”.
En otra ocasión —recuerden siempre la sociedad en la que se desarrollan estas historias—, cuentan, Luis estaba jugando, no sé si a las cartas, con tan poca suerte que las blasfemias, las cargas contra Dios, no cesaban; alguno de sus compañeros de juego, disimuladamente y mirando alrededor, le llamó la atención; poco después, en vez de la cagada habitual, del exabrupto duro, Luis mira para arriba, donde se supone que está el que busca, a quien se dirige, y dice sin levantar la voz: “¡tú ya me entiendes!”.
También he oído, de fuentes distintas coincidentes, que tras una fatal tarde de juego en que Luis lo había perdido todo, ya de vuelta al pueblo, pidió al taxista que lo traía —aficionado igualmente a jugarse el dinero, y también perdedor ese día— que parase ante la tienda del Rosendo.
—¿Para qué? —contestó el chófer— ¿qué vas a comprar ahora?
—¡Una soga para ahorcarme! —dijo con su habla pausada y sentenciosa.
Dicen que cuando el conductor paró en el sitio pedido, Luis se rajó, pero a su estilo, con su clase.
—¡Anda, sigue! —y añadió— ¡me faltan cojones!

sábado, 5 de marzo de 2016

El Everest del violín

Leo “Sirkka Kaakinen y el Everest del violín barroco”, un interesante artículo de Eduardo Torrico publicado en El arte de la fuga (25-04-2014), revista online de música clásica.
Fíjense en lo que dice Torrico (la negrita es mía):
[...] Siempre he creído que para los violinistas (especialmente, para los violinistas barrocos) el Everest musical lo constituyen las Sonatas y Partitas para violín solo de Johann Sebastian Bach. Las tocan porque están ahí, claro, pero también porque es una forma de demostrar al mundo y de demostrarse a sí mismos que pueden superar tan colosal reto [...]
Después nombra el autor algunos violinistas que se han aproximado a lo que hasta entonces él consideraba la cima del Everest violinístico. Entre los que nombra, para no pasarnos, elegiremos los más conocidos en Abonico: François Fernández, Amandine Beyer, Chiara Banchini, Viktoria Mullova, Sigiswald Kuijken… 
Pero ahora dice Torrico que todos ellos se quedaron cerca de la cumbre, no llegaron a coronarla. ¿Y por qué piensa esto?: porque cree haber encontrado, tras años de búsqueda, la instrumentista que de verdad encumbra violinísticamente el pico más alto del planeta: la finlandesa Sirkka-Liisa Kaakinen-Pilch. Para el crítico, “ella ha sido la primera en hollar la cima y ese mérito ya jamás se lo arrebatará nadie”.
Tras leer el artículo, busco la grabación recomendada —ahora, con Internet, es muy fácil—, la compro y en pocos días la tengo en mis manos. La escucho y, desde luego, si no la cima-cima —yo no puedo hacer tan rotunda afirmación—, es una de las cimas: una maravilla de la técnica y un portento de la expresión: una delicia.
He elegido para Abonico, y lo ofrezco a continuación, un fragmento de la Partita Seconda à Violino Solo senza Basso. Partita No 2 in D minor, de Johann Sebastian Bach, concretamente un trocito del primero de sus movimientos, una Allemanda.
La Allemanda es una danza considerada muy antigua ya en el siglo XVI, y muy utilizada en la suite (Purcell, Couperin, Händel, Bach...), donde suele ocupar el primer lugar. Seria pero no pesada, debe interpretarse normalmente a una velocidad moderada (indicaciones de tempo encontradas: lento, majestuoso, moderato, allegro moderato…), aunque en la segunda mitad del XVIII a menudo se hace más rápida. Su melodía, ondulante y arpegiada, da la sensación de fluidez rítmica.
Cierren los ojos y escuchen el fragmento seleccionado de esta obra de Bach interpretado por Sirkka-Liisa Kaakinen-Pilch.