Entrando a Mercadona en busca de hueva y mojama para
completar la preparación de un buen aperitivo (hoy vienen a comer a casa mi
hermana y mi cuñado), me encuentro con Guillermo, al que hace mucho tiempo que
no veo (la última vez que hablamos, y muy de paso, fue, hará ya ocho o diez
años, en el salón de actos del ayuntamiento del pueblo, justo después de un
concierto que ofreció el trío musical del que forma parte: piano, violín y
trompa).
Pronto
le pregunto si se acuerda de cuando, siendo él un tierno adolescente, tras la
salida del colegio, me esperaba con algún otro chaval en la puerta de mi casa,
a las cinco y pico de la tarde, para viajar conmigo al conservatorio de la
capital. Y me contesta que sí, que se acuerda perfectamente de aquellos viajes:
de mi coche de entonces, de algunos detalles de su interior, de cómo olía —esto
me sorprende y me parece emotivo— y también —y es algo que yo había olvidado— de
las librerías de Murcia a las que entrábamos a veces antes de llegar al
conservatorio.
Después
me cuenta que actualmente la vida le va bien, pero que, con la pandemia, ha
perdido muchos bolos (así se suelen referir a sus actuaciones muchos músicos),
unos bolos que hacía —esto lo deduzco yo después— con su trío y también con
alguna orquesta sinfónica.
Le
pregunto si está casado, si tiene hijos… Y me contesta que ni lo uno ni lo
otro. Entonces le digo que me parece que le ocurre como a Antonio, mi hijo
menor, a cuya figura lo he asociado algunas veces, ya que veo a ambos cortados
por un patrón muy parecido: sensatos y maduros los dos desde muy jóvenes,
inteligentes, introspectivos, muy estudiosos…, por lo que, en consecuencia —así
lo veo—, llegada la ocasión, se lo piensan y repiensan mucho ante temas como el
emparejamiento y la paternidad, cargas de excesivo tonelaje para quienes, como
ellos, tantas vueltas les dan a la mollera.
En
plan humorístico, le digo lo mismo que le he dicho ya unas cuantas veces,
también en broma, a mi hijo, y observo cómo, mientras se lo digo, Guillermo
sonríe, asiente y me da la razón con unos ojos muy expresivos, que, tras los
cristales de sus gafas, veo muy grandes: le planteo que qué va a ser de este
mundo en el futuro si quienes tienen buenos genes, como él y Antonio, no los
transmiten a las generaciones venideras, que qué va a ocurrir en ese futuro si
dejamos el grueso de la procreación en manos de los menos dotados y de los
menos preparados (es bien conocida —le aclaro, aunque detecto que está al tanto
de la cuestión— la relación existente entre el nivel de las personas —el
económico, el social, el intelectual…— y el índice de natalidad).
—Conque…
—continúo con mis argumentos— ¿sabes qué va a pasar? —y para crear ambiente intercalo
un pequeño silencio—; …pues va a pasar que el mundo se llenará de seres humanos
mediocres, que la idiocia, el imbecilismo, la estupidez… se extenderán y
predominarán en el planeta.
—¿¡!?
—Así
que —sigo con la broma—, ya que no por la vía más extendida, la natural, la
normalizada, ¿por qué no donas tu semen para que pueda ser utilizado en
reproducciones «inteligentes» —procuro destacar esta palabra— y contribuyes así
a un porvenir más equilibrado, a un futuro mejor?
—¿¡Mejor!?
—me dice abriendo mucho los ojos y subiendo ostensiblemente las cejas.
Y
acabamos nuestro encuentro con unas risas.
***
Tras
la despedida, después de hacer en el supermercado la compra prevista, vuelvo a
casa pensando en Guillermo: realizando un repaso mental a lo que de él conozco,
que no es mucho. Sé que vive ya muchos años en Extremadura, pero no recuerdo
con precisión a qué se dedica (me suena que me dijera hace ya mucho tiempo que
era profesor en un conservatorio, y
también… que tocaba en una orquesta); así que, ya sentado en mi estudio y
conectado el ordenador, se me ocurre poner su nombre en féisbuc para ver
los datos que aparecen en el perfil de su cuenta; y… premio: Guillermo Galindo
Álvarez es «Profesor Superior de Trompa en Conservatorio
Superior de Música de la Diputación de Badajoz».
Y,
aunque entonces no lo traté mucho al margen de nuestros viajes al conservatorio,
me viene a la cabeza el Guillermo que conocí en aquellos sus años púberes. Me
llega la imagen de aquel niño tan formal, tan callado, tan serio…, con unos
ojos (y un oído, y un olfato…: deduzco, en parte, de lo que me ha dicho) bien
atentos a un entorno del que apenas se les escapaba detalle alguno; un chaval
extraordinario, y muy estudioso, lo que se traducía en un alumno excelente, y
tanto en la escuela —me lo confirmó en aquellos años una maestra suya— como en
el conservatorio —lo supe igualmente de oídas—, donde estudiaba trompa, el
instrumento con el que acabaría obteniendo el título de «Profesor Superior» y
convirtiéndose con el tiempo en un profesional de la música como la copa de un
pino.