SECCIONES

viernes, 15 de noviembre de 2024

Humillante

Acude a mi memoria, supongo que porque ahora viene al caso, que, estando en activo en la docencia (continúo en la misma, pero actualmente solo ejerzo con mis nietas), escuché en distintas ocasiones a un conocido que, cachondeándose, trataba de minusvalorar y humillar a un grupo de maestros que trabajaban en un mismo centro educativo, diciéndoles —simulando desprecio— que estaban dirigidos por un inútil, y subrayando que ese inútil, el director de dicho centro, había sido elegido —como es habitual— por los componentes del claustro de profesores, o sea, entre otros, por ese grupo de maestros.

No hay que devanarse los sesos para entender el argumento y, ya puestos, extrapolarlo a otros ámbitos; de hecho, está muy claro: si un país está gobernado por un cretino, por un malvado, por un delincuente…, y esa persona ha sido elegida libremente por la ciudadanía del mismo, poco dice ello en favor de los electores.

Véase lo que, al respecto, escribió, refiriéndose a su país —concretamente al mandamás del mismo y a su electorado—, el periodista y escritor argentino Martín Caparrós en «Boludeces argentinas», un artículo publicado en El País hace poco (24-10-2024):

Argentinos, ¿de verdad se volvieron tarados?

Solíamos creernos un pueblo inteligente, educado, capaz de entender y no dejarse engañar. Se diría que ya no lo somos.

Porque, si no, no hay forma de explicar que nos traguemos una tras otra, sin chistar, las boludeces de un fabulador serial de poca monta. Ya sabemos que insulta a troche y moche, que nos quiere dejar “el culo como un mandril”, que todos somos “ratas despreciables”, que un socialista es un “excremento humano”. Ya sabemos que eso crea un clima de violencia innecesario, brutal, que se agrega al clima de violencia creado por su insistencia en arruinarle la vida a millones de personas, cada vez más pobres, cada vez menos alimentadas. Pero, además, no para de decir estupideces, y nadie le contesta o se le ríe.

[…]

Humilla que te maneje un tonto. Una cosa es un malvado inteligente, uno que arma tremendos planes maquiavélicos para quedarse con todo; otra cosa es un malvado poderoso, uno que maneja tantos soldados, tantos bancos, que nadie le puede resistir. […] Pero la subsistencia de un malvado que no es inteligente ni poderoso sólo depende de la sumisión de sus súbditos. Es, por lo tanto, culpa de esos mismos súbditos: nuestra culpa.

Aunque no se trata exactamente del mismo caso, ya que el protagonista de este que refiero a continuación se podría encuadrar dentro de la clase de «malvado poderoso…», pensemos, por su actualidad, en Donald Trump, el reciente ganador de las últimas elecciones a la presidencia de uno de los países más poderosos, si no el que más, del planeta: los Estados Unidos de América.

 

sábado, 2 de noviembre de 2024

Granillo

«Granillo», otro vocablo, el tercero, que, junto a «piñuelo» y «pulpa», completa una tríada de productos que conocí en mis años más jóvenes, y que, con intención, junto ahora en mi memoria agrupados en el mismo lote, quizás porque de ninguno de ellos me interesó entonces saber su esencia, su procedencia, su uso.

Y este tercer nombre, tras tiempo en el olvido, ha reaparecido ante mí hace unos días cuando andaba buscando información sobre los otros dos, y me trae al recuerdo que así, «granillo», llamábamos a otra de las tantísimas mercancías (mi padre solía utilizar el nombre de «género» para la denominación de cualquier producto que compraba o vendía) que había en el comercio de mi familia en aquellos años de mi infancia, adolescencia y juventud, un género —en mi recuerdo: unos granitos muy pequeños de color oscuro— cuyo nombre, ahora, busco pero no localizo en internet.

Así que, de momento, me quedo sin saber a ciencia cierta qué eran aquellos granillos, de dónde provenían y para qué servían; aunque, ayudado por el recuerdo de su tamaño, de su aspecto, de su tacto (aun sin poder contrastar su identidad en fuente alguna fiable, ni siquiera en los vocabularios murcianos que tengo a mano), pienso que bien podrían ser las semillas de la uva; pero, ¡claro!, aun suponiendo que esto fuera cierto, sigo sin saber para qué se utilizaba; así que, de nuevo —otra suposición—, pienso que se utilizaría como alimento para animales.

Pocos días después de estas cavilaciones, me encuentro disfrutando de una cena en compañía de unos amigos, casi todos ellos mayores que yo, cuando, de pronto, se me ocurre que algunos de ellos, probablemente, puedan esclarecer mis sombras sobre el granillo. Así que, mientras los camareros nos sirven la comanda, les pregunto, y, de inmediato, se confirman mis suposiciones de unos días antes, ya que, en efecto, aquellas bolas diminutas, que llamábamos «granillo» en el pueblo tantos años atrás, eran las pepitas, las simientes de la uva, que mi padre vendía en su comercio como comida para animales, tal y como un servidor había conjeturado.