Desde
hace mucho tiempo, debo tomar a diario —y suelo hacerlo con la
comida del mediodía, justo a su comienzo— una pastilla que me
ayuda a apuntalar la poco a poco (¿?) menguante salud que me queda
todavía y de la que aún puedo «disfrutar» aunque sea refunfuñando
cada vez más.
Al
principio pensé que sería una buena idea programar la activación
de una alarma para que sonase cada día a la hora en que debo tomar
la medicación: primero le tocó al despertador; después, al móvil.
Pero hace ya unos cuantos años que, como no quiero depender del
teléfono, entre otras razones porque no lo suelo tener siempre
conectado cuando estoy en casa —a menudo le quito el sonido—, me
vengo obligando —y diría que no me viene mal— a hacer un
esfuerzo de memoria para que no se me olvide la toma de la pastilla.
Desde
hace poco —quizás algo más de un año—, tengo la suerte de
contar con la muy estimable colaboración de mis nietas, que, sin el
más mínimo error, cuando están en casa comiendo con nosotros, me
sirven a la perfección como infalible recordatorio. Para ello,
cuando veo que se acerca la hora de la comida —mejor en los minutos
previos, mientras ponemos la mesa—, solo tengo que decir en voz
suficientemente alta para que me oigan las crías, con una clara
entonación vocal interrogativa y poniendo cara de despistado: «¿Qué
se me olvida?»; y, no falla, las niñas saltan de inmediato y
casi al unísono: «¡La pastilla!». Entonces, con cara de
alivio acompañada de alguna expresión verbal en el mismo sentido,
me dirijo al armario donde guardo la bolsa de los medicamentos en
busca de la pastilla, mientras les doy las gracias y les digo que no
sé qué haría sin su ayuda, procurando siempre poner de manifiesto
—visual y auditivamente, y con algo de exageración— lo encantado
que estoy de poder contar con ellas.
Pero
en una de las últimas ocasiones (ahora, en fiestas, están viniendo
a comer a menudo a casa), Paula, la mayor, no ha necesitado que yo me
anticipara preguntando «qué se me
olvida», y se ha adelantado en solitario para recordarme:
«¡abuelo, la pastilla!»;
y, ¡claro!, Ángela se ha enfadado e inmediatamente ha
argumentado en su favor que no vale, que su hermana ha hecho trampa,
que el abuelo no ha dicho «qué se me olvida», que hay que esperar
a que lo pregunte.
Lógica
aplastante, ¿no creen?
Sí, es una “tramposilla”. La respuesta a la pregunta del abuelo debe ser compartida y muy participativa. Poder ayudar es, para las niñas, un disfrute y una gran satisfacción. El abuelo debe preguntar siempre para que el equilibrio en la ayuda esté siempre compensado. Un abrazo, Pepe.
ResponderEliminarTe puedes imaginar cómo disfruto con mis nietas, Antonio, pues tú también tienes, y cómo me lo paso después recreando y trayendo al blog esas escenas tan especiales que protagonizan las crías.
EliminarUn abrazo fuerte.