Murcia, 02-06-2026, Diez de la mañana. Hospital Reina Sofía. Consulta de Oftalmología. He sido citado, por teléfono, para limpiarme una de las lentes —la del ojo izquierdo— que me colocaron cuando, hará ahora cosa de un par de años, fui operado de cataratas.
Impresionante. Un hormiguero de personas: muchísimos pacientes que, tanto de pie en los pasillos como, más aún, sentados en diversas salas de espera, aguardan para su consulta; a su elevado número hay que sumar el de los no pocos profesionales de la especialidad que, laboriosos, se mueven incesantemente de aquí para allá y de allá para acá.
Deprimente. Sensación de estar (un objeto paciente, más que un sujeto) en una cadena de montaje, donde todo te parece automatizado, con los engranajes aceitados, bien engrasados para que no haya retrasos ni atascos en la misma —que seguro que los hay—, para que no se pare y, más bien todo lo contrario si es posible, para que pueda funcionar con la máxima rapidez. «¿Y también con la máxima eficiencia?» —te preguntas.
Preocupante. Parece que cualquier interrogante, que cualquier duda que plantees a quienquiera que se ponga a tu alcance, a cualquier sanitario de la especialidad que entre en tu radio de acción, entorpece la necesaria agilidad de la marcha, por lo que la pregunta en cuestión es respondida, si lo es, con prisa y, muchas veces, solucionada, cuando lo es, muy por encima: te quedas con la idea, es como lo ves, de que las respuestas son rápidas, evasivas, excusándose cada persona preguntada, tratando de derivar las probables soluciones a otras instancias más altas, más cualificadas.
Resultado: estrés.
Quizás —me digo— todo esto —mis sensaciones, mi estado de ánimo, mi actitud— se vea influenciado por la mala experiencia vivida últimamente —sufrida— en la especialidad, sobre todo... con el antecedente de la operación de cataratas y sus muy, pero que muy, mejorables resultados que mejor no recordar aquí ahora.
No tarda en venirme a la mente una escena del mundo del cine: la protagonizada por el personaje protagonista interpretado por Charles Chaplin en Tiempos modernos, precisamente el que está trabajando robóticamente al pie de una cadena de montaje, apretando a dos manos, con sendas llaves fijas y movimientos de autómata —magnífica e hilarante interpretación—, tuercas de tornillos que pasan continuamente ante él a una velocidad endiablada, una labor a la que le resulta imposible hacer frente al esforzado Charlot.
En esto, que leo un mensaje en la pantalla informativa que hay colocada justo frente a donde estoy sentado, un monitor al que constantemente permanezco atento esperando a que aparezca en él mi código: el aviso para ser atendido. El mensaje que leo advierte a los usuarios de lo importante que es confiar en el personal sanitario, en todos aquellos que nos atienden. Y pienso que, desde luego, que mejor que así sea, que probablemente no convenga, pues ello ayude poco, el hacerse demasiadas y determinadas preguntas que, infiero, no proporcionan tranquilidad, que no contribuyen, ni mucho menos, a esa apacible felicidad tan buscada, tan anhelada y perseguida por todos.
Pero… continúas en tus trece: te parece difícil el mantener esa confianza ciega cuando los resultados más recientes en estos asuntos de la salud son como los obtenidos en los dos últimos años.
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