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viernes, 1 de mayo de 2026

CA-MI-ÓN

Aquel curso escolar no impartía yo la asignatura de Lengua a los alumnos de mi tutoría, no recuerdo el porqué; supongo que por ajustes de horarios hechos por la jefatura de estudios. Lo cierto es que el equipo directivo del colegio había adjudicado dicha materia a otra persona del claustro, al típico comodín que da clase de todo pero... de aquella manera, una persona (docente, es importante tenerlo en mente) a la que durante bastantes años nunca vi con un libro en la mano, salvo y únicamente cuando se dirigía a clase, que lo hacía con el de texto que acababa de coger de la estantería en la que lo volvería a abandonar tras «dar la lección» y... ¡hasta la próxima!

En aquel colegio, uno de los últimos en los que estuve antes de jubilarme, fueron muchos los cursos escolares en los que el aula de mi clase fue utilizada para celebrar los claustros y otras reuniones de profesores. Un día de claustro, martes (ese día yo no tenía clase con el alumnado de mi tutoría a última hora de la mañana), tras las clases matutinas —la jornada era partida—, entré en mi aula preparado para asistir a la reunión y... ¡sorpresa!, me encontré escrita en la pizarra (y no con letra de niño precisamente, sino con casi buena cursiva caligráfica) la palabra «camión» de esta manera:

Observando cómo estaba escrita, bien resaltada en el encerado junto a otras parecidas, me di cuenta de que había sido utilizada como ejemplo para explicar la colocación de la tilde en las palabras agudas. Entendí pronto que quien la había escrito pretendía analizarla por sílabas para comentar al alumnado que es una palabra aguda porque lleva el acento en la última sílaba, y que una palabra aguda debe llevar tilde si acaba en «vocal», en «ene» o en «ese»; y como la palabra «camión» termina en «ene», pues... ha de llevar tilde.

Pero aquel, o aquella, profe —no quiero dar demasiadas pistas— no había contado con el diptongo que hay en la palabra «camión», y por lo tanto había computado mal su cantidad de sílabas, porque dicha palabra no es trisílaba, es bisílaba, solo tiene dos sílabas, y por ello debió haber sido escrita así:

¿Un descuido?: no creo; ¿ignorancia?: casi seguro. Desde luego... una buena metedura de pata. ¿Importante?: ¡joder…, si precisamente ocurrió en clase de Lengua y explicando, entre otras, esa palabra en concreto!

Como, generalmente, por aquellos años, en la clase bajo mi tutoría, la asignatura de Lengua la daba yo, pensé que los compañeros de claustro que asistieran a aquella reunión y vieran lo que aparecía escrito en la pizarra (muchos no sabrían quién era durante ese curso el profesor de esa disciplina), creerían que habría sido un servidor quien lo había escrito, y me señalarían como autor de tal disparate. Y me dio apuro, y... vergüenza.

La verdad es que, a pesar de los años transcurridos desde aquello, todavía recuerdo, aunque no con nitidez, cómo actué cuando entré y vi aquel atropello lingüístico; mi primer impulso fue lanzarme a borrarlo, sobre todo por esa vergüenza que me daba el que creyeran que había sido cosa mía, pero tuve que dejarlo como estaba porque ya entraban en el aula algunos compañeros del claustro y no quería atraer su atención hacia algo para mí tan disparatado. Me acuerdo, desde luego, del mal rato que pasé en la reunión pensando en que alguien podría percatarse de la faena y adjudicármela, colgándome la medalla.

Siempre que cuento esta anécdota, me viene a la cabeza una reflexión que leí hace ya mucho tiempo sobre los efectos de una mala pedagogía:

«rara vez una mala educación resulta inocua»

 

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