SECCIONES

viernes, 14 de agosto de 2020

Recomendar por ley

Ante el enorme peligro que supone, una vez pasado el estado de alarma, tanto rebrote coronavírico y tanto pasotismo —sobre todo en personas jóvenes—, las autoridades pertinentes —políticas, científicas, médicas…— recomiendan a la gente, en todos los lugares de nuestro solar patrio —y en algunos con mucha preocupación—, que se cumpla con las más elementales y a su vez efectivas normas para evitar contagios víricos: como lavarse las manos a menudo y siempre con jabón, usar la mascarilla y hacerlo con corrección, mantener un prudente distanciamiento físico respecto de los demás, evitar los descuidos por abandono y exceso de confianza, y tanto en reuniones de grupos familiares, como con los amigos, o en celebraciones culturales, festivas, deportivas… Y esto me trae a la cabeza que en su momento (20-06-2020) leí en La Opinión de Murcia que nuestra Región finalizó el estado de alarma con más de 41.000 multas por incumplimiento de lo que entonces eran prohibiciones.

Con la buena gente (la bien educada, la civilizada, la sensibilizada, la empática, la solidaria…), es más que suficiente con recurrir a los consejos, recomendaciones y sugerencias; sin embargo, con los que van de sobraos, los «quién me va a decir a mí lo que tengo que hacer», los «me la suda» de turno… (covidiotas todos en general), se me antoja que no hay más remedio que recurrir a la ley del ordeno y mando, a la prohibición, a la multa…; y aun así… ya se sabe.

 

viernes, 7 de agosto de 2020

Sinceramente…

En decenas y decenas de corros, distintos grupos de jóvenes andan de botellón, pasándoselo en grande en una playa de Barcelona: sin mascarillas de protección y sin guardar la muy aconsejada distancia mínima entre ellos. Cuando ven que se acercan los encargados de hacer cumplir la ley, se retiran temerosos, pero en unos minutos, pasado el peligro de la vigilancia policial, vuelven a sus corros y siguen con su farra.

Los argumentos que esgrimen como excusa para hacer lo que, sin deber, están haciendo, sus razones, según ellos, para saltarse las normas que prohíben la práctica del botellón, son variopintas y algunas de ellas muy chocantes, por no llamarlas de otra manera más precisa. Sus declaraciones —leo en El País de 01-08-2020—, oscilan entre «primera noticia; no tenía ni idea», pasando por «si no hay discotecas, ¿dónde bebemos?», hasta llegar al no va más de «sinceramente, los muertos me dan igual» dicho por una chica mexicana que desde hace años vive y trabaja en nuestro país.

Ya sé que esta actitud no es generalizable, no del todo por lo menos, pero creo que aquí se puede apreciar la razón que tienen quienes afirman que en tiempos tan malos como estos que atravesamos en la actualidad la gente da lo mejor que tiene en su interior. Supongo que a nadie le cabrá la menor duda de que quien hace una declaración como la realizada por la chica mexicana debe de ser una persona de una bondad… (póngase el calificativo que se quiera en estos puntos suspensivos). ¿O no tiene nada que ver una cosa con la otra?

 

viernes, 31 de julio de 2020

Mollas

Hace ya tiempo que, observando mis brazos en determinadas posiciones, veo pender de ellos unas carnes blandas, movedizas y algo rugosas, unas desagradables flacideces que procuro asumir con un conformismo realista al que, ante los demás, intento añadir unas gotas de humor; se trata, qué duda cabe, de unas colgaduras —colgablandas más bien— bastante sintomáticas de la edad que ya va teniendo uno.
Bien, pues a esas carnes cada vez más blandas, cada vez más colgantes y cada vez más rugosas, mi nieta Ángela les llama «mollas».
«molla. Parte carnosa o blanda de una cosa orgánica», dice en una de sus acepciones el Diccionario de uso del español, de María Moliner (Madrid: Gredos, 1990).
Definitivamente, me ha hecho concentrar la atención en el término «molla» una conversación mantenida con Ángela hace unos días, un diálogo en el que hablábamos de que ella y su hermana tienen mucha fuerza (y ambas, sacando bola, me mostraban sus bíceps), de la que tengo yo (demostración de bíceps por mi parte) y de si su padre tiene más o menos fuerza que yo.
—Pues mi papá es más fuerte —me soltó de pronto la chiquilla, sonriendo orgullosa y desafiante.
—¿¡Más fuerte que yo!? —le dije simulando sorpresa y tratando teatreramente de mostrarme ofendido.
—Sí, porque tú tienes mollas —me abocó de manera irrefutable; y, sin esperar mi intervención, preguntó:
—¿Cuando yo sea abuelita, tendré también mollas blanditas?
—¡Claro! —le dije, disimulando la sonrisa y dando por acabado el diálogo.
Ya con anterioridad me había dado cuenta de lo mucho que llaman su atención esas «mollas», en distintas ocasiones, pero sobre todo cuando, un par de semanas atrás, la cría se había referido a ellas al fijarse en cómo, mientras yo sacaba los toldos de la terraza, pendían de mis brazos debido a la postura adoptada, y temblaban de forma ostensible por efecto de la acción vibradora de la máquina taladradora que utilizo para este trabajo.