De
todas las peculiaridades que conozco de Mozart, muchas de ellas increíblemente maravillosas,
la que más me sorprende (además de su enormidad como compositor y de su precocidad
extraordinaria) es su talento para elaborar mentalmente la totalidad de la obra
que tiene entre manos (que tiene in mente, nunca mejor dicho), y ello antes
de escribir una sola nota en el pentagrama. A este proceso hay que unir otra faceta
increíble —más que la anterior, si cabe—, que es la capacidad de oír en un
momento —una escucha global instantánea— la integridad de la obra ya elaborada
en su cabeza, que, como cualquier pieza musical —no lo olvidemos— se desarrolla
en el tiempo, segundo a segundo, minuto a minuto (piénsese en la duración de uno
solo de los movimientos de cualquier sonata, concierto, sinfonía…).
[…]
Cuando estoy solo conmigo mismo y de buen humor, por ejemplo de viaje en el
coche, o paseando después de una buena comida, o de noche, cuando no puedo
dormir, entonces me vienen las ideas a chorros y del mejor modo. De dónde y
cómo no lo sé, tampoco puedo hacer nada para saberlo. Las que me gustan las
guardo en la cabeza, y me dedico también a tararearlas, al menos según me han dicho
otras personas. Una vez las tengo bien agarradas, me vienen en seguida una tras
otra las ideas sobre cómo utilizar estos trozos para hacer un guiso, de acuerdo
con el contrapunto, con el sonido de los distintos instrumentos et caetera, et
caetera, et caetera. Esto me excita el alma, siempre que realmente nadie me
estorbe. Todo va haciéndose cada vez más grande, y yo lo voy haciendo cada vez
más extenso y más claro. Y verdaderamente, la cosa queda ya casi lista en la
cabeza por larga que sea, de modo que después la veo toda en el espíritu con
una sola mirada, en cierto modo como si fuera un bello cuadro o una bonita
figura humana, y la oigo en la imaginación, no de forma que una cosa vaya
viniendo detrás de otra, como luego debe ser, sino en un instante, todo a la
vez. Esto es un festín. Todo lo que es encontrar y elaborar se produce en mí
como un sueño bello e intenso, pero el hecho de oírlo así, todo a la vez, es
evidentemente lo mejor. Lo que se ha formado de este modo no lo olvido
fácilmente, y éste es quizá el mejor don que nuestro Señor Dios me ha regalado.
Cuando me pongo luego a escribir, tomo del saco de mi cerebro lo que antes,
como ya he dicho, había quedado reunido allí. Es por eso que entonces todo pasa
bastante rápidamente al papel, porque al fin y al cabo ya estaba listo, y
raramente se transforma en algo distinto de lo que había habido en la cabeza. Por
lo tanto, mientras escribo puedo dejar también que me distraigan, y a mi
alrededor pueden ir ocurriendo todo tipo de cosas; yo continúo escribiendo a
pesar de todo. También puedo ir hablando, por ejemplo sobre gallinas y ocas, y
cosas así. […]
Carta
de Mozart a un amigo. Original perdido. Copia publicada en 1815 por Friedrich
Rochlitz, director de la revista Allgemeine musikalische Zeitung. La he tomado
de Balcells, Pere-Albert: Autorretrato
de Mozart. Barcelona: Acantilado, 2000, págs. 308-310).
Original
y asombroso, ¿no?, el funcionamiento de la cabeza del genio salzburgués en el proceso
de percepción y creación de una obra musical, el de una composición que (en
muchas ocasiones, y pocas dudas caben al respecto) termina siendo una maravilla
de la historia de la música.
Todo
esto explica muy bien el que, como se puede apreciar en la película Amadeus,
el genial compositor pudiera entretenerse jugando con las bolas de billar
mientras escribía música mecánicamente; o el que no haya apenas tachaduras ni
correcciones en sus partituras originales; o el que, preguntado por una obra
que le ha sido encargada pero no entregada, responda que ya la tiene y que, a
continuación, cuando se le pide la partitura de la misma, conteste, al tiempo
que se señala la sien con el dedo índice, que la obra está en su cabeza, y que
el resto, su escritura, solo es garabatear.