Corrían
malos tiempos. Quienes resultaron vencedores pero no convencedores de la guerra
que ellos mismos habían provocado —camisas azules, correajes, pistolas...—, imponían
«su» ley, que sufrían los vencidos pero no convencidos (palizas, purgas con
aceite de ricino, rapados de pelo al cero, insultos e intimidaciones, multas...),
ley que el cacique local, un hombre muy religioso, con reclinatorio propio en
la iglesia, hacía cumplir en el
pueblo, y lo hacía con mano dura, muy dura según, sobre todo, los que la
sufrieron y sus allegados.
El Rufi
contaba, años después,
y lo hacía con bastante gracia aunque lo relatado no
fuera como para reírse, cómo en una ocasión el mandamás local «lo mandó» a confesar; «por blasfemo»,
añadíamos nosotros entre risas, bromeando y pidiendo la continuación del relato.
Y entonces nos contaba que don Cacique le «ordenó» que fuera a la iglesia a
confesar, y que se lo ordenó sin pronunciar una sola palabra, solo a través de
la clarísima expresividad de la comunicación no verbal, de la enorme persuasión
de sus gestos.
Decía el Rufi que ese día
andaba jugando a los bolos huertanos con un grupo de gente del pueblo frente al
ventorrillo de costumbre; decía que le tocaba tirar a él, que cogió la bola y,
para apuntar bien, con ambas manos se la puso frente a la cara cucando un ojo
teatralmente («payasamente», interrumpíamos nosotros, achuchándolo); decía que
apuntó bien, que se desequilibró no sabe cómo, que falló y que... sin darse
cuenta... se le disparó la lengua y se le escapó un automático —acto reflejo—
esdrújulo mecágüendios.
Inmediatamente,
consciente de lo que acababa de «soltar»,
inquieto, miró a su alrededor para ver si corría peligro —recordemos los
triunfales tiempos postbélicos—; entonces se dio cuenta de la situación en que
se encontraba, pues vio los ojos del máximo mandamás local —presente entre los
mirones de la partida— muy poco amistosamente clavados en los suyos. A
continuación solo hizo falta un gesto del viejo, un levantamiento de brazo y un
movimiento de mano que inequívocamente señalaba en una dirección, la de la
iglesia del pueblo; y el Rufi,
ayudado por el conocimiento de lo que en esas ocasiones ocurría, supo con
certeza lo que la señal quería decir:
«¡A confesar!»
Él
contaba —con humor, ya lo he dicho— que bajó la cabeza y tiró p'allá, en la
dirección exigida por el gesto caciquil, pero que —aclaraba a continuación— no
fue al confesionario, ni siquiera a la iglesia; sin embargo, algunos de los atentos
escuchantes presentes en el relato desconfiamos de esta última parte de su
versión, pues creemos que sí fue a la iglesia, y que se confesó; que lo hizo
por la cuenta que le traía, y le traía cuenta porque entonces no se podía
bromear —tratándose de estas cosas— con la autoridad, la verdadera autoridad,
ni con la iglesia, parte importantísima de la verdadera autoridad. Así que...
«¡A confesar!»
Y, como sabes, Pepe, en cuaresma era obligatorio confesar. Se obedecía la orden de confesar al menos una vez al año. Las colas eran largas ante el confesionario, lugar del que salían informaciones y chismes como si de un periódico se tratase. Esta práctica era el resultado de la acción del SIM en cualquiera de los lugares en donde se transmitía información. Sí, a pesar del “secreto de confesión”. Ninguno de los curas del pueblo fueron como Montgomery Clif en “Yo confieso”. Un día hablaremos del olor especial a sotana revenida y sudada, así como la falta de “Listerine”. ¡Vaya etapa que nos tocó vivir en nuestra niñez! Un abrazo, Pepe.
ResponderEliminarA mí lo que me hacía gracia era el humor con que lo contaba su protagonista, tratándose de un asunto tan «serio».
EliminarUn abrazo, Antonio.