SECCIONES

viernes, 11 de mayo de 2018

Tizona

Cuando le preguntaban en la escuela:
A ver… ¿sabes el nombre de la espada del Cid?
Él, tratando de poner cara de espabilado, se ponía de pie como mandaban los cánones y contestaba (lo había leído —se lo había estudiado— en Yo soy español, de Agustín Serrano de Haro, que, ahora lo sabe, ¡menudo historiador! ¡vaya rigurosidad!):
—El Cid Campeador tenía dos espadas: la Colada y la Tizona —era su respuesta inmediata.
Y, aunque solo le habían preguntado eso, continuaba y añadía como un papagayo todo lo que había empollado sobre el Cid, como que… «Se pasó la vida peleando y siempre ganaba», que «Los moros le temían tanto que apenas veían su caballo echaban a correr llenos de miedo [...]», y que «[…] amaba mucho a su patria y a su rey, pero sobre todo amaba mucho a su Dios.»
Y el maestro le decía:
—Muy bien, puedes sentarte.
Y se sentaba, más ancho que largo, un poco más pesado que cuando se había puesto de pie: había engordado.
***
Empezaré por recomendar a los aficionados a la Historia, y también a los estudiosos de la misma —en este caso, concretamente, la de nuestro país—, el libro del que he tomado la información base para este artículo: La invención del pasado, de Miguel–Anxo Murado, para que vean cómo nuestro conocimiento de lo acontecido en el pasado no es tan completo y preciso como solemos pensar, para que sepan cómo nos la han empantillao muchos «contadores» de esta tan seria disciplina.

En la portada del libro aparece una fotografía tomada hace más de medio siglo en el rodaje de El Cid (Anthony Mann, 1960), película en la que se supone que Charlton Heston utiliza la espada del mítico Campeador; en la foto podemos ver a Heston, vestido de Rodrigo Díaz de Vivar, el personaje que protagoniza, mostrándole la espada Tizona al entonces nonagenario D. Ramón Menéndez Pidal, erudito de la historia y la filología españolas.

Bueno... pues... esa Tizona que aparece en la foto no es la auténtica del Cid, ni siquiera una copia de la auténtica; es una imitación de una supuesta auténtica que estaba expuesta en el Museo del Ejército, que había sido tan solo una de varias candidatas a originales —tres o cuatro— entre las que, por necesidades de credibilidad, se eligió una, aunque sin criterio alguno de rigurosidad: podía haber sido otra la ganadora. 
La espada elegida tiene una historia chunga; su último propietario privado, el marqués de Falces aseguraba que a él le había llegado a través de una cadena de regalos que se originaba en las hijas del Cid y pasaba por el rey Fernando el Católico, quien se la habría regalado a uno de los antepasados del marqués. Y aquí nos encontramos un primer problema, dice Miguel-Anxo Murado: en realidad el Cid no tuvo ninguna hija, tuvo un hijo. Doña Sol y Doña Elvira son una creación literaria, una de las muchas invenciones del Poema de Mío Cid.
Y por otro lado, afirma el mismo autor, la espada lo dice todo: por su tipología, su forma, sus adornos y sus dimensiones, estamos ante una manufactura del siglo XVI; y lo más interesante es que quien entonces la fabricó, la falsificó envejeciéndola a conciencia, tratando de hacerla históricamente creíble. Sin embargo, ya Menéndez Pidal se dio cuenta de que le querían dar gato por liebre, pues la reconoció como una falsificación, a pesar de lo cual, y cuesta creerlo, aunque los especialistas sabían la verdad, durante décadas la espada se siguió exhibiendo como la auténtica Tizona del Cid.
Cuando, tras la década de los setenta del siglo pasado, la escuela nacionalista —españolista— entró en crisis, apenas se tocó el asunto de la Tizona, no se vio la necesidad de revisar estas «inocentes tradiciones»; además, los medios de comunicación, muchos de ellos la voz de su amo..., pues ya se sabe, lo que diga el que manda, sobre todo si el que manda es de los nuestros. 
Después, bajo el gobierno de José María Aznar se puso en marcha una operación de renacionalización que abarcó diversos ámbitos, entre ellos el de la Historia, donde se alentó la creación de una escuela revisionista con eco favorable en bastantes medios de comunicación, sobre todo en los públicos, en poder del gobierno; se trataba de revisar las historias regionales y formar un ciudadano más patriota, más español.
Fue en este contexto cuando la Tizona se declaró, en 2002, bien de interés cultural mediante un real decreto, con un informe técnico avalado por una universidad española sobre la autenticidad de la espada; según el informe la hoja de la espada «habría sido forjada en al siglo XI».
 
 La supuesta Tizona, legendaria espada del Cid, depositada en el Museo de Burgos. EFE

Sin embargo, distintos estudios posteriores concluyeron que «no existían datos fiables para identificar esta espada como la auténtica del Cid»; además, criticaron que se hubiera datado la hoja en el siglo XI; la llevaron al XV, y la empuñadura, al XVI o XVII. Su valor quedó tasado en unos seis o siete mil euros.
Expertos del Patrimonio Nacional, cuya Real Armería posee una de las mejores colecciones de armas antiguas del mundo junto con las de Londres y Viena, de la Real Academia de la Historia, del Museo Arqueológico Nacional y del Museo de Armas de Ginebra bajo la dirección del español José Godoy, una de las máximas figuras de esta disciplina, son concordes sin excepción en calificar la espada de «falso histórico» y fijan su precio entre 1,5 y 15 millones de pesetas. Sus informes datan la hoja en el siglo XV y la empuñadura en el XVI o XVII.

Del mismo parecer era el coronel Oscar Kolombatovich, [...] seguramente el mejor especialista en armas blancas [...] Escribió en varias ocasiones sobre este "falso histórico" sin que nadie pudiera contradecirle. [...] 

(Miguel Ángel Aguilar, «La Tizona: un “falso histórico”», El Siglo, Nº 744, 4 de junio de 2007)
A pesar de todo esto, en 2007 el gobierno de Castilla y León, sin ninguna prueba rigurosa de su existencia, apelando a «la tradición histórica», compró la espada por más de un millón y medio de euros.
Así que la Tizona, la más famosa de las dos espadas que la tradición literaria atribuye al Cid Campeador, es falsa. Como dice Ignacio Escolar (El Cid y la falsa Tizona, 06-01-2013, el Periódico): «tiene el mismo valor histórico que el sable láser de Luke Skywalker o que la Excalibur del rey Arturo». 
¿A quién le extraña?

viernes, 4 de mayo de 2018

Lápiz en mano

Me gusta, cuando leo (sobre todo si no es ficción —música, historia, antropología...—, pero no solo en ese caso), tener un lápiz a mano; a veces, mejor aún, en la mano; y ello para ir señalando todo aquello que me interesa de lo leído, con subrayados, con palabras y otros signos gráficos —algunos de mi invención— que realizo sobre todo en el texto y en sus márgenes, aunque también al principio o al final del volumen si el libro tiene páginas en blanco, páginas de respeto o de cortesía.
A todo lo anterior, de vez en cuando, desde no hace mucho y dependiendo de la importancia de lo señalado, añado, una vez acabada la lectura de la obra, una lista ordenada de las páginas en donde poder encontrar las señales hechas a lápiz, cada una de las cuales, en un principio, antes de la elaboración de la lista, puede ser fácilmente localizada por la colocación de un pósit que sobresale un poco de las páginas del libro y que durante la lectura ha sido cuidadosamente colocado en dichas páginas exactamente a la altura en que comienza la cita que quiero poder reencontrar posteriormente con facilidad. Una vez acabados, hay libros, sobre todo los que más me gustan, que terminan lleneticos de papeles de color amarillo, verde, naranja... incluso de diferentes colores, tamaños y formas en un mismo ejemplar.
La ventaja de los papelitos, ideales para una rápida exploración y consulta posterior, es que se pueden ver, y por tanto localizar las citas, incluso con el libro cerrado. Y su inconveniente, que suelen tapar parte del texto y entorpecer por ello las lecturas que de la misma obra quieran hacer después otras personas, lo cual se convierte en un problema con el que me encuentro a menudo, un verdadero freno si quiero que el libro lo lea mi mujer, mis hijos, algún amigo… (cuanto más interesante me parece una obra, más me gusta recomendarla y «pasarla», sobre todo a mi gente). Así que, en bastantes ocasiones, para no entorpecer esa lectura posterior, una vez terminado de «empapelar» el libro, pacientemente voy repasando todo y señalando con un lápiz cada uno de los lugares donde hay pósit pero no señal gráfica, al tiempo que voy quitando los papelitos, y es sobre todo en este caso de papeles quitados cuando considero importante la elaboración de esa ya comentada lista —al principio o al final— de ayuda a la pronta localización de citas.
Bien se sabe que cuando se relee, al cabo de los años, algo que nos conmovió o nos abrió una puerta imprevista, resulta verdaderamente remunerativo volver a sentir la misma intensidad emocional. (José Manuel Caballero Bonald: Examen de ingenios, Seix Barral, 2017, pág. 236).
Aunque… es cierto que con el tiempo algunas de estas citas marcadas cambian el significado que para mí tuvieron tiempo atrás, que pasados solo unos meses ya no me dicen lo mismo que cuando por primera vez las leí y señalé, y, claro, entonces no todas me parecen pertinentes o igual de pertinentes que antes, y también ocurre que cuando en esas relecturas posteriores amplío y extiendo la mirada por los alrededores de las citas señaladas tiempo atrás, otros fragmentos de texto que en su momento no me parecieron tan interesantes, ahora sí los creo reseñables. 
Aquí lo tengo, con las cubiertas descabaladas, separadas del libro, solo sujetas gracias a la cinta adhesiva. Un libro muy usado, lleno de anotaciones. Tiene pasajes subrayados que alguna vez significaron algo para mí, aunque ahora los miro y apenas entiendo por qué. A lo largo de los márgenes hay anotaciones, observaciones, comentarios de aprecio, felicitaciones a Shakespeare por su genio, signos de exclamación que indican mi aprecio y mi perplejidad. […] (Frank Mc COURT: El profesor, Maeva Ediciones, 2008, Pág. 49. Hablando de Obras Completas de William Shakespeare, recogidas en un tomo).