Es
creencia extendida que quien escribe (porque tiene las herramientas necesarias
y sabe utilizarlas, porque quiere…) elige, y que en el fondo puede elegir con
total libertad sobre lo que quiere escribir y sobre cómo quiere hacerlo.
Yo,
sin embargo, pienso que quien escribe lo hace sobre lo que puede y también como
puede; y creo que cuando se escribe, y más si es sobre uno mismo, se suele
hacer —y ello por diferentes razones—, además de como uno puede, como uno cree
que de alguna forma le conviene, y es aquí donde pueden entrar en juego
interesados aspectos, diversos factores, como la prudencia, la vanidad, la
soberbia, la modestia, el pudor, la catarsis…
Igualmente
creo que la memoria, hasta la más fiable, lo es poco, y que es selectiva,
acomodaticia, protectora, de conveniencias… en ocasiones traidora
incluso; en algún sitio he leído que, por nuestro bien, es deseable que así
sea, y esto es algo que me invita a menudo a la reflexión.
Muchas
veces resulta que aquello que nosotros recordamos de una determinada manera,
cuando lo enfrentamos y lo ponemos en común con lo que recuerdan otras personas
que también estuvieron presentes en el mismo escenario de lo acontecido
(familiares, amigos, conocidos... gente que vivió las mismas historias),
resulta, digo, que no siempre coincide lo que ha quedado en nuestras memorias,
que nuestros recuerdos y los de esas personas no encajan bien, no casan.
Preguntas
a Rafaelito si se acuerda de su bicicleta de piñón fijo, una pequeñita con
ruedas macizas que muy de vez en cuando te dejaba montar si le caías bien, y él
te contesta que lo que no se borra de su mente es un magnífico gol que tú
marcaste en una ocasión que ni siquiera recuerdas ni has recordado jamás, que
nunca ha estado en tu cabeza. O... preguntas a Juanito si se acuerda de aquel
día cuando Antoñito hizo tal cosa, y te contesta que sí pero que no fue
Antoñito sino Miguelito, y hasta matiza lo que tu memoria retiene y cree que
hizo Antoñito. Te dice: «sí, pero no fue como dices..., lo hizo Miguelito y lo
que ocurrió en realidad fue que...». En cada mente se posa una versión distinta
—desde ligeramente distinta unas veces, a totalmente opuesta otras— del que,
objetivamente, debería ser idéntico recuerdo.
Bien.
Pues aun así, creyendo todo esto, me detengo y me recreo, incluso con afán, en
la tarea de traer al presente y dejar constancia de mis recuerdos, de algunos
retazos de mi vida, y en la de tratar de asumir —y ello no siempre me resulta
fácil, ni agradable— los efectos colaterales que pueda haber causado mi actuación
o inhibición en la misma desde que me recuerdo como un chiquillo de poca edad
hasta la actualidad.
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