SECCIONES

viernes, 3 de diciembre de 2021

Espantapájaros (1)

Una vez más me detengo a pensar cómo los recuerdos acuden a mi cabeza asociados a escenas que se presentan en mi mente cuando menos lo espero, concretamente y muy a menudo… en mis lecturas cotidianas.

Leyendo una entrevista hecha a Antonio Muñoz Molina alrededor de Volver a dónde, su última obra publicada (Niebla, Rocío: «Antonio Muñoz Molina: “Si Elvira Lindo no le da el visto bueno a lo que escribo, no lo publico”», eldiario.es, 12-09-2021), me entero de que, siendo niño el escritor, «las mañanas de mucho calor cuando los higos maduraban, su padre le dejaba al mando con un cencerro y la misión de salir de vez en cuando agitándolo y gritando para espantar a los pájaros». Por cierto, se sabe —aquí en la huerta de Murcia es vox populi—, que los mejores frutos (por ejemplo, los mejores higos de una higuera), los más dulces, son los que han sido picoteados por los pájaros.

Ya tengo Volver a dónde (es más, ya lo tenía antes de leer la entrevista publicada en eldiario.es), y ya le he echado un primer vistazo antes de colocarlo en el montón de los que esperan su turno para ser leídos. Mientras tanto, trato de conseguir un ejemplar del mismo en formato digital (el haberlo comprado en papel me libra de los remordimientos al piratearlo), porque en él es muy fácil buscar, encontrar y copiar en un santiamén cualquier palabra, cualquier expresión, cualquier frase… cualquier fragmento.

Consulto a menudo la web donde suelo obtener los títulos que, como este, tanto me interesan, pero veo que pasa el tiempo y que con él se me va acabando la paciencia; así que, sin comenzar a leerlo seriamente, decido buscar la anécdota del cencerro en el libro que he comprado, con orden, página a página, desde la primera; y, aunque no me resulta fácil, ya más que mediado el tomo, la encuentro, y me alegro mucho pues es bastante más rica de lo que yo había entrevisto en la entrevista.

En mañanas letárgicas de mucho calor, cuando los higos maduraban y empezaban a madurar los pimientos, las berenjenas, los melocotones, los albaricoques, mi padre me hacía entrega de un gran cencerro de vaca y me dejaba de guardia debajo de una higuera o de un granado, con la tarea de salir de vez en cuando de la protección de su sombra y recorrer la huerta agitando el cencerro y dando grandes gritos para que se espantaran los pájaros. (Muñoz Molina, Antonio: Volver a dónde. Barcelona: Seix Barral, 2021, pág. 184).

Continuará.

 

viernes, 26 de noviembre de 2021

Ha muerto el Guti

A primera hora de la mañana, con mis nietas preparándose para ir al colegio, recibo un guásap de Juan Manuel Prior, hijo de mi amigo Juan Prior, el ‘Guti’.

«Malo», me digo antes de abrirlo, sabiendo de la precaria salud de su padre y considerando que este es el segundo mensaje que recibo de Juan Manuel en años: el primero y único hasta ahora fue en julio de 2018 para agradecerme la escritura de «El Guti», un artículo que publiqué en La Calle y en Abonico sobre mi amigo, el Juanito de mis años jóvenes, sobre todo de los de mi infancia, aquellos en que tanto me protegió, tanto lo aprecié y tanto lo admiré.

Es un guásap colectivo, dirigido «a todos mis contactos para informaros de que esta noche ha fallecido mi padre». Lo recibo como un golpe, un mazazo que no esperaba, que nadie esperaba. Concretamente, la última vez que nos vimos, el propio Guti me había dicho que estaba mejor, que, con sacrificio, pues le costaba mucho contenerse ante la comida, llevaba más o menos controlado el problema del azúcar, y que lo estaban preparando ante la posibilidad de que tuviera que someterse a hemodiálisis en un futuro quizás poco lejano.

Tras la lectura del guasap, le comunico a mi gente la fatal noticia y le digo a Toñi que, cuando vuelva de mi andadura, iremos al tanatorio.

En esto, mis nietas, que, aunque andan atareadas en la pizarra y parecen ensimismadas en sus escritos y dibujos, tienen las antenas desplegadas, me han mirado con curiosidad y, contagiadas por el ambiente del momento —con cuidado, voz baja, cara triste…— me preguntan: «¿qué pasa, abuelo». Intentando no impresionarlas, les digo lo que ha pasado: que ha muerto un amigo, alguien muy importante para mí; a continuación, la menor, Ángela, me hace otra pregunta: «¿y qué es un tanatorio?».

Y mientras se lo explico, emocionado, intento como puedo, aunque sin mucho éxito, reprimir las lágrimas que desde hace rato acuden a mis ojos. Trato de disimular, salgo de escena, voy al aseo y… allí sí, allí me desahogo.

Escribiendo esto, me vienen a la mente los primeros versos de las coplas de Jorge Manrique por la muerte de su padre.

Recuerde el alma dormida,

avive el seso e despierte,

contemplando

cómo se pasa la vida;

cómo se viene la muerte

tan callando;

   cuán presto se va el plazer;

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parescer,

cualquiere tiempo passado

fue mejor.

Manrique, Jorge:

Coplas por la muerte de su padre.

Edición de Jesús Manuel Alda Tesán.

Madrid: Cátedra, 1978, pág. 144.