Recomendado
por un amigo aficionado al ajedrez, no hace tanto que leí El peón, de
Paco Cerdá (Pepitas de calabaza, 2020) y me gustó mucho, no solo por su
temática central, ajedrecística, que me parece un pretexto del escritor para ofrecer
—y esto es lo que creo más interesante— un retrato de la sociedad de aquellos años
—y no únicamente de la española—, unos tiempos en que Arturito Pomar —así lo
escuché nombrar muchas veces en mi adolescencia— llegó a enfrentarse al grandísimo
Bobby Fischer.
Presentes,
que también me ha gustado mucho, es el título de la última obra que ha
publicado Cerdá (Alfaguara, 2024), y la veo escrita en la misma línea de la
anterior, utilizando un acontecimiento como centro irradiador para reflejar —de
nuevo me parece lo más interesante de la obra— la sociedad en la que se
desarrolla (en El Peón fue la partida de ajedrez entre Pomar y Fischer;
en Presentes, el traslado a pie del féretro con los restos de José
Antonio Primo de Rivera desde Alicante hasta Madrid). Y recién acabada su
lectura, la sensación que me queda de la misma es la de que, aunque en general no
me dice nada nuevo, nada fundamental que yo no conociera de antes, lo escrito en
ella —muy bien documentado, por cierto: al final detalla sus fuentes minuciosamente—
pone los puntos sobre las íes y cuenta algunos detalles interesantes de la
triste España sin ventura de 1939, justamente la que quedó al acabar la guerra
civil.
Leer
y escribir han acabado convirtiéndose en actividades de primera necesidad para
mí: vitales. La primera lo es desde hace mucho tiempo: diría que desde que
adquirí la «capacidad de razonar como un adulto», lo que se llama «uso de
razón» (algo que, a menudo pienso que lamentablemente, no sucedió a edad
temprana); desde entonces no he dejado de comprar y de leer libros (sobre todo,
lo primero). La segunda actividad, la de escribir, data de fechas mucho más recientes,
pero también ha llegado a ser muy importante en mi vida.
Y
es quizás por ello, por lo dicho en el párrafo anterior, que me llaman mucho la
atención, que me gustan, y me animan —alivian mis remordimientos de comprador de
libros en exceso—, las palabras que al respecto dice alguna gente (buenos
lectores y buenos escritores —no tiene por qué reunir ambas facetas la misma
persona— a quienes admiro en muchos casos) referidas a los libros que compran, a
los que leen, a cómo los leen, si los subrayan, si les ponen algunas marcas como
señales para localizar sin muchas dificultades —yo suelo utilizar lápices y pósits— determinados
capítulos, epígrafes, páginas, párrafos, frases, palabras…
Esta
vez le toca el turno a una reciente confesión de Antonio Muños Molina, unas
palabras que inmediatamente, hoy mismo, he extraído del artículo de prensa en
el que me las he encontrado:
Leer
y escribir son dos vicios, más que dos inclinaciones intelectuales, así que uno
compra más libros de los que leerá nunca y más cuadernos de los que le dará
tiempo a llenar escribiendo. (Muñoz Molina, Antonio, El
País, 04-01-2025).
Ya digo: un alivio, sobre todo lo de la compra de libros, mientras que los
cuadernos, por ahora, solo amontono, ordenados y numerados, los que ya he utilizado,
en los que, por cierto, todavía quedan muchas anotaciones sin aprovechar, sin
llevar al ordenador.
Lo venimos haciendo ya unos cuantos años, en los que semanas antes de estas
fechas navideñas, incluso meses en alguna ocasión, mis hijos y yo solemos
comenzar la preparación del villancico que los componentes de la familia (casi
todos sus miembros nos implicamos en la tarea de una u otra manera) ofrecemos a
familiares, amigos y conocidos cuando llega Nochebuena. Y en esta ocasión… lo
mismo: también nos hemos tomado nuestro tiempo; sí, porque, como este pasa
volando, es importante comenzar la preparación de la obra en cuestión con la
suficiente antelación (pensando, y mucho, en la participación de mis nietas, a
quienes hay que facilitarles la labor, máxime si, como ha ocurrido en algunas
ocasiones, las acompaña algún amigo o amiga); y tomamos tiempo de sobra porque,
si nos descuidamos y no lo hacemos así, es fácil que la Nochebuena se nos eche
encima y provoque que en los últimos días (incluso… en las últimas horas, como
nos ha ocurrido alguna vez), tengamos que trabajar contrarreloj para que un
buen resultado —decente, como mínimo— esté ultimado en su momento.
Para la Navidad del presente año hemos elegido un famoso villancico: Joy
to the World! —¡Alegría para el Mundo!, escrito
por el pastor y compositor de himnos inglés Isaac Watts en 1719; se trata de un
himno navideño interpretado generalmente con un arreglo de 1848 del compositor
estadounidense Lowell Mason, que utiliza una melodía atribuida a Händel; y la
letra que se suele emplear para cantarlo es una reinterpretación cristiana de
un salmo bíblico. Con todo ello, este himno se ha convertido —leo en la Wikipedia—
en «uno de los villancicos más populares en los países de habla inglesa».
Nosotros —la familia— queremos ofrecerlo en una versión (voz, ukelele, dos
flautas de pico —soprano y alto—, dos flautas traveseras y percusión variada)
endulzada con un leve toque latino, marcado por la intervención de la percusión
que, como siempre, ha ideado mi hijo Jose, y que, con la solvencia
acostumbrada, llevan a cabo en esta ocasión él y sus dos hijas, mis nietas
(enorgullecimiento que no falte, y labor pedagógica, tampoco: hay que sembrar).
Contamos esta vez, como colaboradora especial, con la participación de
Ninfa Sabater, cantante a la que ha invitado el percusionista de la familia,
que conoce bien la calidad y calidez de su voz, pues ambos han compartido
escenario en algunas ocasiones.
Dado que Ninfa nos pasó su interpretación de la canción en inglés (es
conveniente saber que la grabación de los diversos componentes del grupo se
hace por separado; posteriormente, todo se mezcla y se edita en el ordenador), le
pedí a Google Translator que me tradujera un fragmento de la misma,
concretamente del comienzo de la primera estrofa, para que quienes no estén familiarizados con dicha lengua
puedan hacerse una idea de lo que dice. Aquí está el
resultado:
¡Alegría al mundo! El Señor ha
llegado;
que la tierra reciba a su Rey;
que cada corazón le prepare un lugar,
y canten el cielo y la naturaleza,
[…]
Aunque… después, he decidido —hemos decidido: la idea ha partido de mi hijo
Antonio— colocar en el vídeo, junto a la cantante, la letra de las dos primeras
estrofas de la canción —las que canta Ninfa—, acompañada de su traducción a
nuestra lengua, para que sus versos vayan apareciendo uno tras otro en la
pantalla en el momento de ser cantados.
Y… bueno… pues ya está; así que, esperando que nuestra familiar
interpretación del villancico ¡Alegría
para el Mundo!guste a quienes nos escuchen y vean, aprovecho la ocasión
para desear a todos una FELIZ NAVIDAD y, ya «metidos en harina» —lo digo,
además, por la elaboración casera de los dulces navideños—, también un BUEN AÑO
NUEVO.