Agonicé en la certeza de que en aquel escenario nadie entendería nunca la
singularidad de mis afectos ni el tamaño de mis ambiciones. (Pedro López Martínez, blog Retales de mi alforja, 08-03-2012).
Ahora, que hace ya
bastantes años que su padre murió, piensa que, cuando vivía, aun teniendo las
casas juntas, pared por medio, no se vieron y hablaron con la frecuencia con
que lo deberían haber hecho. Desde que falleció su progenitor tiene el pesaroso
sentimiento, ya sin solución, de haber hablado poco con él, de no haberse
esforzado en ello y, por lo tanto, de no haberlo conocido bien, sobre todo,
desde el punto de vista del adulto maduro y reflexivo que se considera ahora,
no desde el de un chiquillo, ni siquiera desde el de un inexperto hombre joven.
Le hubiera gustado comprenderlo y que él lo comprendiera.
A veces
—fueron unas cuantas— el padre, comerciante a la vieja usanza, de toda la vida,
llegaba a la casa del hijo, maestro de escuela, entraba en el estudio, lleno
hasta los topes de estanterías, y se quedaba, muy serio, mirando las numerosas
baldas repletas de libros; entonces, poco a poco, iba girando la cabeza de un
lado a otro, recorriéndolas lentamente con la mirada y, tras unos segundos,
decía, con cierto aire de decepción:
—¡Vaya inversión que tienes
aquí! —y a continuación, en un tono escéptico, añadía de forma rutinaria— ¿si los vendieras…?
—refiriéndose a los libros— ¿qué te darían por ellos?
—¡Papáaa!
—solía contestar él, también con aire decepcionado—, los libros no los he comprado para
venderlos, no los tengo como inversión; yo ya tengo mis oposiciones, mi trabajo
seguro, mi vida resuelta económicamente; en parte, por cierto, gracias a esta
inversión, como tú la llamas.
Pero cree que su padre nunca
quedó convencido con esta argumentación porque —piensa— su vara de medir era
otra: el dinero, la rentabilidad económica, algo en lo que el hijo —lo
confiesa— no era, ni es, un lince.
Cuando
comenzó a estudiar música, tampoco lo entendió el padre, no le entraba en la
cabeza. ¿Saben qué le dijo al enterarse de que había comenzado, ya con cierta edad,
sus estudios en el conservatorio?: «Música, caza y pesquera, a la vejez hambre
espera», esto le dijo.
E igual que al padre, tampoco convencieron los estudios de
música al hermano mayor, otro comerciante, como papá, también preocupado más
por la rentabilidad económica que por ínfulas intelectuales; ni mostraron su
entusiasmo algunos amigos, que, igualmente, creyeron la decisión poco acertada.
En realidad, poca gente de su entorno —quizás solo su mujer— pensó entonces que
estudiar música fuera una buena idea, una buena «inversión».
Así
que se acostumbró, ¡qué remedio!, a escuchar de bocas circundantes, con cierta
frecuencia, frases como «qué necesidad tienes de complicarte la vida» y/o «vaya
ganas»..., y supone que lo dirían —recurre a la ironía— pensando en que podía
aprovechar mejor el tiempo, como algunos de ellos, en otros asuntos —negocios—
más «rentables», o... en jugar la partida, o en tomar unas cañas, o en estar
pendiente de la quiniela o...
«Vas a terminar como el Tío Lilo —le decía el
Farras, al tiempo que trataba de imitarlo, haciendo como que tocaba la
flauta igual que un títere, exagerando los gestos—: acabarás —añadía— en lo
alto de una morera y con una sartén al hombro: ¡loco!». Aunque se hacía una
idea, nunca supo con precisión a qué se refería el Farras con lo de la sartén, pues no conocía al personaje que le
nombraba.
Pero
la cosa —la amistosa crítica negativa— cambió cuando, años después, la música
—«la flautica», como ellos decían con recochineo— comenzó a dar «sus frutos». Dice
«sus frutos» indicando que eran los de ellos, los que ellos entendían, no los
buscados por él,
desde luego, que, asegura, no perseguía la gloria monetaria que ellos tanto
valoraban. Por el contrario —afirma— siempre han pesado más en su balanza de
valores otras cosas, como por ejemplo el poder escuchar con conocimiento e
interpretar a Bach, Händel, Telemann...
«Mira
el tontico… —pasaron a decirle entonces, coralmente aunque no al unísono, con
un casi melodioso sonsonete de guasa— ...cómo al final le está sacando partido
a la flauta, y eso que parecía…».
En
esos días su padre ya había muerto; por ello su hermano, refiriéndose a él,
cuando «la vaca comenzó a dar leche», según sus propias palabras, le decía:
«¡Ah, si viviera y pudiera ver lo bien que te va!». Y él pensaba: «¿se sentiría
orgulloso?, ¿le gustaría ahora mi inversión?». Y lo dudaba.
Me ha encantado Pepe.Yo hace ya muchos años que me fuí de Santomera, cuando he vuelto ha sido para ver a mis padres, alguna celebración etc.la visita al pueblo en todos los casos ha sido rápida.Quiero decir con esto que no he seguido las vidas o el acontecer de las cosas del pueblo de una manera cercana.Pero de lo poco que recuerdo de tu familia y de tí, creo que este relato perfectamente se podría narrar en primera persona.
ResponderEliminarUn saludo.
Paco gonzález.
Pd.En tu blog el cual sigo con agrado te he dejado algún comentario que otro,creo que no te acuerdas de mi aunque si me conoces.Para situarte te diré que mi padre es el Paco el Lucio y mi madre la Chonita.A ver si un dia que vaya por Santomera tengo suerte y coincidimos.
Hola, Paco:
EliminarGracias por tus comentarios en «Abonico».
Sí, estás en lo cierto, este relato podría haber sido narrado en primera persona, y así fue en un principio, pero al final me decidí por un personaje supuestamente anónimo. En el futuro no sé cómo terminará.
Ya sé quién eres. Esta mañana he hecho un par de preguntas a una prima tuya que me ha ayudado a ponerte cara. Te recuerdo de cuando eras jovenzuelo, con Paco el «Grillo», Diego Arques, el «Rácano» y Jesús, el «Dingo»; a ti ellos te decían «Chono».
Te mando mi dirección de correo: josabegon@gmail.com. Si vienes al pueblo, y puedes y quieres, me avisas para que nos veamos y hablemos un rato mientras tomamos una cerveza o un café.
Un saludo.
El interés por el bienestar de los hijos. La preocupación por su vida, día a día mejor en todos los aspectos que la sociedad demanda. El miedo a salirse de lo establecido y que esa salida sea demasiado almibarada y, por ello con posibilidad de fracaso. Mil y una de las normales preocupaciones que se tienen cuando se desvía el interés y profesión de quien es querido y a quien se desea lo mejor. Sin embargo, Pepe, con tranquilidad, poco a poco, se está consiguiendo que ya se hable "de lo que ella/él quiera..." Que la profesión y el bienestar mental de quien elige un camino sea totalmente vocacional. Un relato conmovedor por el amor que emana de sus personajes, ficticios o basados en la realidad. Un abrazo, Pepe.
ResponderEliminarHe animado a mis hijos a que estudiaran lo que quisieran, y me horroriza pensar que en algún momento haya presionado, aun sin quererlo, más de la cuenta para que eligieran otra cosa que la emanada de su voluntad bien informada. La sugerencia y el prudente consejo sí me ha gustado practicarlos.
EliminarGracias, Antonio, y un abrazo.