De niño, nunca me pareció un arca lo que, para enfrentarse al diluvio universal, salvando a su familia y preservando la vida animal en el planeta Tierra, construyó Noé cumpliendo un encargo divino; y ello porque en la casa de mi infancia había una, en realidad era un cofre —así lo llamábamos—, y, por más que lo miraba, dudaba de que, por muy grande que fuera, aquel mueble, o uno parecido, llegado el caso, pudiese flotar en el agua conteniendo en su interior un peso considerable; y mucho menos cabía en mi imaginación que, aun fabricado en un tamaño muy grande, ni siquiera en uno gigantesco, pudiera ser utilizado con éxito como nave para la disparatada acción titánica de salvamento que cuenta el relato bíblico del diluvio universal, un verdadero dislate en realidad.
Así que, en cada ocasión en que escuchaba contar la portentosa hazaña de Noé —y fueron muchas veces en aquellas clases escolares y en aquellas sesiones de doctrina eclesiástica—, me imaginaba una enorme arca —ya digo, parecida a un cofre—, como las que contenían la ropa de los ajuares en muchas casas de entonces, flotando a la deriva en el agua caída durante los «cuarenta días y cuarenta noches» que, según la Biblia, duró el famoso diluvio.
Como he dicho, en mi casa había un cofre, un arcón que contenía ropa de cama (sábanas, mantas, cobertores…), junto a prendas de vestir de los distintos miembros de la familia: En general, se guardaba en su interior, sobre todo, la ropa que no se utilizaba en cada temporada, ya que en invierno se almacenaba la de verano, y en verano, la de invierno.
Y mezclados con los recuerdos del cofre, me vienen también los de la función tan importante desempeñada, en los años a los que me refiero, por aquellas muy olorosas bolas de alcanfor tan vendidas en la tienda de mi padre, casi redondas, como canicas blancas, que mi madre utilizaba colocándolas entre la ropa del cofre para protegerla de la dañina acción de las polillas.
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