Para alguien como yo,
inseguro ante la toma de decisiones más o menos trascendentes (debería de haber
escrito «más y menos trascendentes»), incluso casi totalmente intrascendentes,
la perdurabilidad del tatuaje supone un muro insalvable. Tanta duración me
preocupa… me frena. Quizás aceptaría, ¿toleraría?, uno pequeñito, en algún
discreto rincón del cuerpo, con algún motivo de mucha relevancia para mí, un
grabado que me sugiriera algo importante, por ejemplo… musical, como una clave
de sol, un pequeño motivo melódico, una flauta de pico…, o alguno literario,
como la imagen de un libro o una frase breve y significativa sacada de alguna
de mis lecturas predilectas…; ya digo… quizás.
Se me ocurre que un
pequeño pentagrama, sin nota alguna en él, situado en un lugar de cómodo acceso
para mi mano derecha, podría ser una buena idea, porque sobre él podría ir
colocando, con bolígrafo o rotulador, un fragmento de melodía distinto cada vez
(Händel, Vivaldi, Bach, Mozart, Beethoven…), dependiendo de la ocasión, según
efemérides, temporadas, avatares, estados de ánimo…
A lo más que he llegado,
y lo hice en mi juventud, fue a escribir en aljamiado sobre alguna de mis
prendas de vestir de aquellos tiempos tan felices en mis recuerdos de ahora. En
los años a los que me refiero, la lengua árabe fue una de las asignaturas que
estudié en la universidad; pronto aprendí a dibujar con buena caligrafía sus
fantásticos caracteres y, para celebrarlo, orgulloso, escribía aquí y allá mi
nombre y apellidos, ya digo, en aljamiado: en nuestra lengua española pero con
caracteres árabes.
Recuerdo haberlo hecho
concretamente en la dedicatoria de un libro que regalé a Toñi —mi novia
entonces, ahora mi mujer—, y en los parches de piel de camello de unos bongós
con cuerpo de cerámica que, como regalo, me había traído mi hermano de un viaje
a Ceuta, y también sobre la pernera izquierda de unos pantalones bastante jipis que vestía en aquellas fechas.
Y, ¡claro!, los pantalones
y los bongós desaparecieron de mi vida, pero el libro continúa en mis
estanterías; y lo he localizado, y he mirado la dedicatoria… pero, con el
tiempo transcurrido, no recuerdo lo que escribí, ni logro deducirlo por más que
lo intento; aunque... en la línea de abajo, a la izquierda, me atrevería a
decir que aparece la fecha, creo que mal escrita: ¿11 - marzo - 1975?
Después, de mayor, he
vestido y sigo vistiendo de vez en cuando, aunque cada vez menos, algunas
camisetas en las que va impreso y luzco orgulloso un fragmento de partitura de
un concierto para violín —J. S. Bach—, o el dibujo del colegio donde en ese
momento he estado trabajando, o…; ya digo, siempre algo significativo, valioso
para mí, incluso reivindicativo.