SECCIONES

viernes, 9 de octubre de 2020

Estufíos

Leyendo Colasín: (Boceto de novela regional), una obra costumbrista sobre aquella Murcia de las últimas décadas del siglo diecinueve y primeras del xx, la de mis abuelos, me vienen a la mente montones de recuerdos, concretados sobre todo en palabras y expresiones de peculiar pronunciación huertana, y también en canciones y juegos infantiles, en imágenes visuales, sonidos, costumbres, sentimientos, emociones...

Abora que tu maire está a punto de pasar a mejor vida, quisiá yo volcarle de una ves to lo que siento en mi pecho con una comezón que m'está royendo el arma. ¡Abora, que no pue ser! Cuando pienso en estas horas de amarga cavilación que yo —¡yo!—  no he tenío más qu'estufíos pa la probe santa, y malas razones pa mis hijos, y que a ti t'he pegao como se pega a una mala bestia, me digo a mí mesmo que no pue ser, que ese no he sío yo, sino otro, otro que llevamos dentro, y qu'es el único que sale a flote en este río de Ia vida... El hombre güeno que habla conmigo a solas, el que está desahogando sus penas en ti, ese ha estao casi siempre ahogao en el fondo, sin que yo mesmo sepa por qué. (López Almagro, José: Colasín. Murcia: Universidad de Murcia, 1990, pág. 143).

En el párrafo al que pertenece el fragmento seleccionado, el padre de Colasín, ‘el tío Mohíno’, le hace a este una dura confesión, de la que me interesa destacar su reconocimiento de no haber «tenío más qu’estufíos pa la probe santa», refiriéndose a su mujer, ‘la tía Reonda’, madre del zagal protagonista.

La palabra «estufío» (del catalán «estufit», leo en Diccionario del habla de Yecla, de Miguel Ortuño Palao y Carmen Ortín Marco. Murcia: Ayuntamiento de Yecla y Academia Alfonso X el Sabio, 1999) no figura en el diccionario de la RAE; sí figura «estufido», con el significado poco explícito de «expresión de enfado», por lo que para una mejor comprensión se hace aconsejable la consulta de diccionarios murcianos, en los que aparece, en unos como estufío (pronúnciese ettufío, como he escuchado yo desde niño), y en otros como estufido, «una palabra más fina», como diría un castizo (no me imagino a nadie de aquí diciendo «estufido»: haría el ridículo y sería mirado de forma especial por sus oyentes).

·     Entre los significados que de la palabra estufido he encontrado en el Vocabulario de las Hablas Murcianas, de Diego Ruiz Marín (Murcia: Diego Marín, 2007) me quedo con el de «desaire brusco y grosero».

·     En el Vocabulario Murciano, de Alberto Sevilla (Murcia: Sucesores de Nogués, 1919) aparece: «estufido. Demostración de disgusto, por medio de la cual se pretende alejar al importuno que molesta».

·   Y en Palabra de la calle. El léxico de Jumilla, de Emiliano Hernández Carrión (Murcia: Academia Alfonso X el Sabio, 2004) se encuentra, ahora sí: «estufío: Síncopa de estufido. Exabrupto. Expresión con carácter ofensivo. Palabra malsonante».

—¿Te has fijao en fulanica, lo graciosa que se ha puesto en poco tiempo?

—¿¡Que si m’he fijao!?; ni te se ocurra arrimarte a ella, que se ha vuelto una estúpida y solo sabe dar ettufíos.

Téngase en cuenta que aquí en la huerta de Murcia, cuando se dice de alguien que es un estúpido, no se suele estar afirmando que sea un «necio, falto de inteligencia», como define el término la RAE, sino que es «arisco, desabrido, áspero en el trato», como aparece en Ruiz Marín, por lo que le va bien eso de dar ettufíos.

 

viernes, 2 de octubre de 2020

Hay caramelos

Aquel hombrecillo, además de poca estatura y escasez de carnes, tenía un brazo más delgado que el otro, medio inútil, igual que la pierna del mismo lado, como si debido a un ictus u otra causa se hubiera quedado hemipléjico, con el lado izquierdo semiparalizado. Por la edad que aparentaba, bien pudiera haber sido un niño de la terrible guerra civil que nuestro país había sufrido veinte años antes.

¡Cuántas veces el chiquillo curioso que fui vería subir al pobre tullido, con dificultad, al coche de línea de la empresa Martínez que esperaba en Murcia capital su hora de salida aparcado junto a la acera derecha de la calle Simón García según se iba en dirección a la plaza de toros! Y siempre lo hacía por la puerta delantera, supongo que para que los viajeros que ya estuvieran sentados esperando la puesta en marcha del autobús pudieran ver bien, de frente y con tiempo suficiente… la mercancía que vendía.

A continuación, recorría parsimonioso y renqueante el pasillo longitudinal que había entre las dos dobles filas laterales de asientos, y acompañaba su recorrido con una cantinela —siempre la misma— en la que, sin mucho énfasis, ofrecía algunos de los productos —siempre los mismos— expuestos en una cesta de mimbre que colgaba de su brazo malo, una canasta de color claro cuya imagen me viene ahora a la cabeza como si la hubiera visto ayer mismo: rectangular y con las esquinas redondeadas, de extensa superficie pero con poca profundidad, y con asa, donde se podían ver pequeñas bolsas de plástico transparente, cada una con caramelos de una clase distinta en su interior.

Y siempre el mismo sonsonete, un recitado de ritmo marcado y escasa línea melódica: «hay caramelos de Hellín, hay pastillas de café con leche, hay caramelos» (de vez en cuando, el primer «caramelos» del mensaje era sustituido por el más murciano caramelicos, en la única variación que, según recuerdo, se permitía aquel vendedor ambulante).

Por último, llegado al final del pasillo, nuestro hombrecillo se apeaba del coche por la puerta de atrás y se iba alejando por la acera con su paso lento y trabajoso, supongo que en busca de otro lugar con buena clientela para sus golosinas. «Hay caramelicos de Hellín, hay pastillas de café con leche, hay caramelos».

 

viernes, 25 de septiembre de 2020

Leonor

¿Qué habrá sido de Leonor?, tan guapa, tan atractiva, tan alocada en nuestros años jóvenes…; hasta su nombre, distinto, original, parecía más bonito que la mayoría de los comunes en las chicas del pueblo. No la he vuelto a ver desde entonces. Supongo que, si vive, el tiempo se habrá encargado de poner en su sitio aquella belleza suya, posiblemente ahora atenuada, cuando no disipada.

Recuerdo que me contaron, recién ocurrido el asunto, que la chica, no sé con cuánta antelación, había quedado con su novio en que una noche, tras despedirse y simular él su marcha en el coche —era de fuera—, saldría desnuda al balcón, lo que permitiría al amado disfrutar viendo su precioso cuerpo, y supongo que a ella —presumida, impulsiva, imprudente...— exhibirse con jactancia.

Pero, no sé cómo, la cosa trascendió (en los días que siguieron a aquello hubo quien dijo que había sido la propia Leonor quien se había encargado de filtrar con disimulo la noticia) y cuando la noche acordada salió al balcón, en algunas esquinas de los alrededores de su casa, situada en una plaza muy importante del pueblo, había, estratégicamente distribuido, un buen número de ocultos mirones más y menos jóvenes que, desde luego, también disfrutaron del espectáculo, y, ¡cómo no!, casi más aún, contándolo después con todo detalle.