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viernes, 21 de mayo de 2021

Dinda el miércoles que viene (3)

En la calle del Rosendo, en un lateral de la tienda, clavadas y aseguradas con yeso a la pared de la misma, había unas argollas de hierro de unos diez centímetros de diámetro en las que podían ser atados los animales de carga y transporte, burros sobre todo, utilizados por mucha de esta gente. Y con esos burros realmente mansos nos divertíamos Jose Luis y yo siendo todavía muy niños: alternadamente, mientras uno le levantaba el rabo al pollino, el otro, con una pistola de agua, lanzaba un chorro del líquido elemento a adivínese qué lugar de la parte posterior del animal. Desde luego, el peligro de una coz no estaba en nuestras cabezas, aunque tomábamos alguna precaución: nos ladeábamos un poco.

Algunos de los campesinos que venían al mercado aprovechaban para llevar el burro a herrar (¡menudo espectáculo en la herrería!) y también para almorzar en alguna de las tiendas y/o ventorrillos de los alrededores del mercao, que, a media mañana, no daban abasto para atender a tanta gente; otros, supongo que la mayoría, traían su propia comida, pues sus economías y sus sobrias costumbres no les permitían muchos extras; lo máximo, algo de beber, un vaso de vino para acompañar la ingesta.

Lo cierto es que esa mañana de miércoles cambiaba su fisionomía toda la zona del pueblo que envolvía la plaza del mercado. No puedo decir, si no es como metáfora, que aumentara considerablemente su colorido, porque el ropaje de aquella gente, como el de la del pueblo, oscilaba del negro al gris y poco más. Los atuendos eran pobres, por mucho que huertanos y campesinos vinieran arreglaos para la ocasión, para hacer el mercao, tanto para la compra como algunos también para la venta (huevos, conejos, gallinas, pavos…), pues no eran pocos los que dependían del dinero de esa venta para, después, poder realizar la compra.

Continuará.

 

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