SECCIONES

viernes, 16 de abril de 2021

Brutal

Después de comprobar una y otra vez —diría que a diario o casi— que el término «espectacular» lleva ya años consolidado como adjetivo de moda en casi todos los sectores de la sociedad (al respecto, véase, aquí en Abonico, Espectacular), veo asomar por debajo de la puerta la patita de «brutal», otro adjetivo que, si por ahora no sustituye al anterior, sí lo releva de vez en cuando y lo complementa cada vez más. Por cierto, acabo de oír, salidos de la boca de un comentarista deportivo, los dos términos juntos en una misma frase: «brutal» y «espectacular», en este orden, uno a continuación del otro.

¡Brutal!

 

viernes, 9 de abril de 2021

Académico

Hasta el año en que comencé a cursar cuarto de bachillerato, no hubo en el pueblo ningún centro oficial para los estudios de enseñanzas medias, ningún instituto. Así que cuando llegábamos a bachilleres quienes estudiábamos en fechas previas a ese año, solíamos asistir durante todo el curso escolar a una especie de academia que había en la localidad, y después, finalizado ya cada período lectivo, nos examinábamos como alumnos libres de todas las asignaturas del curso a lo largo de un muy ajetreado día en el entonces único instituto masculino de la capital, el Alfonso X el Sabio.

A pesar de lo duro que resultaba ese día de tantos exámenes en ambiente extraño, de lo mal que lo pasaba, de tanta tensión y nervios que ocasionaba el constante entrar y salir de distintas aulas, de una prueba a otra, rodeado de gente que no conocía y con la seriedad y pose de aquellos profesores que tanto me imponían, pues… a pesar de todo eso había algunos buenos momentos que, aunque ajenos a lo puramente académico o quizás por ello, permanecen y destacan aún hoy en mi recuerdo, como comer en Los Navarros a base de montaditos y otros caprichos, o tomar un bocadillo de ensaladilla rusa —una novedad— en la cantina del instituto... Además, la buenaza de mi madre, que era quien solía llevarme y acompañarme paciente y dulcemente durante toda la jornada de ese día tan cargado de exámenes, me popaba un poco más que de costumbre, que ya era mucho.

La academia a la que íbamos en el pueblo durante todo el curso utilizaba como sede una casa vieja y destartalada, habilitada mínimamente para que sus distintas dependencias pudieran ser utilizadas como aulas que, con materiales de aluvión, acababan siendo totalmente dispares, no solo en su forma, sino también en su viejo y singular mobiliario y en la distribución irregular del mismo. La pizarra, concretamente, la recuerdo de un material plástico clavado a la pared con tachuelas en los extremos de sus cuatro esquinas, un hule negro sobre el que la tiza se deslizaba «bien», excesivamente a veces.

De las clases de la academia solo recuerdo de valor las de matemáticas, porque retengo como buenas las explicaciones del profesor que las daba, y también, quizás, porque a mí se me daba bien esta materia. En general, los métodos de los preparadores eran los imperantes entonces, y respondían a la tesis defensora de que «la letra, con sangre, entra»; así que... los bofetones y los tirones de orejas y pelo (patillas, cogote…), amén de algún otro «refinamiento», menudeaban: los recuerdo como cotidianos.

¡Ay que ver cómo te pones de puntillas en algunos de esos tirones de pelo!, ¡cómo, para mitigar el dolor, vas subiendo, elevándote hasta casi levitar!: son los milagros de la buena pedagogía.

Así que en aquella academia, durante las clases, había alumnos que «cobraban» casi diariamente, por lo que volvían calientes a sus casas, y es chocante que algunos de ellos, a pesar de su torpeza de entonces (hay quien dice que también posterior e incluso actual) se las arreglaron después para terminar bien colocados en puestos directivos de la sociedad.

 

viernes, 2 de abril de 2021

Una peineta

Ya pasada la hora de la merienda, una tarde de hace unos cuantos años voy callejeando por el pueblo buscando el encuentro «casual» con mis nietas, a las que supongo jugando en los columpios u otros artilugios del parque infantil de la Plaza de la salud (la de los pensionistas). Pretendo darles una sorpresa, pero no las veo allí, ni en los alrededores; entonces me dirijo a un corro de personas mayores que están sentadas en un banco de la plaza y en silletas de playa, les pregunto por las crías, pero como respuesta —inesperada— escucho a una señora, octogenaria ya, que me dice:

—¿Tú sabes quién soy yo?

—No —respondo despistado.

—Pues yo te enseñé a andar.

—¿?

—Sí, y entonces tu madre me regaló una peineta para el pelo, una de aquellas que tenía para vender en la tienda.

Y como si la voz de la mujer actuara de resorte recordatorio, vuelven a mi memoria tras muchos años en el olvido las imágenes de aquellas bonitas peinetas de concha, con reflejos negros, marrones, amarillos… que cuando era niño tanto llamaban mi atención desde unos cajones grandes del mostrador más pequeño de los dos que había en la tienda de mi padre. Allí estaban las peinetas, revueltas con peines, con gafas de sol, con mecheros, con puntillas, con cintas, y cremalleras, y gomas elásticas… todos ellos productos que, unos más y otros menos, se vendían en la tienda por entonces.

Las peinetas a las que me refiero eran como peines curvos, cortos —de unos ocho o diez centímetros a lo sumo—, que utilizaban algunas mujeres en aquellos años (supongo ahora que no todas podrían permitirse el lujo) para sujetarse el pelo y como adorno: por los lados de la cabeza, por arriba, en el moño… Y recuerdo, incluso con detalles, cómo se las colocaban: cómo cogían la peineta con las puntas de los dedos de una mano mientras que con la otra sujetaban el pelo, cómo clavaban un poquito sus púas entre los cabellos, y cómo la arrastraban en la dirección deseada, normalmente de delante hacia atrás, con cierto grado de inclinación y la adherían a la cabeza, quedando a la vista, como bello ornamento, solo el brillante borde de la misma.


 

viernes, 26 de marzo de 2021

Martínez Reverte

«Muere Jorge Martínez Reverte, el escritor que inventó a Gálvez y narró la Guerra Civil». Es lo que leo como titular en El País (25-03-2021) el mismo día que, un poco más abajo en el mismo medio, aparece «Comunistas», un artículo suyo con fecha del día anterior, el último elaborado para este periódico.

Y me viene a la cabeza lo mucho que me gustó en los primeros ochenta su novela «El mensajero», y lo bien que me lo pasé leyendo las aventuras de Julio Gálvez, su detective privado; también me gustó hace un par de años Una infancia feliz en una España feroz, unas memorias de sus años más jóvenes, y me he quedado con ganas de leer —lo regalé antes de hacerlo y no lo he vuelto a adquirir— Inútilmente guapo, el relato de su batalla contra un ictus sufrido en 2014.

Sin embargo, se me caía de las manos y no pude terminar Perro come perro. Guía para leer periódicos, y no he querido leer ninguna de sus obras sobre distintos aspectos de la guerra civil, pesando mucho en mí el prejuicio de que, guiado el autor por la idea de equidistancia —que se suele confundir con objetividad—, no son muy buenas.

Sit tibi terra levis.