SECCIONES

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Comprueben la chimenea

Antes de nada, y a pesar de "todo", la felicitación:

Parece que este año se impone pedir los regalos a Papá Noel.

¿Que por qué?

Por un lado, me acabo de enterar por la prensa, Melchor y Gaspar se quejan de la devolución de Baltasar en caliente (o caliente, no sé muy bien) por las autoridades españolas.

Melchor y Gaspar protestan en el Senado contra la 'devolución en caliente' de Baltasar (El Diario.es, 23-12-2014)

Por otro, se comenta que San José y la Virgen dicen que nada de pesebre mientras estén sin casa.

 
 El Roto, 24-12-2014, El País

Así que parece imponerse la petición de los regalos a Santa Claus. Y yo me voy a permitir aconsejar a quienes así lo hagan o lo hayan hecho ya que se cercioren de que su chimenea es lo suficientemente amplia en todo el trayecto como para permitir el buen deslizamiento de Papá Noel por ella, porque les puede ocurrir lo que a Ella Fitzgerald, en cuyo conducto para dar salida al humo quedó atascado el orondo personaje el año “pasado” —que ni p’arriba ni p’abajo— cuando pretendía descender a la casa de la grandísima cantante.

¡Claro!, ella piensa que, con la mala experiencia sufrida, Santa Claus haya pensado no volver, y teme, por lo tanto, quedarse sin regalos “este año”; por eso ha ensanchado la dichosa chimenea, le pide que vuelva y que entre por el conducto habitual, diciéndole que ya no tendrá problemas.

¿¡Que no se lo creen!? ¡Si lo dice ella misma!

Escuchen Santa Claus got stuck in my chimney (Santa Claus se quedó atascado en mi chimenea), cantada por Ella Fitzgerald:





sábado, 20 de diciembre de 2014

En la estacada

Ahora entiendo de dónde viene lo de "dejar a alguien en la estacada". 

Nunca es tarde, nos decimos, pero no dejamos de sorprendernos de que con los años que tenemos, con los transcurridos desde que empezamos a pensar que pensamos, no hayamos caído antes en el significado de algunos términos, del preciso porqué de algunas expresiones.

Algo así me ha ocurrido no hace mucho con la palabra estacada, y ha sido leyendo Victus, una buena novela histórica de Albert Sánchez Piñol sobre la Guerra de Sucesión Española, una narración que, por cierto, está levantando ampollas, en estos tiempos, como diría un personaje de El Roto, de demanda de  banderas y de fervores patrióticos.

El protagonista de Victus es un ingeniero de primeros del siglo XVIII, que lo mismo tiene que preparar la defensa de una ciudad asediada que diseñar su asedio y ataque. Lo que sigue a continuación se refiere al primer caso, en concreto lo hace a la defensa de Barcelona frente a las tropas borbónicas.
 […] Después de hablarlo con don Antonio, decidimos suspender todos los trabajos menos los de la estacada.
Cuando hay tiempo para prever un asedio la guarnición rodea el recinto fortificado con una pantalla de estacas puntiagudas apuntando hacia el asediador, inmediatamente antes del foso, oponiéndose como primera línea de defensa de las murallas y baluartes.
[…]
Con la estacada se dificulta el avance de la infantería y se intimida al enemigo. Un bosque de miles y miles de estacas constituye un obstáculo de consideración. Al menos si ustedes lo contemplan desde el punto del que está obligado a franquearlo mientras le disparan por todos los lados. Los oficiales necesitan mucha autoridad para arrear a sus hombres contra una barrera puntiaguda.
De acuerdo, los bombardeos artilleros volatilizan la mayoría de las estacas. Pero eso no es tan decisivo como parece. Las estacas tienen dos o tres metros de largo. Se clavan muy hondo, en ángulo agudo y con un contrafuerte en la base, de forma que emerjan metro o metro y medio. La metralla y las bombas las destruyen, en efecto, pero aunque solo sobresalgan dos palmos, o tres, basta para herir pies y pantorrillas. Las mismas explosiones contribuyen a quebrar y aguzar las puntas. Un denso boscaje de pinchos sólidos no es nada despreciable. Cuando los atacantes avanzan en masa deshace las formaciones, hiere a cientos y lentifica el asalto. Y después aún les espera el foso, y las murallas. A veces las defensas más simples son las más efectivas. (SÁNCHEZ PIÑOL, Albert: Victus, 2013, Ed. La Campana, pág. 359).
Y, lógicamente, la palabra estacada me lleva a la expresión “dejar en la estacada”, cuyo significado sabía pero no se me había ocurrido pensar de dónde venía, qué significaba literalmente. Ahora entiendo mejor lo que supone que te dejen ahí, en la estacada, en medio de las punzantes estacas y a merced de las balas de los defensores de la ciudad.
 
¡Ahora sí!



sábado, 13 de diciembre de 2014

¡¿Con agua caliente?!

Ahora que comienza el frío, lo voy a contar: es más comprensible.

Recuerdo que cuando de niño hacía algo que a ojos de los adultos —de algunos adultos— no estaba bien, me decía mi madre: “Te va a castigar el Señor con agua caliente”, a lo que añadía frecuentemente: “eso es malo” o “eso no está bien” o —sobre todo— “eso es pecado”.

En una época como la de mi infancia —años cincuenta del siglo pasado, con casas poco preparadas para el frío, sin agua corriente—, donde nos bañaban a los niños, cada demasiados días, en barreños a los que se echaba agua calentada previamente al fuego en ollas, cacerolas o cazos, entonces, ya digo, nunca me pareció un castigo el agua caliente; menos aún, en invierno: en esa época, todo lo contrario, me parecía una bendición:
¡Qué gusto, agua caliente!

¡¿Dios castiga con agua caliente?!



domingo, 7 de diciembre de 2014

Mackie Navaja

La agitación social en el período entre las dos guerras mundiales del siglo XX propicia el surgimiento de regímenes totalitarios (Italia, Alemania, Unión Soviética, España, Portugal…). Alemania sufre desde el principio los efectos de la crisis económica mundial que surge tras la Primera Gran Guerra. La República de Weimar (1919-1933) vivió unos primeros años de crisis intensa; la miseria, el hambre y las malas condiciones sociales, se vieron reflejadas en las actividades de ocio y entretenimiento (radio, cine, teatro y cabaret), y el ambiente en esas manifestaciones artísticas, desenfadado y frívolo en otros países (Francia, Inglaterra, Estados Unidos), en Alemania se torna sarcástico. Es cuando el teatro conoce la obra esencial del dramaturgo Bertold Brecht (1898-1956), que tuvo que exiliarse en la etapa nazi.
En los años de Weimar es muy importante la colaboración de Brecht con Kurt Weill (1900-1950), compositor de música de la nueva tendencia que surge en los años veinte, conocida como Nueva Objetividad o Nuevo Realismo, que se opone a la complejidad y promueve el uso de ele­mentos de músicas conocidas (popular, jazz, clásica y barroca); pretende ser objetiva, accesible, comunicar con clari­dad y conectar con los acontecimientos y preocupaciones del momento.
Pues bien… Kurt Weill (1900-1950), exponente de la Nueva Objetividad, compone ópera en Berlín, simpatiza con la izquierda política y quiere ofrecer una crítica social y entretener a la gente corriente en lugar de a las élites intelectuales. Su colaboración con Brecht más conocida es Die Dreigroschenoper La ópera de los tres centavos—, estrenada en 1928, de corrosiva crítica social y con una música basada en el cabaret y las formas populares; el reparto inicial incluía a la mujer del compositor, Lotte Lenya, que se convirtió en su intérprete favorita y, tras la muerte del músico, en aban­derada de su obra. En Berlín, la obra estuvo en cartel durante dos años, y en un lapso de cinco, La ópera de los tres centavos ofreció más de diez mil representaciones en diecinueve idiomas. Los nazis la proscribieron en 1933, cuando Weill y Lenya partían hacia París y más tarde hacia los Estados Unidos.
Brecht sentía fascinación por los malhechores, los matones, los hombres sin principios, lo que explica la inclusión en esta obra de lo que pasaría a ser su número musical más famoso: Die Moritat vom Mackie Messer (La balada popular de Mackie cuchillo), una balada de asesinatos, un catálogo de homicidios, que se convirtió en una de las canciones más famosas de la Alemania de Weimar; nos presenta a un antihéroe, un criminal que mata por placer y por dinero, que encarna al asesino sexual y en serie, una figura que causó sensación en esta época.

Coplas de «Mackie Cuchillo»
          Bertolt Brecht
Y el tiburón tiene dientes
y a la cara los enseña,
y Mackie tiene un cuchillo
pero no hay quien se lo vea.

El tiburón, cuando ataca,
tinta en sangre sus aletas,
Mackie en cambio lleva guantes
para ocultar sus faenas.

Un luminoso domingo,
un muerto en la playa encuentran,
y el que ha doblado la esquina
en ese instante, ¿quién era?

Schmul Meier, como otros ricos,
se ha esfumado de la tierra.
Cuchillo tiene su pasta
pero nadie lo demuestra.

Se ha encontrado a Jenny Towler
de una cuchillada muerta.
Cuchillo, que está en el puerto,
parece que ni se entera.

En el incendio, un anciano
y siete niños se queman.
Mackie está entre los mirones
pero nadie le molesta.

La viuda, menor de edad,
cuyo nombre mucho suena,
amanece violada.
Mackie, ¿quién paga la cuenta?

Los peces desaparecen
y los fiscales, con pena,
al tiburón por fin llaman
a que a juicio comparezca.

Y el tiburón nada sabe,
y al tiburón, ¿quién se acerca?
Un tiburón no es culpable
mientras nadie lo demuestra.
(1929, de La ópera de dos centavos)
Traducción de Jesús López Pacheco
y Vicente Romano, Alianza Editorial, 1984.

Para el texto de Brech, Weill compuso una música fácilmente tarareable, una melodía que se repite y da vueltas, que todo el mundo puede cantar y a la que el cantante puede aportar complicidad, chulería, sarcasmo, repulsa, asco…

Posteriormente, la canción se extendió en una segunda época, a partir de los años cincuenta, como Mack the Knife, cantada en inglés, por Louis Armstrong (con un timbre de voz que ni pintado) y Frank Sinatra, ambos callejeros en sus respectivas infancias, y que, por tanto, entendían perfectamente de qué trataba realmente lo que cantaban. Armstrong, que dijo que Mack le recordaba a tipos que había conocido en Nueva Orleans, bromeando, incluyó entre las víctimas del navajero a Lotte Lenya, la primera intérprete del tema; mientras que Sinatra, según cuenta Alex Ross, metió en su versión una frase de las películas de El Padrino (Francis Ford Coppola) que “revelaba la verdadera naturaleza de los políticos estadounidenses como gánsteres de un calibre superior”.

La versión que he elegido, al final, con cambio de opinión de última hora, es la de Bobby Darin: espero que guste su swing. Darin había estado “relacionado” desde niño con la mafia, pues su “padre” era uno de los lugartenientes de Frank Costello, capo en el Bronx; su “madre”, una cantante de vaudeville.

Padre y madre van entrecomillados porque realmente eran sus abuelos. Bobby era hijo de su “hermana” Nina, 17 años mayor que él, de lo que se enteró  pocos años antes de morir, sin  saber quién había sido su padre: un duro  golpe.