SECCIONES

viernes, 9 de septiembre de 2022

Instantáneas

Una buena razón para la escritura:

Dejar un recuerdo: estas instantáneas [refiriéndose a las entradas de su diario], por ejemplo, aunque el fotógrafo sea malo y el modelo no pueda evitar la pose. (Uriarte: Diarios 1999-2003. Logroño: Pepitas de calabaza, 2016, pág. 53).

Me gusta lo del mal fotógrafo, y, más aún, lo del modelo que no puede evitar la pose. Por cierto, ¿no puede? ¿no quiere? ¿ambas combinadas?...


viernes, 2 de septiembre de 2022

Nombres

Allá por los últimos años de mi infancia, los que acababan la década de los cincuenta del siglo pasado, los nombres de los chiquillos del pueblo (me vienen ahora a la cabeza algunos de los que conocí), reflejo de los de sus mayores y normalmente expresados en sus variopintos diminutivos murcianos, no iban mucho más allá de Pepe —algunas veces era José—, Juan, Antonio, Pedro, Joaquín, Paco —nunca Francisco—, Manuel, Ramón, Fernando, Ángel…; también había algún Juan José y algún José Luis, y, créaseme, poco más.

Me acuerdo de que, excepcionalmente, se daba el caso de un José Ignacio —primo mío, por cierto—, un nombre que me parecía más fino, más distinguido, debido a su peculiaridad, a que se salía de lo normal, de lo común en aquellas fechas, pues era compuesto y contenía el entonces aquí tan singular «Ignacio».

Y algo parecido ocurría cuando aparecía por la localidad alguien con un nombre igualmente diferente, un nombre fuera de lo habitual en nuestro entorno, como, por ejemplo, Eduardo, que te sonaba mejor, como de más importancia, de mucho más interés que los habituales antes mencionados, por lo cual lo mirabas y lo veías de otra manera.

Al respecto, me viene a la memoria la imagen de un zagal un poco mayor que yo, que llegó al pueblo y vivió en mi barrio durante una temporada que recuerdo no muy larga, concretamente en la casa cuartel de la guardia civil —era hijo del sargento de la misma—, un chaval del que recuerdo con claridad que llevaba su material escolar en una muy atractiva cartera de cuero que despertaba mi admiración y envidia: una muy bonita, de un color marrón claro, que tenía un par de correas con hebillas para su cierre.

Se llamaba Rogelio, pero le decíamos Róger, un nombre que ahora no me gusta pero entonces me pareció lo más de lo más, pues me sonaba a extranjero, creo que porque lo relacionaba con el «Rogers» del actor Roy Rogers, un cowboy que salía en unas películas del oeste que me gustaban mucho. Y, así, al principio llegué a pensar que aquel chaval, al que veía más guapo, era también más listo: mucho más atractivo, en definitiva, que la mayoría de los chiquillos del barrio; aunque, en realidad, con el tiempo, resultó ser (por lo menos así me lo terminó pareciendo cuando lo conocí mejor) un verdadero gilipollas.

Una vez llegó a mi escuela un niño forastero que se llamaba Hipólito y yo imaginé que sería rico. (Muñoz Molina, Antonio: Volver a dónde. Barcelona: Seix Barral, 2021, pág. 53).


viernes, 26 de agosto de 2022

Absurdidades y atrocidades

Estoy cenando cuando escucho decir en el telediario (no estoy mirando la pantalla, lo oigo de pasada) que han acuchillado a Salman Rushdie, el autor de Los versos satánicos, tras cuya publicación llevaba amenazado de muerte ya más de treinta años con una fatwā que pedía su asesinato.

Y entonces me acuerdo —y se la digo a mi gente— de una cita leída recientemente:

«Voltaire observó proféticamente: “Los que pueden hacerte creer absurdidades también pueden hacerte cometer atrocidades”» (Paulos, John Allen: Elogio de la irreligión. Barcelona: Tusquets, 2009, pág. 15).

 

viernes, 19 de agosto de 2022

Intolerable

Esto que sigue se planteaba Carlos Fuentes recién comenzado este siglo que corre a zancadas agigantadas en la actualidad: el xxi.

¿Es tolerable un mundo en el que las necesidades de la educación básica en las naciones en desarrollo son de nueve mil millones de dólares, y el consumo de cosméticos en los Estados Unidos también es de nueve mil millones de dólares?

¿Un mundo en el que las necesidades de agua, salud y alimentación en los países pobres podrían resolverse con una inversión inicial de trece mil millones de dólares y donde el consumo de helados en Europa es de trece mil millones de dólares?

«Es inaceptable —nos dicen, entre otros, el ex director general de la Unesco, Federico Mayor, y el director del Banco Mundial, James Wolfenson— que un mundo que gasta aproximadamente ochocientos mil millones al año en armamento no pueda encontrar el dinero —estimado en seis mil millones por año— para dar escuela a todos los niños del mundo».

Tan sólo una rebaja del uno por ciento en gastos militares en el mundo sería suficiente para sentar frente a un pizarrón a todos los niños del mundo.

Fuentes, Carlos: En esto creo. Barcelona: Seix Barral, 2002, págs. 102-103.