SECCIONES

viernes, 3 de marzo de 2023

¿Viejoqué?

Hasta ahora te creías un viejoven, pues pensabas que dicho término se utiliza para referirse a alguien que, a pesar de tener ya una edad avanzada, aún mantiene un espíritu juvenil, una mente todavía joven: en ideas, en proyectos, en ilusiones... Y pensabas —y luchabas por ello—, que te sentirías mejor si, además, lograbas mantener el cuerpo también en buen estado, igualmente juvenil... en lo posible (ya se sabe: mens sana in corpore sano).

En definitiva, suponías que un viejoven —la palabra que llevas ya algunos años escuchando— es una persona cuya edad cronológica ya avanzada no coincide con la mental, porque, debido a su manera de pensar —y mejor si, además, se mantiene en un buen estado físico—, aún sigue de alguna manera en el mundo de los jóvenes, a quienes comprende y a los que defiende, aunque con excepciones.

Pero por lo visto no es así, sino todo lo contrario. Parece que a quien se le ocurrió la palabra viejoven —que no aparece en el diccionario de la Real Academia Española— estaba pensando en alguien cuya edad real es muy inferior a la mental, una persona joven con cabeza de mayor, de viejo.

Conque, en este sentido, no puedes ser un viejoven; imposible, porque, según tus años, ya no eres joven. Pero tampoco te parece que seas un viejanciano (palabro que se te ocurre sobre la marcha), un viejo-viejo, de los que ves en abundancia en el entorno por el que te mueves.

¿Entonces… —te preguntas— qué nombre podría adjudicársele a alguien que, como tú, a pesar de su edad ya bastante avanzada, todavía mantiene —si bien atemperadas— sus ideas juveniles, con ilusiones, con proyectos —más de los que podrá llevar a cabo—, con metas todavía?

 

viernes, 24 de febrero de 2023

La felicidad

No recuerdo de dónde ha salido esta cita —que incluye el paréntesis final de la misma—, pero su interés para mí hace que la traiga aquí: «La felicidad no es un asunto cómodo: es difícil encontrarla en nosotros, e imposible encontrarla fuera de nosotros. (Chamfort, Nicolas: Œuvres, vol. IV, Caractères et anecdotes, París: 1795, p. 433)».

 

viernes, 17 de febrero de 2023

Necesidad

¡Cuántos libros perdidos a lo largo del camino, en ese frecuente trasiego de préstamos a unos y a otros!; sobre todo, me suelo lamentar, ya sin remedio, de la ausencia en mis estantes de ejemplares muy importantes para mí, significativos y emotivos recordatorios de momentos y circunstancias muy especiales en mi vida, como La forja de un rebelde, de Arturo Barea y La gallina ciega, de Max Aub, los dos títulos que, al pronto, me vienen a la cabeza, ambos prohibidos durante muchos años en nuestro país por la censura de la dictadura franquista.

Últimamente le doy vueltas a la idea de que he de volver a adquirir ambas obras, pero ahora me apetece, diría que con urgencia, la compra de La gallina ciega, el afilado diario que escribió Aub aprovechando una visita que, desde el exilio, hizo a España en 1969.

No recuerdo haber leído esta obra a conciencia cuando —¡hace ya tantos años!— la tuve en mis estanterías, una edición mexicana comprada en la mítica Librería Española, en París, en una para mí muy reveladora e inolvidable visita realizada en los primeros años setenta, cuando, ya maestro en activo y comenzando a estudiar Filosofía y Letras, acompañaba a Toñi y sus compañeras de COU en su viaje de estudios.

Ahora dispongo de La gallina ciega en formato digital, y, tras haberle hecho recientemente unas cuantas catas muy sabrosas, he llegado a la conclusión de que necesito leerla bien, y en papel, para, tranquilamente y lápiz en mano, poder anotar y subrayar a conciencia todo lo que me interese de ella, y de su autor, y de aquella España en la que yo cumplía dieciocho años y todavía no me enteraba mucho de lo que pasaba en ella...; para, en definitiva, disfrutarla.