Viernes, 21 de marzo de 2025. Presentación, programada para las 19:30 horas,
en el salón de actos del Ayuntamiento del pueblo, de las VI jornadas de
Patrimonio Santomera. Unos pocos días antes, el presidente de esta
asociación, aprovechando que me pide colaborar en las mismas, me invita a que
asista hoy también, aunque no intervenga; al día siguiente, sábado, participo
en un coloquio sobre Escribir en Santomera, en una mesa integrada por
escritores (no sé si debería de haber entrecomillado esta última palabra).
Se retrasa el comienzo del acto, y, mientras espero, veo delante de mí,
como a unos tres metros de distancia, de pie, a Fernando González ‘Nando el
Tristán’, nuestro panochista, del que fui compañero de estudios en la adolescencia.
Le hago señas alzando el brazo, pero no se da cuenta; entonces, me levanto
del asiento, voy hacia él, llego a su lado y, ahora sí, me ve, nos saludamos
y nos damos un sentido abrazo; inmediatamente —lo primeriquio de nuestra
breve conversación—, me pregunta si me acuerdo de que, cuando íbamos a la
academia del pueblo —el instituto aún estaba por llegar—, con doce o trece años
—probablemente en segundo de bachiller—, nuestro preparador, Juan López, nos
llevó a Murcia, para visitar una librería, en la que acabamos comprando los que
para ambos (supongo que para la mayoría, si no para todos los compañeros)
fueron nuestros primeros libros «de lectura». (Los «de texto», para las clases y
el estudio diario, eran comprados al comienzo de cada curso en la Librería
González Palencia, situada detrás, a unos pocos metros, del cine Rex.)
Me sorprendo al saber que mi excompañero de estudios se acuerda (me lo
dice: soy yo el que ahora no la recuerdo) de la obra que él compró; y todavía
me sorprendo más cuando pronuncia el título de la que asegura que compré yo: Tarás
Bulba, que, ipso facto, se transforma en mi mente —y aparece junto
al apellido del autor: Gogol—, en «Tarás Bulba y Nochebuena», tal y como ha invernado durante mucho tiempo en algún rincón de mi
memoria.
Y es que en aquel volumen de la Colección Austral aparecían juntos en la
portada los dos títulos antedichos, pertenecientes, ambos —como supe después— a
sendas narraciones de Nikolai Gogol.
Recuérdese, Colección Austral, de Espasa Calpe: libros de
bolsillo con sobrecubiertas de distinto color —azul, amarillo, marrón, rojo,
verde…— según el tema tratado en los mismos: novela, teatro, historia…).
Fernando, bien formado en el conocimiento del panocho, dotado de capacidad
creativa y sentido del humor sobrantes, se encuentra en el acto porque va a intervenir
en él, recitando —pronto compruebo que para regocijo y diversión de los
asistentes al mismo— Un repasiquio por las letras, una buena muestra de
su talento creador, de su buen gusto y de su gracia en el recitado panocho: de
su hacer, en definitiva.
En el repasiquio, con su brillantez habitual (términos, entonación,
pausas, inflexiones…), hace mención, entre otras cosas, a aquel lejano viaje que
hicimos unos pocos bachilleres del pueblo, bajo la tutela de nuestro profesor, a
la Librería General de Murcia, allá por los mil novecientos sesenta y
pocos del siglo pasado. También, poco después —y me da gusto su escucha—, dice Fernando
‘el Marquina’ (este es su apodo, que coincide con su segundo apellido) que ha
visitado recientemente el blog Abonico, y me nombra como su autor. Ya
digo, un placer. Gracias, Fernando.
Bueno…, aunque lo haya dejado para el final, a él se lo dije en cuanto me
preguntó si me acordaba del viaje a la librería murciana; y es que resulta que yo
tengo escrito un artículo —de los muchos que se me van acumulando sin publicar—
sobre aquella peculiar visita «librera» que tan fijamente ha quedado en nuestras cabezas.