SECCIONES

viernes, 18 de agosto de 2023

Sefardíes (3) El señor Don Gato

El segundo ejemplo folclórico que, referente a la cultura musical sefardí, quiero ofrecer en Abonico es El señor Don Gato, una versión —de las tantas que hay— de la famosa canción infantil aquí conocida tradicionalmente con distintos títulos, aunque todos muy parecidos, como El señor Don Gato, Estaba el señor don Gato o Estando el señor Don Gato.

Primero recordemos —escuchemos— cómo es nuestra versión; mejor dicho: una de nuestras muchas versiones de la conocidísima Estaba el señor Don Gato, cantada por el gran folclorista Joaquín Díaz. Precisamente, esta versión no coincide —la letra es distinta; la música, no— con la que yo conozco desde muy joven y que, ya en los primeros años de la década de los ochenta del siglo pasado, enseñaba en clase a mis alumnos.


Ahora escuchemos El señor Don Gato, otra versión sobre el mismo tema, esta debida a los sefardíes de Tetuán (Marruecos). Préstese mucha atención a esta canción, tanto a su música, estilo e instrumentos: cómo suena, a qué suena…, como a la letra —con palabras a las que no estamos acostumbrados— en ladino (también llamado —recuérdese de entradas anteriores— judeoespañol, sefardí, sefardita y judezmo).

 

Es curioso constatar cómo, viajando a lo largo del espacio y del tiempo, se ha transmitido (seguro que, hasta no hace mucho, oralmente, de boca a oreja, de padres a hijos) en una larga cadena de generaciones, y cómo, lógicamente, por ser de transmisión oral, se ha ido modificando, y, además, contagiándose de los «aires» de las distintas tierras que acogieron a los sefardíes. 


viernes, 11 de agosto de 2023

Sefardíes (2) El Paipero

Relata Giovanni Boccaccio en El Decamerón (Tercera jornada, Novela primera) cómo Masetto de Lamporecchio se hace el mudo y entra como hortelano en un monasterio de mujeres, que porfían en acostarse con él. ¿Sí?, pues la canción que traigo hoy a Abonico, El Paipero, me recuerda ese relato de Boccaccio en el que las monjas, abadesa incluida, van tomando al mozo por su cuenta y se van «acostando con él», pensando que, como es mudo —así lo creen ellas—, no puede contárselo a nadie; hasta que, reventao, el pobre, «rompe a hablar» y le dice a la abadesa que no puede con tanto trabajo —nueve monjas—, que o encuentra una solución llevadera o lo deja irse; y la superiora, que por algo lo es, desde luego que encuentra una solución, un apaño para que todo continúe organizadamente, pues, ya se sabe, no hay nada como una buena organización.

Si así se las vio Masetto de Lamporecchio con nueve monjas, imagínense cómo quedaría, en una situación parecida, el protagonista de la historia que les pongo a continuación tras vérselas con ciento veintiuna: ciento veinte más la cocinera. La historia la cuenta con bastante detalle una canción popular sefardí de humor picaresco, El Paipero (Fray Pedro o Pai Pero), el primero de los ejemplos musicales que quiero ofrecer en Abonico sobre tan interesante fenómeno folclórico como es el sefardí.

Mejor si, mientras se sigue auditivamente la historia, se le echa un vistazo a la letra, que he puesto en el vídeo que acompaña a la grabación, literalmente: tal y como la encontré en YouTube.



viernes, 4 de agosto de 2023

Sefardíes (1)

La Península Ibérica fue habitada por judíos desde épocas muy tempranas (según algunos, desde el siglo vi a.c. o antes), y aquí convivieron, en distintos grados de armonía —según lugares y épocas—, con cristianos y con musulmanes.

Sefarad es el término —un topónimo— con el que las fuentes hebreas —la Biblia— designan a la Península Ibérica. La lengua hebrea lo ha utilizado para referirse (no durante la Edad Media, parece ser, sino tras la expulsión de los judíos) a un territorio identificado con España.

Y los sefardíes o sefarditas —términos derivados de Sefarad— son los descendientes de esos judíos que vivieron en la Península Ibérica y fueron expulsados de ella en 1492, el mismo año en que, poco después —12 de octubre—, tuvo lugar el «descubrimiento» de América por Cristóbal Colón.

Pero los problemas de los judíos en lo que ahora es nuestro país habían comenzado mucho antes: la primera matanza que sufrieron tuvo lugar en 1066, en la Granada musulmana; y, posteriormente, comenzaron a abandonar nuestro territorio a consecuencia de las persecuciones desatadas, en 1391, por unas prédicas religiosas que de nuevo culminaron en matanzas en distintas juderías, como las de Barcelona y Sevilla, entre otras.

El 31 de marzo de 1492 los Reyes Católicos firmaron el decreto de expulsión de los judíos de todos sus reinos, y dieron un plazo de cuatro meses.

[…] En principio se les permitía llevar todos sus bienes muebles, pero las leyes prohibían sacar oro, plata, monedas, caballos y armas por lo que deberían transformar sus bienes en letras de cambio. En muchos lugares se prohibió a los cristianos la compra de bienes judíos y en todos se explotó la necesidad apremiante de vender […] (Martín, José Luis, La Península en la Edad Media, Barcelona, Teide, 1976, pág. 787).

No hay constancia de cuántos se convirtieron, pero sí de que muchos de ellos fueron perseguidos y condenados por la Inquisición. Tampoco conocemos con exactitud cuántos salieron de España (¿¡doscientos mil!?, parecen muchos), pero sí sabemos que los que lo hicieron conservaron sus costumbres, su lengua (el judeoespañol, también conocida como sefardí, sefardita, judezmo y ladino) y su liturgia. Los sefardíes han mantenido desde entonces hasta el presente su identidad y su patrimonio hispánico, preservándolo y enriqueciéndolo en estos cinco siglos. Hoy están dispersos por distintas partes del mundo: países norteamericanos y latinoamericanos, Francia, España, Marruecos y, ¡como no!, una gran mayoría en Israel.

Continuará.