SECCIONES

sábado, 18 de noviembre de 2023

Modesto Diminuto

Acabada la película Un lugar en el mundo, de Adolfo Aristaráin, leo entre los créditos lo siguiente: «Maquinista Modesto Diminuto», y pienso en la buena conjunción de nombre y apellido, y la supongo debida a que un señor que se apellida «Diminuto» tiene un hijo y le gasta la broma —le hace la faena, se podría pensar— de ponerle por nombre «Modesto». Después se me ocurre que podría haber sido peor para el hijo, por ejemplo, si hubiera acabado llamándose Máximo Diminuto: puro contraste.

¿Humor? ¿Malicia? ¿Pedagogía?...

¿Y la película?: recomendable; bien interpretada por Federico Luppi, José Sacristán y Cecilia Roth entre otros. Buen cine. Del que a mí me gusta. Cuenta la vida de un matrimonio argentino de activistas sociales —Luppi y Roth— que, alejados de la capital, viven con su hijo en una comunidad campesina a la que llega un geólogo español —Sacristán— contratado por el cacique local para, en apariencia, buscar petróleo, pero cuya finalidad real representa una seria amenaza para los campesinos de la zona.


viernes, 10 de noviembre de 2023

Más sano que'l copón

Callejeando por el pueblo como casi todas las mañanas, me encuentro con un grupo de hombres (son cinco o seis, no más, y a todos los conozco) que, con cierta frecuencia (en mi caminar, me los encuentro de vez en cuando, sobre todo cuando hace buen tiempo), forma su pequeña tertulia, en la calle (algunos de ellos sentados en sillas, otros de pie), en la puerta de la casa de uno de ellos.

«Buenos días», saludo; «buenos días», van respondiendo; y, mientras me alejo, escucho —supongo que creen que ya no los puedo oír— cómo uno de ellos hace un comentario sobre mí: que si siempre estoy andando, que si me recorro diariamente todo el pueblo…; y otro del corro, a quien identifico auditivamente por el timbre de su voz, dice, contestando al primero y refiriéndose también a mí: «sí, se va a morir más sano que’l copón».


viernes, 3 de noviembre de 2023

Thomas Quasthoff

De nuevo, la misma asociación de ideas. Me ocurre de vez en cuando con la Talidomida; concretamente… cada vez que leo, escucho, veo… cualquier información referida a víctimas de este fármaco, me viene de inmediato a la mente la imagen de Thomas Quasthoff.

La talidomida, comercializada entre 1958 y 1963 como sedante y calmante de náuseas en los tres primeros meses de embarazo, provocó miles de nacimientos de bebés con focomelia, caracterizada por la carencia o excesiva cortedad de las extremidades.

Es automático: el leer, o escuchar, la palabra «talidomida» y venirme a la cabeza la imagen —siempre la misma— de Thomas Quasthoff, un magnífico cantante alemán (enorme barítono —bajo-barítono, leo en algunos medios—, y no por su tamaño físico, que no llega a metro y medio) a quien la focomelia ocasionada por tan aciago medicamento no logró impedir que se convirtiese en uno de los grandes del canto a pesar de las dificultades que tuvo que vencer para ello.

Quasthoff comenzó a estudiar música a los diez años, y tres más tarde se presentó a la prueba de admisión en el conservatorio de Hannover, pero fue rechazado por su minusvalía física; la razón que le dieron fue que debido a ella no podía cursar piano complementario; así que abandonó la idea del conservatorio y estudió canto y teoría e historia de la música con profesores particulares.

También estudió derecho, fue locutor de radio, completó ingresos cantando jazz en locales nocturnos y pronto ganó sus primeros premios, por lo que aumentaron los contratos para recitales y conciertos. Después dejó la radio y comenzó a trabajar como profesor en la cátedra de estudios vocales de la Escuela de Música de la Universidad de Detmold, además de continuar con sus intervenciones en el escenario, en el que trabajó con grandes orquestas y directores, sobre todo en conciertos y recitales.

Está claro para cualquiera que haya escuchado a Thomas Quasthoff que posee una voz sorprendentemente maravillosa y que ha tenido un entrenamiento previo excelente" (Fischer-Dieskau, Dietrich, filomusica.com, consultada el 07-11-2020).

Para que se pueda apreciar bien —ver y escuchar— cómo canta este extraordinario artista, he preparado un vídeo en el que interpreta un aria de Papageno, conocido personaje de La flauta mágica, una de las óperas más famosas, si no la que más, de Wolfgang Amadeus Mozart.




viernes, 27 de octubre de 2023

Caminos

Interesante. No sé dónde lo he leído u oído recientemente, ni a quién, pero me gusta y estoy de acuerdo con la reflexión: el camino entre el cerebro y el habla (aun llevando —añado yo— mucho cuidado cuando hablamos) es más corto, más expedito, que el que hay entre el cerebro y la escritura, que suele ser —esto también lo añado yo— más pensada, más reflexiva, y que se puede corregir sucesivamente, con tiempo, con tranquilidad…, muchas veces.


viernes, 20 de octubre de 2023

El licenciado Cabra

Mediada la década de los años setenta del siglo pasado, aprendí a valorar y a disfrutar de El Buscón, de Quevedo, una de las cumbres, si no el pico más alto, de la novela picaresca española; y lo aprendí de Gustavo Romera, que, la primera vez, me comentó detalladamente —después… ya lo haríamos al alimón— la extraordinaria descripción que el gran escritor barroco hace del licenciado Cabra, una maravilla de retrato físico y psíquico, un ejemplo literario de primerísimo orden. Con cada detalle, Gustavo me contagiaba su entusiasmo a través de su lectura y comentarios, pues se detenía con humor en cada aclaración que consideraba más o menos necesaria, cosa que de inmediato aprendí e hice yo también después muchas veces en la escuela para mis alumnos, aunque a otro nivel, como es lógico.

[...] Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo (no hay más que decir para quien sabe el refrán), los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y escuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que, de pura hambre, parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida, que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo, parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los esos como tablillas de San Lázaro. La habla ética; la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese; cortábale los cabellos un muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol, ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra, y desde lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños. Parecía, con los cabellos largos y la sotana mísera y corta, lacayuelo de la muerte. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues su aposento, aun arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria.

[...]

Quevedo, Francisco de: El Buscón. Edición de Domingo Ynduráin. Madrid: Cátedra, 1996, págs. 116-118.

Todavía, después de tanto tiempo y de tantas lecturas, se me saltan, incontenibles, las lágrimas debido a la risa que me provoca este texto cada vez que se lo leo a alguien (lo hago de vez en cuando para algún amigo o conocido que me visita), y entonces… siempre… me acuerdo de Gustavo, y, mentalmente, le doy las gracias.


viernes, 13 de octubre de 2023

Jauja

Mira que te lo tengo dicho, que eres un ingenuo, que te crees que esto es Jauja. Que piensas que to el monte es orégano. Que te imaginas que todo es llegar y cargar, coser y cantar. Sí, no me mires así, que las cosas no caen por la chimenea, que esto no es llegar y besar el santo, no, en absoluto, que te lo digo yo…, que no es oro todo lo que reluce.


viernes, 6 de octubre de 2023

De la Pifania

Hace ya un tiempo —bastante— que lo vengo pensando, pero hasta ahora, que me ha sido confirmado por un amigo, no me he decidido a dejarlo plasmado por escrito.

Conozco, aunque solo medianamente bien, a Paco, del que, además de que me parece buena persona, poco más puedo decir: que ha trabajado de albañil, que vive cerca de mi casa y que desde hace unos años veo a menudo por la calle y cruzamos algunas palabras, pues ambos, él y yo, que somos de la misma edad aproximadamente, andamos ya jubilados, libres del obligado trabajo diario que, hasta no hace tanto, nos solía mantener separados el uno del otro, en nuestros respectivos quehaceres.

A Paco se le conoce en el pueblo —lo recuerdo así desde que era un chiquillo— como «el Paco ‘la Pifania’», así, como está escrito, sin la preposición «de» después de «Paco» (aquí es frecuente referirse a la gente por su nombre seguido de un mote propio o del nombre o mote de su padre, de su madre… de la familia: Pepe 'de la Amelia' —que queda como «Pepe l’Amelia»—, Pepito '[d]el Rosendo', Antoñín ‘el brujo’, Ángel ‘el moniato’, Joaquinico '[d]el chepao'…).

Y yo, que, ya digo, conozco solo ligeramente a Paco desde que ambos éramos unos chiquillos, vengo tiempo dándole a la cabeza y concluyendo —una suposición— que su madre debió de llamarse Epifanía, no Pifania; pero ha sido ahora, como he dicho al principio, hace muy poco, cuando un amigo me ha confirmado que sí, que realmente ese era el nombre de la buena mujer: Epifanía.

Así que, en efecto, como yo pensaba, «el Paco ‘la Pifania’» es, en realidad, «el Paco de la Epifanía». Y es que los murcianos somos tan ahorrativos, tan prácticos en nuestras hablas, que convertimos con suma facilidad una palabra de cinco sílabas —«E-pi-fa-ní-a»— en una de tres —«Pi-fa-nia»—, y nos quedamos tan panchos.